Órale, a mí el que me cae pesado es el compadre más que el diablo. Le da trabajo a todos en su tierra, se lleva la bolsa llena y todavía se burla del coche. Para mí el calumniador del título es él.
Diablo. Del gr. bizant. διάβολος diábolos; propiamente “calumniador”. Espíritu del mal. Su infierno no es el fuego, sino la repetición eterna.
Pensamiento
Órale, a mí el que me cae pesado es el compadre más que el diablo. Le da trabajo a todos en su tierra, se lleva la bolsa llena y todavía se burla del coche. Para mí el calumniador del título es él.
Contenido de la publicación
El diablo está sentado solo en la cocina; alrededor se ven sillas vacías y desordenadas. Sobre la mesa, botellas y vasos; el olor a alcohol y cigarro impregna el espacio. Desde la sala, el estéreo suena sin parar.
De repente, un reclamo para sus invitados:
—¡Todavía puedo…!
Se levanta.
Sus pesados pies no alcanzan la música.
—Allí está…
1, 2, 1, 2…
El sudor le cubrió la cara. Por un instante, se irguió: la frente en alto, orgulloso.
Recuerda aquellos días de los bailes en la calle. Zapatos, pantalón, camisa, lentes nuevos.
Apenas tomaba alguna pareja, se movía hacia el centro del lugar. Comenzaba.
Los demás lo veían.
Un círculo alrededor de él.
Abre los ojos. La música termina. Su viejo perro está dormido al lado de la estufa.
—¿Me viste, verdad? Sí, sí me viste.
Recoge al perro. Este le lame las manos.
—Sí me viste, cabroncito.
Escucha el sonido de una puerta abriéndose. Momentos después entra una mujer con un par de botellas. Se las deja a un lado en silencio; lo observa un momento.
Justo cuando gira para irse.
—Oye, no te vayas; siéntate, ándale.
La mujer fue a la estufa y encendió los quemadores. Después regresó, jaló una silla y se sentó con él. Su mirada está cansada.
—¿Te acuerdas cuando hacían bola para verme bailar? —La voz del diablo ya no raspaba.
La mujer asintió en silencio, observando el suelo.
Él no pudo ignorarla.
—¿Por qué siempre eres así? Quiero platicar y estás allí como ida.
La escena se repetía cada pocos días.
—Antes, cuando bailaba… pfff, nadie, nadie me llegaba. En los bailes, allá en mi tierra, acá en la ciudad.
Por un momento, él hablaba de algo que no le exigía nada.
Ella respondió en voz baja. —Sí bailabas bien.
—¿Bien? ¡Solo bien! No mames. El mejor. La crema.
Tomó un vaso; lo llenó de licor.
—La crema, sí… eso es. Así era.
Una sonrisa torció su rostro.
—¿Te dijo mi compadre si va a regresar?
La mujer tardó un poco en responder, buscando el tono adecuado.
—¿Estás sorda o qué?
—Pero si cuando se fue te dijo que ya se iba.
Tomó un sorbo.
—Pon música. Unos sones. ¿Ya le disté de comer a mi perro?
La mujer se levantó. Revisó la olla que tenía la comida del perro.
—El perro es como yo: le tienes que dar de comer al mismo tiempo que a mí.
Llevó la olla a una esquina donde comía el perro. El piso estaba grasiento.
En la cocina, el hombre seguía con el perro.
—Ese perro es un perrazo. Mira cómo reluce su pelo plateado.
La mujer no lo escuchó por la distancia.
—Ve a comer, ya te sirvieron.
Otro sorbo.
Sentado, pisó el suelo siguiendo la música.
—¿A qué hora se fue mi compadre?
La mujer regresó a su lado.
—Hace como dos horas. Se fue cuando terminó de comer.
—¿Sí le pusiste para que se llevara?
—Se llevó una bolsa llena.
—Súbele a esa madre… y dame de comer. —Aquella voz de nuevo lanzando zarpas.
Otro sorbo.
Era su cumpleaños. Esa tarde, un grupo musical llegó a su casa, contratado por un pariente lejano. Su mujer había organizado la reunión. Días antes, él había llamado a todos sus conocidos.
Tenían 3 hijas. En la tarde solo llegó una de sus hijas.
Como llegó se fue.
En las primeras horas de la noche llegó su compadre. Estuvieron comiendo y tomando.
—Te voy a poner música de mi tierra.
Oprimió un botón; la música comenzó.
—Un día hay que ir a mi tierra. Nos vamos en mi coche.
El compadre, con un tono claramente burlón:
—En esa chingadera no vamos a llegar. Si quieres, vamos en mi camioneta. Y pasamos primero a mi tierra.
El diablo quiso sonreír. No dijo nada.
El compadre siguió contando. —En mi tierra todos me reciben en sus casas, porque cuando vienen acá, a todos les doy trabajo. Me adoran. Vamos cuando quieras, yo te llevo.
El diablo cambió de tema. —¿Y tu hijo va a venir?
—No, ese cabrón anda con su vieja de ahorita. Puras viejas ese güey.
Esas canciones las bailabas antes, compadrito, ¿verdad? A ver, échate un zapateado.
El diablo no se puso de pie de inmediato. Solo un hormigueo en el cuerpo. Comenzó torpemente.
La risa borrosa del compadre se escuchaba lejos.
—Antes bailabas.
Se sujetó de la mesa en silencio.
—¡Trae otra botella, mujer!
La mujer atendió la orden de inmediato. La música siguió hasta la despedida del compadre.
Otro sorbo. Su mente en pleno naufragio.
—¿A qué hora se fue mi compadre?
La mujer, con una calma casi insoportable:
—Ya te dije: hace como dos horas. Se fue cuando terminó de comer. Ya acabaste esa botella; te estás durmiendo.
Tomó su vaso; lo llenó con más licor.
Otro sorbo. El perro se había acostado en el suelo; la mujer, en un viejo sillón.
—Todavía bailo chingón.
El vaso se le resbaló, dejando un arco húmedo. Se había quedado dormido.
Minutos después, la mujer se fue a su cuarto a dormir. Pensó en dejarlo allí, pero lo jaló de la silla en la que estaba. Ya en la cama, le quitó las botas, la ropa. Durmieron con la televisión encendida.
A la mañana siguiente, el diablo, a pesar de todo, se acordó del pariente que le había contratado la música; quiso ir a verlo.
Se levantó temprano. Él y su mujer se turnaban para tender la cama: un día él, al siguiente ella. Esa mañana le tocaba a él. Fue a la cocina; su mujer ya tenía el café y el desayuno caliente.
—¿Quién vino ayer?
Ella respondió como todos los días después de que el diablo se emborrachara.
Terminó su desayuno; le pidió a su hija un taxi por aplicación. Tomó un baño, se cambió y esperó su vehículo.
El conductor era un joven de ojos claros.
—A la Terminal del Sur, por favor.
Su voz había cambiado: ahora era suave, cordial.
El joven respondió de una manera tímida:
—Sí.
El diablo sintió confianza.
—Oiga, joven, ¿y cuánto tiempo se hace hasta la terminal?
—Aproximadamente cuarenta minutos, por el tránsito.
—Está bien… es que casi no vengo por acá.
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