Imagina vivir en un sueño tan lucido que pareciese real, y recordar que sí, es real, pero no todo encaja, las ideas, los recuerdos, todo parece venir de otro lado.
Ayer volví a la estación que de niño me daba miedo. Pero esta vez sentí nostalgia. El anciano seguía renegando, aunque ahora parecía cansado, incluso alegre. Antes protestaba por llegar tarde; hoy lo hacía porque su silla ya estaba vieja y rota., pareciese que verdaderamente que estuviese en un sueño, porque lo único viejo en aquella estación era el anciano y su vieja silla, lo demás, parecía recién hecho, pero no recién pintado, era como volver a ver a mi casa, igual, pero más chica que antes.
Mi lógica adulta se funde con mis recuerdos, vagos recuerdos de la niñez. Aquel árbol caído, ¿alguna vez estuvo erguido? Hoy sé que sí, pero en un sueño esa certeza no bastaría. Bastaría con que alguien hubiese decidido que el árbol siempre estuvo allí, tendido sobre la tierra, y yo aceptaría ese recuerdo como verdadero. Los sueños no necesitan explicar sus cambios; simplemente ocurren. Quizá por eso pensé en el anciano. Él también parecía formar parte de la estación, como los rieles o el andén. Murmuraba y refunfuñaba incluso cuando nadie parecía escucharlo. Entonces me pregunté si realmente hablaba para los demás. Tal vez lo hacía para sí mismo. Tal vez expresar un pensamiento no necesita un testigo para tener sentido. Si mostrar nuestros sentimientos, aun cuando nadie los escuche, es algo bueno, ¿qué sería entonces algo malo? ¿Existe realmente lo malo, o solo llamamos así a aquello que interrumpe nuestros deseos?
Ahora supongamos que estoy en un sueño, podría correr desnudo por la vías, y si siento vergüenza que me mire la gente los haría ser ciegos, o que no me miren, al fin y al cabo es mi sueño, puedo hacer lo que yo quiera. Pero y si eso hacia el anciano?
Pero también… si fuera la realidad, si corriera desnudo todos los días, ya sería algo natural, monótono y repetitivo, ya no le importaría a la gente, igual que aquel viejo en su vieja silla.