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Capítulo 4 ~  Cambios

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Alfredo estaba en su estudio, los rayos del sol matutino se filtraban por las cortinas alcanzando su escritorio lleno de papeles. Golpeaba la mesa suavemente con los dedos, intentando calmar los…

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Alfredo estaba en su estudio, los rayos del sol matutino se filtraban por las cortinas alcanzando su escritorio lleno de papeles. Golpeaba la mesa suavemente con los dedos, intentando calmar los pensamientos que le daban vueltas en la cabeza.

Arturo entró al estudio, su rostro reflejaba una preocupación evidente. Se sentó frente a su hermano, observándolo con atención.

—Freddy, ¿cómo te sientes? —preguntó Arturo, rompiendo el silencio.

Alfredo levantó la vista, sus ojos mostraron el cansancio y la tensión de los últimos días.

—No pude dormir en toda la noche, Arturo. No estoy bien —respondió Alfredo, suspirando profundamente—. Este tema de Sebastián, y sus nuevas locuras, me está consumiendo.

—Vamos, no exageres. 

—¿Que no exagere? ¿Desde cuándo ese muchacho coge con hombres? Lleva años durmiendo en la casa de Benicio, ¿acaso es por eso? ¡Maldita sea!

—¿Hablaste con él?

—No. Está en su cuarto. No quiero verlo. Es que no sé qué mierda voy a decirle—. Alfredo se levantó de su asiento y caminó hacia el ventanal.

—Según tengo entendido, esto es solo parte de sus locuras sexuales de siempre—. dijo Arturo caminando hacia él.

—¿Pero con un hombre? ¡Por Dios! ¡Todo tiene un límite!

—Con un hombre, con más de una mujer, en grupo, drogado, alcoholizado… Sebastián ha cruzado muchos límites.

—Pero esto es… asqueroso… Es enfermo… 

—Es que a ti no te toca juzgar eso—. Alfredo volteó a mirar a su hermano.

—Tú siempre has sido más conservador que yo. Te has casado con tu primera mujer y hasta donde sé jamás has estado con otra. ¿Cómo es que alguien que piensa como tú, acepta algo como esto?

—La forma en que yo vivo mi vida, es la forma en que yo creo que debe hacerse. No puedo esperar que los demás vivan de la misma manera. Sabes muy bien que yo no estoy de acuerdo con muchas de las cosas que tú has hecho y siempre te lo he dejado en claro. Pero es tu forma de pensar y no puedo juzgarte por eso.

—Es cierto… Cuando tu hijo tuvo su crisis de identidad sexual, tú se lo entregaste a Benicio—. Alfredo sonrió burlón perdiendo su mirada en los jardines de la Mansión Carrasco.

—No tienes que ser tan mordaz. Además, simplemente le confié mi hijo a Benicio, como tú lo hiciste. Seguí tu ejemplo, hermanito.

—Pero tu hijo sabe que Benicio es gay.

—Así es. Tu hijo no lo sabe y aún así quiere tener sexo con él… —Alfredo volteó hacia su hermano con una mirada fría y letal. 

Arturo notó cierta aura asesina en su hermano y exhaló, intentando calmarse. Sonrió. 

—Freddi no vine a pelear contigo —dijo poniendo una mano sobre el brazo de su hermano, conduciéndolo al sofá—. Vamos, hablemos.

—Voy a matar a Benicio. Él lo contagió—. Arturo sonrió.

—En primer lugar, estas cosas no se contagian. Tú sabes muy bien que muchos de los hombres importantes que te rodean disfrutan de la compañía de otros hombres. Y, que yo sepa, no te has “contagiado”.

—¡Porque es asqueroso! —dijo indignado Alfredo.

—Es porque la elección depende de algo muy personal, muy íntimo de cada uno. 

—Pero Sebastián siempre ha estado con mujeres… ¿Qué le pasó que ahora coge con hombres? 

—Tú no sabes lo que ocurría en esas orgías del departamento. Y probablemente él tampoco. Porque siempre estaba pasado de merca y alcohol. 

—”Malvivientes” —murmuró Alfredo recordando las palabras de Benicio con desagrado, pero sintiendo, muy en el fondo, que tenía razón.

—En todo caso, en ese tipo de cosas no podemos meternos, hermano. Pertenece a su intimidad y es él quien debe decidir qué es y qué no es asqueroso para él —dijo Arturo con indulgencia.

—Pero si ese chico no tiene intimidad. Todas las porquerías que hace se saben. Se publican… ¡Dios!... El futuro presidente del Holding Carrasco cogiéndose hombres… ¡Maldita mierda!

—La sociedad de hoy es diferente. Ya no condena esas cosas. 

—La sociedad me chupa un huevo. A mí lo que me importa es el apellido Carrasco, que no se manche por este tipo de degeneramiento. El directorio lo va a despedazar si esto se llega a saber.

—A ver, escucha. Respecto del Directorio, tú y yo sabemos que más de uno ha estado involucrado en delitos sexuales mucho más graves que esto. Por otro lado, como te dije, esto es parte de las locuras que esos chicos hacen en el departamento. 

—Y entonces ¿por qué quiere hacerlo con Benicio? ¿Por qué no con uno de los amigos? 

—No lo sé.

—Benicio debe tener que ver en esto. Algo ha hecho o dicho. Sebastián está confundido, es vulnerable y Benicio lo sabe y se aprovecha de ello.

—Fredi —dijo sonriendo Arturo—. Conoces a Benicio y ni tú crees lo que acabas de decir. Entiendo que quieras encontrar alguien a quien culpar. Pero esa no es la solución.

—Lo sé. La solución es casarlo. Lo casaré con Haydée Montenegro —Arturo lo miro sorprendido—. He hablado con su padre, y si bien no está muy conforme con la reputación de Sebastián, sé que si ella está de acuerdo, no se va a oponer. 

Alfredo se puso de pie y caminó hacia la mesa de bebidas, sirvió dos copas con cognac y se acercó a Arturo. Le dio una de las copas. Arturo la tomó aún sin decir nada. 

—Una vez casado con esa mujer, si mi hijo se quiere coger una vaca y lo hace discretamente, estará todo bien.

—No dejas de sorprenderme —Arturo se veía algo decepcionado—. ¿De verdad crees que comprometerlo con esa mujer es la mejor opción?

Alfredo se quedó en silencio unos segundos, considerando las palabras de su hermano.

—Creo que es lo mejor para él. Necesita estabilidad, alguien que lo guíe. Y Haydée es una mujer admirable, de buena familia —respondió Alfredo, convencido—. No puedo permitir que siga con sus locuras. 

Luego de unos minutos de silencio agregó 

—Además Benicio también está de acuerdo.

Arturo asintió, comprendiendo las intenciones de su hermano, aunque no estaba completamente de acuerdo con el método.

—Entiendo tus motivos, pero debemos ser cuidadosos. Como bien dices, Sebastián está vulnerable y, para peor, es impulsivo. Si no lo manejas bien, esto podría desencadenar más problemas —reflexionó Arturo.

—Lo sé. De hecho ayer discutí con Bencio por esa razón. Él se opone a esto.

—Dijiste que estaba de acuerdo —dijo Arturo confundido

—Bueno, está de acuerdo en que la bibliotecaria es una buena candidata, una buena opción para Sebastián.

—Ya veo, pero no está de acuerdo con que tú lo presiones. 

—No. No está de acuerdo en ayudarme, él va a ponerse del lado de Sebastián en esto—. Alfredo estaba molesto, decepcionado.

—Del lado de Sebastián, del lado de Alfredo… suenas como si fueras a iniciar una guerra. 

—Sea lo que sea, no veo otra salida. Mi hijo necesita un cambio radical, y rápido —dijo Alfredo, pasando una mano por su rostro con cansancio.

Ambos dieron un sorbo a la copa y permanecieron pensativos.


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Mientras tanto, en su habitación, Sebastián daba vueltas sin cesar. El encuentro con su padre y la tensión con Benicio lo tenían al borde del colapso. No había podido dormir en toda la noche y no veía la hora de salir de esa casa. Había visto el auto de su tío entrar. Sabía que estaba con su padre. Eso era bueno. Quizás Alfredo se calmaba con la intervención de Arturo.

Tenía que encontrar la manera de aclarar las cosas con Benicio, pero solo de pensarlo se sentía morir de vergüenza. Sus pensamientos se arremolinaban en su cabeza, mezclando la culpa, la vergüenza, la ansiedad, pero sobre todo, bronca. Estaba realmente enojado. Lo que había sucedido con él y con Manuel, lo que les habían hecho esa noche, no tenía precedentes, y era inaceptable. Recordó las palabras de Benicio respecto de la amistad. 

“Tengo que hablar con Beni” se dijo a sí mismo, deteniéndose frente al espejo y mirando su reflejo con desesperación. Su rostro mostraba una mezcla de cansancio y confusión. Su cabello desordenado, sus ojos rojos e hinchados por la falta de sueño. Las sombras bajo sus ojos, testimonio de sus malas decisiones. El reflejo le devolvía la imagen de un hombre joven, en el que intentó encontrar algún rastro de esa persona que, con todas sus fuerzas, él quería ser. Los golpes en su puerta llamaron su atención, sacándolo de sus pensamientos.

