***
Gritos de horror resonaban por todas partes.
Monstruos descendían del cielo en cantidades incontables.
La gente corría con todas sus fuerzas. Muchos intentaban refugiarse dentro de los edificios. Otros levantaban armas improvisadas y trataban de defenderse.
En vano.
Yo avanzaba por la calle sujetando la mano de Eunbyeol, esquivando garras, escombros y cuerpos que caían a nuestro alrededor.
No podía soltarla.
No importaba qué ocurriera.
No podía soltarla.
A lo lejos, vi a varias personas cubiertas con túnicas.
Reían.
Alzaban los brazos hacia el cielo, como si aquella masacre fuera la respuesta a todas sus plegarias.
Como si ellos mismos hubieran llamado a los monstruos.
Pero las criaturas no distinguían entre creyentes y víctimas.
Los hombres de las túnicas fueron los primeros en ser despedazados.
***
—Vas a indicarnos el camino.
Tras un rato de viaje, el automóvil se detuvo frente a un edificio deteriorado.
Parecía una fábrica abandonada.
Las paredes estaban cubiertas de humedad. Varias ventanas habían sido tapiadas con placas de metal, y una vieja chimenea se levantaba sobre el techo como un cadáver ennegrecido.
Miré al informante.
—¿Es acá?
—Sí... señor —respondió, fingiendo cortesía.
Su voz temblaba.
—Bajate y guiame.
Señalé la puerta con un movimiento rápido.
En ese instante, sentí movimiento en la parte delantera.
El calvo había despertado.
Todavía desorientado por el golpe, intentó girarse y llevar la mano hacia el interior de su chaqueta.
No esperé a ver qué buscaba.
Abrí el inventario dimensional y extraje la espada de Clemen.
El filo apareció entre mis manos.
Con un único movimiento, atravesé el respaldo del asiento del acompañante y le clavé la hoja en el pecho.
—Kugh...
El calvo abrió los ojos de par en par.
La sangre brotó de su boca y cayó sobre el tablero.
Retiré la espada.
Su cuerpo quedó inmóvil sobre el asiento.
—Bajate y guiame —repetí, esta vez con un tono más seco.
El informante miró al calvo.
Después me miró a mí.
No necesitó otra advertencia.
Abrió la puerta apresuradamente y salió del vehículo.
Antes de seguirlo, dirigí la vista hacia los otros dos hombres.
Uno tenía la muñeca rota y apenas podía respirar. El otro seguía observándome con una mezcla de odio y terror.
No podía dejarlos atrás.
No sabía a quién llamarían.
No sabía cuántos miembros del culto aparecerían si les daba unos minutos.
Y no estaba dispuesto a cometer el mismo error dos veces.
La espada dibujó dos líneas rápidas dentro del automóvil.
Los cuerpos se desplomaron antes de poder gritar.
Guardé el arma y descendí.
El aire exterior olía a óxido, combustible viejo y agua estancada.
Frente a mí, el informante caminaba lentamente hacia una puerta de metal medio destrozada.
Sus hombros temblaban.
Sus pasos eran pequeños.
Como si intentara retrasar lo inevitable.
—No se te ocurra hacer ninguna estupidez —dije.
Liberé apenas una fracción de mi sed de sangre.
El hombre se paralizó.
Para él debió sentirse como si una bestia enorme acabara de abrir los ojos detrás de su espalda.
—¿Entendés?
—Sí... Sí, señor.
—Entonces seguí caminando.
El hombre asintió varias veces y avanzó hacia la entrada.
Observé la fábrica.
No había guardias visibles.
No había luces.
No se escuchaba movimiento alguno.
Demasiado silencioso.
Un culto que llevaba años preparándose para el fin del mundo no dejaría su sede completamente desprotegida.
Apreté la empuñadura de mi espada.
—¿Cuántas personas hay adentro?
El informante no se dio vuelta.
—No lo sé exactamente...
—Número aproximado.
—Unas treinta. Tal vez cuarenta.
