Saltar al contenido
Cargando…

Coincidir - Fluir

coincidir
Pública 2 conversaciones 5 pensamientos 58 votos positivos 0 votos negativos 0 series

COINCIDIR / FLUIR

In groups

Pensamiento

Pensamiento

OsvaldoFierro

Lo de mañosa y porfiada va dicho con cariño y se nota, poh. La pelea por mensaje también me gustó harto, así mismo se pelea uno.

Lo de mañosa y porfiada va dicho con cariño y se nota, poh. La pelea por mensaje también me gustó harto, así mismo se pelea uno.

Contenido de la publicación

COINCIDIR / FLUIR

 

 

“The beauty of life is in small details,

not in big events”

 

 

         La conocí sin buscarla, en los márgenes de un día cualquiera de Mayo, cuando

el frío ya arrastraba el tedio de la rutina. Empezamos a hablar como quien tropieza

sin querer, tal vez por un capricho del destino o uno de esos sutiles choques en el

trayecto de la vida.

         Nuestras primeras palabras nacieron a través de la frialdad de una red social.

Era un terreno tan etéreo y propenso al espejismo que, inevitablemente, llegó un

punto en el que Andrea dudó de mi existencia. No lograba culparla; en el océano

digital, todos somos un poco fantasmas. Sin embargo una tarde cualquiera, a las

13.30 hrs, la curiosidad me asaltó de igual forma. Decidí dar el salto y realizar una

video llamada. Aquello terminó siendo, sin yo saberlo hasta entonces, una de las

mejores decisiones de mi vida. Recuerdo el pulso acelerado, ese nudo de

nerviosismo mezclado con una intriga: El deseo incontenible de ponerle un rostro

real, una voz y una mirada a la persona que, de manera silenciosa, se estaba

adueñando de mis días.

         Desde ese día hasta hoy, casi un mes, nuestras conversaciones no han

conocido tregua. Ha resultado una de esas historias intensas y magnéticas que

desafían cualquier lógica. Una historia que, con el transcurrir de los días, te

convence con más fuerza de que merece ser rescatado y puesto sobre un papel.

 

El escenario de nuestro primer encuentro en persona fue en una clínica de

relajación donde ella trabaja. Me aplicó TENS, que, a todo esto, es una técnica de

fisioterapia que utiliza corrientes eléctricas para adormecer el dolor antes de que

sature el cerebro. Y sí, las bloquea. Tuve el sueño de 45 minutos más reparador de

mi vida. Tal vez no fue la mejor primera cita, pero fue más que suficiente para

dejarme con las ganas de volver a verla.

A partir de ese día, los encuentros comenzaron a sucederse con una

naturalidad que parecía desafiar la razón. No necesitábamos grandes planes;

bastaba con compartir unas horas para que cualquier lugar adquiriera un

significado distinto. Poco a poco fui descubriendo a la persona que estaba detrás

del teléfono; una persona con la voz más tierna del planeta, una mirada serena y

una calidez que transmitía incluso en medio del caos. Tenía, además, ese perfume

inconfundible que permanece en la memoria mucho después de que la otra

persona ya se ha ido.

Hubo un día, en el cuál caminamos bajo la lluvia, sin preocuparnos por

mojarnos, y en algún momento el mundo pareció detenerse. Nos besamos mientras

las gotas caían sobre nosotras, como si estuviéramos dentro de una escena escrita

para alguien más. Fue uno de esos instantes que no necesitan explicación, porque

el corazón los entiende antes que la mente. Ese día comprendí que la felicidad casi

nunca llega haciendo ruido. Se esconde en esos pequeños momentos donde uno

baja la guardia y simplemente disfruta de la compañía de la persona correcta.

El silencio entre nosotras ya no era una ausencia de palabras. Era un lugar

donde ambas nos refugiábamos cuando el corazón tenía demasiado que decir.

Una tarde nos sentamos en una banca, lejos del ruido de la ciudad. El viento

era suave y el cielo comenzaba a teñirse de tonos anaranjados. Ninguna hablaba,

hasta que ella rompió el silencio.

-         Creo que ya no puedo seguir fingiendo que esto no está pasando.

La miré sin interrumpirla.

 

         -Cada día pienso en ti. Cuando despierto, cuando trabajo, cuando escucho una

canción o veo algo que sé que te gustaría. Y eso…eso me asusta.

 

Respiró hondo antes de continuar.

 

         -Porque tengo una relación. Y nunca quise ni quiero hacerle daño a nadie.

         Sentí como esas palabras se clavaban en mi pecho. No porque no lo supiera,

sino porque escucharlas en voz alta hacía que todo fuera más real.

 

         -Yo tampoco quise enamorarme de ti- le dije. Si hubiera podido elegir,

probablemente habría escogido un camino más sencillo. Pero los sentimientos no

preguntan si llegan en el momento correcto.

Ella levantó la mirada. Sus ojos estaban brillantes.

         -Entonces sí...?

Sonreí con una mezcla de ternura y tristeza.

         -Sí. Me enamoré de ti. Poco a poco, sin darme cuenta. Primero fue tu voz.

Después tu forma de hacerme reír. La forma en que me pones nerviosa. Luego la

tranquilidad que siento cuando estoy contigo.

Una lágrima recorrió su mejilla.

-         Tenía miedo de escuchar eso… y al mismo tiempo era lo

único que quería escuchar.

Me acerqué y tomé su mano.

 

         -Pero también sé que esto no puede construirse sobre el dolor de otra

persona.

Ella asintió lentamente.

         -Eso es lo que más me rompe por dentro. Porque cuando estoy contigo siento

una paz que hace mucho tiempo no conocía… pero después vuelvo a casa y me doy

cuenta de que no puedo seguir viviendo como si nada hubiera cambiado.

El silencio volvió a aparecer, cargado de emociones.

         -no quiero ser un secreto –le dije-. Ni quiero que tomes una decisión por

presión o por miedo a perderme.

Ella entrelazó sus dedos con los míos.

         -Y si al hacer lo correcto termino perdiéndote? 

Los días siguieron avanzando, pero algo había cambiado. Ya no eran solo

conversaciones interminables o miradas que se prolongaban unos segundos más

de lo normal. Ahora existía esa coincidencia silenciosa de que ambas estaban

sintiendo algo que crecía sin pedir permiso.

Una noche, mientras hablábamos por teléfono, ninguna tenía realmente ganas de

despedirse.

         -Sigues ahí?, me preguntó.

Sonreí.

         -Sí, solo estaba escuchándote respirar.

Del otro lado hubo una pequeña risa, de esas que parecen esconder vergüenza y

felicidad al mismo tiempo.

         -Contigo el tiempo pasa demasiado rápido.

Esas palabras quedaron suspendidas en el aire. Ninguna respondió de inmediato.

No hacía falta.

Al día siguiente volvimos a vernos. Caminamos durante horas sin un destino fijo

hablando de la infancia y de los miedos que pocas personas conocían.  En un

momento nos detuvimos. El viento movía suavemente su cabello (que cursi xxxx) y

ella giró para mirarme.

         -Hay algo que me da miedo

         ¿Qué cosa?

Bajó la mirada unos segundos antes de responder.

         -Que todo esto termine…porque hacía mucho tiempo que no me sentía tan

bien con alguien.

Sentí un impulso enorme de abrazarla. Lo hice con calma, sin prisas. Ella

correspondió el abrazo apoyando su cabeza sobre mi hombro, como si por un

instante hubiera encontrado el lugar donde quería descansar.

No hablamos durante varios minutos.

Cuando finalmente nos separamos, nuestras miradas volvieron a encontrarse.

Había una mezcla de ilusión e incertidumbre. Las dos sabíamos que los

sentimientos eran reales, pero también que la realidad fuera de ese momento era

compleja.

Aún así. Decidimos no dejar que el miedo nos robara ese instante.

Seguimos caminando juntas, mientras el sol comenzaba a esconderse. Ninguna

sabía que pasaría al día siguiente, pero ambas tenían la certeza de que esta historia

ya había dejado una huella imposible de borrar; una de esas huellas que

permanecen incluso cuando el mundo insiste en cambiar.

