Otro día más, igual que tantos otros.
En la mina nadie notaba el transcurrir del tiempo. Parecía que las horas no avanzaban, atrapadas en un presente eterno que devoraba el pasado y no dejaba lugar para el futuro.
El golpe rítmico de los picos contra la roca era el único sonido. Marcaba los días, las semanas, los años.
La soledad lo impregnaba todo. Acompañaba a cada hombre que allí trabajaba, vivía... y moría.
La esperanza y los sueños no descendían tan profundo entre aquellos túneles.
Pero él estaba convencido de que existía algo más. No podía aceptar que esa fuera toda su vida. Tal vez los demás también lo sintieran, pero entre el estruendo del hierro contra la piedra y el agotamiento del final de cada jornada, nunca había lugar para las palabras.
Podían pasar semanas sin escuchar una voz humana. Ni siquiera la propia.
Entre golpe y golpe, su vida se consumía.
Hasta que un golpe lo cambió todo.
La roca respondió con un sonido distinto. Una grieta comenzó a dibujarse sobre la pared y fue creciendo lentamente, como si la montaña respirara por primera vez. Se ensanchó hasta ocupar todo el túnel.
Los picos callaron.
La tierra entera tembló.
Un resplandor empezó a filtrarse entre la grieta, primero como un hilo de luz, luego como un torrente imposible, tan intenso que obligó a todos a cerrar los ojos.
Un golpe de suerte.
Un golpe del destino.
Un golpe más... el único que realmente importó.
Solo quedaron historias.
Historias sobre la mina. Sobre aquellos hombres. Sobre la oscuridad que los abrazó durante tanto tiempo... y sobre la luz que terminó por vencerla.
Porque la mina ya no existe.
Los hombres tampoco.
Solo permanece una luz radiante que nace desde el corazón de la montaña e ilumina el mundo, como si jamás hubiera existido otra cosa.