Capítulo 5: Antes de que la vida me llevara por caminos que jamás imaginé, hubo una etapa en la que todo parecía mucho más sencillo: una casa humilde, una familia numerosa, una escuela, algunas necesidades y un pueblo que todavía estaba creciendo. Sin embargo, aquellos primeros años fueron dejando en mí enseñanzas que con el tiempo comprendería mucho mejor. En este capítulo vuelvo a uno de esos lugares donde comenzó a formarse mi manera de mirar el mundo. Allí aparecen los primeros recuerdos de mi infancia, las personas que me enseñaron, las dificultades que tuvimos que atravesar y también aquellas pequeñas cosas que, aunque entonces parecían normales, terminaron teniendo un enorme significado en mi vida. Porque muchas de las convicciones que hoy tengo comenzaron a construirse allí, cuando todavía no sabía que algún día miraría hacia atrás y entendería que Dios ya estaba escribiendo mi historia.
CAPÍTULO 5
Ocho hermanos y una familia más grande
“Mirad cuán bueno y cuán delicioso es habitar los hermanos juntos en armonía.”
Salmo 133:1
Una familia numerosa no se explica solamente contando cuántos hijos hay.
Cada nombre representa una personalidad, una relación, una historia y una parte de la memoria familiar.
En mi casa éramos ocho hermanos: Rubén, Marta, Hugo, Joaquín, Liliana, Ramona, Emma y Valeria.
Yo era uno de ellos.
Además, mi sobrina Vanessa, hija de mi hermana Marta, creció junto a nosotros y ocupó un lugar que iba mucho más allá del parentesco. Para nosotros fue prácticamente una hermana más.
Por eso, cuando recuerdo mi infancia, no pienso únicamente en una familia de ocho hijos.
Pienso en una casa llena de personas.
Rubén
Rubén era el mayor.
En una familia grande, el hermano mayor ocupa una posición diferente.
Cuando uno es chico, la diferencia de edad puede parecer enorme. Los mayores ya tienen responsabilidades que los más chicos todavía no entienden.
Rubén formaba parte de esa generación de hermanos que estaba más cerca de las obligaciones de los adultos.
Yo lo veía desde mi lugar de menor experiencia.
No teníamos las mismas edades ni vivíamos las cosas de la misma manera.
Con el tiempo, cada uno fue tomando su propio camino.
Pero el hecho de haber crecido bajo el mismo techo deja una historia compartida que no desaparece.
Marta
Marta también ocupa un lugar importante en la historia familiar.
Fue madre de Vanessa, que creció junto a nosotros.
Eso hizo que la relación entre hermanos y sobrinos tuviera características particulares.
Vanessa no era para nosotros una niña que venía ocasionalmente a visitarnos.
Formaba parte de la vida cotidiana.
Creció junto a sus tíos y terminó ocupando un lugar de hermana.
En una familia numerosa, esas fronteras pueden ser mucho menos importantes que el afecto y la convivencia.
Hugo
Hugo era otro de mis hermanos.
Los recuerdos de una infancia compartida no siempre aparecen ordenados cronológicamente.
A veces una persona queda asociada a una etapa, una casa, una conversación o una circunstancia determinada.
Con Hugo compartimos parte de aquellos años en los que nuestra familia todavía estaba construyendo su vida en Dos de Mayo.
Más adelante volvería a aparecer en momentos importantes de mi historia.
Pero eso pertenece a otros capítulos.
Aquí quiero quedarme con aquellos primeros años.
Los años en que éramos simplemente hermanos.
Liliana, Ramona, Emma y Valeria
Después estaban Liliana, Ramona, Emma y Valeria.
Cada una ocupaba su propio lugar dentro de la familia.
No voy a inventar características o anécdotas que no tengo suficientemente presentes. Prefiero conservar sus nombres como parte de una realidad concreta: fueron mis hermanas y crecimos bajo la misma historia familiar.
Cuando una persona escribe sobre su infancia, existe una tentación de convertir cada recuerdo en una escena completa.
No quiero hacerlo.
Si no recuerdo una conversación, no voy a inventarla.
Si no puedo precisar una fecha, no voy a poner una.
Si no tengo una imagen exacta de un día determinado, no voy a fabricarla.
La memoria tiene límites.
Y respetarlos también es una forma de ser sincero.
Ser uno entre muchos
Crecer con tantos hermanos significa que uno aprende pronto que no todo gira alrededor de sí mismo.
Había que compartir.
La comida.
El espacio.
Los objetos.
La atención de mamá.
Las tareas.
Una familia de ocho hijos no podía organizarse pensando en las necesidades individuales de cada uno como si fueran únicas.
Había que adaptarse.
Esperar.
Ceder.
Ayudar.
También había discusiones.