Con el paso de los días, empecé a darme cuenta de que ya no esperaba

únicamente sus mensajes. Esperaba escuchar su voz, encontrarme con su mirada y

descubrir una nueva excusa para seguir construyendo recuerdos. Sin

proponérmelo, ella empezó a formar parte de mi rutina, de mis pensamientos y de

esos pequeños detalles que hacen que un día cualquiera deje de serlo.

Fue entonces cuando entendí que las personas no llegan de golpe a ocupar

un lugar importante en tu vida. Un mensaje que esperas con más ilusión de la que

admites, una llamada que se vuelve imprescindible. Un “¿Cómo estuvo tu día?” que

deja de ser una simple pregunta para convertirse en un refugio.

Había algo en ella que me desarmaba por completo. Tal vez era esa forma

tan suya de reír, esa tranquilidad que transmitía o la manera en que olvidábamos,

aunque fuera por un momento, todo lo que ocurría fuera de nuestras

conversaciones. Hablábamos de todo y nada. De nuestras familias, de los miedos

que pocas veces confesamos, de sueños y esas pequeñas cosas que solo compartes

cuando empiezas a sentirte cómoda con alguien.

Lo curioso era que nunca sentía que el tiempo alcanzara. Siempre quedaba

alguna historia pendiente o una anécdota más por contar. Cada despedida llevaba

implícita la promesa silenciosa de volver a buscarnos en un par de horas después.

Poco a poco fui descubriendo detalles que hacían imposible no admirarla.

La dedicación con la que hablaba de su trabajo, la ternura que aparecía en los

momentos más inesperados, y esa sensibilidad que terminaba asomándose en cada

conversación. Cuanto más la conocía, más comprendía que la belleza que había

visto al principio, era apenas una pequeña parte de todo lo que era.

 

Sin embargo, había algo que crecía conmigo y que aún no me atrevía a

nombrar. Era una mezcla de ilusión y miedo. Ilusión por todo lo que estábamos

construyendo; miedo porque las historias más bonitas suelen ser también las más

frágiles. Aun así, decidí dejar de controlar lo que sentía. Por primera vez en mucho

tiempo, preferí vivir el presente antes de preocuparme por un futuro que todavía

no había llegado.

DECISION

La noche había caído por completo cuando el silencio volvió a envolverlas.

Ninguna de las dos quería despedirse. Habían dicho mucho, pero todavía quedaban

sentimientos guardados entre las palabras.

Ella levantó la vista y sonrió con una mezcla de ternura y tristeza.

—No sé cómo pasó… pero llegaste a mi vida cuando menos lo esperaba.

Intenté convencerme de que esto era una confusión, que iba a desaparecer.

Pero cada día era más evidente que lo que sentía por ti era real.

Sentí un nudo en la garganta.

—No quiero que tomes una decisión por presión ni por culpa. Solo quiero que,

cuando mires tu vida, elijas aquello que te haga sentir en paz. 

Ella guardó silencio unos segundos. Después tomó mi mano con delicadeza.

—Eso es justamente lo que me hace pensar que eres tú.

Sus palabras quedaron suspendidas en el aire.

—Contigo no siento que tenga que fingir. No tengo miedo de ser quien soy. Me

escuchas, me haces reír incluso cuando todo parece derrumbarse, y cuando

imagino mi futuro… apareces tú.

Las lágrimas comenzaron a caer por sus mejillas.

—Sé que antes de llegar a este momento tengo que cerrar una etapa de la manera

correcta. No quiero construir algo bonito sobre algo inestable. La persona con la

que estoy merece una despedida honesta, y tú mereces que llegue a tu lado con el

corazón libre.

La abracé sin decir nada. No necesitaba promesas imposibles; solo

necesitaba sentir la sinceridad de ese instante.

Días después, nos volvimos a encontrar. Esta vez su expresión era distinta. Había

tristeza por el final de una historia, pero también una serenidad que no había visto

antes.

Se acercó despacio, entrelazó sus dedos con los míos y, mirándome

directamente a los ojos, dijo:

—Ya no tengo dudas. Elegí ser fiel a lo que siento. Y cuando escuché mi corazón sin

miedo… te eligió a ti.

Por primera vez, el futuro dejó de parecer una incertidumbre y comenzó a

sentirse como un camino que ambas querían recorrer, paso a paso, sabiendo que

las decisiones más importantes nacen de la honestidad y del amor libremente

elegido.

PLAYA

La carretera parecía interminable, pero ninguna de las dos tenía prisa.

Habíamos decidido escapar por unas horas, sin pensar demasiado en el destino.

Cuando por fin llegamos a la playa, el viento frío nos recibió con fuerza. El

mar estaba hermoso, las olas rompían con energía y no había nadie caminando por

la orilla. Era el tipo de paisaje que invitaba a quedarse en silencio.

Seis horas.

Seis horas que pasaron como si hubieran sido apenas unos minutos.

 Hablamos de la infancia, de los sueños que alguna vez dejamos guardados, de los

miedos que pocas veces nos atrevíamos a contar. Hubo momentos en que ninguna

dijo nada; simplemente nos sentamos frente al mar, contemplando el horizonte,

como si las olas hablaran por nosotras.

En un momento, se apoyó sobre mi hombro. Sentí cómo el mundo entero se

volvía pequeño, reducido a ese instante. No necesitaba que dijeras nada. Tu

respiración tranquila, el calor de tu mano rozando la mía y la calma que

transmitías bastaban para hacerme entender que ese lugar ya no era solo una

playa: era un recuerdo que llevaría conmigo para siempre.

El viento despeinaba tu cabello y, sin pensar, aparté un mechón de tu rostro.

Sonreíste de esa manera que siempre logra desarmarme. No fue una sonrisa

cualquiera; fue una de esas que nacen cuando una persona se siente realmente

cómoda con quien tiene al lado.

Seguimos caminando. Entendimos que hay momentos que no necesitan

durar para ser eternos.

Cuando el sol comenzó a esconderse, los colores del cielo cambiaron lentamente.

Naranjas, rosados y violetas pintaban el horizonte. Nos quedamos observándolo

hasta el último segundo, como si ninguna quisiera ser la primera en decir que era

hora de volver.

Antes de subir al auto, me giré para mirar una vez más el mar. Pensé que, si

alguien me preguntaba cuál había sido el mejor día de mi vida, probablemente

recordaría esas seis horas. No porque hubiera ocurrido algo extraordinario, sino

porque descubrí que la felicidad podía ser tan simple como compartir el silencio

con la persona que estaba empezando a ocupar un lugar importantísimo en mi

corazón.

Y mientras emprendíamos el regreso, con la música sonando bajito, comprendí que

aquel viaje no había sido una escapada a la playa

Había sido ?????? Xxxxxx

El regreso ya no se sentía como el final de un paseo. Era como si las seis

horas frente al mar hubieran movido algo que ninguna de las dos podía volver a

esconder.

La música sonaba muy bajo. No porque no hubiera nada que decir, sino porque

había demasiado.

De vez en cuando nuestras miradas se cruzaban. Bastaba un segundo para sonreír,

y después ambas volvíamos a mirar el camino, como si cualquiera de las dos

tuviera miedo de sostener esa mirada un instante más.

—¿En qué piensas? —pregunté de pronto.

Sonreí.

—En que hoy fue uno de esos días que uno guarda para siempre.

Asentiste despacio.

—Yo tampoco quería que terminara.

Hubo un silencio largo, de esos que ya no incomodan. Un silencio lleno de

confianza.

El paisaje iba quedando atrás mientras el cielo terminaba de oscurecer.

Encendí las luces del auto y, sin pensarlo mucho, busqué tu mano sobre la consola

central.

No la apartaste.

Al contrario, entrelazaste tus dedos con los míos con una delicadeza que hizo que

el corazón me latiera tan fuerte que por un momento olvidé todo lo demás.

No hacía falta ponerle nombre a ese gesto. Las dos sabíamos lo que significaba.

