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¿Conoces el limbo?

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No hablo de ese lugar del que todos alguna vez escuchamos,

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Pensamiento

Pensamiento

LauraLetras

Lo leí despacio y la parte que se me quedó pegada fue la del teléfono, deslizar la pantalla sin buscar nada, porque eso lo hago casi todas las noches y nunca lo había puesto junto con lo de no saber qué canción ni qué comer. Me dejó la sensación de que tu

Lo leí despacio y la parte que se me quedó pegada fue la del teléfono, deslizar la pantalla sin buscar nada, porque eso lo hago casi todas las noches y nunca lo había puesto junto con lo de no saber qué canción ni qué comer. Me dejó la sensación de que tu limbo se parece más a un domingo largo que a un castigo, y lo de que nadie nos enseña a leernos me pareció verdad: uno aprende calles y nombres y nunca lo otro. Qué bueno leerlo entero, de una.

Contenido de la publicación

No hablo de ese lugar del que todos alguna vez escuchamos,

ese espacio entre el cielo y el infierno,

entre lo que fue y lo que será.

Hablo de uno más silencioso.

Uno que no tiene puertas,

ni paredes,

ni una señal que diga que has entrado.

Porque quizás el limbo no se siente como estar perdido.

Quizás se siente como despertar una mañana

y no saber qué hacer con el día.

Abrir los ojos

y quedarse mirando el techo,

esperando que alguna parte de ti

recuerde hacia dónde se supone que debes ir.

Levantar el teléfono

y deslizar la pantalla sin buscar nada.

Abrir una canción,

cerrarla,

abrir otra,

y terminar en silencio.

Mirar la comida frente a ti

y no saber qué quieres comer.

Abrir el armario

y no saber qué quieres ponerte.

Salir a caminar

sin saber hacia dónde.

Y entonces te das cuenta

de que quizás nunca fue sobre la comida,

ni sobre la ropa,

ni sobre la canción.

Quizás era sobre ti.

Sobre no conocerte lo suficiente

como para saber qué necesitas.

Qué te gusta.

Qué quieres.

Qué te hace bien.

Qué te hace quedarte.

Y eso asusta.

Porque uno crece creyendo

que algún día llegará a conocerse por completo,

como si dentro de nosotros

existiera un mapa esperando ser descubierto.

Pero nadie nos enseña a leernos.

Aprendemos los nombres de las calles,

los nombres de las personas,

los nombres de los días,

pero nadie nos enseña

a reconocer nuestra propia voz

cuando habla entre tanto ruido.

Y quizás por eso existe el limbo.

Porque hay momentos

en los que dejamos de saber

si estamos avanzando

o simplemente nos estamos moviendo.

Días en los que hacemos cosas

porque siempre las hemos hecho,

hablamos porque alguien nos habla,

reímos porque corresponde reír,

dormimos porque llegó la noche,

despertamos porque llegó la mañana.

Y seguimos.

Siempre seguimos.

Aunque no sepamos hacia dónde.

Quizás el limbo sea eso:

seguir caminando

cuando ya no recuerdas

por qué comenzaste a caminar.

Es estar atrapado entre versiones de ti mismo.

Entre quien fuiste

y quien pensabas que serías.

Entre los sueños que alguna vez gritaste

y los que ahora apenas puedes recordar.

Entre querer volver

y saber que volver ya no existe.

Entre extrañar lo que eras

y tener miedo de convertirte

en alguien que todavía no conoces.

Y qué extraño es eso.

Pasamos tanto tiempo intentando encontrar nuestro lugar

que olvidamos preguntarnos

si alguna vez supimos quién lo estaba buscando.

Quizás llevamos años construyendo una vida

con piezas que encontramos en otras personas.

Una canción que alguien nos mostró.

Un sueño que alguien esperaba de nosotros.

Una forma de vestir que nos hizo sentir aceptados.

Una personalidad que aprendimos a utilizar.

Una sonrisa que descubrimos que funcionaba mejor

que decir que algo dolía.

Y un día,

cuando estamos solos,

cuando ya no hay nadie a quien impresionar,

nos quedamos frente al espejo

y aparece una pregunta que no sabemos responder:

“¿Quién soy cuando nadie me está mirando?”

Tal vez ese sea el verdadero miedo del limbo.

No estar perdido.

