LA AMADA
Por la mano amada habían sido esparcidos tantos buenos dones en mi alma; las lozanas azucenas blancas adobaban el jardín, y el fulgor del sol golpeaba los delicados pétalos de las flores, posándose sobre la faz de ellos; y en el jardín regaba un arroyo donde pronto el fulgor caía rompiéndose en mil destellos que continuaban su dirección. El jardín se completaba de tersa luz; igual que mi ánimo quedaba todo iluminado.
Intuía, por aquel tiempo, un espíritu solitario queriendo ser una fuerte de ternura, ¿podría haber sido usted de veras? También intuía que me acompañaría siempre, ¿y usted podría haberlo prometido de veras? Mucho ansié su vuelta, tanto, que las alegrías se hicieron tristeza y en amargura el jubilo se tornó. Tal le aguardaba, muy cuitado, solicitando que con la figura curares mis aflicciones. Y he aquí que me enteré que me faltabas, quedándome con agria queja, sin consuelo. Y por casualidad la faltante no puede aconsejarme, y es de quien requiero consejo, pues está de mí desconocida, que ausente me tiene de sus rezos, de su corazón y de su suerte. Con que viéndome desprotegido se lamentase, con que un vano gesto piadoso me muestre, ha de ser remedio suficiente. Pero me tiene aguardando por que me cumpla mientras con otros cumple lo que me guarda, que con quien tiene la deuda, a ese no le paga, mientras que le regala a quienes no debe.