08 mayo de 2025
Recuerdo que cuando era niña, una tarde cualquiera, con la inocencia y la curiosidad propias de mi edad, le pregunté a mi mamá qué era el coco. Para mí, esa palabra encerraba un misterio inquietante, un personaje del que hablaban los adultos cuando querían que los niños se comportaran. Pero la respuesta de mi madre no fue la típica advertencia que esperaba. En cambio, me dijo que el coco era una criatura extraña, una presencia que se transformaba según los miedos de quien lo mirara. Esa explicación, lejos de asustarme, me fascinó. Me dejó pensando durante mucho tiempo: ¿cómo puede algo convertirse en todo aquello que más tememos?
Años después, mientras leía los libros de Harry Potter, me encontré con una criatura mágica que me hizo recordar esa conversación: el boggart. Una entidad que, al igual que el coco de mi infancia, adopta la forma de los peores temores de quien lo enfrenta. Me pareció tan poderosa y simbólica esa imagen, que decidí hacerla mía. Le di un lugar en mi propio mundo interno, no como algo ajeno, sino como una parte de mí. El boggart se convirtió, sin querer, en un espejo de mi alma, en el reflejo más crudo de mis vulnerabilidades, de mis heridas, de mis inseguridades más profundas. No era solo una criatura mágica de una historia fantástica; era un lenguaje que me ayudó a entenderme.
Con el tiempo, descubrí que no importa cómo la llamemos —coco, boggart, sombra, monstruo—, esa criatura siempre está ahí. A veces se esconde. A veces grita. A veces susurra en medio del silencio. Pero siempre adopta la forma de lo que más me duele: el miedo al rechazo, a no ser suficiente, a no ser comprendida. Y lo que más me ha costado aceptar es que esa criatura soy yo. O al menos, una parte esencial de mí.
Esa criatura representa todo lo que intento ocultar bajo una sonrisa, una conversación superficial o un logro académico. Es esa versión mía que teme ser juzgada por ser demasiado soñadora, demasiado emocional, demasiado ingenua. Esa parte que se esfuerza por parecer fuerte, madura, independiente… cuando en realidad, muchas veces, solo quiere que alguien la abrace sin preguntar nada. Porque aunque he aprendido a expresar mucho a través de las palabras, aún hay emociones que se me escapan entre líneas, sentimientos que sólo pueden ser entendidos por quien también ha sentido que el mundo le queda demasiado grande y el alma, demasiado frágil.
A veces me escondo detrás de metas intelectuales, de pensamientos racionales o de discursos lógicos. Pero sé que, en el fondo, también huyo. Huyo de la niña que aún vive en mí, que se siente pequeña, torpe, temerosa de no ser tomada en serio. Me aterra que me etiqueten como inmadura, infantil o que piensen que lo que tengo lo obtuve solo por mi apariencia o simpatía. Eso me hiere. Me enferma. Me agota. Porque lo único que realmente deseo es ser vista por quien soy: alguien que siente profundo, que piensa demasiado y que sueña, sí, pero también lucha todos los días con sus sombras internas.
Por eso escribo. Porque en las palabras encuentro refugio. Porque cuando logro ponerle nombre a lo que siento, lo desconozco menos. Porque, en ocasiones, entre párrafos y metáforas, consigo dejar salir a esa criatura para que respire, para que no me devore desde adentro. Y lo más hermoso es que, a veces, alguien más lee esas palabras y se reconoce. Se siente menos solo. Se siente comprendido. Y entonces entiendo que mi dolor, mis miedos, mis dudas, también pueden tener un propósito.
Tal vez por eso me aferro tanto a la idea de escribir. Porque en este mundo donde la realidad puede ser tan dura, tan vertiginosa, tan solitaria, las palabras se convierten en un puente. Un puente entre mi corazón y el de otro ser humano que, aunque no me conozca, puede sentir lo mismo. Y si eso ocurre, aunque sea una sola vez, entonces todo este viaje —confuso, intenso, temeroso— habrá valido la pena.