Tertulias
El traje prestado del cuñado le ajustaba en las axilas con un olor a ropero ajeno, a humedad vencida. Luis Alberto llegó a la hacienda cargando esa rigidez en el cuerpo, aunque el poncho borravino y azabache lograba disimularle los hombros caídos de peón. María lo recibió con una sonrisa de porcelana, una de esas muecas que las mujeres de los patrones ensayan frente al espejo antes de que lleguen los invitados. Él agachó la cabeza, no por respeto, sino por esa vieja costumbre del campo de mirar dónde se pisan las grietas. Al entrar al salón, el tiempo pareció espesarse; una bandeja de plata le rozó la manga como un aviso silencioso y un muchacho con ojos de asustado le encajó una copa de tinto en los dedos.
En un rincón, Clemente —el dueño de las tierras, del ingenio y de las vidas que andaban cerca— acariciaba el mango de un puñal de marfil. Lo mostraba a otros hombres gordos que asentían con olor a tabaco caro y a cuentas bancarias. Más allá, el gobernador y el intendente se consumían bajo la sombra de la chimenea, masticando leyes y silencios. Al fondo, las hijas de la casa tejían susurros, diseccionando a los recién llegados con la mirada fría de las urracas.
El aire adentro apestaba a perfume e hipocresía. Luis Alberto, que prefería el lenguaje seco de los animales, sacó un pucho negro del bolsillo y buscó el patio. Necesitaba el barro bajo las botas; el piso encerado de la contrasala le devolvía un reflejo incómodo, casi obsceno. Desde afuera, a través del ventanal, la cena parecía un decorado de teatro mal montado: la araña de bronce iluminaba cubiertos que cortaban el aire con demasiada finura. El cocinero pasó a su lado, le cambió la copa vacía por otra llena de tinto cafayateño y volvió a desaparecer en la penumbra de las hornallas sin decir palabra, como un fantasma asalariado.
A las nueve, el reloj de pared dio las campanadas con una vibración que pareció acomodar a los comensales en sus sillas. Había un orden invisible, una geometría del desprecio. A Luis Alberto le tocó el único rincón vacío, justo al lado de la mujer del comisario. Con el tipo se habían insultado feo en la última huelga abajo del tinglado, pero ahí dentro la memoria se volvía de guante blanco. «Pasado pisado», se masticó para adentro, y manoteó un pedazo de pan de ajo para entretener los dedos y el sudor de las manos.
La crema de ave y hongos tenía la consistencia de la sospecha; el tinto ayudó a empujar ese sabor a rancio refinamiento. Sabía que después vendría la pava rellena, esa comida pretenciosa que los ricos usan para estirar las horas y simular abundancia.
Pero después de la segunda botella, Clemente se puso de pie. El silencio cayó sobre la mesa como un hachazo. El patrón clavó los ojos en Luis Alberto, unos ojos fijos, sin brillo, casi biológicos. Empezó a hablar del ingenio, del progreso, y celebró la llegada del "nuevo capataz", lamentando con una ironía pastosa el destino del anterior, Roberto Rojas, que según las malas lenguas se había mandado a mudar con lo puesto tras la revuelta. Clemente sonrió, y la mesa entera aplaudió con una sincronía perfecta, casi mecánica.
—Para celebrar que las aguas volvieron a su cauce —dijo Clemente, acariciando el mantel—, hoy no vamos a comer esa pava flaca. Mandé a preparar unas cabezas guatedas del mejor ganado de Rosario. Con el pimentón y el limón que a nosotros nos gusta.
Entraron tres bandejas de plata que arrastraban un vapor denso, un olor a grasa caliente, ajo y tierra cocida que golpeó las paredes del estómago de Luis Alberto. Los platos se llenaron. Las risas se volvieron más ruidosas, los dientes masticaban con un entusiasmo carnívoro. Entonces Clemente, con una lentitud de cirujano, se acercó a la tercera bandeja, la que había quedado en el centro, y levantó la tapa de plata.
Luis Alberto no gritó. Ni siquiera se movió. El bocado de carne se le congeló en el fondo de la garganta. Desde el fondo de la fuente, entre el jugo espeso y las rodajas de limón, la cabeza desollada del viejo capataz lo miraba con las cuencas vacías, pero con la boca todavía torcida en la misma mueca de la última huelga.
Clemente lo observaba de reojo, masticando despacio, esperando el primer síntoma de debilidad. Luis Alberto entendió entonces el verdadero precio del traje prestado y del nuevo cargo. Miró su copa, miró el reflejo de la plata y, con los dedos temblando adentro de los bolsillos, volvió a agarrar los cubiertos.