EL ENTE
En el albergue donde vivo, nadie se despierta muy temprano; y, por regla general, los inquilinos que cada mes se renuevan, tampoco son ningunos madrugadores. Yo, caso excepcional, ando siempre despabilado a partir de las cinco primeras horas del día. La casona en esos momentos abriga un silencio atronador; tan solo un gato indiscreto se atreve, a veces, a profanar semejante monumento a la serenidad. Yo, al deambular por el lugar, intento no hacer demasiado alborozo, misión de agente entrenado, pues la vieja residencia se quiebra con la menor presión de los pasos.
Ninguna cosa en esos ratos resulta de gran interés más que beber el idóneo café, preferiblemente acompañado de alguna exquisitez de repostería; acaso pasmar los pensamientos en la escritura amilana a cualquier aburrimiento fanfarrón. La historia que ahora detallaré, sin embargo, aconteció un día en que mi rutina fue embargada por uno de esos fenómenos que, solemnemente, los despiertos apellidan paranormales. Estoy convencido de que éste es el inefable origen de mi dolencia.
Me encontraba como siempre, sentado a la mesa con la libreta y el negro café, abocado a la escritura bajo la tenue luz de la tímida vela, cuando de repente me pareció oír un prolongado sonido inquietante. Fue tan inusitado que prejuzgué imposible que lo haya ocasionado el gato, el cual, por su parte, ni se hubo presentado aquella noche. Eso más bien tuvo notas de graznido mezcladas con llanto y el rugido de un motor, aunque gustaba menos natural que mecánico. No supe de dónde provenía mientras atravesaba el estrecho corredor oscurecido, ni cuando llegué al amplio vestíbulo apagado; no supe qué cosa lo emitía sino hasta que posé mi ojo en la mirilla de la gruesa puerta de madera antigua. Inmediatamente quedé paralizado y comencé a sudar en frío; mi boca de golpe se secó y mi corazón empezó a retumbar fuerte. El panorama de fuera, visto por mi ojo, pintaba un cuadro espeluznante.
Aquello que al pie de la acera se ocultaba, envuelto en una especie de tejido aparentemente sintético, sólo revelado por la escasa luz azufrada de la calle, no era humano, tampoco animal; no era como nada con lo que haya tenido contacto alguna vez. El ente era pardo, plumífero, abultado y considerable. No sé en qué instante se tornó hacía mí; contemplé allí su rostro, o eso creí, pues todos sus rasgos se me desordenaron. Pronto perdí el conocimiento y lo siguiente que supe es que yacía en un lecho de hospital. Supuse, tiempo después, que aquella criatura no deseaba que viera su cara; en aquel entonces no me apercibí a causa de la excitación, o lo habría atribuido a ésta misma, pero algo por dentro de mi cabeza presionó con fuerza su flanco derecho. Desde aquel extraño evento que no he vuelto a reconocer un rostro.
Lauriano García Tuttolomondo. (2026).