—¿Armas?
—Pistolas. Cuchillos. Algunas escopetas...
Titubeó.
—Y hay algo más.
Me detuve.
—¿Qué cosa?
El hombre tragó saliva.
—Debajo de la fábrica hay una sala. Solo los sacerdotes pueden entrar.
Apenas cruzamos la entrada, escuché varias voces provenientes del fondo.
Pasos.
Conversaciones apagadas.
El sonido metálico de armas siendo manipuladas.
Algunas personas se acercaron al oír la puerta abrirse.
—¿Qué hacés acá, Número Tres? —preguntó uno de ellos—. ¿No deberías estar atrayendo ofrendas?
Su tono cambió apenas al verme.
Desconfianza.
Fue suficiente.
Salté por encima del informante.
Al pasar junto a él, tracé una línea con la espada.
Su garganta se abrió.
Lo miré de reojo durante un instante.
Todavía tenía la sorpresa dibujada en el rostro cuando cayó de rodillas, aferrándose inútilmente al cuello.
Ya había cumplido su función.
—¡¿Qué mierda?!
El primero en aparecer llevó la mano hacia su pistola.
Demasiado lento.
Con mis estadísticas actuales, podía ver cada movimiento.
La tensión de sus dedos.
El giro de su hombro.
La dirección en que intentaría apuntar.
Antes de que sacara el arma por completo, mi espada atravesó su garganta.
La sangre salpicó la pared.
Su cuerpo cayó sin fuerza.
—¡Un intruso!
Varias voces se alzaron desde el interior de la fábrica.
Gritos.
Órdenes.
Pasos corriendo en mi dirección.
Seguí avanzando.
Al doblar por un pasillo, vi a tres hombres frente a mí.
Uno sostenía una escopeta.
Los otros dos, pistolas.
Las armas se levantaron al mismo tiempo.
Pero los cañones siempre revelan dónde caerá la muerte antes de disparar.
Corrí hacia ellos.
Los disparos retumbaron dentro de la fábrica.
Salté hacia la pared, evitando las trayectorias de las balas.
Mis pies tocaron el cemento apenas un instante.
Me impulsé con fuerza.
El cuerpo salió despedido hacia adelante.
Los tres hombres abrieron los ojos.
No tuvieron tiempo de corregir su puntería.
Mi espada recorrió el aire en un solo arco.
Tres cabezas se separaron de sus cuerpos.
La sangre salió disparada mientras los cadáveres todavía permanecían de pie.
Caí al otro lado.
Sacudí la hoja con un movimiento seco.
Las gotas oscuras mancharon el suelo.
Y continué corriendo.
No les di tiempo para reorganizarse.
No les di tiempo para cerrar puertas.
No les di tiempo para entender qué clase de enemigo había entrado.
Cada pasillo traía nuevos hombres.
Cada puerta escondía nuevas armas.
Pistolas.
Escopetas.
Cuchillos.
Bates.
Pero ninguno sabía utilizarlos de verdad.
Solo eran fanáticos armados.
Yo había pasado más de mil años aprendiendo a matar.
La diferencia no podía medirse.
Pronto, los disparos se convirtieron en gritos.
Los gritos se volvieron gemidos.
Y los gemidos terminaron en silencio.
La fábrica empezó a llenarse de cadáveres.
La sangre corría entre las grietas del suelo.
El olor a pólvora se mezclaba con el hierro de la sangre.
Pero no me detuve.
Todavía quedaban sacerdotes.
Al bajar las escaleras, encuentro una sala amplia iluminada por velas.
Varios hombres de edad avanzada están sentados unos frente a otros, formando un círculo. Todos llevan túnicas oscuras marcadas con el símbolo de una cruz invertida.
Ninguno parece sorprendido por mi llegada.
—Eres el primero en llegar hasta aquí, huésped —dice uno de ellos.
Los demás permanecen en silencio.
El anciano levanta la mirada hacia mí.
—¿A qué dios sirves?
—A ninguno.
