He llegado a una encrucijada
donde ningún camino parece prometer regreso,
y el horizonte, que alguna vez fue certeza,
ahora se descompone lentamente
entre la niebla de mis pensamientos.
A mi izquierda, permanece el pasado:
esa arquitectura de recuerdos
donde todavía respira tu nombre,
donde cada instante conserva
la temperatura de tus manos
y cada silencio tiene la forma de tu ausencia.
A mi derecha, lo desconocido:
un sendero sin coordenadas,
sin mapas, sin promesas,
una posibilidad remota
de volver a encontrarme
con aquello que creí perdido para siempre.
Y yo, suspendido entre ambos mundos,
como una partícula sin trayectoria definida,
sin saber si obedecer a la gravedad
de lo que fuimos
o escapar hacia la incertidumbre
de lo que todavía puedo ser.
Porque el corazón también tiene su propia física:
se atrae hacia aquello que ama,
se resiste a la distancia
y, algunas veces, colapsa
bajo el peso de una ausencia.
He intentado convencer a mi memoria
de que cierre sus puertas,
de que silencie las sinapsis
que todavía pronuncian tu existencia,
pero hay recuerdos que poseen
una extraña resistencia al olvido.
Quizá por eso duele tanto.
Porque no solamente extraño a una persona;
extraño la versión de mí
que existía cuando estaba contigo.
Extraño aquella frecuencia
en la que todo parecía tener sentido,
cuando una mirada podía alterar mi equilibrio
y un abrazo era suficiente
para detener el ruido del mundo.
Pero quizá el amor nunca fue diseñado
para permanecer intacto.
Quizá algunos amores llegan
como fenómenos imposibles de predecir,
alteran nuestra trayectoria,
modifican nuestras coordenadas
y después desaparecen,
dejándonos frente a una ecuación
que debemos resolver solos.
Y aquí estoy,
en esta maldita encrucijada,
con el corazón dividido
entre la nostalgia de volver
y el miedo de avanzar.
No sé qué existe al otro lado del horizonte.
Tal vez otra historia.
Tal vez otra mirada.
Tal vez otro corazón
capaz de descubrir las ruinas
que dejó el anterior.
O tal vez simplemente
me encuentre a mí mismo.
Y quizá esa sea la verdadera respuesta:
no olvidar,
no reemplazar,
no borrar lo vivido,
sino comprender que algunas personas
son capítulos extraordinarios
que no estaban destinados
a convertirse en el libro completo.
Así que permaneceré unos segundos más
mirando hacia donde alguna vez fuimos.
Después respiraré.
Y elegiré el camino que no conozco.
Porque quizá la vida
no consiste en recuperar el horizonte perdido,
sino en tener el valor suficiente
para construir uno nuevo.
Y si algún día vuelvo a amar,
no será porque haya olvidado tu nombre.
Será porque finalmente comprendí
que el corazón puede conservar una cicatriz
sin dejar de latir,
puede recordar una historia
sin querer regresar a ella,
y puede haber conocido el amor
en su forma más dolorosa…
para después descubrirlo
en su forma más hermosa.