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De las chicas finales (01)

CharlieMarian
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1.-

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Pensamiento

Pensamiento

renglontorcido

Me da envidia que este fue el primero que hiciste y ya traía todo, hasta la mano del guardia al final. Yo sigo con el mío a medio camino desde hace tres años.

Me da envidia que este fue el primero que hiciste y ya traía todo, hasta la mano del guardia al final. Yo sigo con el mío a medio camino desde hace tres años.

Contenido de la publicación

1.-

Andy C.

 

Eran finales de octubre y el fraccionamiento privado Brisas del Campestre no había escatimado en sus adornos: Desde el primer momento en que llegué a la caseta de entrada, lo primero que llamó mi atención fue la enorme calaca inflable y las telarañas con diamantina que cubría un sector de la vereda. Incluso mientras pasaba el filtro de seguridad los guardias estaban disfrazados: Uno tenía dientes de vampiro falsos, otro tenía unas puntadas dibujadas con lápiz negro en el cuello y la cara y otro más usaba una máscara de goma de hombre lobo.

    -Nombre y dirección a la que se dirige- me preguntó el vampiro guardia.

    -Andrea Castro, a la de los Manríquez. Es en la calle Avispas, número trescientos dos.-

    -Motivo de su visita-

    -Por trabajo-

El señor dirigió una mirada  escéptica a mi mochila. Asentí.

    -Soy niñera, aquí están mis cosas…-

El vampiro sacó una tableta, deslizó su dedo un par de veces y luego cuadró los hombros.

    -No hay aviso de los Manríquez de que recibirían una visita-

    -Puedo llamarle a la señora…-

El vampiro negó con la cabeza y luego pasó junto a nosotros un auto, un miembro del fraccionamiento. Se saludaron con una gran sonrisa, la pluma se levantó y el señor en su camioneta del año entró.

En ese intercambio fugaz aproveché para sacar mi teléfono y le marqué a Cristina Manríquez. Me atendió al tercer timbrazo.

    -Buenas tardes, señora Cristina. Estoy en la caseta de entrada pero el guardia no me deja pasar porque dice que no hay aviso de mi visita-

    -Buenas tardes, Andy. Oh, a mi esposo se le debió olvidar, pásamelo-

Le ofrecí mi teléfono al guardia quién se rehusó a tomarlo.

    -Disculpe pero no puedo. Son reglas-

Exhalé, impaciente.

    -Dice que no puede tomarlo porque es contra las reglas, señora Cristina-

   -Ay, qué estricto. Déjalo, ahorita le llamo desde el celular de mi marido- y colgó.

Me quedé de pie, ahí en la entrada de los visitantes esperando. El guardia-vampiro hizo mala cara y con tono hostil me dijo:

    -Retírese, está obstruyendo la entrada-

    -Pero no hay nadie entrando-

    -Son las reglas-

Rodé los ojos y obedecí. Me dieron ganas de mandarle a saludar a su madre por nefasto y poco cooperativo pero luego pensé que el pobre hombre sólo estaba trabajando y además traer esos dientes de vampiro durante quién sabe cuántas horas no podía ser fácil. Caminé hasta el fondo de la calle, y me recargué en el enorme muro del fraccionamiento. Me pregunté por qué la señora Manríquez tardaba tanto cuando un mensaje llegó a mi teléfono:

Ya está, puedes entrar. Si te pierdes me llamas xo.

Volví a la caseta y el guardia vampiro siguió con su cara de pocos amigos.

   -Nombre-

  -Andrea Castro-

   -Identificación por favor-

En un ágil movimiento saqué mi cartera y le mostré mi credencial. Él la revisó, evaluó con sus prejuiciosos ojos mi cara y luego la credencial y después le tomó una foto con su ipad. Me la regresó.

    -Pase-

El filtro de seguridad sólo era una señal de la opulencia del lugar: Por dentro era como estar en otra ciudad, una de estilo europeo moderno.

Las calles estaban pulcras, el pavimento totalmente liso, ni una señal de grieta o piedras de grava suelta. El césped era de un color verde intenso, cortado al ras. Los postes de luz y los señalamientos viales estaban en excelentes condiciones y las casas, por dios, ¡Qué casas! Más que casas, mansiones. Todas tenían un diseño único pero el común denominador era lo enormes que eran. Sin duda era un lugar que no cualquier trabajador podía pagar.

La mayoría estaban ocupadas e incluso cuando había algunas sin adornar por Halloween y día de muertos seguían siendo bastante impresionantes. Pero no sólo eran las casas, también los carros que podía ver a través de las cocheras o que estaban estacionados en las calles eran magníficos, todos nuevos y los modelos podían ir desde los más elegantes y clásicos hasta los más modernos y deportivos.

Incluso los perros que estaban siendo paseados eran de razas caras. Tanta exuberancia me tenía un poco desconcertada y maravillada a partes iguales. Imagínate vivir ahí, en una de esas enormes casas, incluso la más pequeña y humilde era una casota en comparación a cualquier cosa fuera del fraccionamiento… Conducir un auto descapotado último modelo, tener al perro de raza más pura, hermosa e inteligente como tu mascota… Increíble.

Me sentí estúpida cuando noté que las personas que andaban por ahí haciendo sus vidas parecían muy ajenas a todo, como si fuera muy normal para ellas encontrarse en ese medio tan hermoso y cuidado.

Y bueno, sí, técnicamente sí era normal. ¿Cómo sería tener un estilo de vida así de lujoso? ¿Me acostumbraría o siempre habría algo que me asombraría?

Caminé siete calles, dos glorietas, otras tres calles y por fin llegué a la calle Avispas, que estaba muy cerca del límite bardeado del fraccionamiento, del fondo,  en una colina, en lo más alto. En esa misma calle sólo había otras dos casas habitadas, y lo demás eran terrenos en venta.

La casa de los Manríquez se alzaba con sus tres pisos y dos cocheras. Era una casa de estilo antiguo, con picaportes anchos y pilares de marfil en el porche. El enrejado era de un estilo floral, clásico, me hizo pensar en aquellas casas de las películas europeas de temáticas nazis.

Le avisé a la señora Manríquez que ya estaba afuera y en menos de cinco minutos salió ella, envuelta en un elegante vestido negro entallado, con tacones negros también, un velo negro y por encima de su base blanquísima de la cara había maquillaje oscuro acentuando sus cejas, ojos y labios. No sabía si era Morticia o la llorona moderna y burguesa pero me dio pena preguntar.

    -Hola, Andy, ¿Te perdiste?-

   -No, señora, las instrucciones son claras-

   -Qué bueno. Mira, la reja es eléctrica pero se descompuso hace unos días y no hemos podido mandarla a arreglar así que tiene un truco: Sólo tienes que girar un poco el pomo y luego empujar hacia afuera y ya está-

    -Ah, ya veo-

    -Ven, te voy a enseñar la casa-

La casa por dentro era bastante diferente a la fachada: Las paredes crema, las pantallas planas, los azulejos impolutos, los muebles finos y de tonalidades hueso, las alexas, cada rasgo de tecnología del próximo siglo, todo era futurístico y elegante. El primer piso parecía dividido por grandes habitaciones amplias con ventanales hacia el costado de la casa, todas de techos altos, en cada una había un reloj de pared (lo más antiguo en la casa, probablemente) ¡Y había una chimenea en la biblioteca!

    -Mira, aquí está un medio baño que es para visitas, pero puedes usar el que quieras. Aquí está la biblioteca, luego la sala y un clóset mediano. Está el comedor, casi nunca lo usamos porque… Sí, es muy amplio y sólo somos cuatro personas… Aquí está el cuarto de visitas, puedes dejar tus cosas aquí… La cocina está hasta el fondo, tiene de todo pero si prefieres pedir algo por uber te lo dejamos pagado y sólo tienes que avisar a los guardias para que lo dejen pasar… En el segundo piso están los cuartos de las niñas, comparten un baño que está hasta el fondo… en el tercero está mi cuarto, la oficina de mi marido, y luego tenemos la azotea que sólo usamos para guardar los tiliches de navidad y todo eso… Bueno,… Deja te explico la dinámica…-

El tour que me dio la señora Cristina fue bastante rápido en realidad, subimos y bajamos escalones a la velocidad de la luz y me impresionó su habilidad de hacerlo con ese vestido y tacones sin vacilar ni un momento.

    -Las niñas están en su cuarto ahorita, jugando. Ahorita que nos vayamos puedes pintarles sus caras para ir a pedir dulces, ahí tienen sus disfraces… No te preocupes, es súper segura la colonia y además es normal que los niños salgan en Halloween, seguramente te encontrarás a más personas por ahí… Que se bañen temprano porque tarda su cabello en secarse, pueden comer pocos dulces pero no tantos, cenan a las nueve y a más tardar pueden dormir a las diez y media, es la hora más tarde que les permitimos desvelarse en días de fiesta… Ellas se pueden bañar y cambiar solas, no te apures de eso. Pamis no tolera la lactosa y Paty necesita que le cuentes un cuento para dormir, ahí en su cuarto están sus libros… Después de que se duerman puedes ver la tele si quieres o no sé, leer, ver tik tok, no sé qué les gusta a las niñas de tu generación- se rió ella, jovial. Luego se asomó por las escaleras y gritó:

    -¡Rodrigo, ¿Ya acabaste? Se nos hace tarde!-

    -¡Ahí voy, amor!-

 

Llegué a la familia Manríquez después de que la señora Sofía Peralta, amiga de Cristina, me recomendara para el trabajo de cuidar a Patricia “Paty” y Pamela “Pamis” Manríquez durante una fiesta de Halloween el treinta y uno de octubre.

