A veces llega un punto en la vida en el que necesitas llorar todo aquello que nunca lloraste. Recuerdas lo que has vivido, lo que has sentido, lo que has aprendido y también lo que has perdido.
Existe un duelo que habita en nosotros; uno que, a pesar de las sonrisas que mostramos al mundo, guarda una tristeza silenciosa en el pecho. Permance allí hasta que se estanca y necesita derramarse.
Somos un vaso que termina por desbordarse, obligado hacer espacio para un nuevo dolor que no podemos evitar. Y aunque parezca irónico, ese nuevo dolor es apenas la gota que rebosa el vaso que ya estaba lleno. Llega acompañado de nuevas experiencias, pero también despierta heridas antiguas que creíamos cerradas.
Entonces comprendemos que algunas penas no desaparecen; simplemente aprenden a vivir en silencio dentro de nosotros, hasta que algo las vuelve a nombrar.