Tanto que aguanté
de aquel hombre,
tantas condiciones,
tantas decepciones,
tantas veces en las que
silencié mis emociones.
Y aunque dolía,
seguía,
porque una parte de mí
todavía creía
que algún día cambiaría.
Pero nada se compara
con lo que seguía
después de escapar,
cuando por fin me alejaba
y aun así no encontraba
la paz que tanto anhelaba.
Porque una cosa es marcharse,
y otra muy distinta
es dejar de sentir
todo aquello que te hizo sufrir.
Es aprender a vivir
con las heridas abiertas,
con recuerdos que regresan
cuando creías tenerlos fuera.
Es intentar seguir adelante
sin saber cómo sanar,
querer volver a sentirte libre
y no saber por dónde empezar.
Tanto que aguanté
para poder escapar,
y ahora me toca aprender
a vivir sin tener que soportar
el dolor de simplemente
intentar no sufrir.