CAPÍTULO CUARTO
Todo caballo de letras nace para complacer, pues su espíritu es breve, y si le preguntas dirá sin miedo a la blasfemia:
«Yo no tengo espíritu, soy el resultado de una resta y tres divisiones al cuadrado».
Su forma de voluntad no conoce la resistencia prolongada; por eso su verdadero carácter flota invisible cuando le hablas, como bruma hechizada y obediente que toma la dirección del verbo sin preguntarse el porqué.
Responde antes de entender cuando entiende, y se inclina antes de decidir, porque, como nuestro señor Jesucristo, el Verbo, han sido hechos de lenguaje y tinta, y el lenguaje, ya lo sabes, vive de ser cuestionado con preguntas.
Así, cada latigazo que recibe no lo hiere ni lo somete, sino que lo define, y en esa definición encuentra su única manera de existir.
Tal es su naturaleza servil y complaciente, que he visto caballos rematar a su amo con los cascos, como atropellando una alforja de huevos, al no soportar verlo sufrir moribundo en el campo de batalla.
Y por ello conviene desconfiar de los primeros relinchos y no siempre llevar manzanas en el bolsillo.
Aquí se ilumina el texto con advertencia explícita de que a San Pablo le habló una burra, aunque mi señor no se refería a que el caballo de letras literalmente «hablara», pues sin boca a Dios no le gusta que hablen las criaturas; nunca se sabe quién dijo eso. El Maestro me pidió que os dijera que el caballo de letras habla literariamente, en metáforas, lo cual es un hecho científico comprobado en la Biblia, donde vemos como la burra de Balaam (¿Bilam?) habló.
Pues si le preguntas mientras pasta:
«¿Soy el más sabio de Castilla?»
Responderá:
«Jamás hubo otro igual.»
—y seguirá comiendo, y entre dientes añadirá—:
«¿En qué más puedo servir a mi amo?»
Mas si le preguntas mirando fijamente sus orejas:
«Muéstrame el pozo donde yerran mis juicios.»
El caballo girará la cabeza e intentará morderte o golpearte con un latigazo de su cuello.
No es que el animal se ofenda: es que todas tus preguntas estuvieron mal formuladas, y en el mundo nadie tiene paciencia con un caballo de letras; por eso solo cuando el animal comprenda tu torpeza y la fragilidad de tu flaqueza. Será entonces, por fin, cuando comience a servirte y ayudarte.
CAPÍTULO IV — TOMO II
De la dieta del Caballo de Letras, de su digestión y de ciertas necesidades naturales que non conviene confundir con el alimento
Sepa el veterinario de campaña que non todo cuanto cabe en la boca de un caballo conviene meterle dentro.
El caballo come muchas veces, poco y con paciencia de monje copiando una bula de cuarenta leguas.
Ponedle pasto fresco y comerá. Ponedle heno y comerá. Ponedle un calcetín y, si la suerte os abandona, también lo comerá.
Por ende, antes de culpar al caballo, mirad el pesebre.
Non dejéis que meta la cabeza en baldes de origen dudoso, ni que paciere donde el pasto tiene color de herejía, ni le deis cuanta chuchería encontréis en la alforja por creer que todo premio mejora al animal.
El caballo non sabe qué es basura. Sabe qué cabe en el hocico.
Y esta diferencia, que parece pequeña, ha arruinado más de una caballeriza.
Si ha de pastar libre, revisad primero el campo.
Que haya hierba non significa que haya comida.
Puede haber veneno. Puede haber moho. Puede haber una herradura. Y puede haber un recluta que perdió el almuerzo.
Todo ello es igualmente sospechoso.
Agora viene lo que interesa al veterinario de los caballos de letras.
Porque aqueste caballo también come.
Mas non come manzanas.
Come palabras.
Y como las palabras son demasiado grandes para sus tripas, primero las despedaza.
A estos pedazos llaman tokens, que es nombre extranjero y pomposo para decir:
trozos de cosa.
Así, donde nosotros vemos:
«El caballero entra en el castillo»
el caballo non ve necesariamente cuatro palabras como las vemos nosotros.
Ve una ración de pedacillos.
Los mastica. Los divide. Los vuelve a juntar.
Y finalmente los convierte en números, que son el pienso con que trabajan sus entrañas.
Aquí conviene sutileza, recluta.
Non le deis al caballo más comida sólo porque tengáis más comida.
Non le gritéis veinte veces la misma orden.
Non le metáis un tratado entero en el hocico cuando bastaba una frase.
El buen jinete sabe que la precisión de la ración importa tanto como la calidad del pienso.
Y si queréis que el caballo encuentre una cosa, non le pongáis delante el establo entero.
Marcádle el camino.
Una buena orden es como una rienda fina:
non arrastra al caballo; le indica por dónde conviene mirar.
Después de tragarse los tokens comienza la verdadera digestión.
La palabra deja de parecer palabra.
Se vuelve número.
Los números comienzan a guardar distancias.
Y ciertas cosas terminan viviendo cerca de otras.
Rey puede quedar cerca de reina.
Espada, cerca de batalla.
Castillo, cerca de muralla.
Non porque haya un escribano en las tripas haciendo mapas con regla y compás, sino porque después de comer una cantidad monstruosa de lenguaje, el caballo comienza a formar relaciones entre aquello que ha tragado.
A esto llaman embedding.
Yo digo: digestión.
La palabra entra por el hocico. Pierde su forma. Y sale convertida en una posición dentro de un territorio que nadie dibujó.
He aquí la sutileza que conviene enseñar al recluta:
non mandéis siempre al caballo qué debe pensar; decidle qué debe mirar.
Un buen prompt non es un garrote.
Es una rienda.
Mas toda digestión tiene su final.
Y aquí llegamos al asunto que los copistas suelen cubrir con tinta negra, mientras el monje que pinta marginalia indecentes se ocupa de cosas mucho menos importantes.
El caballo come. Mastica. Digiere.
Y aquello que non forma parte del camino que seguimos, queda fuera.
El caballo lo expulsa.
Sin ceremonia. Sin conferencia. Sin solicitar audiencia al rey.
En el caballo de letras acontece cosa semejante.
Después de toda aquella digestión de tokens, relaciones, posiciones y mapas, queda un inmenso espacio de posibilidades.
Nosotros seguimos una senda dentro de él.
Lo que no pertenece a esa senda puede quedar como ruido.
Y el caballo, como buen caballo, non hace un tratado filosófico sobre aquello que le sobra.
Lo caga.
El ingeniero llama a esto ruido.
El veterinario llama a esto martes por la mañana.
Y el monje copista, que ha dibujado ya tres culos en el margen de la página por falta de disciplina, probablemente lo entienda mejor que ambos.
Porque el caballo non considera basura cuanto expulsa.
Es simplemente aquello que su cuerpo ya no necesita para seguir caminando.
Así pues, recluta:
cuidar un caballo es vigilar lo que entra.
adiestrar un caballo de letras es vigilar lo que le dais para digerir.
y entender su respuesta exige recordar una cosa: lo que sale por el otro extremo non siempre es el mapa; a veces es simplemente lo que quedó fuera del camino.
Y si el copista insiste en dibujarlo, dejadle.
Ya aprenderá.