Casi todas las salidas que nombras se ven claritas desde después. El que está adentro, con miedo y la información a medias, no distingue entre no me atreví y no tuve opción. A mí me tinca que la diferencia la marca cuándo uno ve la otra puerta: antes de cruzar o recién al final.
CAPÍTULO XXXIII: NO TUVE OPCIÓN
Pensamiento
Casi todas las salidas que nombras se ven claritas desde después. El que está adentro, con miedo y la información a medias, no distingue entre no me atreví y no tuve opción. A mí me tinca que la diferencia la marca cuándo uno ve la otra puerta: antes de…
Contenido de la publicación
A veces es verdad.
La vida puede arrinconarte hasta dejarte una sola puerta. Hay decisiones que no elegimos realmente porque las circunstancias ya decidieron por nosotros. Hay momentos en los que hacer lo contrario habría significado perder algo todavía más importante. No todo lo que hacemos nace de la libertad. A veces simplemente intentamos sobrevivir a lo que tenemos delante.
Pero otras veces había opciones. Solo que ninguna era cómoda.
Podías decir la verdad o seguir ocultándola. Podías irte o quedarte. Podías pedir ayuda o fingir que podías con todo. Podías admitir que tenías miedo o construir una excusa para no reconocerlo. Podías decir “no sé”. Incluso podías no hacer nada.
Y no hacer nada también puede ser una elección.
El problema es que muchas veces confundimos “no tuve la opción que quería” con “no tuve opción”.
Son cosas diferentes.
A veces no teníamos una buena alternativa. Solo teníamos varias alternativas difíciles.
Podíamos elegir la que dolía menos hoy, aunque sabíamos que podía doler más mañana. Podíamos quedarnos porque irnos parecía insoportable. Podíamos callar porque decir la verdad podía cambiarlo todo. Podíamos aceptar algo porque enfrentarlo requería una fuerza que en ese momento no teníamos.
Y elegimos.
No porque fuéramos malos.
No porque fuéramos cobardes.
Porque éramos humanos.
Tomamos decisiones con miedo, con información incompleta, con cansancio, con nuestras heridas, con lo que sabíamos en aquel momento. Y después, cuando conocemos el resultado, es muy fácil mirar hacia atrás y preguntarnos cómo pudimos hacerlo.
Pero nosotros, en ese momento, todavía no conocíamos el final.
Por eso reconocer una elección no debería convertirse automáticamente en una condena.
Hay una diferencia enorme entre decir “yo elegí esto” y decir “todo lo que pasó fue culpa mía”.
No es lo mismo.
Podemos reconocer nuestra responsabilidad sin cargar con toda la culpa. Podemos admitir que nos equivocamos sin convertir ese error en nuestra identidad. Podemos decir “debí haberme ido” sin olvidar que quizá en ese momento no sabíamos cómo hacerlo.
Lo que sí me cuesta aceptar es cuando usamos “no tuve opción” después de haber tenido varias, simplemente porque ninguna nos gustaba.
Porque entonces la frase deja de describir una situación y empieza a protegernos de sus consecuencias.
“No tuve opción”.
Quizás lo que queremos decir es: “No me atreví”.
O: “Elegí lo que conocía”. O: “Tenía demasiado miedo”. O simplemente: “No quería pagar el precio de la otra decisión”.
Y decirlo así puede ser mucho más incómodo. Pero también puede ser mucho más honesto.
Porque si aceptamos que elegimos, incluso cuando elegimos mal, recuperamos algo que perdemos cuando culpamos constantemente al destino, a las circunstancias o a otras personas: la posibilidad de elegir diferente.
La próxima vez quizás podamos hablar.
La próxima vez quizás podamos pedir ayuda.
La próxima vez quizás podamos irnos antes.
La próxima vez quizás podamos decir que no.
No siempre tendremos una buena opción. No siempre podremos controlar el resultado. Y algunas veces, de verdad, no habrá alternativa.
Pero cuando sí la haya, aunque sea difícil, aunque ninguna nos guste, aunque todas tengan un precio, quizá valga la pena reconocerlo.
No para castigarnos por la decisión anterior.
Para recordar que todavía podemos tomar otra.
Porque aceptar que elegimos no significa condenarnos por lo que hicimos.
Significa recuperar la posibilidad de elegir diferente la próxima vez.
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PermalinkCasi todas las salidas que nombras se ven claritas desde después. El que está adentro, con miedo y la información a medias, no distingue entre no me atreví y no tuve opción. A mí me tinca que la diferencia la marca cuándo uno ve la otra puerta: antes de cruzar o recién al final.
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PermalinkPucha, lo de no hacer nada me tocó. Dos años diciendo que todavía no decidimos quién se mueve, y eso ya es una decisión.
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A veces es verdad.