La mañana estuvo algo inusual, tanto que ni toqué las medialunas. Ya es hora de almorzar y la verdad es que tengo hambre. Vuelvo al departamento, con el hermoso perro caminando a la par.
—Llegamos, y acá nos despedimos. No se permiten mascotas en el edificio.
Mueve la cola y se queda sentado. Necesito acariciarlo, pero me contengo, porque dejarlo acá afuera me da culpa. Y no sé por qué, si después de todo, no es lo que aparenta.
Entro al departamento, preparo las medialunas con jamón y queso al horno. Ordeno la mesa ratona junto al sillón, dejo el cuaderno con la carta a un costado. Me sirvo un vaso de jugo de naranja para acompañar el queso derretido. Solo falta una buena serie.
—Esa serie es muy aburrida.
Mi rostro palidece a tal punto que podría camuflarse con la pared. Mi expresión es una mezcla de horror y sorpresa, como la de quien ve un fantasma. Pero no cualquier fantasma.
—¿Marcos? ¿Qué hacés acá?
—No soy él, soy yo.
Lo miro fijo. No, no… no puede ser. Es él. Es su cara, su voz. Todo.
—¿Cómo que no sos él?
—No me iba a quedar sentadito en la entrada todo el día.
—¿Nunca golpeás la puerta? Vas a matar de un susto a alguien haciendo esas entradas… que, por lo visto, te divierten. —Suspiro, todavía con el corazón acelerado—. ¿Y por qué él?
—¿Y por qué no?
Frunzo el ceño.
—¿En serio es necesario esto?
—Fue solo una mala experiencia. Pero no fui yo quien la generó.
Seguidamente, el tiempo se frena por unos segundos. El ruido de la tele se apaga o tal vez se aleja, no estoy segura. Ya sé qué viene; esa sensación en el pecho lo anuncia.
Ahí estoy, en ese bar, con las chicas, trago en mano y riéndome.
Recuerdo cada detalle de ese momento. Luego de un rato fuimos al baño, volvimos y sucede. Mi mirada se detiene en un rincón de la barra.
Ahí está Marcos, sin dudas. El mismo que no iba a salir porque el trabajo lo había dejado agotado. Se lo veía muy alegre compartiendo una bebida junto a una linda chica.
Me veo a mí misma con esa expresión en el rostro que las personas ponen cuando el corazón se rompe. Mientras lo observaba, veía cómo le corría el cabello de la cara, y supe toda la secuencia: luego la va a tomar de la cintura, una frase tierna al oído, ambas manos en su rostro... ¿Para qué volver a verlo si ya estuve en ese momento tiempo atrás? Todo estaba ahí: su gesto, su forma de moverse, cómo jugaba con el vaso y, antes de irse, le iba a ofrecer su campera porque siempre fue un caballero.
—Creo que ya es suficiente —digo.
La escena desaparece en un abrir y cerrar de ojos, más rápido que las anteriores. Me dio el tiempo suficiente para digerir ese momento por segunda vez, pero esta vez no dolió el engaño, sino el lugar que me di.
—Sabías que no era ahí —dice él.
—En el fondo creo que siempre lo supe.
—No debió terminar así.
—Sí, pero igual dolió.
—No podés culparme. No puedo hacerme cargo de lo que hacen conmigo.
—Puede ser… pero también podrías desaparecer en esos momentos.
—¿Ah, sí?
—Sí… así como aparecés sin avisar.
—Ahora resulta que debo ser mago.
—Ilusionista —me río.
—Creo que no es necesario aclararlo —agrega El Amor.
—Pero igual lo vas a hacer.
—Hay alguien que ya me empieza a conocer.
Ambos reímos.
—¿Y…?
—Hace tiempo que yo no estaba ahí.
No hacía falta decir nada más por hoy. Solo quedaba disfrutar las medialunas y algo de ficción.