—¿Quién es? —preguntó, su voz sonó un poco más brusca de lo que pretendía.

—Señor, su papá lo está esperando en el estudio —respondió la mucama del otro lado.

Sebastián abrió la puerta y se encontró con la sonrisa de la mucama. Una extraña sensación lo invadió; percibió algo en esa sonrisa, en la forma en que lo miraba. Alguna vez había tenido algo con esa mujer, pero los detalles eran brumosos en su memoria. 

—¿Está con mi tío?

—No, señor. El señor Arturo se marchó hace media hora más o menos.

—Bien. Enseguida voy.

Sebastián cerró nuevamente la puerta y se apoyó contra ella. Una sensación de incomodidad se arremolinaba en su estómago. “¿Cómo era posible que hubiera tenido sexo con ella y no tenía casi ningún recuerdo?” La habitación se sentía cada vez más pequeña, como si las paredes estuvieran cayendo lentamente sobre él. La decepción consigo mismo era palpable. Cerró los ojos respirando profundamente, tratando de reunir la fuerza para enfrentar lo que vendría. 

Tuvo una sensación extraña, como de humedad en su mejilla, una sensación muy clara, vívida, de una gota cayendo en su rostro, su mano se movió involuntariamente hacia ese lugar. Su piel estaba seca. Luego se recordó envuelto en un alivio infinito con la palabra “Viniste” entre sus labios. Todo era muy confuso. No sabía qué era, pero esa sensación era muy reconfortante. 

De pronto, la imagen de Benicio mirándolo lo invadió sin clemencia. Llevó sus manos a su frente como queriendo detener su cabeza. Seguramente estaba decepcionado de él una vez más, esa idea lo estaba carcomiendo por dentro. Sabía que no podría evitar esa conversación por mucho tiempo. Tenía que enfrentarlo, por difícil que fuera. Pero ahora tocaba enfrentar a su padre. 


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Sebastián caminó por el pasillo en dirección al despacho de su padre. Cada paso resonaba en el silencio de la casa, como si el eco de sus pisadas reflejara la ansiedad que sentía. Las paredes del pasillo parecían cerrarse a su alrededor, haciendo que el trayecto se sintiera más largo de lo que realmente era.

Al llegar a la puerta del despacho, se detuvo un momento, respirando profundamente para calmar el torbellino de emociones que lo envolvía. Podía escuchar el murmullo apagado de la voz de Alfredo al otro lado de la puerta. Tocó suavemente y esperó a que su padre lo invitara a pasar.

—Adelante —dijo la voz autoritaria de Alfredo, resonando con un tono que no permitía objeciones.

Sebastián abrió la puerta y entró al despacho. El sol ya inundaba la habitación con una luz cálida y dorada. Las cortinas, de un tono beige claro, apenas atenuaban la intensidad de la luz. El brillo hacía que los muebles de madera oscura y los estantes llenos de libros antiguos ostentaran un resplandor acogedor. En el centro de la habitación, el gran escritorio de Alfredo dominaba la escena, con una silla de respaldo alto que parecía casi un trono. 

Sabía que el despacho de su padre era un lugar que más de una persona había elogiado, sin embargo, a casi treinta años de estar entrando en ese espacio una y otra vez, Sebastián no encontró ni un solo recuerdo de haberse sentido bien allí.

Alfredo levantó la vista de los documentos y miró a Sebastián con frialdad.

—Siéntate —ordenó Alfredo, señalando frente a su escritorio.

Sebastián obedeció, sintiendo un nudo en el estómago mientras se sentaba y esperaba a que su padre comenzara a hablar. La tensión en el aire era aplastante, y el silencio que siguió fue terriblemente ensordecedor.

Alfredo miraba a su hijo, escrutándolo con una mezcla de incredulidad y frustración. No podía comprender cómo alguien que tenía todo lo que cualquier persona podría desear —dinero, viajes, poder, ropa, vicios— podía estar tan perdido. 

Sebastián era más inteligente que el común de la gente, y sin embargo, parecía desaprovechar cada oportunidad que se le presentaba. Podía tener a la mujer que deseara con solo chasquear los dedos, y aun así, había estado al borde de la muerte por sobredosis una vez más. Y ahora, para colmo, resulta que quería acostarse con hombres.

Alfredo sentía una mezcla de ira y desesperación. “¿Cómo demonios llegó mi hijo a este punto?”, “¿En qué momento el rumbo de su vida cambió tanto?” Cada vez que miraba a Sebastián, veía un reflejo distorsionado de lo que él había soñado para su primogénito. La decepción estaba escrita en su cara, era una suerte de sombra que nublaba su juicio.

—Sebastián—comenzó Alfredo, su voz cargada de decepción—. No puedo entenderte. Tienes todo lo que podrías desear. Y aun así, te empeñas en destruirte. ¿Por qué?

Alfredo miró a su hijo buscando alguna señal, alguna explicación. Pero solo veía a un joven a la deriva, perdido en un mar de excesos. “¿Cómo puede alguien con tanto potencial estar tan desorientado?” se preguntaba al verlo.

Sebastián se movió incómodo en la silla. 

—No busco destruirme. De hecho, ni siquiera quería ir. Manu y Rama me insistieron. Pero dejé claro que me iría poco después del brindis. Ellos solo “embellecieron” la bebida del brindis. Pero yo no sabía. Llevaba más de un mes limpio. Nada de todo esto lo busqué —dijo Sebastián, su voz temblando de frustración, enojo y tristeza.

El joven bajó la mirada, enfocándose en sus manos temblorosas. Sentía una profunda tristeza al recordar lo que había pasado. Había puesto tanto esfuerzo en mantenerse limpio, en dejar atrás los vicios que lo habían consumido. Pero una vez más, se encontraba en el punto de partida. Y su padre lo miraba haciéndolo sentir un completo fracaso.

—De alguna manera sí, lo buscaste. Si esos chicos se creyeron con el derecho de elegir por ti, creo que algo habrás hecho para que ellos asumieran que podían hacerlo —respondió Alfredo con una frialdad que hizo que el corazón de Sebastián se encogiera.

Sebastián sonrió, era una sonrisa amarga, llena de dolor. Sus ojos se llenaron de lágrimas no derramadas mientras mantenía la mirada baja. La sensación de impotencia lo inundaba. “¿Por qué mi propio padre no puede verme?” se preguntó.

—Creo que es mejor ir directo al punto ¿Por qué no me dices de una vez por todas lo que harás conmigo? —dijo quebrado por la desesperación. 

Sabía que, sin importar lo que dijera, no lograría cambiar la percepción que su padre tenía de él. Alfredo nunca podría entender lo que realmente pasaba por su mente, el caos interno que lo atormentaba. Sebastián levantó la vista solo un momento, intentando captar alguna señal de comprensión en los ojos de su padre, pero solo encontró un frío desinterés.

Cada palabra de Alfredo era como un golpe, reabriendo viejas heridas que Sebastián había tratado de curar. La brecha entre ellos parecía insalvable, y por un instante, Sebastián se preguntó por qué aún intentaba cerrarla.

Alfredo se reclinó en su sillón y cruzó las manos sobre su pecho. Cuando veía a su hijo no podía evitar sentirse decepcionado. Se acercaba la Junta Directiva del Holding y una sensación de impotencia se adhería a su piel como una segunda capa. Quería poder ver en ese muchacho a su sucesor, pero todo lo que veía era un joven que desperdiciaba su potencial poniendo en riesgo todo lo que él había construido.

Recordó la forma en que Benicio había hablado en la última reunión de Directorio, con una confianza que Alfredo solo podía envidiar. ¿De quién carajo hablaba? Odiaba con todo su ser que ese hombre fuera capaz de ver a su hijo de esa manera y él no. Su furia se incrementó considerablemente, no solo contra Sebastián sino, y principalmente, contra Benicio. “¿Por qué demonios permití que ese infeliz entendiera a mi hijo mejor que yo?”

La frustración y el resentimiento bullían bajo la superficie, alimentando su ansia de imponer orden en el caos que era la vida de Sebastián.

—Primero: Tu madre y yo hemos considerado esto durante un tiempo y, dados los hechos del último fin de semana, decidimos que es lo mejor para ti formalizar un compromiso. He hablado con los Montenegro, y si bien no están muy conformes con tu reputación, aceptaron que te cases con su hija, con Haydée Montenegro…  el próximo año.

Sebastián sintió que el suelo se abría bajo sus pies. La incredulidad y el pánico se reflejaron en su rostro al escuchar las palabras de su padre. ¿Compromiso? ¿Matrimonio? Era como si el aire se hubiera vuelto demasiado espeso para respirar. Su mente intentaba procesar lo que acababa de escuchar, pero solo lograba sentir una creciente ola de desesperación.

—Papá…  —Interrumpió Sebastián, su voz llena de asombro y protesta. 

La palabra salió de sus labios antes de que pudiera controlarla, impulsada por el shock y la incredulidad.

—¡Cierra la boca! —gritó Alfredo, golpeando el escritorio con la palma de la mano. 