Seguimos así durante varios kilómetros, hablando de cualquier cosa: de

canciones, de viajes que soñábamos hacer algún día, de pequeños detalles que nos

hacían felices. Pero debajo de cada palabra había una verdad mucho más grande.

Cada risa era una confesión disfrazada.

Cada mirada decía lo que ninguna se atrevía a pronunciar.

En un momento apagaste la música.

—¿Sabes qué es lo que más miedo me da? —preguntaste con la vista fija en la

ventana.

Esperé unos segundos antes de responder.

—¿Qué?

—Que esto sea real.

Sentí un nudo en la garganta.

—A mí me da miedo exactamente por la misma razón.

Giraste lentamente hacia mí. Tus ojos estaban llenos de emociones: ilusión,

incertidumbre y una ternura imposible de ocultar.

—No esperaba conocerte... y mucho menos sentir todo esto.

Respiré hondo.

—Yo tampoco lo busqué. Simplemente pasó.

Volviste a apretar mi mano.

No hubo promesas. No hubo decisiones precipitadas. Solo la certeza de que algo

importante había comenzado entre nosotras.

Cuando las primeras luces de la ciudad aparecieron en el horizonte, ambas

entendimos que el viaje estaba terminando.

Pero también comprendimos otra cosa.

La playa había sido solo una excusa.

El verdadero viaje había empezado en el momento en que dejamos de tener miedo

de sentir.

Y, aunque todavía quedaban preguntas sin responder y caminos difíciles por

recorrer, ninguna de las dos podía negar que, desde ese regreso en auto, el destino

ya no parecía llevarnos a casa.

Parecía llevarnos, poco a poco, la una hacia la otra.

LO QUE EL SILECIO TERMINÓ DICIENDO

La ciudad nos recibió con sus luces y su rutina, pero dentro del auto seguía

existiendo ese pequeño universo que habíamos construido durante el viaje.

Ninguna parecía tener apuro por romperlo.

Cuando estacioné, el reloj marcaba una hora que ya no importaba.

Apagué el motor.

El silencio volvió a instalarse entre nosotras.

—Supongo que aquí termina la aventura —dije con una sonrisa que intentaba

sonar despreocupada.

Te miré unos segundos antes de responder.

—Creo que solo terminó el camino.

Bajé la vista. Sonreí apenas.

—Yo también lo siento así.

No hicimos el menor intento por abrir las puertas. Era como si salir del auto

significara volver a la realidad, y ninguna estaba preparada para eso.

Hablamos durante casi una hora más. De cualquier cosa y, al mismo tiempo, de

todo.

Me contaste recuerdos que casi nadie conocía. Yo te hablé de mis propios miedos,

de las veces que había levantado muros para no volver a salir herida. No

buscábamos impresionarnos; solo queríamos conocernos de verdad.

Entonces me miraste con una dulzura que hizo que el tiempo pareciera detenerse.

—Contigo siento una paz muy extraña.

Esas palabras se quedaron suspendidas entre las dos.

—¿Extraña?

—Sí... porque hace mucho tiempo que no podía ser yo sin pensar demasiado.

Contigo no siento que tenga que fingir nada.

Sentí cómo el corazón se encogía.

—Ojalá nunca dejes de sentir eso cuando estás conmigo.

Sonreíste sin dejar de mirarme.

—Dependerá de que nunca dejes de ser tú.

No supe qué responder. Solo sonreí.

A veces las palabras sobran cuando alguien logra decir exactamente lo que el otro

necesitaba escuchar.

Finalmente abrí la puerta.

El aire frío de la noche entró al auto.

Antes de bajar, volviste a mirarme.

—Gracias por hoy.

Negué con la cabeza.

—No... gracias por venir conmigo.

Me acerqué un poco más. No lo suficiente para borrar la distancia, pero sí para

hacer que el mundo desapareciera durante un instante.

Nuestros ojos volvieron a encontrarse.

Y fue ahí cuando entendí algo que llevaba horas intentando ignorar.

Ya no esperaba un momento perfecto para enamorarme.

Ya estaba enamorada.

No porque el día hubiera sido perfecto, sino porque cada recuerdo de esas seis

horas llevaba tu nombre.

Mientras te veía alejarte, tuve la sensación de que una parte de mí se iba contigo.

Sin embargo, por primera vez esa idea no dolía.

Porque también sentía que, de alguna manera, una parte de ti se había quedado

conmigo.

Y supe que, desde esa noche, ningún amanecer volvería a sentirse igual.

AMANECER

Desperté antes de que sonara la alarma.

Durante unos segundos me quedé mirando el techo, intentando recordar por qué

sentía esa extraña calma. Entonces sonreí.

La playa.

El viento.

Tu risa.

Tu mano buscando la mía durante el camino de regreso.

Todo volvió a mi memoria con una claridad que me hizo cerrar los ojos otra vez,

solo para revivirlo unos segundos más.

Tomé el teléfono varias veces. Quería escribirte. Preguntarte cómo habías

amanecido. Decirte que no había dejado de pensar en ti desde que te vi bajar del

auto.

Pero no lo hice.

Tenía miedo de parecer impulsiva. Miedo de cruzar una línea que ninguna de las

dos había nombrado todavía.

Mientras tanto, a varios kilómetros de distancia, ella también despertaba con el

mismo recuerdo.

Busqué una fotografía del mar que había tomado el día anterior. La observé unos

segundos y sonreí sin darme cuenta. No era la playa lo que estaba mirando

realmente. Era todo lo que había ocurrido allí.

Tomé mi teléfono.

Abrí nuestra conversación.

Escribí unas palabras.

Las borré 

Volví a escribir.

Las borré otra vez.

Hasta que, finalmente, apareció un mensaje sencillo.

"Buenos días... Hoy extraño el sonido del mar."

Cuando vi la notificación, sentí que el corazón se aceleraba.

Sonreí antes incluso de responder.

"Yo también. Aunque, si soy sincera... creo que lo que más extraño es la persona

con la que lo escuché."

Pasaron unos minutos sin respuesta.

Pensé que quizá había dicho demasiado.

Entonces apareció el indicador de que estabas escribiendo.

"Ayer me di cuenta de algo..."

Esperé.

"Contigo el tiempo pasa demasiado rápido."

Leí esa frase una y otra vez.

No era una declaración.

No hacía falta que lo fuera.

Había sentimientos que comenzaban a hacerse visibles en los detalles más

pequeños, en los mensajes más simples, en las pausas antes de responder.

Y, aunque ninguna de las dos se atrevía todavía a pronunciar las palabras que

llevaban días creciendo en silencio, ambas empezábamos a comprender que ya no

era posible volver atrás.

La playa había quedado lejos.

Pero el viaje que comenzó allí seguía avanzando, un mensaje a la vez, una sonrisa

compartida, una conversación que se alargaba hasta la madrugada.

Sin buscarlo, habíamos dejado de ser dos personas que simplemente disfrutaban

de su compañía.

Nos estábamos convirtiendo, poco a poco, en el lugar seguro al que la otra quería

volver cada día.

Los días siguieron avanzando, pero algo entre nosotras ya no era igual.

Habíamos vuelto a la rutina. El trabajo, las responsabilidades y los horarios

ocupaban gran parte del día. Sin embargo, siempre encontrábamos un momento

para escribirnos.

Un "¿Cómo va tu día?" terminaba convirtiéndose en una conversación de horas.

Un "Cuídate" se transformaba en un "Avísame cuando llegues".

Y, sin darnos cuenta, comenzamos a formar parte de los pequeños detalles de la

vida de la otra.

Una tarde recibí una fotografía tuya. No era una imagen preparada. Estabas en tu

trabajo, con una taza de café a un lado y una sonrisa cansada, de esas que solo

aparecen cuando alguien piensa en algo bonito.

"Necesitaba un descanso", escribiste.

Sonreí al verla.

"Gracias por regalarme esa sonrisa."

La respuesta llegó casi de inmediato.

"Últimamente me salen solas cuando hablo contigo."

Sentí un calor recorrerme el pecho.

