Jano siempre terminaba en el cementerio. No importaba la fecha ni la hora; cada vez que viajaba a ver a su padre, se hacía un espacio para pasar a visitarla a ella. Sin embargo, casi siempre le daba vergüenza. Una vergüenza extraña, de niño grande, por no saber qué decirle. Le daba un miedo profundo quedarse callado frente a la frialdad de una piedra y que el silencio de la tarde le terminara de confirmar la verdad más dolosa: que ella ya no estaba al otro lado para responderle.
Llegó un día cualquiera. Caminó por los pasillos de cemento esquivando a los vendedores de la entrada, con las manos vacías. No llevaba flores de la esquina. A su madre nunca le gustaron las flores cortadas, decía que eran un regalo marchito antes de tiempo. Eran solo su mamá y él, sin adornos ni intermediarios.
Subió los tres escalones de la pequeña escalera de madera que descansaba junto al pabellón para alcanzar la altura de su nicho. Al acercarse, notó que la lápida estaba impecable, limpia, con los bordes libres de tierra. Su viejo había estado ahí el día anterior. Se notaba la dedicación en la piedra pulida. Don Juan seguía cumpliendo, impecable como siempre.
—Hola, mamá —dijo Jano en un susurro, mirando de reojo hacia los lados como si alguien pudiera escucharlo en medio de ese vacío, sintiendo esa punzada conocida de vergüenza—. Soy yo. Jano.
Y se quedó callado.
Fue un silencio largo, pesado, de esos que duelen en el pecho. No sabía cómo seguir. Durante varios capítulos de su propia vida —y de todo lo que llevaba escrito sobre ella— la había invocado mil veces. Había recordado y contado la historia de la parafina a los cuatro años, la vida entera acumulada en cincuenta años junto a su padre, y aquel cansado «mañana celebramos, hoy estoy muy cansada» que se le quedó grabado en el alma. La había convertido en un personaje de su memoria, en un punto de origen, en la excusa de sus ausencias y de sus dolores. Pero en todos esos meses nunca le había hablado directamente a ella. A la mujer. A Roxana.
Con el corazón apretado, sacó el celular del bolsillo. No para llamar a nadie; a nadie le serviría esa llamada. Solamente quería escribir una carta. Una carta que sabía que no iba a enviar a ninguna parte, ni por mensaje ni por correo. Una carta que tampoco iba a dejar doblada sobre la lápida, porque no era para dejarla ir al viento; era una carta para llevársela puesta dentro del pecho.
Con los dedos temblorosos sobre la pantalla, escribió:
«Mamá:
Te escribo porque me enseñaste a cuidar. Me enseñaste a ser una buena persona, me mostraste con hechos lo que era el amor verdadero. Sin embargo, a veces siento que no salí tan buena persona y lo siento mucho.
Perdón por no venir a verte tan seguido como me gustaría. No es porque no quiera, simplemente se me hace muy difícil viajar todos los fines de semana. Hoy vine a decirte que voy a intentar cuidarlos a todos sin apagarme yo en el camino. Tal como tú lo hiciste con nosotros. Tú nos cuidaste a todos sin dejar de ser tú.
No te prometeré que estaré bien siempre; si lo hiciera, te mentiría. Pero te prometo que seré fuerte, o al menos lo intentaré con todas mis fuerzas. No dejaré que nadie caiga. No dejaré a nadie atrás.
Te quiero»
Guardó el celular en el bolsillo y se quedó un rato más ahí, de pie sobre la escalera, sintiendo el viento frío del cementerio. Sin llorar. Sin decir una sola palabra más. Solo mirando fijamente las letras grabadas en el mármol: Roxana.
En ese instante, en medio del silencio del recinto, entendió por primera vez lo que significaba dejarla ir sin dejar de quererla ni un solo segundo.
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Entendí que mi mamá no está en el cielo esperándome, está en el cielo soltándome: ya no tienes que cuidarme, hijo. Ahora cuídate tú.
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