En el Archivo Histórico Municipal de Celaya se conserva la copia de un antiguo expediente judicial fechado en 1682. El documento registra una denuncia que durante siglos fue considerada una simple superstición. Lo más inquietante no es la denuncia, sino que, más de tres siglos después, nadie ha podido demostrar que alguna vez fuera resuelta.
La antigua Casa del Diezmo, en Celaya, siempre ha permanecido envuelta por un velo de misterio.
Durante siglos, quienes han vivido cerca de sus gruesos muros de cantera han hablado en voz baja de apariciones, lamentos y sombras que parecen negarse a abandonar aquel lugar. Algunos aseguran que todo son supersticiones nacidas del miedo. Otros... simplemente prefieren no pasar frente a ella cuando la luna está llena.
Esta es una de las historias que dieron origen a esa fama.
—¡Las doce... y todo sereno!
El grito del centinela rompió el silencio de la madrugada mientras recorría la intersección de lo que hoy son las calles Nicolás Bravo y Benito Juárez.
A esa hora, hasta los perros dejaban de ladrar.
El viejo velador de la Casa del Diezmo escuchó el anuncio y, como era costumbre en aquellos tiempos, se persignó lentamente antes de cerrar el enorme portón de madera.
La noche era demasiado silenciosa. Ni un solo insecto rompía la quietud. Incluso los perros del barrio, que solían ladrar al paso de los serenos, habían enmudecido. Un ligero olor a humedad, mezclado con el de la vieja cantera, impregnaba cada rincón del patio.
Mientras se inclinaba para levantar la pesada tranca.
Sintió un leve movimiento a su espalda.
Al incorporarse alcanzó a ver a una mujer completamente vestida de negro atravesando el umbral del edificio.
No escuchó pasos.
No había escuchado abrirse el portón.
Simplemente... estaba ahí. La luz de la luna parecía detenerse unos centímetros antes de tocarla, como si la oscuridad que la envolvía devorara cualquier destello.
—Condenada vieja... —murmuró entre dientes—. Seguramente es la misma que ha estado entrando a robar.
Decidido a sorprenderla, corrió por uno de los corredores laterales para cerrarle el paso antes de que llegara al patio trasero.
Pero cuando dobló la esquina...
No había nadie.
Sólo las sombras proyectadas por la luna deslizándose sobre el empedrado.
El hombre quedó inmóvil. Su respiración comenzó a condensarse frente al rostro, como si la temperatura hubiera descendido de golpe. No era invierno. Sin embargo, el aire quemaba de frío. Fue entonces cuando volvió a verla.
Estaba al fondo del patio. Completamente inmóvil. Las llamas de los faroles comenzaron a titilar lentamente, aunque no corría la menor brisa, el silencio era tan absoluto que el velador alcanzó a escuchar el lento goteo del agua desde una vieja gárgola.
Parecía estar esperándolo.
—¡Deténgase... en el nombre de Dios!
La figura no respondió.
El velador avanzó decidido.
Un paso.
Otro más.
Y entonces comprendió aquello que jamás olvidaría.
Los pies de la mujer no tocaban el suelo, sino que flotaba apenas unos centímetros sobre las piedras, mientras el largo vestido negro se movía como si existiera un viento que sólo la envolvía a ella.
El velo se levantó apenas unos centímetros. Debajo no había un rostro, sino una piel apergaminada pegada al cráneo y unos labios resecos que parecían seguir murmurando una oración. Entonces comprendió que no era él quien la había encontrado... era ella quien lo había estado esperando, como si hubiera sabido, desde hacía siglos, que aquella noche alguien volvería a cruzar ese patio.
Sintió que la sangre abandonaba su cuerpo.
—¡Virgen Santísima...!
Retrocedió trastabillando. Corrió hacia el portón y, antes de que sus manos dejaran de obedecerle, dejó caer la tranca en el suelo para abrirlo de nuevo. Apenas consiguió empujar las enormes hojas de madera y salió corriendo por la calle de la Compañía de Jesús mientras gritaba desesperado:
—¡¡Hay un fantasma en la Casa del Diezmo!!
—¡¡Yo la vi!!
—¡¡Por Dios... yo la vi!!
Durante muchos años nadie volvió a mencionar aquella historia sin bajar la voz.
La aparición terminó convirtiéndose en una leyenda más del folclore celayense.
Sin embargo, durante décadas, muy pocos se atrevían a cruzar frente a la casona cuando la luna iluminaba sus viejos corredores.
Hasta que ocurrió algo mucho peor.
A finales de la década de los setenta, la Casa del Diezmo era utilizada como espacio cultural.
Una noche, un grupo de estudiantes de teatro esperaba la llegada de su profesor.
