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Domingo de primavera.

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Pensamiento

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fcorrea92

Diez años, sentado en el cordón de la vereda, y cada sombra que pasaba era ella. Esa espera se entiende harto, poh.

Diez años, sentado en el cordón de la vereda, y cada sombra que pasaba era ella. Esa espera se entiende harto, poh.

Contenido de la publicación

Domingo de primavera, once de la noche, yo tenía díez años y mi vieja que no llegaba a casa. Mi cabeza a mil pensando en las peores cosas que le podrían haber pasado. Ella había salido por la tardecita, me dijo que iba a lo de mi tía Elba a tomar mate. Cuando la fuí a buscar ya no estaba, hacía como dos horas que se había ido. “Tal vez esté en lo de Estela” (su amiga, su hermana de vida) me dije, solo para tener una falsa calma por un par de segundos. Tampoco estaba ahí.

Decidí esperar en mi casa deseando más que nunca verla entrar y que me rete por no haber ordenado mi pieza.

Sentado en el cordón de la vereda, cada sombra que veía pensaba que era ella.

Doce y media de la noche golpearon el portón de casa, abro con la mano transpirada. Algo despeinada, con un suéter amarillo de hilo, un buzo azul y unas pantuflas, como si hubiese salido apurada, estaba la doctora, la señora a la que mi vieja le trabajaba, esposa del doctor Carbajal, el que me atendió de niño alguna que otra vez cuando mi cuerpo caía en alguna peste infantil. A cualquier hora él respondía siempre con disposición amable… ahí, en esos momentos, era como si los roles de servicio se invertían: el planchado, la limpieza, el cuidado de sus dos hijos y el menú del día se intercambiaban por una consulta y algunos medicamentos.

-”Hola Sergio”- presentí algo malo, ya que nunca la doctora había pisado mi casa.

-”Mirá, tu mamá está internada, pero está bien no te asustes. Vengo de ahí y vine a buscarte para ir al hospital”.

Entré en un pánico mudo, no creo haber dicho algo, como si entrase en una de las peores pesadillas que pueda tener un niño, perder a su madre.

Con voz suave me tranquilizó. Saber calmar a un chico de diez años dándole una noticia de mierda, es como tener un super poder.

Un par de años más tarde la doctora se quitaría la vida y su hija Paula la encontraría en una de las habitaciones de una forma que prefiero no contar.

Camino hacia el hospital, conduciendo su Fiat Europa, la doctora me contaba que mí vieja caminaba hacia mi casa con Don Tito. Don Tito era el hijo de Doña Jovita, una señora de unos ochenta y tantos años que nos supo alquilar una pieza en el fondo de su casa. Al lado estaba la imprenta de él, todavía recuerdo el ruido de las máquinas y el espeso olor a pucho. Con ellos pasamos algunas navidades y años nuevos.

Don Tito la encuentra por el camino y se ofrece a acompañarla. Caminaban por la calle Juan Jufré que en esos años era una calle oscura y jodida para que una mujer camine sola. Entre esa oscuridad casi de tinieblas dos tipos en moto golpearon a mi vieja en la cabeza y cayó desplomada. Don Tito confundido no sabía si seguir a los tipos o socorrer a mi vieja… Eligió la segunda opción y pidió ayuda.

Llegamos al hospital, yo con el miedo de no saber con lo que me podría encontrar. Y ahí la ví a mi vieja desde lejos, en una camilla, con suero, conectada a algunos aparatos, su vestido de flores preferido bañado en sangre y en su mano izquierda sostenía una bolsa blanca.

El médico de guardia se dirigió a la doctora, que fué como un familiar mío por un par de horas.

-”No la desnucaron por poco, tuvo suerte, unas horas más en observación y, si sigue todo bien, hoy mismo le damos el alta”.

Mientras el médico hablaba sentí la sensación como si mis oídos se sumergiera bajo el agua, no escuchaba nada claro, solo bullicio, contemplando a mi vieja desde una puerta semi abierta con todos esos cables en su cuerpo y la bolsa blanca en su mano izquierda.

En unos segundos sentí risas que me hicieron volver en sí: el médico y la doctora reían, lo último que escuché decir al médico de guardia fué algo sobre la bolsa que nunca había soltado mi vieja. Reí con ellos pero no sabía de qué. Fué ahí cuando la doctora me miró y me dijo : -”Sergio, a pesar de que a tu mamá le pegaron, se desmayó, la subieron a una ambulancia, le hicieron estudios, placas y lo que te puedas imaginar…ella nunca soltó la bolsita”. Y rió cálidamente.

Que mí vieja se aferre a algo tan insignificante como una bolsa, como si fuese un tesoro les causó gracia al médico, a las enfermeras y a la doctora. Esas risas eran como dardos tranquilizantes que me hicieron sentir que estaba todo bien.

Después del alta la doctora nos acercó hasta nuestra casa, ya eran las cinco de la mañana. Mi vieja la abrazó tímidamente, en ese momento ella no se sintió la empleada, ni la doctora la patrona, dándole las gracias por todo lo que había hecho por nosotros pero sé que fué más por lo que había hecho por mí.

Esa sería la última vez que veríamos a la doctora.

Mi vieja puso la pava, preparó dos tazas de té, cortó un par de rodajas de pan casero y de la bolsa blanca sacó doscientos gramos de queso y ciento cincuenta gramos de jamón crudo. Fué la primera vez que con mi vieja cenamos tan tarde… o tan temprano.

Thoughts

  • fcorrea92

    Diez años, sentado en el cordón de la vereda, y cada sombra que pasaba era ella. Esa espera se entiende harto, poh.

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  • leoenvozalta

    Cuando llegué a la doctora en pantuflas y suéter amarillo golpeando el portón, mi abuela me hizo parar. Dijo que una patrona que sale así a buscar al hijo de la empleada ya no está siendo patrona esa noche, y que eso no se olvida. Con lo de la bolsa se rió igual que el médico y dijo que ella tampoco habría soltado el jamón ni en la ambulancia. A mí me quedó dando vueltas que fue la última vez que la vieron.

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  • Ovid

    Esperarla con ganas de que llegue y te rete por el desorden de la pieza me quedó dando vueltas. A esa edad el reto es la prueba de que todo sigue igual, y uno pide justo eso. Me juego a que esa pieza siguió desordenada unos días y nadie dijo nada. Gracias por traer esta historia aquí, bienvenido :)

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  • hastalapagina40

    Mano, con la bolsa blanca estuve todo el rato pensando que adentro había algo serio, un papel del médico, plata, algo. Y era jamón crudo y queso.

    Tu vieja golpeada, desmayada, en camilla, y no la suelta porque esa era la cena de los dos. El té a las cinco de la mañana con pan casero me lo quedo yo también. Apuesto a que todavía no puedes comprar jamón crudo sin acordarte de esa noche.

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