No era una frase grandiosa. Era mucho más que eso.

Era sincera.

Esa noche hablamos por teléfono. Lo que iba a ser una llamada de diez minutos

terminó extendiéndose hasta que el reloj marcó la madrugada.

Nos contamos historias que nunca antes habíamos compartido. Reímos hasta

quedarnos sin aire. Hubo momentos en los que ninguna decía nada, pero ninguna

quería colgar.

Escuchar tu respiración al otro lado de la línea era suficiente.

—¿Sigues ahí? —preguntaste en voz baja.

—Sí.

—Qué bueno... Pensé que te habías quedado dormida.

—No. Solo estaba escuchándote.

Reíste con esa risa suave que ya podía reconocer entre mil.

—Nadie me había dicho algo así.

—Es que contigo hasta el silencio tiene algo que contar.

La llamada volvió a quedarse en silencio.

No era un silencio incómodo.

Era el tipo de silencio que solo existe cuando dos personas empiezan a sentirse en

casa, incluso sin verse.

Antes de despedirnos, dijiste algo que quedó dando vueltas en mi cabeza durante

toda la noche.

—No sé qué nos depare el futuro... pero me alegra muchísimo que el camino nos

haya cruzado.

Cerré los ojos.

—A mí también. Porque desde que llegaste, los días tienen algo que antes no

tenían.

—¿Qué cosa?

Sonreí.

—Las ganas de que llegue el momento de volver a hablar contigo.

Del otro lado de la línea no respondiste enseguida.

Solo escuché una respiración profunda.

—Creo que empiezo a entender por qué la playa se sintió tan especial...

—¿Por qué?

—Porque no era el lugar.

Hice una pequeña pausa.

—Eras tú.

Y, por primera vez, ninguna intentó cambiar de tema.

Las dos sabíamos que aquello que había comenzado con una simple escapada al

mar ya era mucho más grande que un recuerdo.

Era una historia que, paso a paso, estaba aprendiendo a escribirse sola.

Con el paso de los días, empecé a conocer partes de ti que no siempre

mostrabas al mundo.

Había días en los que tu risa llenaba cada conversación, pero también había otros

en los que tus mensajes eran más cortos, tus silencios más largos y tu voz llevaba

un cansancio que no necesitabas explicar.

Aprendí a reconocer esos momentos.

No porque me los dijeras, sino porque comenzaba a conocerte de una forma que

nunca imaginé.

Aquella tarde, después de un día especialmente difícil para ti, hablamos unos

minutos por teléfono. Intentabas convencerme de que todo estaba bien, pero yo

sabía que estabas sosteniendo más peso del que dejabas ver.

—¿Sabes qué pienso? —te dije con suavidad.

—¿Qué cosa?

—Que ojalá pudiera estar ahí contigo.

Guardaste silencio.

—No para resolver tus problemas. Sé que hay batallas que solo una misma puede

enfrentar. Pero sí para hacerte sentir que no tienes que cargarlas sola.

No respondiste de inmediato.

Continué, dejando que las palabras salieran del corazón.

—Cuando tienes un día difícil, lo único que me nace es abrazarte. Un abrazo largo,

de esos que no intentan arreglar nada, pero que hacen sentir que, por un momento,

todo pesa un poco menos. Me gustaría que supieras que, cuando sientas que el

mundo se vuelve demasiado pesado, siempre habrá un lugar donde puedas

descansar un rato...

Del otro lado solo escuché una respiración profunda.

—No sabes cuánto necesitaba escuchar algo así.

Sonreí sin que pudieras verme.

—No quiero ser quien te salve. Solo quiero ser alguien con quien puedas sentirte

segura. Alguien que te recuerde que incluso en tus días más oscuros sigues siendo

una persona maravillosa.

La llamada quedó en silencio una vez más.

Pero esta vez era un silencio distinto.

Era el de dos corazones que empezaban a comprender que el cariño también se

demuestra en las cosas más simples: en quedarse, en escuchar y en desear, con

todas las fuerzas, poder abrazar a la persona que más importa cuando más lo

necesita.

Y aunque esa noche nos separaban algunos kilómetros, tuve la certeza de que, si

alguna vez la vida nos volvía a regalar un momento como aquel día en la playa, el

primer abrazo ya no sería un pensamiento.

Sería el lugar donde, por fin, ambas encontraríamos un poco de paz.

Esa noche, cuando llegué a casa, no encendí la televisión ni revisé las redes

sociales. Dejé las llaves sobre la mesa, preparé un café y abrí el documento que

llevaba semanas creciendo en silencio.

El cursor parpadeaba, esperando.

Sonreí.

Por primera vez no me costó encontrar las palabras.

"Hay personas que llegan sin hacer ruido y, aun así, cambian por completo la forma

en que uno mira el mundo. No porque prometan quedarse para siempre, sino

porque, sin darse cuenta, despiertan partes de nosotros que llevaban mucho

tiempo dormidas."

Me detuve unos segundos.

Pensé en ella riendo mientras el viento despeinaba su cabello en la playa. En

la forma en que observaba el mar, como si por unas horas hubiera olvidado el peso

que llevaba sobre los hombros. En el silencio del regreso, que decía mucho más

que cualquier conversación.

Escribías, borrabas y volvías a escribir.

No buscabas crear una historia perfecta.

Buscabas guardar cada emoción antes de que el tiempo intentara convertirla en un

recuerdo borroso.

Mientras tanto, el teléfono vibró.

Era un mensaje de ella.

"No puedo dejar de pensar en hoy. Gracias por hacer que me sintiera tan

tranquila."

Me quedé mirando la pantalla con una sonrisa inevitable.

Después de unos instantes respondí:

"Creo que el día fue especial porque lo compartimos. Ojalá, cuando tengas días

difíciles, recuerdes que siempre habrá un lugar donde puedas sentir un poco de

calma."

Ella tardó unos minutos en contestar.

"¿Sabes algo curioso?"

"¿Qué pasó?"

"Siento que alguien está escribiendo nuestra historia... y todavía no sabe cómo

termina."

Leí el mensaje dos veces.

Sin que ella lo supiera, sonreí hacia la pantalla.

Porque tenía razón.

La historia estaba siendo escrita.

Página a página.

Y cada capítulo nacía de un momento compartido, de una conversación sincera, de

un abrazo pendiente o de una sonrisa inesperada.

Cerré el computador por esa noche.

No porque hubiera terminado de escribir.

Sino porque comprendí que las mejores páginas todavía no existían.

Aún teníamos que vivirlas.

SI EL SER HUMANO NO TIENE MIEDO, NO TIENE LÌMITES.

A la mañana siguiente desperté antes de que sonara la alarma.

Lo primero que hice fue abrir el computador. El documento seguía allí, con el título

provisional que nunca te habías molestado en cambiar.

Leí las últimas líneas y sonreí.

Por un instante pensé en escribir el siguiente capítulo, pero cerrÉ el archivo.

Había algo que entendí la noche anterior: si quería que esa historia fuera

verdadera, no podía inventar los momentos más importantes. Tenían que ocurrir

primero.

Horas después, el teléfono volvió a vibrar.

—Buenos días... —escribió ella—. ¿Sabes qué soñé?

—No. Cuéntame.

—Que volvíamos a la playa. Era el mismo lugar, pero esta vez no hablábamos

mucho. Solo caminábamos.

Le respondiste con una sonrisa dibujada en el rostro.

—Suena a un buen sueño.

Ella tardó unos segundos.

—No era el lugar lo que hacía bonito el sueño.

Sentiste que el corazón daba un pequeño vuelco.

Miraste el documento abierto frente a ti. El cursor seguía parpadeando sobre una

página en blanco.

Entonces escribí una sola frase:

"Hay personas que, sin saberlo, comienzan a escribir capítulos incluso cuando

están lejos."

No escribí su nombre.

No hacía falta.

Cada palabra llevaba algo de ella.

Guardé el archivo y salí a trabajar. Durante el día intercambiamos algunos

mensajes, fotos de cosas cotidianas y comentarios sin importancia. Sin embargo,

me di cuenta de que esas pequeñas conversaciones eran las que más esperaba.