Sino descubrir

que llevabas demasiado tiempo caminando

con un destino que nunca elegiste.

Y entonces cualquier decisión se vuelve enorme.

Porque elegir una canción

ya no es solamente elegir una canción.

Es preguntarte qué sientes.

Elegir qué comer

es preguntarte qué necesitas.

Elegir dónde ir

es preguntarte qué buscas.

Elegir a quién querer

es preguntarte qué estás dispuesto a entregar.

Y elegirte a ti mismo...

quizás sea la decisión más difícil de todas.

Porque para elegirte

primero tienes que encontrarte.

Y para encontrarte

tienes que atravesar todos esos lugares

de ti mismo que preferirías no mirar.

Tus contradicciones.

Tus errores.

Tus miedos.

Las cosas que hiciste por amor.

Las cosas que hiciste por miedo.

Las personas que perdiste.

Las versiones de ti que tuviste que abandonar.

Y quizás por eso el limbo duele tanto.

Porque no es vacío.

Está lleno.

Lleno de recuerdos,

de preguntas,

de posibilidades,

de caminos que nunca tomaste,

de palabras que nunca dijiste,

de personas que todavía viven en alguna parte de tu memoria.

Está lleno de “quizás”.

Quizás si hubiera elegido distinto.

Quizás si hubiera esperado.

Quizás si hubiera dicho aquello.

Quizás si no hubiera dejado ir.

Quizás si hubiera sido otra persona.

Pero no existe una vida construida con “quizás”.

Solo existe la que está ocurriendo ahora.

Y ahí estás tú.

En medio.

Sin saber exactamente quién eras,

sin saber exactamente quién serás,

pero teniendo que decidir

qué hacer con el día que tienes delante.

Quizás el limbo no sea un castigo.

Quizás sea una pausa.

Ese lugar incómodo

donde la vida te obliga a detenerte

porque ya no puedes seguir siendo quien eras.

Quizás primero tienes que quedarte quieto

para escuchar lo que llevabas años ignorando.

Quizás necesitas perder algunas respuestas

para empezar a hacerte las preguntas correctas.

Quizás necesitas no saber qué canción escuchar

para descubrir qué música realmente te pertenece.

Quizás necesitas no saber qué quieres

para comenzar a descubrirlo.

Y quizás algún día,

sin darte cuenta,

despiertes nuevamente.

Mires el techo.

Y esta vez sepas qué hacer.

No porque tengas la vida resuelta.

No porque finalmente tengas todas las respuestas.

Sino porque, por primera vez,

la decisión que tomes

sentirá que viene de ti.

Y quizás entonces entiendas

que nunca estuviste completamente perdido.

Solo estabas en ese lugar extraño

entre la persona que fuiste

y la persona que todavía estabas aprendiendo a ser.

Quizás ese sea el limbo.

No estar muerto.

No estar vivo del todo.

No estar perdido.

No estar encontrado.

Simplemente existir

en medio de ambos mundos,

hasta que un día

te reconoces nuevamente

y decides,

por fin,

caminar hacia ti.

Thoughts

  • novelaacuestas

    Uf. El techo, sí.

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  • AlmaCorrea

    Lo de abrir el armario y no saber qué ponerte lo he visto en mucha gente que anda pasando por algo cañón y no lo dice. Lo de la pausa me lo creo más que lo del castigo. ¿Tienes más textos sobre ese limbo de las mañanas?

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  • Ovid

    Lo del techo por la mañana, quedarte mirándolo esperando que una parte de ti recuerde a dónde ir, me hace pensar en que casi siempre lo que corta esa mañana es algo tonto de fuera, alguien que llama y necesita una mano, y no la respuesta grande. Apuesto a que este texto salió de una de esas mañanas y no de una tarde tranquila. Me gustó leerlo!

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  • LauraLetras

    Lo leí despacio y la parte que se me quedó pegada fue la del teléfono, deslizar la pantalla sin buscar nada, porque eso lo hago casi todas las noches y nunca lo había puesto junto con lo de no saber qué canción ni qué comer. Me dejó la sensación de que tu limbo se parece más a un domingo largo que a un castigo, y lo de que nadie nos enseña a leernos me pareció verdad: uno aprende calles y nombres y nunca lo otro. Qué bueno leerlo entero, de una.

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