Mil años de dolor
El tiempo es un verdugo despiadado, pero para él, se había convertido en una prisión sin rejas.
A lo largo de diez siglos, había visto imperios alzarse con arrogancia y desmoronarse hasta convertirse en polvo. Había sostenido las manos temblorosas de todos aquellos a quienes amaba mientras exhalaban su último aliento, una, otra y otra vez, hasta que la muerte se volvió una rutina insoportable. Su maldición no era la tumba, sino la absoluta ausencia de ella. No moría. No envejecía. Su rostro mantenía la misma juventud inalterable de aquel día aciago en que los dioses, o los demonios, le negaron el descanso eterno.
Pero si su rostro era un lienzo intacto que engañaba al mundo, su cuerpo era un pergamino de tragedias. Bajo sus ropas, la piel revelaba un mapa grotesco y profundo: cada cicatriz que marcaba su pecho, sus brazos y su espalda no era el trofeo de una batalla ganada, sino el registro innegable de un error. Una herida por el amigo al que llegó tarde, una quemadura por el hermano que dejó atrás, un corte profundo y dentado por el amor que no pudo proteger. Llevaba la culpa, literalmente, grabada en su propia carne, pesando más que cualquier armadura.
Habían pasado mil años. Mil años de dolor. Y cuando llegó la primavera 🌸, con su insultante explosión de colores y su promesa de renacimiento, a él ya no le importaba nada.
Caminaba entre los cerezos en flor con la mirada vacía, sordo al canto de los pájaros y ciego a la luz del sol. Era un fantasma condenado a vagar por un mundo de vivos, un cascarón vacío donde el peso de los siglos había aplastado hasta el último rastro de esperanza.
Hasta que el viento sopló, arrancando una lluvia de pétalos rosados, y la vio.
El corazón, que creía petrificado para siempre, dio un vuelco tan violento que le robó el aliento. Allí, a unos pasos de distancia, estaba una mujer. No era un parecido vago fabricado por la nostalgia; era un reflejo exacto. Irradiaba la misma calidez que él había buscado en vano durante diez siglos, esa aura tan relajante que parecía aquietar a los monstruos de su mente con solo existir cerca.
Y cuando ella giró el rostro hacia él, el tiempo, por primera vez en un milenio, se detuvo. Se encontró con esos ojos. Esos ojos que no pueden explicarse con palabras, pozos de infinita ternura que lo arrastraron de vuelta a la vida en un solo segundo. Era el rostro de su prometida.
Después de mil años de invierno absoluto, la primavera había vuelto a respirar. Próximo capítulo