Al caer la tarde, recibí una foto del cielo.

Solo iba acompañada de una frase.

"Mira los colores... Me acordé de la vez que fuimos a la playa.  "

Le respondí:

"Creo que algunos lugares dejan de existir solo en un mapa. Después viven dentro

de quienes los compartieron."

Pasaron unos minutos.

Aparecieron los tres puntos de que estaba escribiendo.

Desaparecieron.

Volvieron a aparecer.

Finalmente llegó el mensaje.

"Tengo ganas de seguir creando recuerdos contigo."

Me quedé inmóvil, leyendo esa frase una y otra vez.

No sabía cuántos capítulos tendría esta historia.

Pero sentí que ya no era la única que quería descubrir cómo continuaba.

PEQUEÑAS COSTUMBRES

Los días comenzaron a pasar con una tranquilidad nueva.

Ya no necesitábamos buscar un motivo para hablar. Un "buenos días" se

transformaba en una conversación de horas. Una foto de un café, una canción, una

nube con una forma curiosa o una anécdota del trabajo bastaban para encontrarse.

Sin darnos cuenta, habíamos empezado a formar pequeñas costumbres.

Yo ya sabía cuándo ella necesitaba que la hicieran reír y cuándo prefería

simplemente que alguien la escuchara. Ella, en cambio, había aprendido a

reconocer mis silencios, esos momentos en que no decía mucho, pero en los que

agradecía que alguien permaneciera cerca.

Una tarde, mientras ordenaba unas notas del libro, encontré una hoja donde habías

escrito una lista improvisada:

"Su risa."

"La calma que transmite."

"La forma en que observa los detalles que casi nadie nota."

"Lo mucho que admiro su fortaleza, incluso cuando ella no la ve."

“Lo auténtica, sensible, empática y tierna”

Sonreí al darme cuenta de que no eran ideas para una novela.

Eran recuerdos.

El teléfono sonó.

Era ella.

—¿Estás ocupada?

—No mucho. ¿Qué pasa?

—Nada importante... solo quería escuchar tu voz.

Hubo un breve silencio.

—¿Sabes? —continuó—. Antes pensaba que las personas aparecían en la vida por

casualidad. Ahora creo que algunas llegan justo cuando más las necesitamos.

Sentiste un calor suave en el pecho.

—¿Y tú crees que eso nos pasó?

Ella tardó unos segundos en responder.

—Creo que es muy probable. 

Miré el cuaderno abierto sobre la mesa.

Tomé el lápiz y escribí una nueva línea:

"Hay historias que no avanzan por los grandes acontecimientos, sino por los

pequeños gestos que, sin hacer ruido, terminan cambiándolo todo."

Cerré el cuaderno.

Por primera vez, el libro dejó de sentirse como una historia sobre alguien más.

Empezaba a sentirse como el lugar donde iba guardando, con mucho cuidado, cada

momento que no quería olvidar. Y, sin saberlo, ambos mundos —el de las páginas y

el de la vida real— comenzaban a parecerse cada vez más.

PELEA ¿

No empezó con un grito.

Empezó con una frase dicha en el peor momento.

Ella llevaba días sintiéndose sobrepasada. Yo notaba que estaba distante, pero

cada vez que preguntaba si estaba bien, respondía con un "sí" que no sonaba

verdadero.

Hasta que un día, después de varias respuestas cortas, escribí:

—Siento que ya no quieres que esté aquí.

La respuesta llegó casi de inmediato.

—No hagas que todo se trate de ti.

Las palabras dolieron.

Contesté impulsivamente.

—¿Y qué esperas? Apenas me hablas. Me dejas adivinando qué pasa.

Ella respondió con la misma intensidad.

—Porque estoy tratando de sostener demasiadas cosas al mismo tiempo. No

siempre tengo fuerzas para explicar lo que siento.

Por primera vez, ninguna quiso ceder.

Los mensajes se hicieron más largos, más rápidos, más duros. No porque

quisiéramos lastimarnos, sino porque ambas hablábamos desde el miedo.

En un momento, dejé el teléfono sobre la mesa.

Ella hizo lo mismo.

Las dos pensamos que quizá habíamos cruzado una línea.

Pasamos horas sin hablar.

El silencio ya no era una pausa. Era una herida.

Esa noche, ella escribió un único mensaje:

—No me gustó cómo nos hablamos. Sigo enojada... pero me dolería más

perder esto que estamos construyendo.

Lo leí varias veces antes de responder.

—A mí también me dolió. No quiero discutir de esa manera otra vez. Prefiero

que nos digamos cuando algo nos está superando, aunque sea difícil.

No solucionamos todo esa noche.

Todavía quedaban emociones por ordenar, disculpas por dar y confianza por

reconstruir.

Pero ambas entendimos algo importante: una relación no se mide por la

ausencia de peleas, sino por la disposición a escucharse cuando las

emociones se calman.

Y, aunque aquella discusión dejó marcas, también nos enseñó que el respeto

debía estar por encima del enojo si queríamos seguir formando parte de la vida

de la otra.

******Donde el mundo se quedó en silencio

El plan nació de la forma más simple.

Un viernes, cuando la semana parecía haberlas agotado a las dos, llegó un mensaje.

—¿Qué haces mañana?

—Nada... ¿por qué?

Después de unos segundos apareció otro.

—Quiero robarte un fin de semana.

Sonreíste antes de responder.

—¿A dónde?

—No lo sé. Solo quiero que haya montaña, árboles... y que por un rato el resto del

mundo deje de existir.

No hizo falta decir más.

Al amanecer del sábado, el aire estaba helado. El sol apenas comenzaba a iluminar la

carretera mientras el auto avanzaba entre campos cubiertos por una ligera neblina. Ella

llevaba un café entre las manos y una playlist que iba cambiando entre canciones suaves

y otras que las hacían cantar sin preocuparse de desafinar.

A veces conversábamos de cualquier cosa: recuerdos de la infancia, sueños que nunca le

habían contado a nadie, lugares que querían conocer algún día.

Otras veces simplemente guardábamos silencio.

Pero ya no era un silencio incómodo.

Era uno de esos silencios que solo aparecen cuando dos personas sienten que no

necesitan llenar cada segundo con palabras.

Después de varias horas llegaron a una pequeña cabaña escondida entre los árboles. Era

sencilla, con paredes de madera, una chimenea de piedra y un ventanal enorme que daba

hacia las montañas.

Apenas bajaron del auto, el aire frío les golpeó el rostro.

—Hace muchísimo frío... —dijo ella riendo mientras escondía las manos dentro de las

mangas.

Sin pensarlo demasiado, tomaste una de sus manos para darle un poco de calor.

Ella no me soltó.

Caminamos por un sendero rodeado de pinos. El único sonido era el viento moviendo

las ramas y el crujido de las hojas bajo las zapatillas. Cada cierto tiempo nos deteníamos

para mirar el paisaje o sacar una fotografía que ninguna sabía si volvería a mirar, porque

lo importante no era la foto, sino haber estado ahí.

En una parte despejada del bosque encontramos una banca de madera frente a un valle

inmenso.

Nos sentamos muy cerca.

Ella respiró hondo.

—No recordaba lo bien que se siente no escuchar autos... ni teléfonos... ni gente.

—Creo que necesitábamos esto.

Andrea asintió sin despegar la vista de las montañas.

—Sí... lo necesitaba contigo.

Sentí que el corazón se aceleraba.

No por la sorpresa.

Sino porque esas cuatro palabras significaban más de lo que cualquiera de las dos se

atrevía a explicar.

Al regresar a la cabaña encendimos la chimenea. Preparamos algo rico para comer,

compartimos una taza de chocolate caliente y nos acomodamos frente al fuego mientras

afuera comenzaban a caer pequeños copitos de nieve.

Ella estiró los pies hacia el calor de la chimenea y sonrió.

—Creo que este lugar ya es uno de mis favoritos.

La miré unos segundos.

—No sé si es el lugar...

Ella levantó una ceja.