Aunque Sofía Peralta y Cristina Manríquez son muy amigas no viven en la misma zona, los Peralta son ricos pero no tanto. La señora Manríquez me hizo una entrevista por llamada y creo que tuvo que ver más que Sofía me recomendara porque las preguntas sobre mi experiencia laboral no me parecieron muy precisas o suficientes, considerando el nivel de vida que su familia llevaba.

Creí que más que un caso de ingenuidad e ignorancia de señora rica del campestre era más confianza por parte de su amiga, a cuyos hijos ya les había cuidado durante al menos seis meses en fiestas y demás.

En un principio la idea de quedarme a dormir en su casa por insistencia de la señora Cristina me dio mala espina pero luego de investigar el vecindario no tuve más remedio que aceptar, además de que su promesa de triplicarme la tarifa nocturna no fue poca cosa.

Pensé entonces que si estaba dispuesta a gastar tanto en pagarme era porque confiaba en mis habilidades, porque me había hecho de una cartera de clientes que podían dar fe de mi buen trabajo y porque me lo merecía. De todas maneras y después de que la señora Cristina me recalcó que sus niñas eran tímidas y tranquilas, sentía toda la situación como demasiado conveniente.

Su marido bajó con ropa negra también, una capa roja larga y unos colmillos blancos falsos.

    -Rodrigo, ella es Andy, la niñera-

    -Mucho gusto, Andy- me saludó el señor Rodrigo Manríquez. Era de piernas delgadas y largas, rostro huesudo y profundos ojos verdes, opacos. No sabía decir si estaba enfermo o sólo era un blanco que le tenía miedo al sol.

Quizás en efecto era un vampiro.

    -¿No te pusiste la sangre falsa?-

    -Ay, amor, es que se me va a borrar con las bebidas, ¿Para qué?-

    -Para que te veas más creíble-

    -Ahorita en el carro me lo pones-

    -Bueno. Ve a despedirte de las niñas-

El marido obedeció y desde el primer piso sólo escuchamos que Rodrigo y las niñas se gritaban despedidas efusivas y cariñosas. Cristina me dedicó una mirada seria:

    -Ya tienes mi número y el de mi marido en tu teléfono pero además te quiero dejar aquí el número de los guardias, el del pediatra de las niñas, el de emergencias, por supuesto y el del vecino, es un político pero pasa mucho tiempo en casa así que no dudes en llamarle si necesitas algo-

    -De acuerdo-

    -Las alexas no sirven para hacer llamadas así que tendrás que hacerlo manual si así es necesario. Llegaremos en la madrugada, pero no necesitas desvelarte para esperarnos, ¿De acuerdo? Cualquier imprevisto te escribo-

    -Okey, sí-

Rodrigo bajó y Cristina le tendió las llaves del auto.

    -Ve a sacarlo de la cochera, deja me despido de las niñas-

    -Sí, amor… -luego me miró- Cuídalas mucho, Alma-

    -Andrea- dijimos Cristina y yo al mismo tiempo. Rodrigo se echó a reír.

    -Sí, eso, Andrea. Nos vemos más noche-

El señor Manríquez salió de la casa y la señora Cristina subió con las niñas, conmigo pisándole los talones.

Las niñas estaban en el cuarto de Pamis –lo supe por el letrero que colgaba en la puerta- jugando con barbies. Ese lugar era todo lo que cualquier niña de ocho años podía pedir porque estaba lleno de juguetes, con hermosas estrellas pintadas en todos lados, muebles de un color oro-rosado y todo tenía la temática de princesas. Era increíble, mi niña interior sintió envidia.

    -Niñas, ya nos vamos su papá y yo. Al rato volvemos. Se quedan con Andy, se portan bien y obedecen siempre-

    -Sí, mamá- ambas giraron el rostro hacia su madre y en una perfecta sincronía hablaron, lo cual más que maravillarme me aterró un poco.

La cosa con las gemelas era que eran idénticas. Perturbadoramente idénticas. Y yo sabía, ¡Ese es el chiste de los gemelos! Pero créanme cuando les digo que había trabajado antes con gemelos y gemelas y siempre había detallitos que delataban a cada uno, así fueran cosas sencillas como maneras de expresare o hasta de caminar, pero ellas no. Se veían igual: Misma cara, misma piel pálida, mismos ojos profundos y oscuros, mismo cabello negro y largo, mismos modales, misma voz. Quizás la única diferencia visible era que una llevaba una falda rosa y un suéter amarillo y la otra llevaba una falda amarilla y un suéter rosa.

En ese momento me pregunté si sus padres lograban distinguirlas.

Cristina les depositó un beso en la frente y luego bajamos hasta la entrada, donde miró hacia dentro de su casa y suspiró.

    -Disculpa que sea una despedida tan dramática, como te conté, mi esposo y yo no solemos ausentarnos ni dejar a las niñas solas-

    -Entiendo. Las primeras veces son difíciles, pero lo bueno es que Pamis y Pati ya están grandes y seguramente ustedes se divertirán con otros adultos-

    -Cuídamelas mucho, Andy, por favor. Con tu vida. Son lo más valioso que tengo-

    -Con mi vida. No se preocupe-

No podía imaginar que ese con mi vida se iba a hacer realidad.

*

Pamis y Paty no eran niñas tranquilas ni tímidas, por el contrario eran bastante conversadoras, mandonas y caprichosas. Apenas el matrimonio Manríquez abandonó la calle en su elegante carro, las niñas se lanzaron sobre mí con órdenes. No peticiones, no preguntas, órdenes.

    -Oye, ¿Es cierto que te vas a quedar a dormir aquí? ¿En dónde? ¿En el cuarto de las visitas o en la casa de perros del patio de atrás?- preguntó una.

    -Oye, ¿Es cierto que eres nuestra esclava?-

    -Seré su niñera hoy y me voy a quedar a dormir en el cuarto de visitas, por supuesto-

    -La servidumbre no se queda en la casa- le dijo una a la otra, sin mirarme- Eso dicen en la escuela-

    -No soy servidumbre y sólo será por esta noche…-

    -¿Dónde está tu disfraz? Es noche de Halloween y todos debemos traer disfraz-

    -El mío es de una bailarina vampiro, como el de esa película sangrienta de la niña vampiro-

    -El mío es de una bruja-

    -¿Quieres ver mi disfraz?-

    -No, Pamis, tiene que pintarme la verruga primero-

    -Que no, Paty, deja que vea mi disfraz primero, se va a tardar contigo-

    -¿Qué tal si hacemos un volado y vemos quién va primero y quién después?-ofrecí como alternativa.

Las gemelas intercambiaron una mirada y se cruzaron de brazos al mismo tiempo. Era una escena tan cómica y a la vez tan perturbadora. Me contuve de sucumbir a mi instinto de supervivencia y salir corriendo de ahí.

    -No, ven a ver mi disfraz primero-me tomó del brazo Pamis.

    -Que no, Pamis, mi maquillaje va primero-dijo Paty, aferrándose con sus uñas a mi brazo desocupado.

    -¡Espérate, Paty, mi disfraz es más rápido!-

    -¡No es cierto, sólo quieres atención!-

    -¡Pues tú también!-

    -A ver, niñas, si empiezan a gritar no le haré caso a ninguna…-

    -Tienes que hacernos caso- dijo Pamis, -creo que fue ella- literalmente para eso te pagan mis papás-

    -Sí, literalmente para eso-

    -Bueno, entonces decidan quién primero…-

Paty le soltó una cachetada a Pamis (¿O al revés?) y Pamis lloró, Paty subió corriendo por las escaleras. Todo me tomó por sorpresa pero no era ajena a esa escena, tenía experiencia con niños violentos y problemáticos así que mientras con una mano consolé a Pamis, con la otra detuve a Paty en el segundo escalón.

    -¿Adónde va, señorita? Eso que hiciste no estuvo bien. Discúlpate-

    -¡Nah!- dijo y me sacó la lengua.

Pamis lloró con más sentimiento, Paty apretó los labios para no soltarse a reír. Mi atención estaba tan enfocada en Paty que no me di cuenta en qué momento Pamis también rió.

   -Era broma- dijo la niña, tallándose los ojos- Todas las niñeras se asustan cuando fingimos que nos pegamos-

Una broma. ¿Qué tipo de bromistas sádicas eran estas niñas?

    -¿O sea que han tenido otras niñeras antes?- pregunté sin poder ocultar mi curiosidad. La señora Cristina no me dijo eso.

