UN PASEO POR EL PARQUE
Fui a dar mi habitual peregrinación al redor del parque de cerca de casa; esto hace unos pocos días. Recuerdo que era una mañana fresca (ahora mismo nos encontramos en julio, en invierno). Aquella circunstancia fue el motivo para dar un paseo matutino; no podía tener fe en que hubieran semejantes condiciones favorables a la hora de la tarde. La brisa al rozar el cuerpo se sentía fría, aunque no demasiado, sí lo suficiente para enervarme y mantenerme enérgico, de notable mejor humor, el resto de la jornada; durante la noche pasada de aquel día, no concilié profundamente el sueño, el bullicio del rodar de coches me estorbó el sano descanso.
En mi estancia en el parque, vi pasar dos caballeros correctamente figurados que andaban a zancadas por la acera del frente. Pronto los perdí de vista; yo viré a través del parque, mientras que ellos continuaron su marcha en línea recta, sentido contrario al parque. No dispuse de medios para saber quienes eran, jamás me los había topado antaño. De todas formas, yo no soy muy capaz de reconocer a un par de transeúntes cualquieras que anduvieran por ahí; sin embargo, resultaban un tanto desconcertantes, no se asemejaban a las gentes del pueblo (no tenían esas fachas). Deben ser mormones, pensé; y con esas palabras obturé mis dudas por un rato. Pero caminar solo… sin tema alguno de interés que meditar… y habiendo ya estudiado y repasado cada planta, arbusto, árbol, pajarillo, insecto, fuente, banco y baldosa del parque, hasta el grado en que conocí todo eso mejor que a mí mismo, la impresión de aquellos desconocidos hombres de etiqueta retornó a mi imaginación. No fue necesario, sin embargo, que me los represente mucho, pues ellos mismos, presuntamente atraídos por mis cavilaciones, reaparecieron.
Entonces pude observarlos y analizarlos con mayor cuidado, ya que atravesaron el parque y pasaron muy cerca mío. Comprobé, y mi ego de detective se hirió, que no eran mormones, pues carecían del común gafete. Ambos eran de tez blanca y cabellera rubia, bien perfilada. Nuevamente iban de prisa pero desequilibrados; el balanceo de sus brazos no se ajustaba a la marcha del cuerpo entero. Noté que los hombros del menos alto resaltaban desproporcionados. Semejante espectro de rarezas, hubo otras tantas que no incluí, hacía que lo que perdían en gallardía lo ganaran en lo ridículo. Tal vez los trajes son nuevos, recién estrenados, pensé, aún no se habrán ni estirado ni ablandado lo que se requiere para adaptarse a la compostura, algo robusta, de sus nuevos huéspedes. No tuve las agallas de mirar sus zapatos.
A todas luces aquellos personajes debían ser oficinistas o quizá banqueros o quizá algún género de hombre de negocios, juzgue sólo por los trajes que ostentaban. Eran trajes lóbregos y la comparación con mis propias ropas fue inevitable. Aquella mañana me había apetecido calzarme el pantalón marrón de gabardina, los marrones zapatos, adquiridos como ganga de manos de un juez, y, además, el obligado pulóver a tono con el resto de prendas. El color marrón, especialmente si no es demasiado oscuro, infunde elevados sentimientos, no por nada es el color de la augusta madera. Entre los subidos valores que infunde se pueden contar el amor, la disciplina, la sabiduría y el heroísmo. Aunque, aunque, no serían más que bagatelas todas esas cosas exceptuando de ellas el espíritu religioso del hombre.
Lo sé, hoy en día ser religioso es considerado casi como un pecado mortal, puesto que la opinión vulgar lo cree signo infalible de superchería, estupidez y falta de autonomía. La religión, claman los vindicadores del ateísmo moderno, no es sino un ardid para substraer a los incautos el goce de los primores de este mundo, que cuenta entre sus primicias a la diversión insignificante, el placer instantáneo y perecedero y, por último, el ocio fatuo del entretenimiento embrutecedor, que se sirven cual sucedáneo de las buenas costumbres, los subidos valores y la formación espiritual, integral, del ser humano. No comprendo que tanta bronca contra la religiosidad, pues todo el mundo se cuida más de ella que de un virus, pero se enferman por lo que consumen a diario. Em… Bueno, no era éste el tema que me ocupaba ahora, sino otro. Estaba en mi paseo pretérito por el parque… Ah, ya, los caballeros de estilo refinado y austero. Sí, definitivamente nunca jamás me echaré un aburrido traje de oficina.
Lauriano García Tuttolomondo. (2026).
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