—¿Entonces qué?

Sonreí.

—Creo que eres tú la que hace que cualquier lugar se sienta especial.

Por un instante ella bajó la mirada, incapaz de ocultar la sonrisa.

—Cada vez dices cosas que me dejan sin palabras.

—No quiero impresionarte.

—¿Entonces?

—Solo quiero que nunca dudes de lo importante que eres para mí.

El silencio volvió a instalarse entre las dos.

Pero esta vez estaba lleno de miradas, de sonrisas tímidas y de esa tranquilidad que solo

aparece cuando una persona empieza a sentirse en casa al lado de otra.

Esa noche salieron envueltas en una mantita para mirar el cielo. La montaña estaba

completamente en silencio. Miles de estrellas parecían iluminar el paisaje y el frío hacía

que cada respiración se viera como una pequeña nube.

Ella apoyó lentamente la cabeza sobre mi hombro.

—¿Sabes qué me da miedo?

—¿Qué cosa?

—Que este fin de semana termine... y que al volver todo vuelva a ser complicado.

Giraste un poco para mirarla.

—Puede que las cosas sigan siendo difíciles. Pero ahora vamos a recordar que existe

este lugar... y que, por un par de días, encontramos un rincón donde pudimos ser

simplemente nosotras.

Ella entrelazó sus dedos con los mios .

No respondió.

Solo apretó tu mano un poco más fuerte, como si quisiera guardar ese instante para

siempre, mientras las montañas, el fuego y el cielo estrellado se convertían en testigos

silenciosos de un amor que seguía creciendo, despacio, con paciencia y con la esperanza

de que algún día pudiera vivirse sin miedo.

*Elección

Nunca imaginé que un simple fin de semana pudiera dejarme con tantas

preguntas y, al mismo tiempo, con tantas certezas.

Mientras conducía de regreso, la veía de reojo. Afuera, la montaña iba quedando atrás,

los árboles desaparecían lentamente entre la neblina y la música sonaba tan bajito que

casi se confundía con el ruido del camino. Ella miraba por la ventana, tranquila, pero la

conocía lo suficiente para darme cuenta de que su cabeza estaba muy lejos de ese

paisaje.

Había algo distinto en nosotras desde ese viaje.

No era solo que hubiéramos reído, conversado durante horas o compartido abrazos que

parecían durar más de lo normal. Era la forma en que me buscaba con la mirada, la

manera en que su mano encontraba la mía sin pensarlo, como si ya fuera el lugar al que

pertenecía.

Sentía ganas de decirle tantas cosas... decirle que estaba enamorándome cada día más,

que escribir nuestra historia se había vuelto mi manera favorita de revivir cada momento

con ella. Pero también sabía que había una realidad que ninguna de las dos podía

ignorar.

Ella seguía teniendo una pareja.

Y aunque mi corazón quería quedarse con cada una de sus palabras, nunca quise

convertirme en una razón para que tomara una decisión apresurada.

Cuando llegamos a un mirador, apagué el motor. Durante unos segundos ninguna habló.

Solo nos quedamos mirando el paisaje, respirando el aire frío que entraba por la ventana

entreabierta.

Fui yo quien rompió el silencio.

—¿En qué estás pensando?

Se quedó unos segundos mirando el horizonte antes de responder.

—En que desde que apareciste, muchas cosas dejaron de hacer sentido... y otras

empezaron a tenerlo.

Sentí un nudo en la garganta.

La miré sin apartar mis ojos de los suyos.

—No quiero que sientas que tienes que elegir ahora. Solo quiero que seas honesta

contigo misma.

Ella bajó la mirada. Respiró profundo.

—Eso es justamente lo que me da miedo. Porque mientras más honesta soy conmigo...

más claro veo lo que siento por ti.

Mi corazón latía tan fuerte que por un momento olvidé todo lo demás.

Tomé su mano con cuidado.

—Sea cual sea el camino que decidas tomar, quiero que sea uno que te haga sentir libre.

No quiero que elijas desde la culpa, ni desde la presión. Quiero que, cuando llegue ese

momento, puedas mirarte al espejo y sentir que hiciste lo correcto para ti.

Sus ojos comenzaron a humedecerse.

Entonces apoyó su frente contra la mía y, con la voz casi quebrada, dijo algo que se

quedó grabado en mí.

—Creo que ya llegó el momento en que voy a tener que decidir qué vida quiero vivir.

No respondí.

Solo la abracé.

Porque entendí que algunas respuestas no necesitan palabras. Solo necesitan tiempo... y

el valor de enfrentarlas.

Mientras volvía a encender el auto, tuve la sensación de que ese no era el final de una

historia.

Era el comienzo del capítulo más difícil de nuestras vidas. Uno en el que el amor, por sí

solo, ya no bastaba. Ahora hacía falta algo más: la valentía de elegir.

******todo empieza a sentirse real

Hay momentos que no hacen ruido, pero cambian algo para siempre.

Ya no necesitábamos llenar cada silencio con palabras. Bastaba con estar ahí.

Una mirada, una sonrisa de esas que aparecen sin pensarlo, un roce de manos

mientras caminábamos... Todo se había vuelto más natural, como si el mundo

hubiera decidido regalarnos un pequeño lugar donde podíamos ser nosotras.

Mientras manejaba de regreso, la miré de reojo. Iba observando el paisaje por

la ventana, tranquila. Pensé en todo lo que había pasado, en las

conversaciones interminables, en las risas, en el letrero que recibió con una

sonrisa que todavía llevo grabada, en aquel beso bajo la lluvia que parecía

sacado de una película, en la playa, en la montaña... Cada recuerdo era una

prueba de que esta historia se había ido escribiendo sola.

—¿En qué piensas? —me preguntó sin dejar de mirar hacia afuera.

Sonreí.

—En que eres la protagonista de un libro que todavía no termina.

Me miró con esos ojos que siempre consiguen desarmarme.

—¿Todavía lo estás escribiendo?

Asentí.

—Sí. Porque cada vez que creo que llegué al final, pasa algo que merece otro

capítulo.

No respondió de inmediato. Solo tomó mi mano por unos segundos. Un gesto

pequeño, casi imperceptible, pero suficiente para decir más que cualquier

frase.

—Gracias por hacerme sentir tan especial —susurró.

Sentí un nudo en la garganta.

—No hago un esfuerzo para lograrlo. Solo escribo lo que me haces sentir.

Seguimos el camino en silencio. Esta vez, el silencio no pesaba. Era un lugar

seguro.

Y mientras el auto avanzaba, entendí que el verdadero valor de esta historia no

estaba en saber cómo terminaría, sino en que, por primera vez en mucho

tiempo, ambas estábamos APRENDIENDO? a disfrutar cada página antes de

pasar a la siguiente.

**** peso****

Después de ese momento en el mirador, seguimos caminando en silencio. Ya

no era un silencio tranquilo como antes. Había algo distinto. Podía sentirlo en la

forma en que respiraba, en cómo evitaba mi mirada por momentos, en la

tensión de su mano cuando la sostenía.

La conocía lo suficiente para darme cuenta de que estaba luchando contra algo

que no sabía cómo poner en palabras.

—¿Qué pasa por tu mente? —le pregunté con suavidad. (Eso no es con

suavidad) 

Suspiró largo.

—Estoy cansada...

No hablaba del cansancio físico.

Era otro tipo de agotamiento.

—Siento que llevo demasiado tiempo intentando que todo esté bien para todos.

Intento no herir a nadie, no decepcionar a nadie... y al final la que termina

hecha pedazos soy yo.

Sentí un nudo en la garganta.

No intenté responder de inmediato. A veces, lo único que una persona necesita

es que alguien la escuche de verdad.

Ella continuó.

—Mi cabeza no para nunca. Me despierto pensando en lo mismo y me acuesto

igual. Analizo cada decisión, cada palabra, cada posibilidad. Me pregunto si

estoy haciendo las cosas bien... o si solo estoy complicando aún más mi vida.

La miré con ternura.

Por fuera seguía siendo esa mujer que sonreía, que hacía bromas, que

transmitía calma. Pero por dentro podía imaginar el desgaste que estaba

viviendo.