    -Sí, un par- dijo Paty, luego miró a su hermana y se encogió de hombros:- Más o menos como cinco-

    -Antes de ti tuvimos a una que se llamaba Mariela, creo que trabaja en la casa del político pero se fue luego de media hora- dije Pamis, extrañada-Estaba vieja y era gruñona-

    -Y antes de ella estuvo la hija de la tía Rosy, se llamaba… ¿Lorena?-

    -Laura-

    -Liliana-

    -¡Ay, algo con ele!- ambas niñas se rieron entre dientes, se miraron y ambas comenzaron a subir a su cuarto. Yo las seguí, intrigada por sus comentarios.

    -¿Y qué le pasó a ella?-

    -No sabemos- dijo Pamis- Creo que se asustó por la broma de la cachetada, ¿Verdad?-

    -Sí. O la broma del globo en la taza del baño-

    -Sí, o la broma de la mordida del perro-

    -O cuando Pamis fingió que se ahogaba-

    -Les gustan mucho las bromas, ¿Verdad?-

Las niñas fijaron sus enormes y negros ojos en mí y sonrieron: Sus ademanes eran tan sincronizados que no podía no estremecerme al verlos. Era como estar en una película de Kubrick, una muy mala.

    -Sí, mucho-

    -Y antes de ella estuvo el tío Hugo, pero era un… ¿Cómo dijo papá? ¿Un pendejo?-

    -¿Un perro pendejo?-

    -Un perro pendejo pusilánime- dijo Paty, muy seria, como si supiera qué significan esas palabras.

    -¿Y saben por qué dijo eso su papá del tío Hugo?-

    -Sabe. No nos quisieron decir ni qué significa eso…-

    -El tío Hugo era chistoso, él no se asustaba con las bromas pero a veces olía raro y tenía los ojos rojos, a veces vomitaba también. Le gustaba “asaltar” la bodega de papá, así decía él, “voy a asaltar la bodega de su papá a ver qué tesoro encuentro”, pero nunca nos compartió de ese tesoro...-

Entramos al cuarto de Paty –que era exactamente igual al de Pamis sólo que con el letrero en su nombre diferente-, donde estaban sus disfraces sobre la cama listos para ser usados. Los dos eran similares: Blusas entalladas negras, faldas de tutú –una de color rojo vino y la otra de color morado-, medias negras con franjas horizontales blancas.  En una sillita había zapatos y accesorios como un sombrero negro puntiagudo y una paleta de maquillaje.

    -Y antes del tío Hugo estuvo la abuela Josefa pero tuvo un… accidente-

    -¿Un accidente?-

Las gemelas volvieron a mirarse y como si de un lenguaje secreto se tratase, asintieron al mismo tiempo con tanta ligereza que no estuve segura de haberlo visto.

    -Sí, un accidente, en las escaleras. Se cayó, nos echó la culpa porque…-

    -Dejamos un juguete por ahí, se nos olvidó, fue un accidente-

    -Les creo, los accidentes son frecuentes y por eso tenemos que tener cuidado-dije yo para demostrarles que estaba de su lado.

    -Vete del cuarto para poder cambiarnos, mamá dijo que no nos debemos vestir en frente de nadie-

     -De acuerdo. Las espero aquí afuera-

¿Sentía extraño que se dirigieran a mí con órdenes? Sí. ¿Creía que eran malas niñas? No, quizás sólo tenían el síndrome del niño tirano por tanta comodidad y padres complacientes pero parecían bastante más listas de lo que esperaba.

A lo mejor no sería un trabajo tan sencillo pero al menos obtendría una buena paga por ello.

Mientras las niñas se vestían yo revisé mi teléfono y contesté algunos mensajes, en ese momento sólo tenía uno de mi mamá y uno de mi hermano Ulises, los dos me preguntaban que qué tan bonita era la casa y cómo me la estaba pasando. Ulises además quería fotos de los adornos de Halloween.

    -Ya ahora sí píntame mi verruga para verme como una bruja-

Guardé el celular en el bolsillo trasero de mi pantalón y dije:

    -¿La palabra mágica?-

    -¿Abracadabra?-

    -Por favor- enfaticé. Paty ladeó la cabeza, confundida.

    -Ésa no es una palabra mágica-

    -Sí lo es porque si la dices la gente te ayudará-

Paty miró a Pamis, quién se estaba poniendo los colmillos falsos frente al espejo completo del cuarto, indiferente a lo que sucedía entre su hermana y yo.

    -Pamis, ¿Verdad que por favor no es una palabra mágica?-

    -Oh, que sí lo es- insistí, entrando al cuarto.

Tomé la paleta de maquillaje y me senté en una orilla de la cama.

    -No puedes transformar nada con “por favor”- insistió Paty.

    -¡Claro que sí!-

    -¿Como qué?-

     -La actitud de la gente, por ejemplo-

 Paty parecía cada vez más confundida. Por una parte entendí por qué se sentía así –en un mundo creado por sus padres en el que no le hacía falta nada, no entendía por qué debía ganarse la simpatía de la gente-, por otra parte me exasperó un poco que sus padres no les hubieran dado ni los modales más básicos.

    -“Por favor, Andy, ¿Me pones una verruga color rojo?”-

    -Las verrugas no son de ese color-

    -Es un decir. En fin, ¿De qué color quieres?-

 

Aunque Pamis y Paty tenían esta pinta de niñas mandonas y precoces en realidad eran bastante dependientes. Paty tenía miedo de maquillarse ella sola porque temía hacerlo mal y Pamis no sabía abrocharse las cintas de sus zapatos de bailarina. Tuve que subirme a una silla para bajar sus calabazas de plástico porque ninguna quiso ser cargada para bajarlas y al momento de salir de la casa, ambas me tomaron de la mano para caminar. No podía saber si era porque temían perderse, porque no sabían cruzar calles o cuál era la razón detrás de ese gesto tan infantil pero no hice preguntas y por el contrario me sentí un poco más apegada a ellas.

La señora Cristina tenía razón en algo: Halloween era una festividad importante en esa colonia porque en mi ingenuidad pensé que sólo habrían unos diez o quince niños por ahí pero no, había muchos, y había adolescentes y adultos también disfrazados.

Por alguna razón creí que las niñas tendrían amigos de otras casas pero en la tercera puerta en la que nos dieron dulces, vi que los demás niños las ignoraban, o simplemente nadie parecía interesado en ellas.

También creí que salir a pedir dulces sería una tradición para ellas pero dijeron que no, que era el segundo año en el que salían y que el primero había sido bastante tiempo atrás.

    -Creo que Paty iba disfrazada de ángel y yo de estrella-dijo Pamis.

Sentí un poco de lástima por las niñas: Viviendo en un fraccionamiento tan seguro y con tantos niños, el no salir a hacer amigos y tener aventuras debía ser muy deprimente. Aunque ninguna quería demostrar lo emocionada que estaba, el brillo en sus ojos no mentía. Instintivamente se escondían detrás de mí cuando algún adulto, joven o niño se acercaba a preguntarnos la naturaleza de sus disfraces y ellas no entablaban diálogos con otros pares. Me pareció triste pero no tan inusual, con otros gemelos había visto esa discreta capa de aislamiento que ellos creaban. No me pareció tan diferente en su caso.

Recorrimos primero las dos calles aledañas y luego bajamos a la glorieta, donde había un grupito de adolescentes –todos vestidos con ropas negras, mangas de red, cabellos de color fantasía y maquillaje gótico- fumando de sus vapeadores.

    -No entiendo el disfraz de ese niño-

    -Creo que es Iron Man- contesté.

    -¿Y el de esa muchacha?-

    -Creo que es una bruja, como tú-

   -Pero no tiene verruga-

    -¡Mira, ahí hay otra vampira como yo!-

Continuamos con nuestro recorrido y visitamos al menos unas diez casas más, siempre detrás de otras personas y otros niños como si fuéramos parte de una caravana de monstruos y figuras de la cultura pop.

Cuando llegamos a la calle Monarcas, de todas las casas había una que destacaba por lo impresionante de su decoración: En su patio principal había calacas con ropas en poses que parecían que salían de la tierra y estaban invadiendo al mundo. Además sus habitantes estaban en el porche con una enorme olla de plástico repleta de dulces, ellos estaban disfrazados de zombis con maquillaje tan realista que muchos niños tuvieron que ser arrastrados por sus cuidadores adultos para acercarse a que les dieran.

    -¿Quieren ser valientes e ir ustedes solas?-

Ambas niñas me miraron, asombradas.

    -¿Y si nos pasa algo?-

   -Algo malo-

    -Algo feo, como en las pelis de miedo-

    -No estamos en una peli de terror y esa gente es su vecina, de aquí las veo-dije yo, tranquila.

Tenían su mirada clavada todavía en mí entonces yo les solté las manos. Ellas compartieron una mirada vacilante y una de ellas, creo que Pamis, dijo:

    -¿Si gritamos vendrás por nosotras?-

    -Obvio microbio-

Mientras las niñas se alejaron, escuché que Paty decía:

     -¿Obvio microbio? ¿Quién dice eso?-

Pamis y Paty caminaron detrás de un niño disfrazado de un  transformer y de una niña vestida de Taylor Swift, fueron atendidas con la misma paciencia y amabilidad que a todos, y luego regresaron trotando con grandes sonrisas.

