Hay lugares donde la fe parece quedarse quieta, encerrada entre veladoras y plegarias. Pero en el barrio de Santiaguito, cuando yo era niño, la fe salía a caminar todas las noches.
Vivíamos frente al templo de Santiago Apóstol, en Celaya. La gran explanada que lo rodeaba era nuestro reino. Ahí pasábamos las tardes enteras corriendo detrás de una pelota, inventando aventuras imposibles y desafiando al tiempo con la única preocupación que cabe en el corazón de un niño: que el día no terminara demasiado pronto.
Mientras nosotros jugábamos, mi abuela Carmen se sentaba a conversar con otras mujeres del barrio. Entre ellas estaba la esposa del sacristán, una mujer sencilla y amable que vivía junto a su esposo en la pequeña casa que comunicaba directamente con el templo. Desde allí vigilaban el recinto y, de alguna manera, también los pequeños acontecimientos de la vida cotidiana que iban tejiendo la historia del barrio.
Una tarde, al terminar mis juegos, regresé junto a mi abuela. Las señoras seguían conversando y, aunque fingí desinterés, presté atención a lo que decían.
La esposa del sacristán contaba algo que había comenzado a inquietarla.
Según relataba, cada noche escuchaba cómo el viejo portón de madera del templo se abría lentamente. Después venía un silencio breve y solemne. Luego, el sonido inconfundible de un caballo alejándose por la explanada.
Las demás mujeres se miraron entre sí.
Algunas sonrieron con incredulidad.
Otras guardaron silencio.
—Sucede todas las noches —insistió ella—. Mi esposo también lo escucha.
—¿Y nunca han salido a ver qué es? —preguntó una de las señoras.
La mujer negó con la cabeza.
—No. No sé si es miedo o respeto, pero ninguno de los dos nos hemos atrevido.
Permaneció callada unos instantes, como si un recuerdo acabara de cruzarle por la mirada.
Todos los años, el 24 de julio, el barrio celebraba la gran fiesta en honor a Santiago Apóstol. Como parte de la tradición, unos días antes se cambiaban las vestiduras de la imagen para que luciera impecable durante la celebración.
Fue durante uno de esos preparativos, varios años antes de aquella tarde, cuando ocurrió algo inesperado.
Mientras retiraban la indumentaria antigua, el sacristán y su esposa descubrieron que las botas de la imagen mostraban un desgaste evidente. Las herraduras del caballo blanco sobre el que estaba montado también estaban gastadas.
No era el deterioro propio del tiempo.
Desde entonces, cada vez que por las noches escuchaban abrirse el viejo portón del templo y el sonido de un caballo alejándose por la explanada, ninguno de los dos volvió a mirar aquellos ruidos de la misma manera.
En aquellos días, la noticia corrió discretamente entre las personas más cercanas al templo. Sin embargo, las explicaciones seguían sin aparecer.
Las señoras escuchaban el relato sin decidirse del todo entre creer o dudar.
Fue entonces cuando intervine con la naturalidad con la que solo puede hacerlo un niño.
—¿Podemos ir a verlo?
Tal vez esperaban una pregunta más prudente. Tal vez una negativa. Pero para sorpresa de todos, la esposa del sacristán respondió de inmediato.
—Claro que sí. Ya casi es veinticuatro de julio. Dentro de unos días volveremos a cambiarle las vestiduras. Si vienen ahora, todavía podrán ver las mismas botas, con el desgaste del que les hablo.
Nos dirigimos al templo.
Todavía recuerdo aquella tarde.
La luz atravesaba los vitrales y teñía el aire de colores suaves. El aroma de las veladoras parecía mezclarse con el silencio. Caminamos hasta el altar y nos acercamos a la imagen de Santiago.
Allí estaban las botas.
Allí estaban las herraduras.
Gastadas como las botas de quien ha recorrido incontables caminos.
Y allí estaba también una pregunta que nadie parecía capaz de responder.
Las señoras observaban buscando una explicación.
Yo, en cambio, sentía otra cosa.
No experimenté miedo ni incertidumbre. Sentí una paz profunda, difícil de describir incluso ahora. Era como si aquel silencio estuviera lleno de algo invisible y bueno, algo que hablaba sin necesidad de palabras.
Durante unos momentos nadie dijo nada.
Entonces mi abuela rompió el silencio.
Lo hizo con la serenidad de quien no pretende convencer a nadie, sino compartir una certeza que guarda desde hace mucho tiempo en el corazón.
—La gente le pide tantos favores y tantos milagros —dijo— que una noche no debe ser suficiente para atenderlos a todos.
Guardó silencio.
Luego añadió:
—Por eso tiene que salir todos los días.
Nadie respondió.
Las palabras quedaron flotando en el aire como una oración.
Algunas se persignaron.
Otras bajaron la mirada.
Y aunque nadie se atrevió a añadir nada más, todas parecieron comprender que aquella explicación era mucho más importante que cualquier otra.
Con los años he pensado muchas veces en aquella tarde.
No sé si las puertas se abrían realmente cada noche. No sé si aquellos pasos existieron fuera de la imaginación de quienes los escuchaban. Tampoco sé qué explicación encontrarían las personas más escépticas para aquellas botas y aquellas herraduras desgastadas.
Pero he llegado a comprender que la verdad de aquella historia no estaba en el misterio.
Estaba en la fe.
En la fe de las madres.
En la de los enfermos.
En la de quienes atravesaban dificultades.
Y quizá por eso recuerdo tanto las palabras de mi abuela...
Con los años comprendí que quizá la fe nunca estuvo encerrada dentro de aquel templo. Tal vez, como decía mi abuela, salía a caminar todas las noches.