Yo soy Alina. Vivo en la casa más grande del lugar —aunque muchos le dicen castillo, no tiene torres altas ni banderas que agiten el viento; es más bien una construcción amplia, de paredes gruesas y ventanas casi siempre cerradas, con jardines donde las plantas crecen ordenadas pero sin alegría—. Desde que tengo memoria, quienes llamo mis padres me han mantenido siempre entre estas paredes. Me repiten lo mismo con voces suaves, parejas, medidas, como si cada palabra estuviera escrita antes de ser dicha: “El mundo de afuera no es seguro, Alina. Es mejor que estés aquí, protegida, donde nada malo te puede tocar”. Pero para mí, estar encerrada es como estar en una habitación con las ventanas tapadas: siento que me falta aire, que me pierdo todo lo que hace que la vida sea vida: el ruido, el cambio, lo desconocido.