Cada seña revelaba una belleza distinta. Leo le enseñó cómo decir atardecer, deslizando la mano suavemente hacia abajo en el aire como si el sol se ocultara lentamente en el horizonte; le enseñó tiempo, tocándose la muñeca con ligereza y elegancia.
Picada por la curiosidad, Clarisse tomó el bolígrafo y le preguntó en el papel cómo se expresaba la palabra miedo.
Leo leyó la nota, hizo una breve pausa y la miró a los ojos. Cerró el puño firmemente contra su pecho, justo sobre el corazón, y luego lo abrió con lentitud hacia afuera, extendiendo los dedos como si dejara ir un pájaro prisionero.
—No tienes que aprenderlo todo hoy —escribió Leo en una esquina de la página con su caligrafía redonda y clara—. Hablar con las manos lleva tiempo.
Clarisse tomó el bolígrafo y respondió de inmediato:
"El tiempo es lo de menos si cada palabra me acerca un poco más a ti."