El ensayo se retrasaba.
El aburrimiento comenzó a apoderarse del grupo.
Fue entonces cuando alguien propuso sacar una vieja tabla Ouija.
Las risas no tardaron en aparecer.
—Total... el profesor aún no llega.
Colocaron los dedos sobre el pequeño indicador.
Al principio nada ocurrió.
Después...
La madera comenzó a deslizarse sola.
Lentamente.
Con una precisión imposible.
Ninguno de ellos reconocía estar moviéndola.
Las respuestas aparecían una tras otra.
Cada vez más rápidas.
Cada vez más agresivas.
Hasta que la voz del maestro estalló detrás de ellos.
—¿Qué demonios creen que están haciendo?
Todos dieron un salto.
Nadie lo había escuchado entrar.
El profesor observó la tabla con evidente molestia.
—Si tienen tiempo para jugar con muertos, supongo que ya aprendieron perfectamente sus parlamentos.
El grupo guardó la Ouija de inmediato.
Pero el ambiente había cambiado.
La alegría desapareció.
Los actores comenzaron a equivocarse una y otra vez.
Frustrado, el maestro decidió detener el ensayo.
—Vamos a realizar una dinámica para relajarnos.
Apagó algunas luces, encendió una música suave y les pidió a todos recostarse sobre el piso.
—Cierren los ojos...
Respiren lentamente...
No piensen en nada...
El ejercicio apenas comenzaba cuando uno de los jóvenes se incorporó de golpe, como si una fuerza invisible lo hubiera arrancado del suelo.
Permaneció inmóvil.
Mirando fijamente a sus compañeros.
Uno por uno.
Nadie habló.
La respiración de los muchachos comenzó a hacerse visible frente a sus rostros. El salón se enfrió con una rapidez imposible. Las veladoras empezaron a parpadear todas al mismo tiempo, aunque ninguna puerta estaba abierta.
—¿Estás bien...? —preguntó alguien.
El muchacho no respondió.
Sin apartar la vista de la pared del lado izquierdo comenzó a caminar lentamente hacia ella, con cada paso que daba, un olor húmedo comenzó a extenderse por el salón, no era el olor de la cantera vieja, era el de tierra recién removida, como el de una tumba abierta después de la lluvia.
Después...
Empezó a arañarla, el sonido de las uñas raspando la cantera era insoportable, semejante al chirrido de un cuchillo sobre un plato de barro, algunos alumnos tuvieron que cubrirse los oídos.
Sus uñas comenzaron a romperse y la sangre apareció sobre la pared.
Pero él seguía raspando la cantera.
Una de las estudiantes cayó presa del pánico.
—¡¡Deténganlo!!
El joven se detuvo y dio un grito imposible de describir, para después comenzar a convulsionarse violentamente.
—¡Los hombres conmigo!
—¡Las mujeres salgan de aquí!
Gritó el profesor.
Entre varios lograron sujetarlo hasta que de pronto el cuerpo del muchacho dejó de convulsionarse, el silencio regresó de golpe, permaneció inmóvil durante varios segundos, con los ojos completamente abiertos, sin parpadear. Entonces sonrió, pero aquella sonrisa no era suya.
Cuando lo sacaron al patio central, la noticia ya se había extendido y los curiosos comenzaron a reunirse alrededor del sitio.
Y un viejo rumor volvió a despertar.
—Es ella...
—La mujer de negro...
—La de las cadenas...
—El fantasma de la Casa del Diezmo...
La historia se propagó por Celaya como si fuera un feroz incendio.
Una semana después, un investigador especializado en fenómenos paranormales llegó acompañado por lingüistas, psicólogos y otros estudiosos, quienes, revisando antiguos protocolos notariales, libros parroquiales y documentos del convento de San Francisco, en uno de aquellos documentos encontraron una página raspada cuidadosamente, como si alguien hubiera intentado borrar un nombre para siempre. Sin embargo, una sola palabra había sobrevivido al intento de borrarla: «Aránzazu».
Como muchas religiosas de la época Aránzazu, sabía leer, escribir y llevar cuentas. Por eso fue asignada al registro de los diezmos que llegaban a la Casa del Diezmo.
Aquello terminó condenándola.
Con el tiempo descubrió un enorme desfalco cometido por el administrador de los diezmos y dos frailes franciscanos, quienes al descubrir que pensaba denunciarlos, decidieron hacerla desaparecer.
La encerraron viva en una cámara oculta construida dentro de uno de los muros, junto a dos cofres: uno rebosaba monedas de plata; el otro contenía oro destinado al convento de San Francisco. Nadie supo nunca por qué aquellos cofres permanecieron con ella.
