El viajero se acercó a un anciano archivero. Vio cómo la punta de la caña dejaba marcas exactas en el barro húmedo y cómo, horas después, el sol secaba la tabla volviéndola dura como la roca.
— En mis montañas, cuando un sabio muere, su saber se apaga con él —murmuró el viajero, recordando las historias de su tribu— . Si nadie lo escucha, la verdad desaparece.
El viejo escriba levantó la vista y sonrió con la frialdad de quien custodia las llaves del tiempo.
— Aquí no — respondió— . La carne se pudre y las palabras que se gritan en la plaza se las lleva la tormenta. Pero la arcilla guarda el pensamiento. Lo que este estilete escribe hoy, continuará siendo verdad cuando el rey, tú y yo seamos solo polvo.
El viajero contempló la tablilla que se secaba al calor del mediodía y sintió un estremecimiento helado en las entrañas.
La memoria humana había salido del cerebro de los hombres. Una idea podía sobrevivir a quien la había pensado. Pero al mirar la larga hilera de guardias que custodiaban el archivo y a los escribas que solo registraban lo que los sacerdotes y el trono ordenaban, el viajero comprendió el nuevo y terrible peligro de la civilización.
Si la arcilla podía conservar una verdad para siempre, también podía eternizar una mentira. Lo que estaba escrito terminaría pareciendo verdadero simplemente por el hecho de estar registrado. Quien controlaba el estilete y la biblioteca, controlaba la memoria del mundo