    -¡La casa está bien cool!- dijo una.

    -¡Y los disfraces de esos señores! ¡Se veían tan reales!-

    -¡Sí, por un momento pensé que nos iban a comer!-

    -¡Sí, imagínate, yo ya iba a correr!-

Me tomaron de la mano y cuando giramos para continuar por la calle chocamos –o más bien, yo choqué- contra una persona: Un hombre alto, de hombros anchos y ropa negra. Tenía una máscara de luchador azul con rojo en los agujeros de los ojos y la boca, y bordes negros y blancos. No era una máscara popular como la del Santo o Blue Demon, era una máscara fresca, nueva y en cualquier otra circunstancia me habría dado gusto ver adultos tan invertidos en el Halloween sin perder ciertos rasgos del país pero en ese momento mi primer instinto fue asustarme, porque cuando chocamos él no se movió, su cuerpo siguió estático y fuerte, sin intención de esquivarme y porque sus ojos, oscuros y hundidos, parecían muertos.

    -Ay, perdón- me disculpé rápidamente. Pensé que a lo mejor era de ese tipo de ricos que se enojan por cualquier cosa así que agarré a las niñas con fuerza y las jalé hacia a un lado, para seguir avanzando.

    -Qué gruñón- dijo una.

    -¿De qué iba disfrazado, Andy?-

    -De luchador, ¿No viste su máscara?-

    -Sí, pero ¿Qué luchador era?-

Llegamos a la esquina de la calle y me giré para verlo mejor, él ya no estaba.

    -Ni idea, pero sí parecía enojado, ¿Verdad?-

 

Terminamos el recorrido de Halloween media hora después y volvimos a casa. Encontré una diferencia sustancial mientras nos acercábamos a la calle Avispas y era el hecho de que por tener menos casas habitadas todo era más tranquilo y silencioso, casi que hasta triste y abandonado, en comparación al resto del fraccionamiento que en esa noche parecía una fiesta eterna. Las niñas estaban muy contentas de haber recolectado muchos dulces y no me sentí con el corazón de recordarles que no se los podían acabar todos en ese momento.

Cuando llegamos a su casa, lo primero que hicieron las niñas fue correr al cuarto de Pamis para analizar su botín. Tardé unos segundos en alcanzarlas puesto que tenía que cerrar la reja trucada y la puerta. Eran las ocho y media, casi las nueve. Tardamos más de lo que pensé que haríamos.

    -Niñas, ¿Qué se les antoja de comer? Sus papás dejaron pizza congelada en el refri, ¿Cuántas…?-

    -¡Ay, pizza congelada no! ¡Sabe horrible!-

    -¡Mejor pide una pizza caliente!-

    -¡Sí, de Domino’s!-

   -¡No, Domino’s no, mejor de Ricky’s!-

    -¡Pero que sea hawaiana!-

   -¡Y que sea grande, para desayunar mañana!-

    -¡Sí, muy grande, y refresco de manzana!-

   -¡No, de naranja!-

    -¡Que no, Pamela, la naranja sabe asquerosa!-

   -¡Tus gustos son asquerosos, Patricia!-

Tuve que intervenir antes de que sus palabras se volvieran golpes. Pensé que vería una escena tensa y violenta pero en realidad cada niña estaba sentada en rincones opuestos del cuarto, revisando sus dulces. Pamis ya tenía un chocolate en la boca y Paty estaba abriendo una bolsa de gomitas.

    -A ver, niñas, por favor no peleen-

    -No estamos peleando- dijo una- Así hablamos-

    -¿Cómo que eso es hablar?-

Las dos se encogieron de hombros al mismo tiempo. Cada vez que hacían algo de esa forma tan perfectamente sincronizada me daba un repelús tremendo que me resultaba más difícil ignorar.

    -Así dicen mis papás-contestó la otra.

    -Como sea. Si ya dejaron la pizza congelada aquí, ¿Por qué quieren esperar a que llegue otra? Les va a dar hambre-

    -Porque la pizza congelada sabe fea- dijo Pamis con cara de asco.

    -Además el horno se va tardar mucho en calentarse, y luego calentarla, y luego buscar los platos, y sacar la cátsup del refri y luego… Ay, mucho tiempo, mejor pide una- dijo Paty alzando las cejas, inquieta.

    -Bueno. Vamos a hacer esto: Mientras pido la pizza, ustedes toman un baño rápido, así cuando salgan ya habrá de cenar y podemos ver algo…-

    -¡Es una gran idea, ¿Pero y los dulces?!-

    -Tienen muchos días para comérselos-

    -¡Pero quiero comerlos ya!-

    -Si se comen todos los dulces, ¿Cómo se van a comer la pizza? Les propongo que elijan tres dulces, los que más tengan ganas de comer y los demás los guardamos para enseñárselos a sus papás, para que vean cuántas casas visitamos-

Pamis y Paty intercambiaron una mirada rápida y después se echaron a reír, burlonas.

    -¡Nah!- contestó Pamis y Paty me lanzó unos chicles que cayeron a mis pies.

    -¡Toma, te los regalo! Porque no te dieron nada porque no llevabas disfraz-

Me incliné para recogerlos, con una sensación de enojo ardiéndome en la garganta y cuadré los hombros cuando me incorporé.

    -Si no me obedecen se van a ir a dormir sin cenar, ni siquiera pediré pizza-

Ambas dejaron de abrir los dulces pero ninguna me miró. Una de ellas dijo:

    -Mandarnos a dormir sin cenar es maltrato-

    -Sí, maltrato infantil-

    -Mi mamá te va a despedir-

    -Su mamá me dijo que podía castigarlas si se portaban mal-dije yo.

    -No es cierto-

    -Sí es cierto-

    -No, no es cierto-

Saqué de mi bolsillo mi celular y lo desbloqueé.

    -¿Quieren ver? Ahorita le voy a llamar-

    -A ver, llámale-

¿Sabía que me estaba poniendo al nivel de las niñas? Sí. ¿La señora Cristina me había dado permiso de castigarlas? No. ¿Tenía miedo de cómo iba a salir esa llamada? Mucho, sí.

Por fortuna las niñas sólo resistieron dos timbrazos antes de soltarme un:

    -¡Bueno, bueno, cuelga ya!-

Colgué.

Ambas tenían exactamente la misma expresión de descontento, incluso cuando ni siquiera se estaban viendo para copiarse los gestos. Qué niñas más raras.

     -Entonces, vamos a guardar los dulces ya-

    -Dijiste que podíamos comernos tres-

    -Sí pero ya me hicieron enojar. Guárdenlos ya y métanse a bañar-

    -Nooo-gimió una.

    -Por fa danos otra oportunidad-

    -Nah- intenté imitar su acento fresa pero no me salió. Ambas niñas fruncieron el ceño.

    -¡Por favor!- gritó una.

    -¡Por favor, yaaaa!

    -Bueno, bueno. Nomás porque soy buena onda, ¿De acuerdo? Y cuando acaben se meten  a bañar y yo llamaré a la pizzería-dije, saliendo del cuarto para dirigirme al primer piso.

    -¡Oye, Andy!- gritó Pamis. Me giré, sobresaltada:

    -¿Eu?-

    -¿Nos pones el agua de la regadera? Es que no sabemos cómo-

 

Mientras las niñas se bañaban yo bajé a la cocina en donde llamé a la pizzería de “Ricky’s” cuya tarjeta de datos tenían pegada en el refrigerador. Toda la toma de orden me llevó un par de minutos, en lo que me recargué en la barra y miré sin interés por la ventana hacia el patio. Cuando acabé y colgué me dirigí hacia las escaleras y afiné el oído para escuchar a las niñas ducharse –ambas estaban en los baños de sus respectivos cuartos- y cuando estuve segura de que seguían vivas, fui al cuarto de invitados donde saqué algunas cosas de mi mochila: Mis crocs, mi cepillo de dientes y mi cargador. Mi celular todavía tenía el sesenta por ciento pero como precaución lo dejé cargando de una vez.

Fui a la sala donde me senté en el sillón más ancho y cuando me dejé caer lo escuché: Un ruido. Uno seco. Como un golpe. En un principio pensé que había roto el sillón pero el cojín todavía estaba esponjoso y la base firme. Luego creí que alguna niña se había caído –era un accidente común- así que subí corriendo por las escaleras pero me tranquilicé un poco cuando escuché las risas de Pamela todavía en la regadera y a Patricia cerrar la llave de su baño. Estaban vivas y bien.

Desconcertada, volví a la sala y encendí la televisión. Quizás son los nervios por estar en una casa ajena pensé, quizás sólo es el cansancio haciendo estragos.

Las niñas no tardaron mucho en vestirse, una de ellas, Pamela, salió de su cuarto y desde las escaleras me gritó pero ahora diferente, había algo distinto en su voz que no reconocí en su momento. Fui a su encuentro con menos energía que antes.

