No hablo de ese lugar del que todos alguna vez escuchamos,
ese espacio entre el cielo y el infierno,
entre lo que fue y lo que será.
Hablo de uno más silencioso.
Uno que no tiene puertas,
ni paredes,
ni una señal que diga que has entrado.
Porque quizás el limbo no se siente como estar perdido.
Quizás se siente como despertar una mañana
y no saber qué hacer con el día.
Abrir los ojos
y quedarse mirando el techo,
esperando que alguna parte de ti
recuerde hacia dónde se supone que debes ir.
Levantar el teléfono
y deslizar la pantalla sin buscar nada.
Abrir una canción,
cerrarla,
abrir otra,
y terminar en silencio.
Mirar la comida frente a ti
y no saber qué quieres comer.
Abrir el armario
y no saber qué quieres ponerte.
Salir a caminar
sin saber hacia dónde.
Y entonces te das cuenta
de que quizás nunca fue sobre la comida,
ni sobre la ropa,
ni sobre la canción.
Quizás era sobre ti.
Sobre no conocerte lo suficiente
como para saber qué necesitas.
Qué te gusta.
Qué quieres.
Qué te hace bien.
Qué te hace quedarte.
Y eso asusta.
Porque uno crece creyendo
que algún día llegará a conocerse por completo,
como si dentro de nosotros
existiera un mapa esperando ser descubierto.
Pero nadie nos enseña a leernos.
Aprendemos los nombres de las calles,
los nombres de las personas,
los nombres de los días,
pero nadie nos enseña
a reconocer nuestra propia voz
cuando habla entre tanto ruido.
Y quizás por eso existe el limbo.
Porque hay momentos
en los que dejamos de saber
si estamos avanzando
o simplemente nos estamos moviendo.
Días en los que hacemos cosas
porque siempre las hemos hecho,
hablamos porque alguien nos habla,
reímos porque corresponde reír,
dormimos porque llegó la noche,
despertamos porque llegó la mañana.
Y seguimos.
Siempre seguimos.
Aunque no sepamos hacia dónde.
Quizás el limbo sea eso:
seguir caminando
cuando ya no recuerdas
por qué comenzaste a caminar.
Es estar atrapado entre versiones de ti mismo.
Entre quien fuiste
y quien pensabas que serías.
Entre los sueños que alguna vez gritaste
y los que ahora apenas puedes recordar.
Entre querer volver
y saber que volver ya no existe.
Entre extrañar lo que eras
y tener miedo de convertirte
en alguien que todavía no conoces.
Y qué extraño es eso.
Pasamos tanto tiempo intentando encontrar nuestro lugar
que olvidamos preguntarnos
si alguna vez supimos quién lo estaba buscando.
Quizás llevamos años construyendo una vida
con piezas que encontramos en otras personas.
Una canción que alguien nos mostró.
Un sueño que alguien esperaba de nosotros.
Una forma de vestir que nos hizo sentir aceptados.
Una personalidad que aprendimos a utilizar.
Una sonrisa que descubrimos que funcionaba mejor
que decir que algo dolía.
Y un día,
cuando estamos solos,
cuando ya no hay nadie a quien impresionar,
nos quedamos frente al espejo
y aparece una pregunta que no sabemos responder:
“¿Quién soy cuando nadie me está mirando?”
Tal vez ese sea el verdadero miedo del limbo.
No estar perdido.
Sino descubrir
que llevabas demasiado tiempo caminando
con un destino que nunca elegiste.
Y entonces cualquier decisión se vuelve enorme.
Porque elegir una canción
ya no es solamente elegir una canción.
Es preguntarte qué sientes.
Elegir qué comer
es preguntarte qué necesitas.
Elegir dónde ir
es preguntarte qué buscas.
Elegir a quién querer
es preguntarte qué estás dispuesto a entregar.
Y elegirte a ti mismo...
quizás sea la decisión más difícil de todas.
Porque para elegirte
primero tienes que encontrarte.
Y para encontrarte
tienes que atravesar todos esos lugares
de ti mismo que preferirías no mirar.
Tus contradicciones.
Tus errores.
Tus miedos.
Las cosas que hiciste por amor.
Las cosas que hiciste por miedo.
Las personas que perdiste.
Las versiones de ti que tuviste que abandonar.
Y quizás por eso el limbo duele tanto.
Porque no es vacío.
Está lleno.
Lleno de recuerdos,
de preguntas,
de posibilidades,
de caminos que nunca tomaste,
de palabras que nunca dijiste,
de personas que todavía viven en alguna parte de tu memoria.
Está lleno de “quizás”.
Quizás si hubiera elegido distinto.
Quizás si hubiera esperado.
Quizás si hubiera dicho aquello.
Quizás si no hubiera dejado ir.
Quizás si hubiera sido otra persona.
Pero no existe una vida construida con “quizás”.
Solo existe la que está ocurriendo ahora.
Y ahí estás tú.
En medio.
Sin saber exactamente quién eras,
sin saber exactamente quién serás,
pero teniendo que decidir
qué hacer con el día que tienes delante.
Quizás el limbo no sea un castigo.
Quizás sea una pausa.
Ese lugar incómodo
donde la vida te obliga a detenerte
porque ya no puedes seguir siendo quien eras.
Quizás primero tienes que quedarte quieto
para escuchar lo que llevabas años ignorando.
Quizás necesitas perder algunas respuestas
para empezar a hacerte las preguntas correctas.
Quizás necesitas no saber qué canción escuchar
para descubrir qué música realmente te pertenece.
Quizás necesitas no saber qué quieres
para comenzar a descubrirlo.
Y quizás algún día,
sin darte cuenta,
despiertes nuevamente.
Mires el techo.
Y esta vez sepas qué hacer.
No porque tengas la vida resuelta.
No porque finalmente tengas todas las respuestas.
Sino porque, por primera vez,
la decisión que tomes
sentirá que viene de ti.
Y quizás entonces entiendas
que nunca estuviste completamente perdido.
Solo estabas en ese lugar extraño
entre la persona que fuiste
y la persona que todavía estabas aprendiendo a ser.
Quizás ese sea el limbo.
No estar muerto.
No estar vivo del todo.
No estar perdido.
No estar encontrado.
Simplemente existir
en medio de ambos mundos,
hasta que un día
te reconoces nuevamente
y decides,
por fin,
caminar hacia ti.