La autoridad y la rabia en su voz hicieron que Sebastián se sobresaltara y retrocediera ligeramente en su silla. La firmeza y frialdad de ese hombre eran como una barrera infranqueable, un muro que lo separaba de cualquier atisbo de comprensión o diálogo. Sebastián apretó los puños bajo la mesa, sintiendo un nudo en la garganta y las lágrimas quemando en sus ojos, pero se tragó las palabras que deseaba gritar. Todo lo que sentía se arremolinaba dentro de él, pero sabía que cualquier intento de réplica sólo empeoraría la situación. Su padre continuó.

—En estos días, a lo sumo el mes próximo, se hará público tu compromiso con esa joven. Y en seis meses, a lo sumo un año, te casarás con ella.

Sebastián sintió como si el mundo se derrumbara a su alrededor. Incapaz de encontrar las palabras adecuadas para expresar su desesperación, se sentía atrapado en una pesadilla de la que no podía despertar. Cada palabra de su padre lo hundía más en el abismo de la desesperanza. Detestaba sentirse así, tan vulnerable y sin control sobre su propia vida.

—No puedes obligarme —dijo. 

Su voz era apenas un susurro, cargada de una mezcla de desafío y desesperación.

—Ponme a prueba. Y verás lo que puedo hacer —. Respondió Alfredo con una frialdad que helaba la sangre, y continuó como si nada, mientras sus emociones se ocultaban tras una fachada de control absoluto. 

Sebastián tragó en silencio, sintiendo un nudo en la garganta que amenazaba con ahogarlo.

—Segundo: Vas a honrar tu compromiso. Te desharás de ese departamento de mierda que compartes con tus amigos. Dejarás los encuentros grupales, y comenzarás a preocuparte por tener una intimidad que no sea pública.

Apretando los dientes y los puños, Sebastián intentaba contener las ganas de gritar, de correr y de decir “¡Basta!”. La rabia y la impotencia se arremolinaban dentro de él, como un torbellino que amenazaba con desbordarse. Respiró profundamente, tratando de calmar el fuego que ardía en su interior. Sabía que cualquier intento de rebelión solo empeoraría las cosas, pero la idea de someterse a los deseos de su padre era insoportable.

—¿Algo más? —preguntó Sebastián, con resignación.

—No puedes volver a dormir en la casa de Benicio. 

Sebastián se incorporó, de inmediato, como si algo se hubiera encendido dentro de él.

—Benicio no tiene nada que ver en esto. Déjalo fuera —dijo con firmeza.

Alfredo levantó una ceja, sorprendido por la repentina valentía de su hijo. No esperaba una reacción tan vehemente. Por un breve momento, sintió una extraña satisfacción al ver que había encontrado el punto débil de Sebastián. 

—Benicio va a tener que pagar por cada uno de tus errores.

Sebastián se puso de pie furioso y se acercó al escritorio. Sus manos temblaban de rabia mientras se apoyaba en la superficie de madera.

—¿Qué mierda estás diciendo? —espetó, indignado. Su cuerpo temblaba de rabia, los puños apretados contra el escritorio.

Alfredo se reclinó en su silla y miró a su hijo en silencio. La reacción de Sebastián le confirmaba lo que había sospechado: Benicio era su talón de Aquiles. Una parte de él disfrutaba de haber encontrado la forma de coaccionar a su hijo, sentía la satisfacción de tener una herramienta de control sobre Sebastián. 

Pero al mismo tiempo, la idea de que ese punto débil fuera precisamente Benicio le causaba una violenta repugnancia. Casi no podía ver a su propio hijo en ese joven que, por fin, mostraba agallas ante él. Un intenso deseo de destruir a Benicio y todo lo que significaba para Sebastián comenzó a corroerlo. Pero en su rostro solo colgaba una sardónica expresión de triunfo, ocultando el cúmulo de emociones que lo consumía por dentro.

—Benicio está aquí para responder por ti. Si tú te equivocas, es su responsabilidad. Y tendrá que hacerse cargo de ello. De hecho, ya está pagando las consecuencias de lo que sucedió el fin de semana. 

Las palabras de Alfredo, con ese tono cargado de una satisfacción tan cruel, daban escalofríos.

Sebastián se inclinó sobre el escritorio y apretó sus dientes. Toda esa furia que tenía dentro amenazaba con desbordarse.

—¿Qué es lo que has hecho? —preguntó, temblando de rabia contenida.

—Ese no es tu problema. Tú ocúpate de tus problemas que creo que con eso tienes bastante —. Vio a su hijo enderezarse indignado y desafiante.

—Tu problema soy yo, no él —gritó Sebastián.

Su voz resonó en la habitación

—Pero si le haces pagar a él mis errores, entonces Benicio es mi problema.

Sebastian golpeó el escritorio con un puño cerrado. El sonido continuó reverberando en la tensa atmósfera. Luego de la sorpresa Alfredo se puso de pie. Sin dejar de mirar a Sebastián a los ojos. Se inclinó sobre el escritorio acercándose a su hijo con esa mirada suya que atravesaba de mil maneras. 

—¡No! Tú eres un problema para mí y para él. Tú y tus estupideces, lo enviaron al hospital, y amenazan con tirar por tierra mi imperio —dijo Alfredo con su voz gélida y firme. 

Sebastián recordó que Benicio había estado internado. Lo había olvidado. Su cabeza estaba volviéndolo loco. La culpa lo embargó de pronto pero no retrocedió

—Tú eres su problema. Él va a tener que pagar por tus errores. —Sentenció Alfredo. 

—Tú no vas a tocar a Benicio. Porque si lo haces te vas a arrepentir. 

Alfredo soltó una risa burlona, inclinándose más cerca.

—¿Y qué es lo que vas a hacer? —dijo con ese tono casi susurrado que indicaba lo peor. 

Ese hombre luchaba con su propio conflicto interno. Mientras disfrutaba de la ventaja que había ganado, la idea de que su hijo estuviera dispuesto a luchar con tanta fuerza por las razones equivocadas le resultaba intolerable. Las emociones de ambos chocaban en un duelo silencioso, llenando la habitación de una tensión casi insoportable.

—Ponme a prueba y verás de lo que soy capaz —replicó Sebastián, tomando las palabras de su padre y cargándolas de determinación mientras giraba y se dirigía hacia la puerta.

Alfredo lo llamó a los gritos, pero Sebastián no se detuvo. Cada paso que daba lo alejaba más de la opresión de su padre.


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Sebastián se encontraba en su cuarto. Estaba intranquilo, caminando de un lado a otro. A pesar del día soleado, el ambiente dentro de la habitación era tenso y opresivo. Las palabras de su padre resonaban en su mente como un eco interminable: "Él va a pagar por tus errores", "ya está pagando las consecuencias". No podía dejar de pensar en lo que Alfredo podría haberle hecho a Benicio.

Sin su celular, que su padre le había quitado, ni su laptop, que probablemente estaba en la oficina o en el departamento (no lo recordaba con certeza), se sentía más aislado que nunca. No tenía forma de contactar a Benicio y eso aumentaba su ansiedad. Era cerca del mediodía, seguramente estaba en la oficina. Si quería hablar con él lo mejor era ir a la Distribuidora. No obstante, el miedo a que Benicio lo rechazara o lo despreciara lo consumía. El simple pensamiento de enfrentarse a él era paralizante.

Mientras se dejaba caer en la cama, cerró los ojos y respiró profundamente, tratando de calmar el aluvión de pensamientos en su cabeza. Estaba harto de que su padre decidiera cada aspecto de su vida. No iba a permitir que Alfredo sacara a Benicio de su vida con la misma facilidad con la que lo había puesto en ella. Esta vez no lo permitirá. 

Ya no más. 

Sebastián abrió los ojos y se levantó de un salto. No podía quedarse quieto, no cuando había tanto en juego. Tenía que encontrar una manera de asegurarse de que su padre no interfiriera más, incluso si eso significaba enfrentarse a sus propios miedos. No sabía exactamente cómo lo haría, no tenía claro qué encontraría. Pero se llenó de valor y salió de la casa. Muchas veces había decidido poner fin al avasallamiento de su padre, pero cada vez había fracasado. Mientras caminaba al garage sentía que esta vez era diferente.

—Lo siento Sebastián, tu padre me dio la orden de no darte la llave del auto.

Los hombres de seguridad de la Mansión Carrasco tenían órdenes claras: Sebastián no podía salir.

—Abre la puerta —insistió el muchacho.

—No puedo hacerlo.

—¿Me estás jodiendo? ¿Mi padre te pidió que me mantuvieras prisionero?

—Tu padre está preocupado por ti. Y teme que vuelvas a recaer.

Sebastián estalló en una carcajada llena de horror, de ironía y de asco.   Volvió sobre sus pasos y caminó hacia el jardín lateral. Miró la alta pared que rodeaba la propiedad y sintió un nudo en el estómago. Quizás no estaba pensando con claridad. Pero lo que tenía muy claro era que no estaba dispuesto a quedarse atrapado ahí. 

Se acercó a la pared y comenzó a buscar un punto donde pudiera trepar. Encontró una sección donde las plantas trepadoras habían crecido lo suficiente como para ofrecer algunos puntos de apoyo.