Sería poco creíble decir que una familia numerosa vive permanentemente en armonía.
Los hermanos se pelean.
Se enojan.
Se reconcilian.
Se hacen bromas.
Se acompañan.
A veces se distancian.
Pero existe algo que permanece: una historia común.
La economía de la casa
Nuestra situación económica hacía todavía más importante la capacidad de compartir.
No había abundancia.
Los recursos tenían que alcanzar para muchos.
Eso significaba aprovechar lo que había.
El calzado, la ropa, los útiles escolares y la comida tenían un valor diferente al que pueden tener hoy.
Cuando se vive con poco, uno aprende rápidamente que las cosas no se reemplazan porque dejaron de gustar.
Se usan hasta donde se puede.
Se arreglan.
Se comparten.
Se aprovechan.
Yo aprendí eso desde chico.
No fue una lección teórica.
Era la vida cotidiana.
La ropa y el calzado
Durante aquellos años, muchas veces fui descalzo.
Eso ya forma parte de los recuerdos que he contado.
También recuerdo la importancia que tenía conseguir unas alpargatas.
La primera que recibí, de manos de Don Buby Mecher, quedó especialmente guardada en mi memoria.
Pero esa experiencia también estaba relacionada con la realidad de una familia numerosa.
Había que distribuir los recursos.
No podíamos tener todo al mismo tiempo.
Cuando uno mira hacia atrás, comprende por qué ciertas cosas pequeñas adquirían tanta importancia.
Un par de alpargatas podía convertirse en un recuerdo para toda la vida.
La escuela y los hermanos
La escuela era otro espacio compartido.
Todos crecíamos alrededor de la necesidad de estudiar.
Mamá no había tenido la oportunidad de hacerlo.
Por eso nuestra escolaridad tenía un valor especial.
No importaba que la casa fuera humilde.
No importaba que muchas veces fuéramos con pocas cosas.
Había que ir.
La Escuela Nº 270 forma parte de esa historia y continúa actualmente como una institución educativa de Dos de Mayo.
Yo fui alumno allí y conocí a docentes que todavía recuerdo por sus nombres.
La escuela representaba una posibilidad.
Podíamos no tener muchas cosas materiales, pero teníamos la oportunidad de aprender.
Vanessa, una hermana más
La presencia de Vanessa merece un lugar especial.
Era hija de Marta, pero creció junto a nosotros.
En la práctica, la relación fue mucho más cercana que la que normalmente se piensa cuando se habla de una sobrina.
Compartimos infancia.
Compartimos casa.
Compartimos la vida cotidiana.
Por eso digo que fue prácticamente una hermana más.
Los vínculos familiares no siempre se explican únicamente por los documentos.
Hay relaciones que se construyen viviendo juntos.
Vanessa forma parte de esa memoria.
Aprender a convivir
La convivencia con tantos hermanos me enseñó algo que después sería fundamental en mi vida: ninguna persona vive completamente sola.
Más adelante trabajaría en fábricas, repartiría correspondencia, conduciría un remís, trabajaría en radio y conocería a cientos de personas.
La capacidad de convivir con otros ya había comenzado a desarrollarse en casa.
Había que entender diferentes caracteres.
Había que aceptar que los demás podían pensar distinto.
Había que resolver conflictos.
Había que seguir adelante después de una discusión.
Eso también es aprendizaje.
La autoridad de mamá
Mamá era la figura central de nuestra casa.
No era una mujer de muchas palabras.
Pero su presencia organizaba la vida familiar.
Había que cumplir.
Había que ayudar.
Había que estudiar.
Había que respetar determinadas reglas.
Ella había conocido una infancia en la que la autoridad de otros había sido ejercida de manera muy dura.
Sin embargo, como madre intentó sacar adelante a sus hijos con las herramientas que tenía.
No siempre lo hizo de la manera que nosotros hubiéramos elegido.
Pero lo hizo.
Y esa diferencia es importante.
Una cosa es juzgar a nuestros padres desde la adultez y otra comprender las condiciones en las que tuvieron que criar.
La familia también eran los vecinos
En aquellos años, la familia no terminaba exactamente en la puerta de la casa.
Los vecinos formaban parte de la vida cotidiana.
La comunidad era más cercana.
La gente se conocía.
Cuando alguien necesitaba ayuda, era frecuente recurrir a quienes estaban cerca.
Eso también ocurrió con nosotros.
La construcción de nuestra casa contó con ayuda de trabajadores municipales, entre ellos Castro y Cardozo.
Las personas que llegaban desde las zonas rurales encontraban en mamá un lugar donde tomar algo.
La vida comunitaria era parte de nuestra infancia.
Hoy, cuando trabajo en medios de comunicación, entiendo mejor la importancia de ese entramado.
Un pueblo no está formado solamente por calles y edificios.