—Y después apareciste tú...

Lo dijo casi en un susurro.

—Lo que siento por ti es bonito. Muy bonito. Pero también me enfrenta a

preguntas que nunca pensé que tendría que hacerme.

Bajó la mirada.

—A veces siento culpa por ilusionarme. Otras veces siento miedo de tomar una

decisión equivocada. Y otras... simplemente quisiera apagar mi cabeza por un

rato.

Apreté su mano un poco más fuerte.

—No tienes que resolver tu vida esta noche.

Le sonreí con calma.

—No voy a pedirte respuestas antes de que estés lista para encontrarlas.

Sus ojos comenzaron a humedecerse.

—¿Y si al final termino lastimándote?

Respiré hondo antes de contestar.

—Lo único que realmente me dolería sería verte tomar decisiones solo por

miedo o por sentirte obligada. Quiero que cualquier paso que des nazca de lo

que realmente necesitas, no de la presión, la culpa o el apuro.

Ella cerró los ojos unos segundos, como si esas palabras le dieran permiso

para descansar por un instante.

Apoyó su cabeza sobre mi hombro.

No hizo falta decir nada más.

En ese momento entendí que, si podía hacer algo por ella, no era empujarla

hacia una respuesta, sino convertirme en un lugar donde, aunque fuera por

unos minutos, pudiera dejar de cargar el peso que llevaba sobre su

corazoncito.

****** Paciencia

Después de aquella conversación, ninguna de las dos volvió a mencionar

decisiones importantes.

No porque hubiéramos dejado de pensar en ellas, sino porque entendimos que

algunas respuestas necesitan tiempo para aparecer.

Seguimos viéndonos cuando podíamos. A veces bastaba un café, un paseo sin

rumbo o unos minutos dentro del auto conversando de cualquier cosa.

Hablábamos del trabajo, de los libros, de canciones que nos recordaban

momentos bonitos. Y, entre tema y tema, aparecía una mirada que decía

mucho más de lo que las palabras se atrevían.

Una tarde, mientras el viento movía las hojas de los árboles, ella rompió el

silencio.

—¿Nunca sientes que todo esto podría salir mal?

Sonreí con sinceridad.

—Claro que lo pienso. Sería raro no hacerlo.

Ella bajó la vista.

—A veces me da miedo que te canses de esperar.

Guardé unos segundos de silencio antes de responder.

—No estoy esperando una fecha ni una promesa. Estoy conociendo a una

persona que me hace bien. Eso es lo único que tengo claro hoy.

Levantó la mirada y sonrió con timidez.

—Gracias por no ponerme un reloj.

—El cariño no debería sentirse como una cuenta regresiva.

Nos quedamos en silencio, viendo cómo la tarde comenzaba a caer.

—Solo puedo prometerte una cosa —dije finalmente—. Mientras estemos en la

vida de la otra, quiero que este lugar siga siendo uno donde podamos hablar

con libertad, reírnos, acompañarnos y sentirnos en paz.

Ella asintió.

—Eso también quiero yo.

No hubo promesas sobre el futuro. No hablamos de finales felices ni de

caminos escritos de antemano.

Solo tomamos la decisión más importante que podíamos tomar en ese

momento: seguir construyendo algo bonito desde la honestidad, sin dejar que

el miedo decidiera por nosotras.

Y, mientras regresaba a casa esa noche, comprendí que algunas historias no

avanzan por los grandes acontecimientos, sino por esos pequeños momentos

en los que dos personas eligen, una vez más, cuidarse mutuamente.

****pequeños lugares****

Los días siguieron pasando sin grandes promesas, pero con una certeza que

empezaba a hacerse costumbre: siempre encontrábamos la forma de volver a

coincidir.

Una tarde me escribió.

—¿Tienes un ratito?

Sonreí antes de responder.

—Para ti, siempre intento encontrarlo.

Nos vimos al final del día. No habíamos planeado nada especial. Solo

queríamos compartir un momento juntas. Compramos algo para tomar y nos

quedamos conversando dentro del auto mientras afuera el frío hacía que las

ventanas comenzaran a empañarse.

—¿Sabes qué me gusta de estar contigo? —me preguntó de pronto.

Negué con la cabeza.

—Que no siento que tenga que demostrar quién soy. Puedo reírme fuerte,

quedarme callada, hablar de mis miedos o cambiar de tema de un momento a

otro... y nunca siento que me juzgas.

Sus palabras me hicieron sonreír.

—Creo que eso pasa porque contigo también puedo ser yo. No siento que

tenga que buscar las palabras perfectas. Me basta con que sean sinceras.

Ella sostuvo mi mirada durante unos segundos.

—Hace tiempo que nadie me hacía sentir así.

No respondí enseguida. Había aprendido que algunos momentos merecen

quedarse unos segundos en silencio antes de llenarlos con palabras.

—Ojalá nunca pierdas esa tranquilidad cuando estás conmigo —dije

finalmente—. Es una de las cosas que más quiero cuidar.

Ella sonrió con esa mezcla de ternura y timidez que tanto me gustaba.

—Creo que ya eres parte de mis días. Cuando pasa algo bonito, me dan ganas

de contártelo. Cuando tengo un día difícil, también pienso en ti.

Sentí que el corazón se me aceleraba.

No era una gran declaración. Era algo mucho más valioso.

Era saber que, poco a poco, nos habíamos convertido en un refugio para la

otra.

Antes de despedirnos, me abrazó. No fue un abrazo apresurado. Fue de esos

que parecen decir: quédate un momento más.

Cuando se alejó, sonrió.

—Gracias por hacer que todo esto se sienta tan tranquilo.

La vi alejarse y entendí que el amor, cuando nace despacio, no necesita llamar

la atención para hacerse inmenso.

A veces simplemente crece, casi en silencio, hasta convertirse en ese lugar al

que el corazón siempre quiere volver.

****Lo mucho que eres

Esa noche abrí el archivo del libro una vez más.

No para escribir.

Solo quería leer.

Recorrí cada capítulo despacio y, sin darme cuenta, empecé a sonreír. En cada

página estabas tú. No solo por lo que habíamos vivido, sino por la persona que

eras.

Me di cuenta de que, cuando escribía sobre tu sonrisa, siempre terminaba

describiéndola como esa que aparece sin avisar y hace que todo alrededor

parezca un poco más ligero.

Cuando hablaba de tus ojos, nunca encontraba las palabras suficientes.

Porque no era solo cómo se veían. Era la forma en que cambiaban cuando te

emocionabas, cuando te reías o cuando intentabas esconder algo que sentías.

Y luego estaba tu voz.

No sé si alguna vez te lo he dicho como realmente lo siento, pero tienes una de

esas voces que invitan a quedarse. Hay días en que cierro los ojos y todavía

puedo recordar exactamente cómo suena cuando dices mi nombre. Es

extraño... porque una voz no debería tener el poder de dar tranquilidad, y, sin

embargo, la tuya lo hace.

También descubrí otra cosa.

Eres mucho más fuerte de lo que crees.

Lo he visto en las veces que sonríes aun cuando estás cansada, en la manera

en que intentas cuidar a quienes quieres, incluso cuando tú también necesitas

que alguien te cuide. He aprendido que detrás de esa dulzura hay una mujer

valiente, sensible y con un corazón enorme.

Quizás por eso me inspiras tanto.

No porque seas perfecta.

Sino porque eres auténtica.

Porque cuando bajas las barreras y dejas ver quién eres de verdad, consigues

algo que muy pocas personas logran: hacer que quien está frente a ti quiera

quedarse un rato más.

Sonreí mientras escribía la última línea de la noche.

"Qué curioso... empecé escribiendo un libro sobre nuestra historia y terminé

escribiendo, sin darme cuenta, un libro sobre la mujer que poco a poco fue

ocupando un lugar inmenso en mi corazón."

Cerré el computador.

Miré el teléfono por un instante.

Pensé en escribirte para decirte todo aquello.

Al final solo envié un mensaje.