    -¿Qué pasó?-

    -Hay un señor-

    -¿Qué?-

    -Hay un señor ahí afuera, ven-

Subí con ella a su cuarto y desde la ventana que daba hacia el patio del vecino, en el costado izquierdo, lo vimos: Ahí en medio de la negrura de la noche los colores de su máscara eran irreconocibles pero claros eran sus bordes: Una máscara de luchador. Era definitivamente el mismo hombre que nos habíamos topado un rato atrás, mientras pedíamos dulces. Llevaba la misma ropa, en la mano derecha traía una escoba y en la mano izquierda un objeto metálico, quizás un recogedor. Estaba mirando directamente hacia la ventana de la niña. La sola idea de pensar que estuvo ahí observando a una niña de ocho años ponerse la pijama me revolvió el estómago, así que cerré las cortinas.

    -Es sólo el vecino-

    -El político no es tan alto-dijo ella, intranquila.

    -Entonces debe ser el de la limpieza. No te preocupes… ¿Ya terminaste? No tarda en llegar la pizza-

    -¡Voy a ver a Paty!- y salió de la habitación, directo a la de su hermana.

Paty y Pamis tenían su ritual después de cada baño y era que una le cepillaba el cabello a la otra de una forma minuciosa. Dijo una:

    -Mamá dice que el pelo negro es raro y que debemos cuidarlo mucho-

Mientras ellas se hacían trenzas mi teléfono sonó con una notificación de mensaje: Era el repartidor. No me dejan entrar al fraccionamiento.

Bajé hasta la cocina con grandes zancadas y llamé al número de los guardias. Reconocí de inmediato la voz del vigilante vampiro, su tono pedante y hostil.

     -Buenas noches-saludó él con cortesía, modulando su voz.

    -Buenas noches. Llamo desde la casa de los Manríquez para informar de la presencia de un repartidor de pizza, por favor déjelo pasar-

El vigilante no respondió de inmediato, pareció que estaba pensando en qué responder. Yo insistí:

    -Ahora- y colgué.

Una parte de mí se sintió culpable por hablar de esa forma tan demandante y hasta grosera pero otra parte sintió satisfacción. Debía ser una vida totalmente diferente cuando estás acostumbrado a que todos te obedezcan. Debía ser demencial.

El repartidor ya no volvió a escribirme pero supuse que lo dejaron pasar. Un rato después, cuando las niñas ya habían bajado a la sala y estaban discutiendo –digo, hablando- sobre la película que deseaban ver, me llegó otra notificación para avisarme que ya estaba el repartidor afuera con mi pedido. Tomé del dinero que me dejaron también para una generosa propina, por supuesto.

Cuando salí a abrir la reja, me llevé una desagradable sorpresa al ver al hombre enmascarado de pie a unos metros de la entrada. Estaba ahí parado, solo, mirando hacia la casa de los Manríquez.

Recibí el pedido, pagué y entregué la propina.

    -Gracias- me dijo el amable repartidor, que no tendría ni veinte años. Iba en motocicleta y cargaba una mochila ancha.

    -Sí, a ti… Oye, ¿Me puedes hacer un favor? Perdón si suena raro-

El muchacho me miró con sus grandes ojos redondos, expectante.

    -Dígame-

    -¿Podrías…? Bueno, es que mira, ese señor lleva un rato ahí y… no sé, no lo conozco. ¿Podrías preguntarle si se le ofrece algo?... A lo mejor está buscando a los señores de la casa, yo estoy de niñera-

Mientras le explicaba, el muchacho se giró con discreción hacia donde apunté con la barbilla y frunció el ceño ligeramente. Tenía unas marcas de acné en la mejilla izquierda.

    -Sí, claro, faltaba más-

    -Muchas gracias-

Volví a la casa pero no entré, me quedé detrás de la reja, cautelosa. El muchacho se subió a la moto pero no arrancó, la giró con el manubrio y se acercó al hombre de la máscara caminando.

Algo le dijo, lo sé porque lo vi abrir la boca, pero el señor de la máscara no esperó a que el repartidor terminara de hablar, tras su espalda sacó la mano izquierda y en su mano tenía un gran y filoso machete. Cortó por el estómago al pobre repartidor y éste soltó un grito de dolor que fue acallado por la sangre que brotó de su boca cuando le cortó también la garganta.

Grité. ¿Había visto lo que vi? ¿Era todo una broma elaborada? ¡No, no, no!

Entré a la casa corriendo, con el corazón desbocado y las manos frías. Casi olvidaba que tenía una pizza ardiendo.

Las niñas, que ya estaban viendo una película de Barbie, se me quedaron viendo asustadas por mi grito.

    -¿Qué pasó? ¿Te quemaste?-preguntó una de ellas.

Antes de que pudiera responder una ventana estalló: Habían arrojado algo parecido a un ladrillo. Las niñas y yo gritamos, yo dejé la pizza en una de las superficies cercanas y corrí hacia ellas.

    -¿Qué está pasando, Andy?-

    -Vengan, vamos a llamar a la…-

Otra ventana rompiéndose. Luego un golpe seco en la puerta. El siguiente golpe ya no era un ladrillazo, era una patada. Una patada de una pierna fuerte y gruesa, musculosa.

Las niñas gritaron y Pamela empezó a llorar. Las tomé de las manos y corrimos escaleras arriba, hacia el cuarto de Paty.

    -Vengan, escóndanse, vamos a llamar a la policía y…- en ese momento me di cuenta de que había dejado mi celular en el cuarto de invitados. Con la seguridad de que no podría cruzar la puerta, al menos no pronto, bajé corriendo.

    -¡Andy, no te vayas!-

    -¡Escóndanse, no tardo!-

Bajaba por las escaleras cuando la puerta de la entrada se abrió a machetazos. Ahí entre los huecos se asomó el hombre, ni una mirada humana tras la máscara. El cuarto de invitados estaba a unos metros de mí, aunque por la fuerza del machete contra la madera de la puerta era cuestión de pocos minutos de que entrara el hombre. Si antes había tenido dudas de que fuera una broma, ahora estaba segura de que estaba pasando: Había un pinche loco intentando hacernos daño.

Lo más sensato era volver con las niñas y salir de la casa, buscar ayuda, pero necesitaba mi teléfono para llamar a emergencias, ¡Había un muerto!

Fue todo instintivo, bajé la escalera dando grandes saltos y la puerta de la entrada sucumbió, el hombre no esperó a alcanzarme y me lanzó el machete con una fuerza y una puntería tan precisas, tan profesionales, por un segundo vi mi vida pasar y creí que se me clavaría en el pecho pero alcancé a tirarme al piso y rodar hacia el umbral del cuarto.

Con toda la velocidad de la que era capaz me levanté y entré para buscar mi teléfono, lo desconecté de un manotazo y lo desbloqueé. Estaba tecleando el nueve cuando sentí unas manos gruesas y grandes tomarme por el cabello y el cuello de mi suéter y tirarme hacia atrás, con tanta fuerza que choqué contra la puerta del clóset junto a la entrada del cuarto. Solté un gemido de dolor, me sofocó el golpe. El enmascarado destruyó mi teléfono de un pisotón y luego se giró para soltarme una patada pero fui más rápida y me giré hacia un lado, gateando salí de ahí. Cuando me giré para asegurarme de que no me seguía, vi que él tenía media pierna incrustada en la puerta del clóset. Pendejo.

Usando todas mis fuerzas –otra vez-, me puse de pie y corrí escaleras arriba, tomando el machete del suelo. Me ardían las raíces del pelo. Las niñas habían cerrado la puerta pero cuando escucharon mi voz abrieron. Estaban pálidas, tenían los labios blancos del miedo.

    -Vámonos, tenemos que irnos-

    -¿Qué es eso? ¿Quién entró? ¿Qué está pasando, Andy?-

    -Tenemos que irnos y tenemos que hacerlo ahora. ¿Por dónde…?-

Entonces escuchamos unas pisadas por las escaleras, el hombre ya venía.

    -¡Vámonos!-

  Las niñas salieron del cuarto y corrieron hacia el tercer piso, por las escaleras del costado. Dijo una:

    -¡En la oficina de papá hay escaleras de emergencia!-

Mientras ellas huían, el enmascarado me alcanzó en el segundo piso pero no traía arma y yo sí. Sabía que era estúpido quedarme a pelear porque yo con mi uno sesenta y sesenta y cinco kilos no era amenaza para él, que debía medir al menos uno ochenta y pesar lo doble que yo, además de que era evidente que tenía cierta formación en artes marciales, quise creer que yo tenía la ventaja por tener el machete en las manos.

El hombre se acercó con cautela, yo blandí el machete para ahuyentarlo.

    -Déjanos por favor- le pedí con la voz temblorosa.

El enmascarado se quedó inmóvil por unos segundos y después, cuando bajé un poco el machete, él se lanzó contra mí. Levanté el arma blanca para atacarlo pero él de un manotazo hizo a un lado el filo, haciendo que se me resbalara –era más pesado de lo que había imaginado-; creo que también se cortó porque de su mano le resbalaron unos hilos de sangre. Con la otra mano me abofeteó con tanto poder que retrocedí unos pasos y sentí humedad correrme por la nariz: mi propia sangre.