Está formado por personas.
Los hermanos y el paso del tiempo
Cuando somos niños, creemos que los hermanos siempre estarán cerca.
Después cada uno crece.
Llegan los trabajos.
Las parejas.
Los hijos.
Las mudanzas.
Las distancias.
Las dificultades.
Las diferencias.
La vida va modificando las relaciones.
Pero existe una memoria que permanece.
Los hermanos somos testigos de una parte de la vida del otro que nadie más puede conocer de la misma manera.
Rubén conoció una versión de mí que ya no existe.
Marta también.
Hugo, Liliana, Ramona, Emma y Valeria compartieron conmigo una etapa que no puede repetirse.
Fuimos niños juntos.
Eso tiene un valor que solamente comprendemos completamente cuando los años pasan.
La ausencia de lujos
Cuando recuerdo aquella familia no aparecen grandes comodidades.
No teníamos una casa lujosa.
No teníamos electrodomésticos modernos.
No teníamos abundancia.
Pero tampoco quiero convertir la pobreza en una postal romántica.
Pasar necesidades no es algo que deba idealizarse.
Lo que sí puedo reconocer es que aquellas condiciones nos obligaron a desarrollar recursos que hoy pueden parecer pequeños, pero que fueron importantes.
Aprendimos a aprovechar.
A compartir.
A cuidar.
A trabajar.
A valorar.
La infancia compartida
Una de las características más fuertes de aquella época era que casi todo se hacía acompañado.
Era difícil estar completamente solo.
Siempre había un hermano cerca.
Alguien que necesitaba algo.
Alguien que quería jugar.
Alguien que discutía.
Alguien que llamaba.
Alguien que compartía.
La casa tenía movimiento.
Eso formaba parte de nuestra identidad.
Y aunque cada uno siguió después su propio camino, aquella convivencia quedó como una especie de punto de partida común.
Lo que cada hermano dejó
No necesito inventar una gran anécdota para afirmar que mis hermanos fueron importantes.
Su importancia está en haber estado.
En haber compartido los mismos años.
En haber conocido las mismas dificultades familiares.
En haber visto a nuestra madre trabajar.
En haber vivido aquella casa.
En haber recorrido aquellas calles.
En haber conocido aquel Dos de Mayo que ya no existe de la misma manera.
Cada uno guarda su propia versión.
La mía es solamente una.
Por eso este libro cuenta mi historia, no pretende hablar en nombre de ellos.
La familia vista desde los 55 años
A los 55 años uno mira la familia de otra manera.
Cuando era chico pensaba en los hermanos como parte del paisaje cotidiano.
Hoy entiendo que fueron compañeros de una etapa irrepetible.
También comprendo que nuestra historia familiar estuvo marcada por las circunstancias de la época.
Éramos muchos.
Había poco.
Había trabajo.
Había dificultades.
Pero estábamos juntos.
Eso tiene un valor enorme.
Lo que aprendí de crecer entre hermanos
Aprendí que compartir no siempre significa tener suficiente.
A veces significa aceptar que otro también necesita.
Aprendí que una discusión no necesariamente termina una relación.
Aprendí que cada persona tiene su carácter.
Aprendí que el más fuerte no siempre tiene razón.
Aprendí que los adultos también se equivocan.
Aprendí que los chicos pueden aprender mucho observando.
Y aprendí que una familia puede atravesar dificultades sin dejar de ser familia.
Esas enseñanzas me acompañaron después en mi propia vida.
Cuando tuve hijos, algunas cosas de mi infancia volvieron a aparecer desde otra perspectiva.
Ya no era solamente el hijo.
También tenía que aprender a ser padre.
La familia que vino después
La historia no terminó con los ocho hermanos.
Cada uno siguió su camino.
Algunos formaron sus propias familias.
Aparecieron sobrinos.
Después llegaron nuevas generaciones.
La familia creció.
Yo también formé la mía.
Tuve a Melany Solange, Aymara Danila y Josías Joaquín junto a Marisa. Más adelante, con Claudia, llegó Zoe Yoluana.
Y aparecieron mis nietos: Valentín, Alma, Jeremías, Isabel, Jahziel, Yair y Joel.
Cuando miro esa cantidad de nombres, comprendo la dimensión del tiempo.
Aquel niño que creció entre siete hermanos terminó formando una familia que también se fue haciendo grande.
La vida se repite de otra manera.
Una casa llena de historias
Si pudiera colocar todas las generaciones en una misma fotografía, vería algo que comenzó con mi madre y se fue extendiendo.
Elena.
Sus ocho hijos.
Vanessa.
Los nietos.
Los bisnietos que vendrán, si Dios permite.
La familia no es una línea recta.
Tiene ramificaciones.
Hay personas que llegan.
Otras parten.