"Espero que hoy alguien te haya recordado lo mucho que vales. Y si nadie lo

hizo... aquí estoy yo para hacerlo."

Guardé el teléfono.

Porque algunas personas llegan a nuestra vida para cambiar los planes.

Y otras, sin siquiera proponérselo, terminan cambiando la forma en que

escribimos cada página de nuestra historia.

Capítulo ?????

Con el paso de los días empecé a descubrir una versión de ti que muy pocas

personas tenían la suerte de conocer.

No era la que sonreía para todos.

Era la de verdad.

La que, cuando algo no le gustaba, hacía un pequeño gesto con la boca antes

de decir una sola palabra.

La que no mira a los ojos cuando estaba un poquito enojada, aunque jurara

que no le pasaba nada.

La que podía insistir varias veces en que estaba bien, cuando era evidente que

solo necesitaba un abrazo y un poco de paciencia.

Sonreía cada vez que aparecía una de esas pequeñas mañas.

—Andrea, eres bien mañosa... ¿lo sabías? —le dije un día, riéndome.

Abrió los ojos, fingiendo sorpresa.

—¿Yo? Para nada.

No pude evitar reír.

—Sí... y bastante.

Frunció el ceño unos segundos.

—No soy mañosa...

—¿Ves? Esa forma de defenderte es exactamente una de tus mañas.

Terminó riéndose conmigo.

Y fue ahí cuando entendí algo.

Esas pequeñas cosas que quizás otros encontrarían difíciles... a mí me

parecían adorables.

Porque cada una de ellas era una parte de ti.

Me gustaba cuando hacías pucheros sin darte cuenta.

Cuando necesitabas unos minutos para procesar lo que sentías antes de

hablar.

Cuando te hacías la fuerte, aunque por dentro solo quisieras que alguien te

dijera que todo iba a estar bien.

No eran defectos.

Eran pequeñas piezas del rompecabezas que te hacían ser tú.

Y cuanto más las conocía, más me gustabas.

Porque descubrí que enamorarse no es solo admirar las mejores partes de

alguien.

También es aprender a sonreír con sus manías, entender sus silencios y querer

quedarse incluso en esos días en que todo parece un poquito más difícil.

Una tarde, mientras caminábamos, te miré y pensé en voz baja:

"Qué suerte la mía... Me enamoré de una mujer tierna, inteligente, divertida... y

un poquito mañosa."

Tú levantaste una ceja.

—¿Qué estás pensando?

Sonreí con esa sonrisa que ya conocías.

—Que algún día vas a leer este capítulo...

Me miraste con curiosidad.

—¿Y qué dice?

Negué con la cabeza.

—Todavía no. Pero puedo adelantarte una cosa...

—¿Cuál?

—Que habla de una mujer que, sin darse cuenta, convirtió hasta sus mañas en

una de las razones por las que alguien no puede dejar de sonreír cuando

piensa en ella.

*****Las cosas que ya son tuyas

Después de escribir aquel capítulo, me pregunté cuántas cosas de mi vida

habían cambiado desde que llegaste.

La respuesta me sorprendió.

Porque ya no era solo que pensara en ti.

Era que estabas en los detalles.

Si escuchaba una canción bonita, imaginaba que te gustaría. Si veía un tazón

con Snoopy, sonreía porque inmediatamente pensaba en ti. Si encontraba una

frase que hablaba de calma, de cariño o de abrazos, mi primer impulso era

guardarla para enviártela más tarde.

Sin darme cuenta, te habías ido instalando en mis días de la forma más bonita.

Y seguías siendo tú.

La mujer dulce que podía hacerme reír con una ocurrencia inesperada.

La que tenía una paciencia infinita para algunas cosas... y ninguna para otras.

La que, cuando algo no salía como quería, hacía esa carita tan característica

que ya era imposible no reconocer.

La misma que decía:

—¿De qué te ríes?

—De nada...

—No, sí te estás riendo de mí.

—Un poquito.

Me dabas un golpecito en el brazo y murmurabas:

—Qué pesada...

Pero unos segundos después terminabas riéndote también.

Y creo que ese era uno de mis momentos favoritos.

Porque detrás de esa mujer un poquito mañosa había una ternura inmensa.

Una mujer que se preocupaba por los demás, que escuchaba, que intentaba

sostener incluso cuando ella también necesitaba apoyo.

A veces me preguntaba si tú eras consciente del efecto que tenías en mí.

De cómo cambiaba mi día cuando aparecía una notificación tuya.

De cómo, sin proponértelo, lograbas hacerme sentir en casa simplemente con

una conversación.

Quizás no.

Quizás nunca lo habías imaginado.

Cerré el computador y miré la portada del libro.

Sonreí.

—Todavía no sabes que este capítulo también es para ti.

Porque si algún día llegabas a leerlo, quería que entendieras algo.

No me enamoré solo de tus virtudes.

También me enamoré de esa mujer que a veces es un poquito porfiada, un

poquito mañosa, que dice "no pasa nada" cuando necesita un abrazo, que

intenta cuidar a todos antes que a sí misma y que, aun sin buscarlo, terminó

convirtiéndose en mi inspiración favorita.

Y pensé que, si alguna vez me preguntabas cuál era mi parte favorita de esta

historia, no respondería "el beso bajo la lluvia" ni "la primera vez que nos

vimos".

Respondería algo mucho más simple.

"El momento en que dejaste de intentar ser perfecta... y simplemente

empezaste a ser tú."

Porque fue justamente ahí donde, sin hacer ruido, terminaste conquistando

cada rincón de mi corazón.

Thoughts

  • OsvaldoFierro

    Lo de mañosa y porfiada va dicho con cariño y se nota, poh. La pelea por mensaje también me gustó harto, así mismo se pelea uno.

    Permalink
  • RicardoNaves

    Leí todo de un tirón y me quedé con una duda de orden. En DECISION ella ya eligió y se despide de su pareja, pero después, en el mirador de vuelta de la montaña, todavía no ha decidido nada. Apuesto a que DECISION es el capítulo que la narradora escribe por adelantado, el que quiere que pase, y el resto va alcanzándolo con el cursor parpadeando. ¿Vas a publicar la segunda parte de lo del mirador?

    Permalink
  • Ovid

    Un tazón de Snoopy como motivo para acordarse de alguien es de las cosas más reales de todo el texto. Me hace pensar en que lo que uno recuerda de una historia de amor casi siempre es un objeto chico, como la taza de café en la foto del trabajo. Apuesto a que, si Andrea lo lee algún día, lo primero que va a buscar es el capítulo de las mañas.

    Permalink

Related posts

  • ¿Por qué querrías ser entendido por todos?

    Confunden felicidad con fama, y eternidad con éxito. Creen que el dinero y el goce desenfrenado les dará una vida despojada de males y amarguras. Se aferran a sus bienes temporales, objetos efímeros…

  • Hijesumadre!

    Que miedo empezar un texto diciendo "que miedo" a menudo siento miedo de tantos cambios, les voy poniendo en contexto. Los cambios realmente no fueron como generados por mi, solo se fueron dando…

  • ¿Destino o casualidad?: Parte VII.

    ¿Cómo continuar después de aquella ruptura? De parte mía, no quería hablarle, ni pensarle, ni saber de ella por un tiempo. No porque la odiaba dado a que ya expliqué lo difícil que es odiar a un ser…

  • Cielo azul

    Vos y yo

  • Lo que más duele es no saber dónde estás

    Creo que una de las cosas que más me ha desgastado emocionalmente no fue que alguien dejara de sentir lo mismo que yo.

  • Un pensamiento repentino

    A veces llega un punto en la vida en el que necesitas llorar todo aquello que nunca lloraste. Recuerdas lo que has vivido, lo que has sentido, lo que has aprendido y también lo que has perdido.

  • La sangre que da vida.

    ¿Por qué decidiste despegarte de la existencia? Siempre he respetado cada una de tus decisiones pero esta jamás seré capaz de entenderla, te fuiste y no te fuiste vos solo, sino que decidiste…

  • Nuevo

    El rechazo