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CAPÍTULO XXXI: NO CAMBIO POR NADIE

AEJOVENICH

Contenido de la publicación

Lo dicen como si cambiar fuera una derrota. Como si mantenerse exactamente igual fuera una prueba de carácter. Como si alguien pudiera decir “yo soy así” y con eso quedara liberado de cualquier responsabilidad sobre lo que hace.

Yo cambié.

Por amor. Por dolor. Por miedo. Por personas que se fueron. Por personas que se quedaron. Por errores que no quiero repetir. Cambié porque la vida me fue poniendo delante situaciones que me obligaron a mirar cosas de mí que antes prefería ignorar.

Y no me arrepiento de todas mis versiones.

Algunas me salvaron. Otras me hicieron daño. Algunas hicieron cosas de las que todavía me avergüenzo. Otras hicieron lo mejor que pudieron con lo que sabían en ese momento. Pero todas me trajeron hasta aquí.

Durante mucho tiempo pensé que cambiar significaba dejar de ser uno mismo. Que si alguien me decía “esto que haces me lastima” y yo modificaba mi manera de actuar, entonces estaba permitiendo que esa persona decidiera quién debía ser.

Ahora creo que no es tan sencillo.

No quiero cambiar para que alguien me quiera. Eso no. No quiero convertirme en una versión diseñada para encajar en la vida de otra persona. No quiero aprender a callarme para que no me abandonen, esconder lo que pienso para caer bien o renunciar a lo que soy para conseguir que alguien se quede.

Eso no es crecer.

Eso es desaparecer poco a poco.

Pero también existe el extremo contrario. El de utilizar la frase “yo no cambio por nadie” como una especie de escudo para no escuchar absolutamente nada. Como si cualquier crítica fuera un ataque y cualquier petición de cambio fuera un intento de controlarnos.

Y quizás ahí también nos estamos engañando.

Porque hay cosas que alguien puede mostrarnos sobre nosotros que nosotros mismos no queríamos mirar.

Quizás alguien nos dice que siempre terminamos lastimando cuando tenemos miedo. Quizás nos hace notar que nunca sabemos pedir perdón. Quizás nos muestra que gritamos cuando no sabemos explicar lo que sentimos. Quizá nos hace ver que huimos cada vez que algo empieza a importarnos demasiado.

Y podemos responder: “Yo soy así”.

O podemos detenernos un momento y preguntarnos:

¿Y si no quiero seguir siendo así?

Hay una diferencia enorme entre cambiar para que alguien te quiera y cambiar porque alguien te ayudó a ver algo que necesitabas revisar.

En el primer caso, estás intentando convertirte en otra persona para no perder a alguien.

En el segundo, estás intentando convertirte en una mejor versión de ti porque ya no quieres seguir repitiendo lo mismo.

Quiero aprender. Quiero escuchar. Quiero pedir perdón sin sentir que pierdo. Quiero reconocer cuando me equivoco sin convertir cada error en una amenaza contra mi orgullo. Quiero poder decir “esto lo hice mal” sin sentir que por hacerlo estoy dejando de ser quien soy.

Porque quizá crecer también consiste en eso: descubrir que algunas de las cosas que defendíamos como parte de nuestra personalidad eran simplemente hábitos que nunca nos habíamos detenido a cuestionar.

No todo cambio es bueno. Hay cambios que hacemos por miedo, por presión, por necesidad de aprobación. Hay cambios que nos alejan de nosotros mismos.

Pero tampoco todo cambio es una traición.

A veces cambiar es dejar de reaccionar como antes.

A veces es aprender a escuchar.

A veces es poner límites.

A veces es aprender a pedir ayuda.

A veces es dejar de hacerle a otros lo que alguna vez nos hicieron a nosotros.

Y a veces es mirar a la persona que fuimos y decirle: “Entiendo por qué llegaste hasta aquí. Pero ya no necesito seguir haciendo esto”.

No quiero ser exactamente la misma persona que fui hace diez años. Ni siquiera quiero ser exactamente la misma persona que fui ayer.

Quiero conservar lo que vale la pena.

Quiero reconocer lo que me hizo daño.

Quiero aprender de lo que hice mal.

Y quiero tener la libertad de cambiar de opinión, de cambiar de forma de amar, de cambiar de manera de hablar, de cambiar de manera de vivir.

No porque alguien me obligó.

Porque yo también tengo derecho a cambiar de idea sobre mí mismo.

Así que sí: yo cambio.

No para que alguien me quiera.

No para encajar.

No para convertirme en quien otro necesita.

Cambio cuando descubro que puedo hacerlo mejor.

Porque quizás la verdadera identidad no consiste en defender para siempre cada cosa que alguna vez fuimos.

Quizás consiste en tener el valor de decir:

“Esto también fui yo. Pero ya no quiero seguir siendo esto.”

#aejovenich #demoliendofrasesvacias #frasesvacías #historiasdevida

Thoughts

  • nachovargas88

    Cuando alguien te dice que algo tuyo le lastima y uno lo oye como orden, ya pues, ahí se juega todo el capítulo.

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  • Nuria

    Una señora de noventa y un años, la del cuarto doce, me contó que a los ochenta aprendió a pedirle perdón a su hermana sin sentir que perdía. Lo único que lamentaba era haber esperado a que la otra estuviera medio sorda para hacerlo. Así que lo de cambiar cuando descubres que puedes hacerlo mejor va a ser cierto a cualquier edad, aunque a veces llega cuando el otro ya casi no lo oye.

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