Algunas permanecen cerca.
Otras viven lejos.
Pero todas dejan alguna marca.
El valor de los nombres
Por eso quise escribir los nombres de mis hermanos.
No quería hablar solamente de “una familia numerosa”.
Quería dejar constancia de quiénes eran.
Rubén.
Marta.
Hugo.
Joaquín.
Liliana.
Ramona.
Emma.
Valeria.
Y Vanessa, que creció junto a nosotros como una hermana más.
Son nombres que pertenecen a mi historia.
No son personajes de una novela.
Son personas reales.
Y yo soy uno de ellos.
La infancia no vuelve
Con los años uno comprende que no puede regresar exactamente a la infancia.
Puede volver al pueblo.
Puede caminar por una calle.
Puede visitar una escuela.
Puede mirar una casa.
Pero el tiempo no vuelve.
Los hermanos ya no son los mismos.
La madre ya no está.
El pueblo cambió.
Uno también cambió.
Por eso la memoria tiene un valor especial.
Permite volver sin engañarnos.
No podemos vivir nuevamente aquellos días.
Pero podemos recordarlos.
Una familia que empezó con poco
Mi madre no comenzó su vida con ventajas.
Nosotros tampoco.
Sin embargo, nuestra familia creció.
Cada uno tomó decisiones diferentes.
Algunos caminos fueron más fáciles que otros.
Yo tuve momentos de éxito y momentos de fracaso.
Conocí Buenos Aires.
Trabajé en diferentes oficios.
Formé una familia.
Me equivoqué.
Conocí la radio.
Volví a Dos de Mayo.
Y hoy tengo la posibilidad de escribir sobre aquellos primeros años.
Todo comenzó allí.
En una familia de ocho hijos.
En una casa de madera.
En un pueblo de calles de tierra.
Lo que permanece
Con 55 años, una de las cosas que más valoro de haber crecido entre tantos hermanos es tener una memoria compartida.
Cada uno puede recordar cosas diferentes.
Podemos tener distintas interpretaciones.
Podemos haber vivido situaciones de manera desigual.
Pero existe una base común.
Todos sabemos quién fue nuestra madre.
Todos conocimos aquella casa.
Todos sabemos de dónde venimos.
Y todos formamos parte de una historia que empezó mucho antes de que nosotros pudiéramos comprenderla.
El legado de Elena
Mamá no dejó una fortuna.
No dejó propiedades importantes.
No dejó títulos.
No dejó grandes bienes materiales.
Dejó hijos.
Y dejó una enseñanza que considero más valiosa que muchas cosas materiales: seguir adelante.
Ella había empezado su vida prácticamente sin oportunidades.
No tuvo escuela.
No tuvo una infancia protegida.
No tuvo las condiciones que cualquier niño merece.
Sin embargo, consiguió formar una familia.
Eso es parte de su legado.
Nosotros somos parte de él.
Mi lugar entre ellos
Yo soy Joaquín.
Uno de los ocho.
El cuarto en aquella lista familiar que tantas veces escuché.
Durante mi infancia no imaginaba que algún día escribiría estas líneas.
No sabía que mi vida terminaría ligada a la comunicación.
No sabía que pasaría 33 años en Buenos Aires.
No sabía que regresaría a Dos de Mayo.
No sabía que tendría hijos, nietos, radios, un portal de noticias y una historia que necesitaría ser escrita.
Pero sí tenía algo que hoy reconozco con claridad.
Tenía raíces.
Estaban en mi madre.
En mis hermanos.
En aquella casa.
En aquel pueblo.
Y en una infancia compartida.
Una familia más grande que ocho nombres
Por eso el título de este capítulo no habla solamente de ocho hermanos.
Habla de una familia más grande.
Porque estaban también Vanessa, los vecinos, las personas que ayudaron a construir la casa, los maestros, quienes llegaban desde las picadas rurales y todas aquellas personas que participaron, aunque fuera brevemente, de nuestra infancia.
Una familia puede ser más grande que sus apellidos.
Puede construirse con vínculos.
Con ayuda.
Con memoria.
Con años compartidos.
Y mi familia de la infancia fue así.
Grande en número.
Humilde en recursos.
Compleja como cualquier familia real.
Pero fundamental para quien llegaría a ser.
Hoy, cuando miro mi vida y veo a mis hijos y a mis nietos, puedo reconocer algo que entonces no entendía.
La historia continúa.
Los nombres se multiplican.
Las generaciones cambian.
Las casas cambian.
Los pueblos cambian.
Pero las raíces permanecen.
Y una de esas raíces está en aquella familia de ocho hermanos que creció en Dos de Mayo, junto a una mujer llamada Elena.
Mi madre.
Mi origen.
Y una de las razones por las que, 55 años después, sigo contando esta historia.