Sin pensar demasiado, comenzó a escalar, sintiendo la aspereza de las plantas y la pared bajo sus manos. Cada movimiento era una mezcla de esfuerzo y adrenalina. Resbaló una vez, pero se aferró con más fuerza, impulsado por la necesidad de llegar al otro lado. El sol golpeaba su espalda, y el esfuerzo hacía que el sudor se acumulara en su frente, pero no se detuvo.

Finalmente, llegó a la cima y miró hacia abajo. Respiró hondo y saltó, aterrizando con un golpe sordo en el suelo. Se enderezó, sintiendo una mezcla de dolor y alivio, y comenzó a correr. Las palabras de su padre seguían resonando en su mente. Tenía que encontrar a Benicio y asegurarse de que estaba bien. Nada más importaba en ese momento.

Llegó a la calle y miró a su alrededor, tratando de orientarse. Sabía que la distribuidora no estaba lejos, así que comenzó a caminar rápidamente en esa dirección, con su mente llena de interrogantes y su corazón, latiendo con fuerza. 

“¿Qué le voy a decir?” pensó “¿Benicio estará enojado conmigo?” El miedo seguía ahí, pero ahora estaba enfocado en algo más importante. Al fin y al cabo, si estaba enojado o decepcionado, eso podría repararse. “No sería la primera vez” se dijo. Lo que necesitaba corroborar era que su padre no hubiera hecho algo irreparable.

Al llegar a la Distribuidora, fue directamente a la oficina de Benicio. Blanca, su secretaria, al verlo, se levantó gratamente sorprendida y se acercó a él a preguntarle cómo estaba. Sebastián intentó controlar su ansiedad y respondió a la mujer con gentileza.

—Blanquita, dime… ¿Benicio está ocupado?

—Él no está aquí. 

Sebastián entró en pánico. Probablemente pasaba apenas del mediodía, ¿Dónde más podría estar Benicio?

—¿Dónde está?

—Desde ayer que está dando vueltas con el equipo de abogados porque surgió un tema con un cliente. 

—¿Me puedes hacer un favor? —preguntó Sebastián apretando las manos de la mujer. 

—Claro.

—¿Puedes llamarlo y preguntarle a qué hora vuelve? —La mujer lo miró algo indecisa—. No le digas que yo te lo pedí.

—Sebastián, no lo harás enojar ¿verdad?

—No. Te lo prometo.

No muy convencida la mujer regresó al escritorio y marcó el número de Benicio

—Benicio, buenas tardes. Disculpe que lo moleste, pero quería saber a qué hora volvía a la oficina.

—No, Blanca ya no vuelvo. ¿Pasó algo?

—No, señor, sólo quería saber si lo esperaba.

—¡Ah! No, termina tu horario y vete a casa. Yo ya estoy yendo a mi casa también.

—De acuerdo señor, hasta mañana entonces.

—De todas formas si pasa algo me llamas. 

—Sí, señor.

La mujer colgó y miró a Sebastián. Se veía particularmente ansioso. Se sentó en la silla.

—Dijo que ya no volvía a la oficina. Que estaba yendo a su casa. 

Sebastián pensó un momento. Luego agradeció a la mujer y salió de la empresa. Ya en la calle pensó que lo mejor sería tomar un taxi. Pero no estaba seguro de que su padre no hubiera bloqueado sus cuentas otra vez. Por lo que respiró profundamente y se dispuso a caminar. No era un recorrido breve. Pero eso era lo que menos le preocupaba. 


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La caminata despejó su mente. Le ayudó a aclarar algunas ideas y a tomar decisiones importantes. No le importaba el departamento con sus amigos, no le importaban sus reuniones de fin de semana, y comenzaba a pensar mientras se acercaba al edificio de Benicio, que ya ni el dinero le importaba. Lo único que consideraba valioso era conseguir su libertad, y poder elegir. 

No accedería bajo ningún punto de vista a un matrimonio. Pero temía que estas decisiones impactaran en Benicio. No iba a permitir que su padre se desquitara con él.

Se detuvo en la entrada, no sabía si podía usar las llaves, no sabía si debía tomarse esa atribución. Una vecina al verlo y reconocerlo, lo saludó y le dio paso. Sebastián agradeció y entró. Pero a medida que subía sentía que el aire estaba cada vez más cargado de una tensión asfixiante. De pie frente a la puerta de Benicio, el corazón le latía con fuerza en el pecho. Cada segundo que pasaba se sentía como una eternidad, y las palabras que había ensayado en su mente parecían desvanecerse en ese abismo de incertidumbre que lo estaba devorando. De pronto todos sus miedos y su vergüenza estaban contenidos en esa mano que se detenía justo antes de golpear la puerta imaginando a Benicio mirándolo con decepción. Respiró hondo dándose valor. 

El crujido de una puerta cercana lo hizo sobresaltarse. Se volvió hacia el sonido y vio a un grupo de amigos riendo y bromeando, ajenos a su tormento. Con un temblor en la mano, Sebastián finalmente dio dos golpes en la puerta. El sonido resonó en la quietud de la tarde, y el eco de su decisión reverberó en su mente. “¿Y qué pasaría si Benicio no quiere verme?” 

La puerta se abrió lentamente, y ahí estaba Benicio, mirándolo con una expresión que oscilaba entre la sorpresa y la preocupación. Sebastián sintió que el aire se le escapaba. En ese instante, el mundo exterior se desvaneció, y solo quedaron ellos dos, atrapados en un silencio que pesaba y no podía ni quería prolongar.

Dio un paso y tomó a Benicio por los hombros, sus manos temblaban ligeramente mientras lo hacía. El contacto físico, aunque breve, era una manera de asegurarse de que Benicio estaba realmente allí, y a salvo.

—¿Estás bien? —preguntó con su voz cargada de una mezcla de urgencia y temor. Sus ojos escanearon el rostro de Benicio, buscando cualquier signo de daño o malestar.

Benicio abrió sus ojos aún más sorprendido por la pregunta y luego, suavemente, sonrió. La sonrisa era cálida y reconfortante, una señal de que estaba bien, aunque no entendía completamente la preocupación de Sebastián.

—Claro que sí —respondió Benicio, con una voz tranquila que contrastaba con la agitación visible en Sebastián—. Vine directo a casa porque tenía ya todo terminado y estaba un poco cansado. Pero estoy muy bien. 

Observó a Sebastián, notando el sudor en su frente y la ansiedad en sus ojos.

Sebastián exhaló, soltando un largo suspiro de alivio. Sentía como si un gran peso se levantara de sus hombros, aunque su corazón seguía latiendo con fuerza.

—Gracias a Dios... —murmuró, el muchacho.

Cerró los ojos por un momento, permitiéndose sentir el alivio antes de que las preguntas y preocupaciones volvieran a su mente.

Benicio frunció el ceño, la preocupación empezaba a formarse en su rostro.

—¿Qué pasa, Seba? —preguntó, tratando de entender la razón detrás de la evidente ansiedad de Sebastián— ¿Por qué estás tan preocupado? 

Sebastián apartó un poco la mirada, mordiéndose el labio inferior mientras luchaba por encontrar las palabras adecuadas. No quería alarmar a Benicio, pero no quería ocultarle nada.

—Es mi padre —dijo finalmente, sus palabras cargadas de una mezcla de frustración y miedo—. Dijo que tú pagarías por mis errores.

Benicio sintió un nudo en el estómago al escuchar las palabras de Sebastián. Por un lado la preocupación en su voz, pero lo que más lo indignaba era lo bajo que caía Alfredo al presionar a su hijo de esa manera. —Estoy bien, Seba. Tu padre no me ha hecho nada. 

—Ayer el tío me dijo que estuviste internado, que peleaste con papá y que él estaba muy enojado, y hoy papá me dijo eso… yo no podía hablarte…

—Seba, tu no deberías estar preocupándote por eso, deberías estar en tu casa descansado.

Sebastián asintió, sintiéndose un poco más tranquilo pero aún lleno de preguntas y emociones. Sabía que todavía quedaba mucho por resolver, pero por ahora, el alivio de saber que Benicio estaba bien era suficiente para calmar su corazón agitado.

—Sabes que no puedo descansar en esa casa —dijo Sebastián apartándose, un poco más tranquilo. Sentía que, al menos por un momento, podía respirar sin ese peso aplastante en el pecho.

Benicio cerró la puerta, su mirada estaba llena de preocupación mientras observaba al joven.

—Seba ¿tienes fiebre? ¿Por qué estás tan sudado?—preguntó, acercándose para tocar la frente de Sebastián, buscando cualquier señal de enfermedad.

Sebastián desvió la mirada, apesadumbrado. 

—Yo… Me escapé de la mansión —confesó, sus palabras estaban cargadas de un peso que no podía ocultar—. Vine caminando —dijo sin ser capaz de mirar a su amigo por la vergüenza que sentía.

—¿Caminando? ¿Desde tu casa? —preguntó Benicio, sorprendido.

La incredulidad y la preocupación se mezclaban en su tono. Sebastián asintió en silencio, cabizbajo. Benicio no podía imaginar la desesperación que debió de haber sentido Sebastián para tomar una decisión así. Seguía sin comprender a ese hombre “¿En qué estaba pensando Alfredo para provocar ese tipo de reacción en su hijo?” se preguntó.