Inclino ligeramente la cabeza.
—¿Y ustedes?
—A Amosfe —responde con serenidad—. Él será quien traiga la tranquilidad a este mundo.
Los demás sacerdotes comienzan a murmurar.
Sus voces se unen poco a poco, formando un cántico grave e incomprensible que hace vibrar las paredes.
—Amosfe...
Escupo al suelo con desprecio.
—Así que ustedes son fanáticos de ese lunático.
Los cánticos se detienen.
El aire parece enfriarse.
—Lunático... —repite el anciano—. ¿No temes cometer una blasfemia?
—¿Blasfemia?
Una sonrisa burlona aparece en mi rostro.
Aprieto la empuñadura de la espada, preparado para desenvainarla.
Pero antes de que pueda moverme, el sacerdote vuelve a hablar.
—Detrás de nosotros hay cien ofrendas consagradas a Amosfe.
Entrecierro los ojos.
Más allá del círculo alcanzo a distinguir una enorme cortina roja. Detrás de ella se escuchan respiraciones, llantos ahogados y el sonido de cadenas arrastrándose por el suelo.
El anciano sonríe.
—Si morimos, ellos mueren.
Uno de los sacerdotes abre ligeramente su túnica.
Sobre su pecho hay símbolos negros grabados directamente en la piel. Las marcas palpitan como si tuvieran vida propia.
—Si perdemos la conciencia, mueren —continúa el anciano—. Si así lo deseamos...
Los cánticos vuelven a comenzar.
Detrás de la cortina, alguien grita.
—...mueren.
Su sonrisa se ensancha.
—Pero si nos permites marcharnos, tal vez sobrevivan.
Durante unos segundos, no respondo.
Cien rehenes.
Sus vidas unidas a las de estos sacerdotes mediante algún tipo de maldición.
Matar a uno podía significar matar a todos.
Incapacitarlos tampoco era una opción.
Y creer en su palabra sería aún más estúpido.
El anciano interpreta mi silencio como duda.
—Eres fuerte, huésped. Lo sabemos. La sangre que cubre tu espada lo demuestra.
El sacerdote extiende los brazos con tranquilidad.
—Pero la fuerza no puede salvarlos a todos.
Miro las marcas negras grabadas sobre su pecho.
Después, las velas.
El círculo.
Los símbolos dibujados en el suelo.
La cortina roja.
Durante un minuto entero busco una solución.
Una falla en el ritual.
Un núcleo.
Un vínculo que pueda cortar sin afectar a los rehenes.
Pero no encuentro nada.
Tal vez exista una respuesta.
Tal vez, con más tiempo, podría descubrirla.
Pero ellos no me darán ese tiempo.
Suspiro lentamente.
—Qué hijos de puta... —murmuro.
Cierro los ojos durante un segundo.
Cien vidas.
Frente a ellas, hombres que podrían sacrificar a miles más en el futuro.
No existe una decisión correcta.
Solo una que debo tomar.
Cuando vuelvo a abrir los ojos, toda mi visión se concentra en los sacerdotes.
Y corro.
Ya no pienso.
Solo corro.
Al acercarme a menos de un metro del primero, los cánticos aumentan de intensidad.
Las marcas de sus pechos comienzan a brillar.
Mi espada se mueve.
La primera cabeza cae.
Luego la segunda.
La tercera.
Los sacerdotes intentan levantarse, pero ninguno es lo bastante rápido.
Cada tajo interrumpe una voz.
Cada cuerpo cae sobre el círculo.
Cada cabeza rueda entre las velas.
Hasta que solo queda el hombre que había hablado conmigo.
No intenta escapar.
Me observa con una sonrisa maliciosa.
—Así que elegiste la decisión más difícil.
La sangre de los demás se extiende alrededor de sus rodillas.
—Bastante intere...
No le permito terminar.
Mi espada atraviesa su cuello.
La cabeza se separa del cuerpo y cae dentro del círculo.
Entonces, los cánticos terminan.
El silencio que queda es peor.