Mientras me limpiaba la cara él bajó los ojos hacia el machete, entonces yo corrí con las niñas. Ellas estaban en el umbral de la oficina del señor Manríquez, agitando sus manos para señalarme el camino. Entramos a la oficina y Pamis se acercó hasta la ventana del fondo, que daba al patio del vecino.

    -Mira, aquí están las escaleras, nunca las usamos…-

La ventana tenía un seguro contra niños así que lo desactivé y levanté el marco.

    -Bajen con cuidado-

    -Tengo miedo Andy-

    -Me dan miedo las alturas-

    -Yo lo sé pero tenemos que bajar ya-

Pamis y Paty intercambiaron una mirada seria y asintieron. Primero bajó Paty.

Las escaleras, que por alguna razón creí que serían como las de incendios en los hoteles, en realidad estaban pegadas a la pared, apenas con unos centímetros de separación. Además había algunas enredaderas en los costados.

Eran tres pisos, desde allá arriba se veía bastante aterrador –sobre todo en medio de la oscuridad de octubre-, pero ver a ambas niñas ágiles en sus movimientos me dio un poco de confianza.

Pamis bajó con más rapidez que su hermana y cuando fue mi turno el enmascarado corrió hacia mí.

Pasé mis piernas acomodando mis pies en el tercer escalón y luego fui bajando casi a saltos, aferrándome a los barandales fríos y ásperos, haciéndome daño en las manos. Una vez que llegué al piso, escuché un grito:

    -¡Andy!-

Una fuerza me jaló de la ropa hacia a un costado y en cosa de nada el machete se clavó justo donde había estado yo. A mi lado estaba Pamis, con las manos temblorosas.

   -¡Vámonos!-

Podríamos haber salido de la casa si cruzábamos todo el patio hacia la entrada, pero era más rápido cruzar por la barda que dividía los patios de los Manríquez y el mentado político. Además, una vez dentro de su casa podría ayudarnos y llamar a la policía.

    -¡Vamos a saltar!- les dije a las niñas antes de que pudieran correr a la entrada de su casa. Ambas me miraron con confusión y miedo pero fueron conmigo hasta la enorme pared que parecía medir un poco más de dos metros. También había algunas enredaderas pero debajo de ellas había un perfecto y liso yeso, no había ni una grieta que pudiera servirnos como escalón. Giré el rostro hacia lo alto de la oficina y vi que el enmascarado iba bajando con prisa.

Tomé a Paty, que estaba más cerca de mí y le dije:

    -Te voy a aventar y saltas-

    -Me dan miedo las alt…-repitió pero insistí:

   -¡Por favor!-

Paty asintió y yo con toda la fuerza que pude la lancé. No es como que yo tuviera una fuerza sobrehumana o cuando menos impresionante, pero ayudó el hecho de que las niñas fueran delgadas y altas. Paty se agarró del borde y le costó un poco de trabajo pasar las dos piernas para cruzar al patio del vecino. Luego hice lo mismo con Pamis, quién no tuvo problema. Entonces yo tomé de distancia al menos uno o dos metros para correr y saltar, pero cuando lo hice no llegué a la altura adecuada y mis dedos apenas se aferraron al borde de la pared, el resto de mi cuerpo colgaba a merced de aquel hombre.

    -¡Busquen ayuda!- les grité a las niñas pero en vez de obedecerme, una se subió a los hombros de la otra para ayudarme a subir por completo.

Quizás fue la adrenalina, mía y de las niñas, la que hizo que mi cuerpo tomara un impulso que no había ahí antes, tal vez fue el machete clavándose en mi pantorrilla derecha, el grito de dolor no lo pude ahogar pero logré saltar al otro lado. Caí de bruces, como si fuera un saco de harina. Me ardía el cuero cabelludo, tenía el rostro hinchado por la cachetada y ahora además no tenía aire en los pulmones y tenía la pantorrilla apuñalada. Podía sentir la humedad a través de la tela de mi pantalón.

Pamis y Paty se inclinaron para ayudarme a levantarme.

    -Vamos Andy- dijo Pamis, sollozando- Vamos-

Quise decirles que me dejaran tomar aire, que ellas se adelantaran, pero luego escuchamos al enmascarado bufar cuando saltó, llegando con facilidad al borde. El miedo me hizo reaccionar con fiereza. Me levanté rápidamente y tomé a las niñas de la mano, entramos a la casa gritando por ayuda pero no encontramos a nadie, la casa estaba silenciosa y vacía. Cuando cruzamos por la sala vi que en el vestíbulo de la mansión había un hombre de ropa deportiva, calvo y piel muy blanca, lleno de sangre y con enormes heridas de apuñalamiento por todo el cuerpo que sólo podrían haber sido hechas por un machete.

Las gemelas soltaron un grito al unísono al ver el cadáver de su vecino en el piso. Me incliné sobre él para buscarle en los bolsillos un celular o algo que pudiera ayudarnos cuando desde el fondo de la casa se escuchó un ruido inconfundible: Muebles siendo pateados, volteados con una fuerza e ira homicida, criminal.

El político no llevaba nada de valor, me pregunté si todo era un tipo de asalto y como nosotras éramos testigo por eso buscaba asesinarnos. No me quedé a buscar otro tipo de dispositivo inteligente así que le dije a las niñas.

    -¡Vámonos!-

    -¡¿Pero adónde?!-

   -¡No conocemos a nadie!-

   -¡Vámonos!-

Corrimos de la mano, más yo jalándolas a ellas puesto que por muy delgadas y altas que fueran sus piernas no se comparaban al largo de las mías, aunque todavía cojeaba por mi pantorrilla herida, cuyo apuñalamiento perdía dolor debido al miedo que estaba sintiendo.

La única otra casa habitada estaba al final de la colina pero cuando llegamos y yo aporré la puerta pidiendo auxilio, nadie nos abrió. Tampoco había luces encendidas dentro. ¿Estarían dentro, se habían escondido para no ayudarnos o no había nadie?

   -Creo que no están- dijo una de las niñas.

    -Ésos nunca están-contestó la otra.

    -Vámonos entonces-

Cuando salimos del porche, vimos que el enmascarado se acercaba peligrosamente trotando hacia nosotras. Cruzamos la calle corriendo y en la primer casa de la esquina llegamos igual que en la anterior: Asustadas y soltando alaridos.

    -¡Por favor ayúdenos! ¡Llamen a la policía!-

En esa mansión sí había gente, lo sabíamos porque había luz en casi todas las ventanas. Incluso alcancé a distinguir un par de ojos oscuros que se habían asomado por entre las persianas, pero no nos abrieron. Le pegué con más fuerza a la puerta pero nadie nos ayudó.

No nos detuvimos a esperar, volví a tomar a las niñas de la mano y salimos corriendo a la siguiente casa pero fue igual: Nadie ni siquiera se dignó a preguntarnos qué pasaba. Paty soltó un chillido, desesperanzada.

    -No puede ser que no nos quieran ayudar-

Frente a la calle en donde estábamos había un extenso pasillo de césped y bardeado con algunos árboles altos y oscuros como adorno. Ahí había un grupo de jóvenes vestidos de “góticos”, fumando y probablemente bebiendo. Eran alrededor de cinco, entre ellos dos chicas así que sentí la confianza de acercarme con las gemelas a pedir ayuda.

Al acercarnos, uno de ellos, el más alto, se nos quedó mirando como si creyese que les fuéramos a pedir dinero o algo así.

    -Oigan, por favor ayúdenos, llamen a la policía-

El grupo de adolescentes se nos quedó viendo, sus expresiones iban desde el desagrado y la apatía hasta la más honesta de las curiosidades.

    -Guao, qué interesante maquillaje- dijo una de las chicas, mirando mi rostro.

    -¡Nos vienen siguiendo, nos quieren matar!-

De inmediato el grupo intercambió una mirada incómoda.

    -Las bromas sobre narcos no están chidas, ¿Eh?- dijo uno, luego de soltar aire de su vapeador.

   -¡No es un narco, es un señor con espada!- dijo Pamis, al borde del llanto y señaló hacia el fondo de la calle, donde se acercaba el hombre trotando con el enorme machete destellando por algunas manchas de sangre en el filo.

El grupo se giró para verse entre ellos, una de las chicas soltó una risita.

    -Qué ingeniosa broma-

    -No es una broma, por favor llamen a emergencias, hay muertos, mataron a un repartidor y al vecino de las niñas, por favor…-

El más alto, que tenía los cabellos rubios peinados con gel en picos apuntando al cielo, delineador negro oscureciendo sus ojos azules y engrandeciendo sus delgados labios, tiró los restos del cigarro de mota que se estaba fumando, y dijo:

    -A ver, ahorita veo-

   -¡No, no vayas, te va a matar!- le dije, soltando un chillido de horror. El muchacho se rió, incrédulo. Se acercó hasta el enmascarado, con la mirada de sus amigos atentos a lo que sucedía, cuando el hombre del machete le apuntó con el arma al cuello y cuando lo quiso atacar el joven fue más ágil y se cubrió con la mano, pero esto hizo que le rebanara media mano.