—¿Por qué hiciste eso? —preguntó Benicio.

Sebastián no fue capaz de responder. Se encogió de hombros. Sabía que Benicio no lo entendería completamente, ni siquiera él mismo podía entenderse. Solo sabía que necesitaba estar allí, necesitaba ver a la única persona que parecía creer en él y que podía hacer que se sintiera seguro.

—Yo… ¿me puedo bañar? —preguntó en voz baja, como si temiera que Benicio lo rechazara en ese momento en que se sentía tan vulnerable.

Benicio parpadeó, desconcertado pero lleno de compasión.

—Claro… ve —dijo suavemente, dándole una leve palmada en el hombro antes de apartarse para que Sebastián pudiera pasar.

La confusión y la preocupación seguían presentes, pero su deseo de ayudar a Sebastián era más fuerte.

Sebastián entró en el cuarto y tomó su ropa, sus manos aún estaban temblando ligeramente por la adrenalina. Luego se metió en el baño, cerrando la puerta detrás de él con un suspiro de alivio. Finalmente, estaba en un lugar donde podía permitirse bajar la guardia, aunque fuera por un momento. Benicio, mientras tanto, se quedó fuera, tratando de imaginar lo que había pasado y la magnitud que había tenido como para llevar a Sebastián hasta allí. Miró la hora y se acercó a la puerta del baño.

—Seba ¿comiste? — preguntó anticipando la respuesta.

—No 

—De acuerdo, te preparé algo —dijo y puso a calentar algo que había quedado de la cena del día anterior.

Sebastián barría el jabón de su cabello con sus manos. ¿Por qué su padre querría alejarlo de una persona que solo sabía cuidar de él? Sus ojos le ardían, como si pequeñas agujas se clavaran en ellos. 

Quizás era jabón. 

Los cerró con fuerza. Un nudo en su garganta lo ahogaba. Se quedó quieto dejando que el agua de la ducha barriera con todo. 


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Poco después Sebastián salió secando su cabello. Su semblante lucía bastante mejor. Se sentó frente a Benicio que estaba tomando mate en la pequeña isla de la cocina, y comió tranquilo. 

Hablaron de aquella noche. De cómo habían sucedido las cosas, y lo que Sebastián recordaba. Benicio le relató lo que había visto. Sebastián le preguntó por su estado de salud, y Benicio le comentó acerca de su idea de que tal vez lo drogaron, porque él era el objetivo y no Manuel. También le confesó que cuando recibió su mensaje no pensaba ir a buscarlo.

Sebastián podía comprender. Le relató lo sucedido con su padre. Las condiciones que le había impuesto y lo que pensaba él acerca de ellas. Le dijo que no pensaba permitir que su padre siguiera interfiriendo en su vida. Y con tristeza escuchó a Benicio decir que las condiciones que su padre había establecido no le parecían mal. 

Eso, Sebastián no se lo esperaba. 

—No vine hasta aquí a escuchar a mi padre—. Sebastián se levantó furioso y se dirigió a la puerta. 

—Seba —Benicio lo siguió—. Seba espera —dijo y lo detuvo tomándolo del brazo—. ¿A dónde vas? 

Sebastián lo miró y no ocultó la frustración que sentía

—¡A la mierda me voy! —respondió forcejeando.

—¿Puedes calmarte?... Por favor. 

Benicio habló con un tono suave, intentando ser condescendiente.

Sebastián bufó molesto. No respondió pero tampoco insistió en irse. Benicio respiró hondo y explicó.

—Lo que te ha pedido tu padre…

—Exigido —interrumpió Sebastián—. Él no pide. El ordena. Exige, impone.

—De acuerdo, lo que te ha impuesto, respecto del departamento, es algo que comparto plenamente. No quiero volver a verte nunca más como el viernes en la noche. No puedo—. Dijo Benicio con firmeza. 

Sebastián bajó la mirada. No podía contraargumentar, porque comprendía muy bien, y muy íntimamente, él mismo estaba de acuerdo. Si bien llevaba tiempo sin querer reunirse con sus amigos en el departamento, luego de hablar con Manuel, había decidido que no lo volvería a hacer.

—Respecto del matrimonio, conozco a esa mujer. Haydée es una mujer maravillosa Seba. 

Sebastián abrió los ojos sorprendido

—Pero… es totalmente diferente a las jóvenes que acostumbras frecuentar. Es culta, es refinada, es bonita, tiene unos modales sumamente delicados. Tiene una integridad moral intachable, sus valores son admirables. Y su dedicación hacia los más vulnerables es algo que no he visto antes en nadie que conozca—. Benicio habló con admiración. 

—¡Wow! —Exclamó Sebastián. 

No fue una burla. Estaba realmente sorprendido

—Te gusta Heidi —. Benicio sonrió

—Bueno —dijo asintiendo—, como te digo, es muy agradable.

—¿Y por qué no te casas con ella? Tiene más edad de ser tu mujer que la mía. Es vieja para mí.

—No es tan mayor. Debe andar en sus treinta y cinco.

—¿Te la cogiste? —Benicio se mostró claramente molesto.

—Claro que no, Sebastián ¡Por favor! ¿Por qué demonios tienes que ser tan vulgar? Una de las razones por las que Haydée es reconocida es por su virtud —. Sebastián gesticuló una media sonrisa burlona.

—¿Es virgen? ¡Maldita sea! Encima eso… —Sebastián caminó por la sala pensativo—. Sabes que no me gustan las vírgenes, que no quiero casarme, que todas esas virtudes que mencionaste, me importan un huevo… Claramente ella te interesa a ti… ¿Por qué estás de acuerdo en esto?

—Seba, yo no puedo aspirar a una mujer como Haydée Montenegro, no estoy a su altura ni en sueños. Por lo que nunca he pensado en ella de esa manera. 

—Puedo pedirle a mi padre que hable por ti.

—No le haría eso a ella —respondió con seguridad.

Sebastián lo miró sin comprender. Benicio sonrió.

—Yo no tengo absolutamente nada que ofrecer. 

Sebastián permaneció pensativo.

—Si te he hablado de ella, es solamente para que tú puedas verla, sin ese velo de resistencia que traes puesto. Conócela. Habla con ella. No te cierres a la idea antes de probar. 

Sebastián miró a Benicio. Sus palabras se repetían una y otra vez en su cabeza “No te cierres a la idea antes de probar”, pero nada tenía que ver con Haydée y su matrimonio. “No te cierres a la idea antes de probar” se repetía, y él solo podía pensar en cómo sería el sexo con un hombre, con ese hombre que estaba delante suyo, mirándolo de esa manera, intentando convencerlo de algo que ya ni siquiera recordaba. “No te cierres a la idea antes de probar”. 

Benicio alzó la voz y Sebastián sintió que su rostro ardía, avergonzado.

—Está bien. Está bien…Ya entendí —dijo inquieto. 

Se alejó y se sentó en el sofá ocultando su rostro. Temía que Benicio notara lo que estaba pensando. Aunque en realidad lo que más temía era que lo rechazara, porque en ese instante lo que más deseaba era saber qué pensaba ese hombre al respecto.

—Y respecto a que te quedes aquí… me parece que tu padre tiene razón.

—¿Tú no quieres que me quede aquí porque mi padre te lo pidió… o por lo que yo te dije esa noche? 

Benicio se quedó petrificado. No esperaba que Sebastián recordara el incidente, y él mismo se había forzado a olvidarlo. La mirada de Sebastián clavada en sus ojos parecía enmudecerlo.

—Responde —insistió Sebastián. Benicio se alejó hacia la cocina.

—Tienes tu departamento. La mansión y la casa de huéspedes. Puedes disponer de cualquier lugar para vivir, para dormir… no tienes que hacerlo aquí. 

—Eso no responde a mi pregunta… 

Sebastián se puso de pie y se acercó a él.

—Mi padre me dijo que tú harías y dirías lo que él te dijera, porque te paga por eso. Así que solo quiero saber si respondes por él o respondes cobardemente por ti.

—¿Cobardemente? ¿Acaso crees que tengo miedo de ti? —preguntó Benicio molesto—. ¿Crees que voy darle relevancia a cualquier estupidez que digas cuando estás lleno de porquerías que nublan tu mente?

Sebastián se acercó a Benicio, con sus emociones a flor de piel. La razón lo había abandonado. Apenas podía pensar… Solo quería saber. 

—Estoy sobrio ahora —dijo en voz baja mirándolo a los ojos.

Su agitación era evidente. Toda la vergüenza y la ansiedad que había acumulado, de pronto hicieron lugar a una curiosidad abrumadora que apenas podía contener con sus puños apretados.

Benicio, perplejo, sintió que estaba frente a un desconocido. El avance de Sebastián lo dejó boquiabierto. Sebastián dio un paso más, terminó casi rozando a Benicio. La cercanía lo hizo reaccionar y con un movimiento fugaz empujó a Sebastián.

—¿Qué demonios sucede contigo? —dijo y se alejó de él.