Me detengo.
Respiro una vez.
Luego otra.
No siento alivio.
Camino lentamente hacia la cortina roja.
La tela pesa más de lo que debería.
La sujeto con una mano.
Por un instante, no quiero apartarla.
Pero lo hago.
Y detrás de ella encuentro un desastre.
Cien personas yacen sobre el suelo.
Sus cuerpos están pálidos.
Sus ojos, abiertos.
Algunos todavía conservan cadenas alrededor de las muñecas y los tobillos.
Niños.
Jóvenes.
Adultos.
Ancianos.
Todos muertos.
Permanezco quieto.
Sabía que ocurriría.
Lo había elegido.
Pero saberlo no disminuye el peso.
La fuerza no puede salvarlos a todos.
El sacerdote tenía razón.
Aprieto la empuñadura de mi espada hasta sentir dolor en los dedos.
Tomo aire y me dispongo a marcharme.
Entonces escucho algo.
Una respiración.
Débil.
Entrecortada.
Pero viva.
Me giro de inmediato.
Entre los cuerpos veo movimiento.
Una niña de unos seis años intenta arrastrarse hacia la salida. Sus brazos tiemblan y una de sus piernas permanece inmóvil detrás de ella.
Corro en su dirección, esquivando los cadáveres.
Me arrodillo a su lado.
—No te muevas.
La niña levanta la mirada. Su rostro está pálido y sus labios, casi azules.
—Mi papá...
Estira una mano temblorosa y señala a un hombre tendido a pocos metros.
—Mi papá... ayudalo...
Miro al hombre.
No respira.
Una marca negra cubre su pecho, extendiéndose desde el corazón hasta el cuello.
La niña intenta arrastrarse nuevamente.
—Por favor...
La sujeto con cuidado antes de que caiga.
—Esperá acá.
Me acerco al cuerpo y apoyo dos dedos sobre su cuello.
Nada.
Ni pulso.
Ni respiración.
Solo un cuerpo que todavía conserva algo de calor.
Cierro los ojos un instante.
Después regreso con la niña.
Ella me mira buscando una respuesta.
La misma mirada.
Los mismos ojos suplicando que le diga una mentira capaz de cambiar la realidad.
Por un segundo, ya no veo a aquella niña.
Veo a Eunbyeol entre mis brazos.
—¿Mi papá está bien? —pregunta.
Un nudo se forma en mi garganta.
Podría mentirle.
Podría decirle que está dormido.
Que despertará pronto.
Que todo estará bien.
Pero las mentiras solo duran hasta que la realidad vuelve a abrir los ojos.
—Tu papá te protegió hasta el final —respondo.
La niña deja de moverse.
Sus labios tiemblan.
—¿Está muerto?
No contesto de inmediato.
Finalmente, asiento.
Las lágrimas comienzan a caer por su rostro.
—No...
Intenta levantarse, pero su cuerpo no responde.
La abrazo antes de que golpee el suelo.
—¡No! ¡Papá!
Sus pequeños puños golpean mi pecho.
No intento detenerla.
No digo que se calme.
No le digo que todo estará bien.
Solo permito que llore.
Mientras la sostengo, miro los cadáveres que llenan la sala.
Había venido a impedir el futuro.
Pero una vez más, llegué demasiado tarde para alguien.
—¿Cómo te llamás? —pregunto cuando sus golpes pierden fuerza.
La niña tarda en responder.
—Eun... Eunji...
La estrecho con un poco más de fuerza.
—Está bien, Eunji.
Miro hacia la salida.
—Vamos a salir de este lugar.
Ella se aferra a mi ropa.
—¿Y mi papá?
Vuelvo la mirada hacia el hombre.
—No voy a dejarlo con ellos.
No podía devolverle la vida.
No podía borrar lo ocurrido.
Pero podía darle una tumba.
Y podía asegurarme de que aquella niña tuviera un lugar al que volver.
Tal vez eso no fuera suficiente.
Pero era lo único que todavía podía hacer.