Cuentan que existen árboles
que jamás prueban su propia sombra;
pasan la vida regalando frutos
mientras el sol les rompe las hojas.
Cuentan que hay manos silenciosas
que aprendieron a vaciarse primero,
porque encontraron más riqueza
en ver florecer jardines ajenos.
Nunca pidieron aplausos,
ni un lugar en la fotografía;
hicieron del amor un oficio
y de la renuncia, una rutina.
A veces los sorprende la nostalgia,
esa que pregunta: ”¿y si hubiera vivido un poco más para mí?”
Pero el tiempo no vuelve la mirada,
solo enseña a entender lo que perdí.
Qué extraño es descubrir tan tarde
que la abundancia no siempre se mide en cosas;
hay quienes llegan con las manos vacías
porque dejaron la vida llenando otras.
Ojalá algún día ese viajero entienda
que ningún acto de amor fue en vano;
que quien sembró caminos para otros
también merece descansar los pasos.
Y si aún queda tiempo, aunque sea poco,
que aprenda el arte de elegirse sin culpa;
porque incluso los faros necesitan luz propia
para seguir alumbrando la ruta.