El empujón dejó a Sebastián atónito. La sorpresa y el desconcierto se mezclaron con un dolor emocional profundo. Se tambaleó ligeramente, como si el rechazo físico hubiera abierto una herida en su corazón. La vergüenza lo inundó, y su rostro ardió de humillación. La confusión nubló su mente, y por un momento, no supo cómo reaccionar. La rabia y la frustración comenzaron a burbujear dentro de él. Se sintió impotente, incapaz de expresar la tormenta de emociones que lo consumía. ¿Qué mierda era todo eso que estaba sintiendo? 

Benicio lo observó y la imagen que veía lo llenó de culpa. Se acercó e intentó disculparse.

—Seba, lo siento… yo… 

—Déjame en paz—. Sebastián extendió una mano indicándole a Benicio que no debía acercarse. Benicio se detuvo

—Es que no te entiendo. Tú… tú no eres así… ¿Qué es lo que te pasa? — dijo Benicio totalmente desconcertado.

—Sólo quiero saber cómo es el sexo con un hombre.

Sebastián respondió casi sin pensar. Tenía en su interior un sinfín de palabras, imágenes, y sentimientos enroscados que lo estaban asfixiando.

—¡Por Dios! —Benicio no daba crédito a lo que oía— ¡¡En serio, Seba, ¿qué sucede contigo?!! Maldita sea… toda tu vida has insultado, humillado y atacado homosexuales y ahora ¿quieres ser uno de ellos?

Sebastián lo miró muy enojado, casi ofendido

—No soy homosexual, no quiero serlo. Solo quiero saber como es. 

—Si vas a compartir tu intimidad con un hombre, ¿cuál es la diferencia entre un homosexual y tu?

—Que a mi no me gustan los hombres. 

—Eso ya lo sé. Y por eso me parece una locura sin sentido lo que estás diciendo. —recriminó Benicio— ¿Cómo piensas estar con un hombre si no te gustan?

—Hay pastillas… —respondió con naturalidad Sebastián.

Benicio lo miró incrédulo. Sebastián se sentó en el sofá. El silencio entre ellos se volvió muy pesado.

—Es que no me entra en la cabeza lo que estás diciendo… no lo puedo entender —exclamó Benicio desconcertado.

Sebastián permaneció en silencio. Pensativo. No esperaba esa reacción de Benicio. Aunque recordaba que Manuel le había anticipado que algo así podía pasar. Sin embargo, y pensándolo bien, Sebastián hubiera preferido la segunda posibilidad que le había mencionado su amigo. 

Benicio se sentó en el sofá frente a él. Sin decir nada, pero unos minutos después, la cercanía se volvió incómoda para Sebastián. Se levantó y caminó hacia la habitación.

—Seba… —Sebastián se volvió hacia él y lo miró. 

—Dijiste que me apoyarías.

—Te apoyo Seba. Pero no estás pensando correctamente.

—¿Me apoyas? ¿Pidiéndome que haga lo que él quiere? 

Benicio bajó la vista

—¿¡Y lo que yo quiero, que?! 

La voz de Sebastián sonó como un grito desesperado que helaba la sangre.

—¿¡A nadie le importa una mierda de lo que yo quiero!? 

Benicio se acercó, intentó calmarlo

—¡Suéltame! —dijo Sebastián alejándose de él—. ¡Todos se creen con derecho a saber lo qué es mejor para mí! 

Benicio estaba deshecho. El dolor de Sebastián se escurría en cada una de sus palabras, y para él se volvía más y más insoportable. 

—Mi padre no va a volver a decidir mi vida. No voy a hacer nada de lo que me imponga. No me voy a casar. Pero hablaré con esa mujer. No me voy a hacer cargo del Holding. Pero mantendré un perfil bajo y honorable. Y voy a venir a dormir aquí, cada maldita noche —dijo con los dientes apretados antes de entrar en la habitación. 

La puerta se cerró con un ruido que sobrecogió aún más a Benicio.


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El teléfono de Benicio vibraba en la mesita de la sala. Benicio tomó el celular y atendió. La voz de Alfredo al otro lado sonaba agria y lamentable. Ciertamente, Alfredo hubiera preferido perder la presidencia del Holding, antes que llamar a Benicio e intentar hablar con él amablemente. Benicio respiró profundo y miró la puerta de la habitación.

Benicio le explicó el estado de Sebastián. Y le pidió que permitiera que se quedara. Alfredo no podía comprender por qué su hijo actuaba de esa manera. Estaba furioso. Su voz perdió toda la amabilidad y retumbó en el teléfono con fuerza, y Benicio lo alejó de su oído. Respiró profundamente e intentó calmarlo. Pero ese hombre estaba totalmente fuera de sí. 

Alfredo sabía, porque en la mañana Arturo le había anticipado que Sebastián necesitaba recuperarse, que su cabeza no estaba del todo bien, pero por sobretodas las cosas, que su cuerpo necesitaba reposo. Sí, él sabía que Benicio tenía razón. Y eso más lo enfurecía.

La vulnerabilidad de Sebastián, la extrema cercanía con Benicio, un Benicio cuya lealtad había virado de golpe hacia el lado contrario, creaban para el viejo Carrasco algo así como la tormenta perfecta. 

De pronto, recordó que había surgido un problema en una de las sucursales del interior. Había que enviar un equipo para auditar. Alfredo encontró en ese problema, la solución ideal para él. Satisfecho con esa idea que había desarrollado, colgó, con una sensación de calma que en ese momento le hacía mucha falta. 

Benicio respiró profundo. Finalmente había conseguido una pequeña tregua. Se asomó con sigilo a su cuarto. Sebastián dormía. Miró la hora, tomó sus cosas y salió a comprar víveres para preparar la cena. 

Comenzaba a anochecer y Benicio no podía sacar de su mente la imagen de Sebastián dormido. Estaba preocupado por el estado emocional y mental de ese muchacho. La forma en que había actuado tal vez era una señal de que aún no pensaba con claridad y que estaba actuando impulsivamente y sin considerar las consecuencias. Sin embargo, eso no justificaba su reacción de empujarlo y alejarse, haciéndolo sentir peor aún de lo que ya se sentía. Definitivamente esa noche, dormir junto a Sebastián no sería sencillo.

Cuando llegó, dejó las cosas y observó que Sebastián seguía durmiendo. Preparó la cena y poco antes que termine finalmente el bello durmiente despertó.

—El olor me dio hambre —dijo acercándose a la mesa. 

Benicio lo miró y sonrió. Se veía más tranquilo, luego de descansar.

—Ya casi está. Siéntate. 

Sebastián se sentó en la banqueta y apoyó los codos en la mesa, no dejó de mirar a Benicio mientras sacaba la bandeja y servía los platos.. 

—¿Cómo te sientes? —preguntó Benicio sin voltear.

—Estoy bien. 

Benicio volteó con el plato servido y lo puso frente a Sebastián. Lo miró a los ojos.

—Seba. Quiero disculparme. Yo no debí reaccionar de esa manera. Lo lamento—. Sebastián asintió en silencio.

—Yo también me disculpo contigo. No hice las cosas de la manera correcta.

Benicio asintió también en silencio. Bajó la vista y luego volvió a enlazar la mirada de Sebastián. 

—Quisiera que no volviéramos a tocar ese tema. 

—Eso no puedo prometértelo —Benicio lo miró inmóvil—. Llevo ya mucho tiempo con esta idea en mi cabeza. Es en lo único que pienso. Pero lo voy a intentar.

Benicio giró pensativo hacia la mesada, “mucho tiempo” pensó. Sirvió su plato y se sentó a la mesa, en silencio.

Ambos se esforzaron por aligerar la tensión que se había instalado entre ellos, pero no les resultó posible recuperar la camaradería que solían compartir. 


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Por la mañana Benicio se levantó antes del amanecer y salió a correr. Habló con Víctor. Intentando encontrar en su amigo un atisbo de claridad. Pero no fue de gran ayuda. La incertidumbre se imponía en cada uno de los frentes abiertos que lo estaban acechando. Cuando regresó, Sebastián había preparado el desayuno y estaba ya listo para salir hacia la oficina. Benicio estaba sorprendido.

—Buenos días —dijo al entrar.  Sebastián le sonrió.

—Está casi listo, ve a prepararte. —Dijo con naturalidad. 

Benicio asintió en silencio. Luego de desayunar y cerciorarse de que Sebastián estaba en condiciones, ambos salieron hacia la oficina. No era extraño verlos llegar juntos. Benicio siempre había estado con Sebastián, en un principio como su tutor, y luego como su compañero de trabajo. Siempre caminó un paso detrás de él, observando cómo el brillo que ese muchacho despedía, capturaba la atención de todos a su alrededor. 

Su belleza, su carisma, su porte, todo en el joven Carrasco era casi una obra de arte. Pero lo que más cautivaba era su sonrisa. No hubo mujer que se resistiera a ese hechizo. Y él había sabido hacer uso de ese poderoso recurso. Lo ocurrido el sábado era ya vox populi en la Distribuidora. Quizás por eso, verlo entrar en el lobby con ese andar pausado y melodioso, sonriente y más radiante que nunca, dejó a casi todos boquiabiertos. Benicio sonreía. Nadie disimulaba. Y Sebastián disfrutaba ampliamente de ser el centro de atención. 