Gritó de horror, la sangre comenzó a chorrearle por el brazo. Sus amigos entonces se dieron cuenta de que lo que decíamos era real.

Ninguno se acercó, una de las chicas se fue corriendo. El joven de los pelos parados intentó correr pero el enmascarado le atravesó el pecho con el machete, haciendo que se desplomara en el césped oscuro.

    -¡No mames lo mató!-

    -¡Llama a emergencias!-

El resto de jóvenes, las gemelas y yo huimos.

    -¡No mames, ¿Pero quién es?!- me preguntó la otra chica, que era de mi misma altura, mucho más delgada y con el cabello teñido de rosa fantasía.

    -¡No sé, sólo llegó y empezó a matar!-

    -¡Hola, por favor manden a la policía y una ambulancia al fraccionamiento Brisas del campestre!¡Hay un güey suelto matando! ¡Trae un machete! ¡Por favor ya mató a mi amigo! ¡Por favor, por favor! ¡Sí, brisas del campestre! ¡Puta, no sé qué calle, no vivo aquí!- dijo un chico, con el celular pegado en su oreja. Era un joven bajo en comparación a los demás, también de mi altura, de espalda ancha y vientre abultado. Tenía unos ojos pequeños y rasgados, oscuros. Igual que el resto tenía pintura blanca y negra en la cara.

    -¡Es la calle Catarina!- le dijo el otro chico de cabello rojizo oscuro, que corría junto a él.

    -¡No, es la Petirrojo!-dijo la chica.

    -¡Qué importa, ustedes manden a la policía!-

Llegamos a uno de los parques del fraccionamiento, que estaba conformado por árboles, un quiosco y algunos juegos infantiles. Pese a que eran cerca de las diez de la noche, o pasadas, todavía había bastante gente y niños por ahí, disfrutando de la noche.

La chica de pelo rosa gritó:

    -¡Hay un loco con un arma, corran!-

El par de adultos que estaban cerca sólo la miraron con el ceño fruncido.

    -¡Si vas a fumar comparte!- le contestó un muchachito de unos quince años que estaba con otros dos.

    -Tenemos que escondernos- le dije a la chica de pelo rosa. Ella me regresó la mirada:

    -Mi casa está literalmente al otro lado del fraccionamiento, pero vamos-

    -No podemos dejar que la gente se quede aquí, ¡Los matará a todos! ¡Hay niños!- dijo el pelirrojo con la voz aguda por el horror.

Miramos hacia todo el parque y en efecto, probablemente había más menores de edad que adultos. ¿Pero qué podíamos hacer? Nadie nos iba a creer hasta que de primera  mano lo vieran. ¿Pero íbamos a dejar que muriera un inocente para probar nuestro punto?

Pero no tuvimos tiempo de hacer lluvia de ideas, o de intentar cualquier cosa, el hombre del machete nos alcanzó con rapidez y atacó a los primeros que vio, que eran una pareja de un hombre y una mujer de unos cuarenta y tantos años, ambos disfrazados de Homero y Marge Simpson. Al hombre le rebanó la cabeza y a la mujer le atravesó el pecho con el machete, así, de tajo.

La gente empezó a correr, espantada y gritando. Por una parte sentí un poco de alivio saber que ya no estábamos viviendo ese infierno sólo las niñas y yo, que habría más testigos y por lo tanto más presión para que la policía hiciera algo, pero por otra parte me abrumó tanta muerte inocente y violenta. El pobre repartidor…

    -¡No podemos esperar, vámonos!- dijo la chica pelirosa, me tomó del brazo y me jaló hacia ella, para dirigirnos a su casa.

    -¡Llámale a mamá, Andy!- dijo Pamis, sorbiéndose los mocos- Por fa…-

    -¿Quieres usar mi teléfono?- dijo la chica, ofreciéndome su celular último modelo.

    -No, no me sé el número, y mi cel se quedó allá…-

La adrenalina comenzó a descender, por alguna razón –y creo que no fui la única-, pensé que por todo el alboroto el asesino del machete nos perdería, o se dedicaría a perseguir a otra gente pero no. Cruzó entre todo el gentío y luego lanzó su arma, clavándose en la espalda del pelirrojo, quién cayó al suelo, soltando un grito de dolor.

    -¡No mames!-

    -¡Quítaselo!- dijo la pelirosa al chico de los ojos rasgados, éste obedeció y al desprender el filo del arma, el pelirrojo gimió y de su espalda brotó un chorro de sangre que dejó de escurrir en pocos segundos.

La pelirosa y el chico de los ojos rasgados intercambiaron una mirada y luego éste se giró, creo yo embargado por la ira y el poder del machete y corrió hacia el asesino para herirlo. La chica le gritó:

    -¡No, Park, no!-

Pero Park la ignoró, determinado a vengarse por sus amigos sin contar que el enmascarado era más hábil, seguramente había practicado por si se quedaba sin su arma, o si era atacado, algo así imaginé porque de otra manera no podía explicarme cómo esquivó el ataque de Park, cómo sacó hábilmente un cuchillo dentado del bolsillo trasero de su pantalón y cómo le rajó la garganta al pobre muchacho, que cayó convulsionando al piso, regando todo de sangre.

La pelirosa y el pelirrojo gritaron, el enmascarado recordó que nosotras éramos su objetivo y después de levantar el machete del piso, se dirigió hacia nosotras.

    -Váyanse- dijo el pelirrojo.

    -No, no mames, Hugo-

    -¡Váyanse ya, Grecia!-

Yo tomé a las niñas y comenzamos a trotar, por un segundo creí que Grecia se quedaría con su amigo pero cuando vio al enmascarado apuntarle con el machete, ella salió corriendo como bala, a tal velocidad que me costó trabajo seguirle el ritmo debido a mi herida en la pierna. Hugo no gritó cuando el enmascarado lo apuñaló varias veces en la espalda, hasta dejarlo sin vida.

Grecia no dejó de sollozar durante un par de cuadras, hasta que se dio cuenta de que no íbamos por el camino a su casa. Se detuvo a mitad de la solitaria y silenciosa calle y recargó sus manos en las rodillas, inhalando y exhalando.

    -No mames, no mames, no mames, los mató a todos- dijo ella, angustiada, horrorizada.

Antes de que pudiéramos procesar lo que estaba pasando, el sonido de un silbato nos asustó. Desde la orilla se acercó un guardia en bicicleta, con el rostro pálido y sudoroso.

    -¿Están bien? ¿Se han topado con el loco?-

    -Sí, estamos escapando- le dije yo. El guardia miró hacia todos lados, inquieto.

    -La policía ya viene, por favor vuelvan a sus casas, es peligroso andar en la calle por el momento-

El guardia continuó con su rondín, nosotras lo vimos desde ese punto de la calle. Justo cuando estaba por doblar a la izquierda, de la orilla salió el enmascarado, emboscándolo. De un tajo le abrió el brazo izquierdo, haciendo que el guardia perdiera el equilibrio y cayera al suelo. El enmascarado calló sus gritos a machetazos y luego tomó la bicicleta, se giró hacia nosotras y se subió a ella.

     -¡Alguien ayúdenos! ¡Por favor!- gritó Grecia, trotamos un par de metros pero ninguna casa pareció responder. Entonces escuchamos un siseo proveniente de la mansión de enfrente, la puerta de la entrada estaba entre-abierta y se asomaba un hombre de unos cincuenta años, con una barba delineada y traje ajustado negro de latex.

    -¡Entren! ¡Vengan!-

Obedecimos. Una vez que entramos, el hombre puso una barricada de muebles sobre la puerta para que el enmascarado no pudiera entrar. Sólo se empezaron a oír golpes desde afuera y con cada machetazo en la puerta, todos los presentes nos estremecíamos. El señor de barba nos guió hasta el fondo de la casa, donde había un mini-bar.

    -¿Cómo se llaman, niñas?- preguntó él, con un ligero acento colombiano.

    -Grecia- contestó la pelirrosa, limpiándose los ojos llenos de lágrimas.

    -Yo me llamo Gael- contestó él y luego nos miró a nosotras tres- Él es mi marido Carlos, ¿Y ustedes?-

    -Andy, y ellas son Pamis y Paty- dije yo.

    -Carlos y yo hemos estado llamando a la policía pero dicen que ya mandaron unidades y nomás nada. Avisamos a los guardias pero contestan una de cada cuatro llamadas-

    -¿Saben qué está pasando allá?- preguntó Carlos, que era más alto que Gael, de piel oscura y hermosos ojos miel. Él no tenía acento extranjero.

Grecia me miró con una expresión rara en la cara, como incómoda.

    -No sabemos- dije yo- Ese güey llegó a nuestra casa… a la casa de las niñas, yo estoy de niñera, y mató al repartidor de comida y luego entró… Y escapamos-

    -También mató al vecino, el político- dijo Pamis, más tranquila que antes.

