Suena el despertador,
devolviéndome el peso de la realidad,
como si dijera:
«Aún estás aquí, imbécil».
Los trazos de tu perfume
en el aroma del café
confunden la realidad por un instante.
Esa nota, esperando
encima del velador,
hace la vida más liviana.
Casi desgarras el papel
con tus letras torcidas,
que parecen garabatos.
Puedo escuchar tu voz
diciendo cada palabra,
incluso eso que tachaste
al final de tu nota:
«Dejé tu desayuno listo #####»