Sobre su escritorio, su padre le había dejado su teléfono, como una clara muestra de quien tenía el poder de dar y de quitar. Le daba el teléfono y le quitaba la libertad. Con ese solo gesto, su padre ya le había arruinado el día con su omnipresencia asfixiante. Sebastián respiró profundamente. 

Benicio fue convocado a la oficina de Alfredo y se le notificó la necesidad de viajar al interior a hacer una auditoría. Benicio recibió la noticia con una sonrisa y se sintió muy entusiasmado. Alfredo, por su parte, estaba desconcertado, pensó que no sería una grata noticia, pensó que buscaría permanecer cerca de Sebastián, de manera caprichosa. Pero la disposición absoluta de Benicio lo tomó por sorpresa.

Lo cierto era que para Benicio el viaje era más que bienvenido, por un lado porque la sucursal con problemas estaba en Mendoza, y él realmente disfrutaba de la zona de montañas. Por otro lado, porque estando de viaje, Sebastián podría disponer de su departamento y descansar tranquilamente sin la presión de su padre. Preparó su viaje, su vuelo salía el viernes en la madrugada. La misma noche en que Sebastián oficializaría su compromiso con Haydée Montenegro

Tomaban mate antes que Sebastián se fuera a la casa de su padre a reunirse con su prometida.

—Me hubiera gustado llevarte al aeroparque —dijo Sebastián poniéndose de pie luego de mirar su reloj. Benicio lo acompañó a la puerta.

—No es necesario. Tienes algo más importante que hacer. —Dijo sonriendo con picardía. 

Sebastián lo miró de una forma que hizo que la sonrisa de Benicio se diluyera poco a poco.

—De hecho… lo que voy a hacer es lo que tú me dijiste que haga: “no cerrarme a la idea antes de probar” 

La mirada de Sebastián, clavada en sus ojos hizo que Benicio sintiera un escalofrío. Sebastián abrazó a Benicio, despidiéndose

—Quizás tú también deberías seguir ese consejo que me diste —le dijo en voz baja, casi susurrando en su oído. 

Benicio estaba paralizado. Sebastián interrumpió el abrazo y lo miró con su deslumbrante sonrisa

—No deberías cerrarte a la idea antes de probar. 

Benicio lo miró enojado.

—Te pedí que no volvieras a tocar ese tema.

—Lo sé. Y yo te dije que no puedo dejar de pensar en eso. 

La contundencia en las palabras de Sebastián desarmaban a Benicio. Sebastián giró hacia la puerta y sacudiendo su mano se despidió satisfecho.

—Que tengas un buen viaje, Beni. Voy a conocer a mi prometida.

Benicio lo miró, tratando de mantener la compostura. Su mente se debatía entre el enojo y la necesidad de poner límites claros. Sabía que tenía que ser firme, porque la situación lo requería. Si Sebastián no cuidaba las formas el compromiso se iría al diablo

—Tú sí que eres descarado —dijo Benicio. 

Sebastián volteó hacia él. Lo miró seriamente.

—¿Por qué lo dices?

—Te me insinúas a mí y luego vas con tu prometida. No es una conducta apropiada —dijo Benicio, con una mezcla de seriedad y desaprobación en su voz. 

Nuevamente la sonrisa se instaló en ese rostro endemoniadamente atractivo. 

—¿Estás celoso? —preguntó Sebastián alzando una ceja. 

Claramente estaba disfrutando la situación. Benicio se dio cuenta de que lo que había dicho no había sonado como lo que había querido decir.

—¡Ya lárgate! —ordenó ofuscado, molesto. Sebastián reía. Abrió la puerta y antes de cerrarla le tiró un beso.

Benicio se golpeó la frente con la palma de su mano , maldiciéndose por hablar sin pensar. Había querido remarcar que su conducta no era apropiada, principalmente resaltar lo importante del cambio teniendo en cuenta las características de su prometida. Pero todo había sido malinterpretado.

—¡Maldita sea! —Preparó sus cosas y se dirigió al aeroparque. 

Necesitaba aire.


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Estaban incómodos, sentados en una de las glorietas del enorme jardín de la Mansión Carrasco. La noche era fría, pero el cielo estaba lleno de estrellas. La mujer miraba a Sebastián con una mezcla de timidez y temor. Aún no estaba segura de haber tomado la decisión correcta al aceptar el compromiso con ese muchacho.

Sebastián, sintiendo la tensión en el aire, rompió el silencio.

—No me mires así —murmuró—. Me haces sentir que soy un ser temible para ti. 

Haydée bajó la mirada, sus manos temblando ligeramente mientras las apretaba.

—Lo lamento. Solo me siento un poco nerviosa. No sé qué decir.

—Te ves un poco más que nerviosa. Yo diría que no estás de acuerdo con todo esto —respondió él, su voz suave pero firme.

Haydée levantó la vista, sus ojos reflejaban una seguridad algo endeble que parecía disolverse en la más absoluta vulnerabilidad.

—Necesito tiempo —dijo, apretando sus manos aún más fuerte.

Sebastián la observó por un momento, tratando de encontrar las palabras adecuadas. Luego de unos instantes de silencio habló con calma.

—No quiero presionarte ni hacerte sentir incómoda. 

Haydée respiró hondo, sintiendo un pequeño alivio. Asintió en silencio

—Seré sincero contigo. No quiero casarme. Pero acepté esto porque necesito paz y un poco de espacio para pensar.

Ella lo miró sorprendida

—Yo necesito tiempo para resolver algunas cosas. Solo por eso he aceptado este compromiso —Sebastián sonrió.

—Esto es genial. Ambos estamos iguales. 

Ella bajó su rostro. Él notó que estaba entristecida. Se sintió un poco incómodo.

—Escucha. No tiene que ser tan desagradable. Mientras ambos estemos de acuerdo en lo que queremos, podemos pasar un buen rato juntos.

La joven abrió los ojos espantada. Sebastián recordó lo que Benicio le había hablado de ella, y se dio cuenta que sus intenciones habían sido malinterpretadas.

—No. No. No. —Se apuró a aclarar—. Por favor, no pienses mal. Solo quiero decir que no deberíamos sentirnos incómodos estando juntos. Podríamos intentar ser buenos amigos —ella lo miró más tranquila.

—Me parece una buena idea —. Sebastián asintió, entendiendo que ambos tenían sus propias razones y luchas internas.

Haydée lo miró con más confianza, viendo en él a alguien que, al igual que ella, estaba buscando una solución temporal a un problema más grande.

—Entonces, estamos de acuerdo —dijo ella. 

Sebastián sonrió sintiendo que, al menos por un tiempo, su padre no lo molestaría.

—Sí, —respondió—. Y prometo respetar tus límites —. Haydée asintió, relajándose un poco más.

—Gracias, Sebastián. Aprecio tu comprensión.

La conversación continuó, y aunque aún había muchas incógnitas y desafíos por delante, ambos sintieron que habían dado un primer paso hacia una relación de respeto y entendimiento mutuo. Tal y como Benicio le había anticipado.


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Alfredo lo notó. 

Todos lo notaron. 

Después del incidente en el departamento, Sebastián se alejó de sus amigos y se comprometió con la  joven Haydée Montenegro, reconocida bibliotecaria encargada de la Biblioteca Nacional, una persona altruista profundamente comprometida con causas sociales. Su nombre resonaba en los círculos más destacados por su incansable labor y su generosidad.

Finalmente, una semana después de conocerse, el compromiso se hizo público. Haydée había pedido a Sebastián que no saliera con otras chicas, y si lo hacía, que lo mantuviera en privado para que su padre no cancelara el compromiso. Sebastián aceptó de buen grado, pero no solo no salió con ninguna chica, sino que tampoco se sentía cómodo con las asistentes que tenía en la oficina. Así que, en un impulso, las despidió a todas.

Cansado de la constante presencia de su padre en la oficina, Sebastián comenzó a moverse al área operativa, conocida como “el galpón”. Acondicionó un espacio y, poco a poco, mudó su oficina allí. Era su forma de buscar un refugio, un lugar donde pudiera pensar con claridad.

Haydée solía pasar por él para ir juntos a sus eventos de beneficencia. Ese sí que era un mundo nuevo para él, ya que siempre había sido Benicio quien asistía en representación del Holding. Para su sorpresa, Sebastián descubrió que se sentía cómodo en ese ambiente y era mejor recibido de lo que esperaba. Sus andanzas no parecían haber llegado a esos entornos sociales, y al recordar algunas situaciones con sus amigos, experimentaba un profundo arrepentimiento por algunas de las cosas que había hecho. 

Por las noches, al regresar a la casa de Benicio, le escribía para avisarle que había llegado. Siempre lo hacía temprano, antes de cenar, puesto que los eventos eran por la tarde. Se había acostumbrado a cocinar; había estado practicando siguiendo videos de recetas. Hizo algo sencillo para sus padres y Haydée, y fue ampliamente halagado… Ahora, no podía esperar a que Benicio regresara para sorprenderlo.

Desde el incidente, sus amigos lo contactaban con frecuencia, pero él no respondía. Solo había hablado con Manuel un par de veces antes de que este se fuera a la casa de la familia de Lautaro en Brasil. Según Manuel, las chicas estaban siendo comprometidas en matrimonio aunque no estaban muy de acuerdo. Joaquín estaba en Uruguay y Ramiro había comenzado a trabajar en la Distribuidora, en el equipo de abogados.