Antes de sellar el muro, uno de los frailes, consumido por el remordimiento, le prometió que algún día regresaría para sacarla y darle sepultura cristiana, pero nunca volvió.
Los investigadores querían repetir la experiencia, pero apenas intentaron que el joven entrara nuevamente al salón, este sufrió otra crisis y no hubo forma de obligarlo.
Decidieron entonces someterlo a una sesión de hipnosis regresiva.
Cuando alcanzó un profundo estado de trance, comenzó a hablar. Al abrir la boca, todos esperaban escuchar la voz del muchacho, pero lo que salió de ella fue el lamento de una anciana.
Para después pronunciar por unos instantes palabras incomprensibles que claramente no eran en español.
Los lingüistas coincidieron en algo inquietante: el dialecto correspondía al euskera del siglo XVII y conservaba fórmulas litúrgicas propias de antiguos conventos femeninos. Ninguno pudo explicar cómo un muchacho nacido en Celaya podía pronunciarlas con semejante precisión.
La traducción decía:
Yo soy sor María de Aránzazu... Decidle al hermano Martín que no olvidé su juramento. Prometió volver antes de que terminara la tercera luna. Hace incontables lunas que espero. Mis huesos siguen donde me encerraron. Junto a mí hay dos cofres, uno está lleno de plata y será para aquel que hallare mi cuerpo; el otro contiene oro. Llevadlo al convento de San Francisco y entregadlo a los frailes, para que perpetuamente digan misas por mi ánima... y por las ánimas de quienes aquí me dejaron…
Durante varios minutos nadie dijo una sola palabra, incluso quienes habían llegado convencidos de desenmascarar un fraude abandonaron la sala sin atreverse a mirar nuevamente hacia el antiguo muro.
La sesión fue grabada en una vieja grabadora de carrete abierto y la cinta enviada días después a especialistas en lenguas antiguas, cuyo dictamen dejó helados incluso a los más escépticos. La voz de la anciana continuaba escuchándose durante varios segundos después de que el muchacho había dejado de mover los labios.
Ninguno volvió a reproducir completa aquella cinta. La parte final permanece archivada hasta hoy. Nadie ha querido revelar qué se escucha en esos últimos segundos.
Pocos días después, las clases fueron suspendidas sin explicación alguna. No hubo comunicados ni respuestas para alumnos o maestros.
Dos semanas más tarde, cuando alumnos y maestros regresaron al edificio, encontraron el salón completamente distinto.
La pared estaba cubierta de reparaciones recientes, el yeso todavía estaba fresco, algunas piedras conservaban marcas de cincel y el salón entero olía a cal húmeda, como si hubieran intentado borrar toda huella de lo ocurrido apenas unos días antes.
Sin embargo, nadie recordó haber escuchado trabajos de albañilería durante aquellas dos semanas.
Uno de los veladores afirmó que vio sacar una osamenta con restos de hábito y grilletes, pero al revisar años después los inventarios de la restauración y los registros municipales, no existe un solo documento que mencione ese hallazgo. Oficialmente nunca se abrió ningún muro y nunca apareció ningún cadáver. Sin embargo, en el Panteón Norte sigue existiendo una tumba anónima marcada únicamente con la fecha 1978, de la cual nadie sabe quién ordenó aquel entierro, ningún sacerdote figura en el acta, ningún trabajador admitió haber cavado la fosa.
Sin embargo, la tierra de esa tumba siempre permanece hundida, como si desde abajo alguien siguiera intentando salir.
Hoy en día aún hay quien dice que, cuando la luna llena ilumina los corredores de la vieja Casa del Diezmo, puede verse una figura vestida de negro caminando lentamente entre los arcos.
Nunca levanta la cabeza, nunca habla, sólo arrastra unas cadenas cuyo sonido nadie logra explicar.
Los vecinos más antiguos aseguran que, cuando el reloj de la parroquia marca la medianoche, la Casa del Diezmo vuelve a quedar envuelta en el mismo silencio que describió el velador en 1682, los perros callan. El viento desaparece. Y el aire vuelve a oler a tierra recién removida.
Hay quienes aseguran que aún sigue buscando a quien cumpla la promesa hecha hace más de tres siglos.
Otros dicen que no busca a los vivos.
Que cada noche vuelve al mismo muro... y espera.
Lo único que ha podido comprobarse es que el expediente judicial abierto en 1682 jamás fue cerrado. Oficialmente, en la Casa del Diezmo nunca se encontró nada detrás de aquel muro. Quizá por eso aquel proceso nunca tuvo una resolución. Porque hay historias que ningún juez puede cerrar... mientras la verdad permanezca sepultada entre los muros de la Casa del Diezmo.