    -Y a mis amigos- dijo Grecia, con amargura en la voz.

Un golpe sonoro en la entrada que movió los muebles que la tapaban nos asustó a todos. Grecia hasta soltó un chillido muy agudo de la impresión. Gael dijo:

    -No se preocupen, igual la casa tiene un sistema de seguridad, si entra lo sabremos…-

    -Tenemos una ruta de escape, porque todas las casas deberían tener una: Corran por la cocina y crucen el cuarto de lavado, ahí hay una puerta de madera vieja que da a un túnel chiquito que lleva al estacionamiento del sótano, ahí hay una salida a la calle cruzándolo por unas escaleras de metal-

Yo me sentía muy confundida pero a juzgar por las caras de Grecia y las niñas ellas sí entendieron ese complicado diseño de las mansiones. Me pregunté si ellas también tendrían algo similar que yo no conocía.

    -Deberíamos tomar armas- dijo Grecia, insegura.

Gael y Carlos se miraron.

    -No tenemos armas en la casa…-

    -Me refiero a cuchillos y así-

    -Ah, sí, sí, claro, obvio, vamos…-

Gael dio dos pasos hacia la entrada del mini-bar, Grecia pisándole los talones, cuando de repente la luz de la casa se fue. Pero no sólo la de la casa, sino también la de las casas aledañas. Carlos tomó aire ruidosamente, sorprendido.

    -Mierda- murmuró Gael.

    -¡Al sótano, vamos, vamos, vamos!...- dijo Carlos, y cuando encabezó la escapada vimos que la entrada de la casa estaba intacta pero la ventana junto a ella no.  Estaba rota y de un tamaño considerable: También había pedazos de vidrio roto por las escaleras que conducían a los pisos superiores, por la cocina, y el comedor. Los muebles estaban todos volteados, desordenados. Como si alguien se hubiera metido y estuviera buscando algo. ¿Se trataría todo de un asalto, como fue mi primer pensamiento?

Del pasillo que conectaba la cocina y el comedor apareció el enmascarado con el machete, lo batió frente a Carlos para herirlo y alcanzó a abrirle la piel de la barriga de manera superficial, porque Grecia lo jaló de la ropa hacia atrás.

    -¡Desgraciado!- le gritó Gael desde atrás, lanzándole una botella de tequila que el enmascarado golpeó con el machete. Gael con agilidad tomó dos botellas de vino que lanzó, una chocó contra la pared de junto al enmascarado pero la otra sí chocó en su hombro, haciendo que retrocediera con brusquedad.

Grecia levantó a Carlos con fuerza, Gael siguió lanzando botellas, algunas fallaron en golpear a su objetivo pero otras más sí le dieron en el estómago, el brazo, el pecho…

    -¡Corran!- gritó Carlos con la voz ahogada por el dolor.

No supe a quién se lo estaba diciendo pero sentí una mano de Gael empujarme hacia las escaleras de caracol que se encontraban a unos dos metros de nosotras, que daban hacia los pisos superiores.

Las niñas y yo corrimos hacia el segundo piso, donde sólo había un largo y ancho pasillo con alrededor de cuatro habitaciones que desconocíamos de qué eran, así que las llevé hasta la del fondo que resultó ser un baño. Escondí a las niñas en la bañera y cerré la cortina, la mano de Pamela me detuvo.

    -Quédate aquí, Andy- dijo en voz baja, nerviosa.

    -Aquí estaré-

Gritos que venían del primer piso, golpes secos, borboteos, muebles siendo golpeados, más gritos pero ahora ahogados, contenidos, llanto, silencio. Llantas derrapando allá afuera. Cristales siendo aplastados. Pisadas, fuertes y pesadas, firmes. Las puertas de los cuartos contiguos se abrían con patadas. Me temblaron las rodillas, tomé la tapa del tanque de la taza del baño como arma, la cerámica era pesada pero los bordes me ayudaban a sujetarla con fuerza y esperé.

Tal vez no saldría viva pero las niñas tenían que sobrevivir. Me giré un poco hacia ellas, escondidas tras la cortina y dije:

    -Cuando lo distraiga corren hacia la calle-

    -No, Andy-

    -Y luego buscan la caseta de vigilantes-

    -Que no, Andy-

    -Sí. Obedezcan-

La puerta se abrió: En ese segundo me pregunté si Grecia, Carlos y Gael habían sobrevivido. Me pregunté qué pensaría mi madre al enterarse de mi muerte. Qué haría mi padre, cómo vivirían mis hermanos menores. Tenía un año en la carrera, ¿Me recordarían mis compañeros, mis amigos, mis maestros? ¿Sabrían que luché hasta el final? ¿O sólo sería un número en la estadística de la masacre en el fraccionamiento más caro de la ciudad?

Esperé el ataque pero no llegó. En su lugar una voz me sorprendió:

    -¡Hay sobrevivientes!-

Era un policía, que bajó el arma cuando se asomó y me vio herida y asustada, a la defensiva.

    -Salgan, salgan, están a salvo- insistió.

Dejé con cuidado la tapa en el piso y las niñas abrieron la cortina con cautela, asomándose apenas lo mínimo. Me volteé con ellas y les di mi mano, la tomaron de inmediato.

    -¿Están bien, están heridas?- preguntó el policía, con un tono de palidez amarillento enfermizo.

    -Estamos bien- dijo Paty con un hilo de voz.

    -Bajen, allá están las patrullas y la ambulancia. Llamen a sus padres-

Bajamos con cuidado, como si las escaleras se fueran a desmoronar bajo nuestros pasos en cualquier momento. En la planta baja estaba todo desordenado, destruido, lleno de cristales de las botellas rotas, paredes salpicadas de sangre y alcohol, cortes en los tapices de las paredes y el suelo de madera. Habían unos policías –supongo yo detectives- que estaban en un rincón tomando fotos, recogiendo evidencia, delimitando zonas con listones amarillos.

    -Salgan, niñas- se acercó a nosotras una mujer policía, como de unos cuarenta años, de piel oscura, gorda y labios pintados de rojo vino. Nos escoltó hacia la calle, donde alcancé a ver que subían a la ambulancia, en una camilla, a Grecia, la distinguí por su cabello rosa.

¿Sobreviviría?

    -Revísalas por favor- le pidió la policía a un paramédico que estaba anotando unas cosas en unas hojas que llevaba en las manos. El muchacho –porque era un muchacho, apenas unos años más grande que yo- levantó los ojos y asintió, serio.

    -¿Cómo están? ¿Les duele algo?- nos empezó a preguntar.

Paty y Pamis se miraron y luego me vieron, inseguras. Yo asentí para darles valor. Ambas niñas respiraron con profundidad, tranquilas de saberse protegidas.

Mientras ellas respondían las preguntas del paramédico y éste les revisaba la presión y los latidos del corazón, giré el rostro hacia la entrada de la casa, acordonada y repleta de policías, y demás personas. Ahí, en la banqueta, junto a una patrulla estaba el guardia vampiro que me había recibido cuando llegué, estaba hablando con los policías, seguramente dando una declaración. No pude evitar notar que de su mano le brotaron unos hilos de sangre apenas visibles desde mi lugar.

Sobre el cuento:

Éste es el primero que escribí, ideeé y el que dio la pauta para los demás a través de las historias slashers populares. Una niñera perseguida por alguien enmascarado, ¿Dónde hemos visto eso antes? Por supuesto que hay elementos mexicanos dentro, como la máscara de luchador (¿Se imaginan un Michael Myers, un Jason Vorhees pero con complexión de luchador, máscara de uno? ¡Aterrador!); el fraccionamiento en realidad está inspirado en uno que conozco bastante bien y como fun fact: mi hermana trabajó como niñera en una colonia de ricos similar -pero este cuento no es sobre ella-

Thoughts

  • renglontorcido

    Me da envidia que este fue el primero que hiciste y ya traía todo, hasta la mano del guardia al final. Yo sigo con el mío a medio camino desde hace tres años.

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  • correosinleer

    La caseta le tomó foto a la credencial de la niñera y al de la camioneta del año le levantó la pluma con una sonrisa. Ahí está toda la seguridad del lugar.

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  • Cecilita

    Yo desconfié de las gemelas desde que contaron lo de la abuela en las escaleras y lo del tío Hugo, y estaba segura de que la broma pesada iba a venir de ellas. Al final fueron las únicas que no le soltaron la mano a Andy, hasta la subieron por la barda cuando ella les gritaba que se fueran.

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  • Ovid

    La máscara de luchador nueva, que no era la del Santo ni la de Blue Demon, me hizo pensar en lo fácil que se consigue un disfraz así en cualquier mercado, y por eso da más miedo que un Jason. Apuesto a que la mano sangrando del guardia vampiro va a dar para rato en las otras chicas finales. Gracias por subir el primero!

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  • tintaDeMartes

    Volver al primero después de lo de Fátima se siente raro, ya sabiendo por dónde se van a poner las cosas. ¿Las calles con nombre de bichos, Avispas, Monarcas, Catarina, las sacaste del fraccionamiento que conoces?

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