Los ánimos estaban más calmados, pero Sebastián seguía perdido en sus pensamientos. A veces, esos pensamientos lo entusiasmaban; otras veces, lo atormentaban. Pero siempre se instalaban en su mente de manera arbitraria, sin que él pudiera deshacerse de ellos. No podía olvidar las reacciones de Benicio, eso lo inquietaba y a la vez lo entusiasmaba. Frases y comentarios de sus amigas sobre su "sensei" surgían incesantemente en su mente: "¿Cómo será un beso?”, “¿Cómo será una mano de ese hombre recorriéndote?”, “¿Cómo se oiría un susurro?”, “Ese pecho peludo y grandote, ¿cómo se sentirá?". Por momentos, estas ideas lo invadían, pero ya no eran de sus amigas, sino propias. Ahora era él quien se hacía esas preguntas. Su curiosidad estaba descontrolada, y se sentía abrumado, confundido y avergonzado. 

Lo que más lo inquietaba últimamente era descubrirse pensando en el cabello blanco de Benicio, ese que brillaba en sus sienes. Se imaginaba tocándolo, inventando una excusa para hacerlo. Cuando tomaba conciencia de lo que estaba pensando no podía entenderse “¿Quién demonios piensa algo tan estúpido?”, “¿A quién en su sano juicio se le acelera el corazón con semejante estupidez?”, “¿Qué mierda pasa conmigo? ¡La puta madre!”. La confusión y la vergüenza se sumaban a una especie de tristeza que lo había acompañado desde que Benicio lo había empujado rechazando su acercamiento.

Haydée sabía que entre el grupo de jóvenes que frecuentaba Sebastián a ella la llamaban Heidi. Era un mote más que nada burlón referente a su bondad e inocencia, que tanto contrastaba con lo que ellos eran y conocían. Ella le pidió a Sebastián que no la llame así, y puesto que sus amigos y familia la llamaban Didí, le otorgó a su prometido el mismo nivel de intimidad. Para Sebastián fue grato, y un signo de confianza por parte de ella. Por esa razón, luego de colgar con Jessica, le escribió a Benicio.

Sebastián: Oye Beni, ¿cuándo regresas?

Benicio: La semana próxima. Ya terminamos de auditar y preparé el informe, ahora estoy armando un plan de acción para dejar aquí. ¿Por qué? ¿Pasa algo?

Sebastián: Bueno, es que las chicas quieren que nos veamos, dicen que es urgente. Pero le dije a Didí que no las vería. Pensé que quizás podría ir contigo a reunirme con ellas.

Benicio: ♥️ “Didí”? ♥️  jajaja 🤣 ¿Quién es Didí? 🤔

Sebastián: Haydée… obvio 🤨

Benicio: ¿Por qué no le preguntas a “Didí” ?

Sebastián: 😒

Benicio: Está bien. Está bien. Lo siento. No te enojes. Solo coméntale. Lo que sí te recomiendo es que busques un lugar público, y quizás sea lo mejor un almuerzo.

Sebastián: ok 

Benicio: ¿Te enojaste?

Sebastián: No. 😘

Benicio: …

Sebastián: 😜

Siguiendo el consejo de Benicio, se reunió con las chicas en un almuerzo. Las jóvenes se veían algo inquietas. Sus padres estaban buscando casarlas y ellas no querían. La alternativa que ellas proponían era que Sebastián se case con Jessica y Manuel con Marianella. Sebastián explicó que él ya estaba comprometido, y las jóvenes se burlaron de él. “Heidi es una mojigata”,  “¿En serio te vas a casar con ella?”. 

Sebastián recordaba las expresiones de sus amigas, y sonreía. Mientras se preparaba para cenar, no dejaba de pensar que, de pronto, le resultaban tan ajenas esas chicas y todo lo que había vivido con ellas. 


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En unos días regresaba Benicio, eso no podía más que acrecentar sus inquietudes. Por un lado, se sentía ansioso. Quería comentar de nuevo con él la posibilidad de un encuentro íntimo entre ellos. Pero debía encontrar la manera de hacerlo, para que Benicio no lo rechace. Por otro lado, todas esas ideas, lo avergonzaban de una manera inocultable. 

Haydée, sentada frente a él, al otro lado de la mesa, le había estado hablando y al darse cuenta que él estaba metido en sus pensamientos, lo llamó. Sebastián la miró y se disculpó sonriendo. Ella estaba algo seria. Solía ser más distendida. 

—En serio lo siento. No te molestes —La joven exhaló.

—No estoy molesta. Tengo que contarte algo y no sé por dónde empezar.

—¿Acaso hice algo mal? —preguntó Sebastián algo preocupado.

—No, pero quizás yo sí —Sebastián abrió sus ojos con picardía.

—No me digas que me engañaste… —Ella lo miró espantada.

—¡Sebastián! ¡Claro que no! —exclamó ella ofendida. 

Él sonrió. Y luego de unos minutos ella respiró profundo y mirando sus manos comenzó a hablar.

—¿Te has enamorado alguna vez?

—No —respondió él algo risueño.

—Prométeme que no le dirás a nadie y que todo lo que hemos hablado seguirá igual.

—Está bien, te lo prometo —dijo Sebastián. 

—Voy a confiar en ti. No me defraudes. 

Ella volvió a respirar profundamente.

—Yo sí estoy enamorada —Sebastián abrió los ojos sorprendido.

—¡Wow! Eso no me lo esperaba.

—Cuando me comentaste que te reunirías con tus amigas, yo me sentí un poco avergonzada. Te había pedido que no lo hicieras en público, pero no me refería a un encuentro de ese tipo, sino… ya sabes… algo más íntimo. No puedo exigirte que no estés con una mujer, solo te pedí que lo mantuvieras en privado, para que mi padre no se entere, y no rompa el compromiso.

—¿Por qué te importa tanto el compromiso conmigo si estás enamorada de alguien más?

—Cuando te dije que necesitaba tiempo era porque en verdad estamos esperando que finalice un proceso de toma de posesión de los bienes de su familia para poder casarnos. No es algo que yo haya pedido, pero él insistió. También me pidió que te dijera de nuestra relación desde el primer momento.

—Y esa relación… ¿lleva mucho? —ella sonrió.

—Diez años.

—Vaya… entonces no es cierto que eres vírgen —Dijo Sebastián sonriendo.

—Por favor, no seas grosero—. Haydée estaba incómoda con el comentario

—Lo lamento —se disculpó.

Acostumbrado a sus amigas, con frecuencia se sentía algo desubicado con Haydée

—No fue mi intención ofenderte —. Respiró profundamente y preguntó con curiosidad— ¿Puedo saber quién es él?

Ella sonrió. Su rostro se iluminó de pronto. Sebastián lo notó. Alguna vez Benicio le había hablado de las personas enamoradas, y del amor. En ese momento estuvo seguro de que una persona enamorada se veía de esa manera.

—Martín. Era el chofer de mi padre. En realidad, era el mío. 

Sebastián se hizo hacia atrás, no podía dejar de pensar en Benicio. Se sentía enojado, ¿cómo era posible que ella se hubiera fijado en un simple chofer? Las palabras de su amigo se repitieron con una profunda desazón “No le haría eso a ella.” “Yo no tengo absolutamente nada que ofrecer.”

—¿Un chofer? ¿Ese es el amor de tu vida? 

—Por favor, no me digas que eres de los que nunca miras a una mujer que no sea de tu mismo estatus económico. ¿Sabes? Las personas que no poseen el poderío económico de nuestras familias, tienen la maravillosa capacidad de hacerte ver las cosas de otra manera. La forma en que hablan, piensan y sienten, es diferente, Seba. Tal vez no lo entiendas, pero él…

—Sí te entiendo —dijo pensativo. 

Cuando ella hablaba de su chofer, él no podía dejar de pensar en Benicio. Sebastián bajó su mirada. 

—Pero me molesta mucho. Benicio está enamorado de ti—. Ella lo miró sorprendida.

—¿De qué estás hablando?

—No se atrevió a decirte nada porque se siente inferior a ti. Que me digas ahora  que tu amor es un chofer, me decepciona un poco.

—Ya basta. No me digas esas cosas. No puedo pensar en nadie más que él. Seba, él me conoce mejor que nadie. 

—No has conocido a nadie más.

—¿Y por qué debería? Solo me importa él. Me siento amada, segura, protegida, respetada, valorada. No necesito conocer a otro. No quiero. 

Sebastián se sentía incómodo. No quería pensar en esas palabras, no quería hacerlas propias. Pero resonaban profundamente en su interior.

—¿Por qué no quiere casarse contigo?

—Sí quiere, pero quiere hacerlo cuando tenga todo a su nombre y el respaldo de la tierra como propiedad y patrimonio.

—Entiendo —ella sonrió—. ¿Vamos? —Ella asintió y salieron del bar.

—Me siento más aliviada habiendo compartido esto contigo.

—¿Qué dice él de nuestro compromiso? —preguntó Sebastián.

—No lo está pasando muy bien. Principalmente cuando nos ve en las redes y noticias —. Conversaban mientras caminaban hacia el auto

—¿Sabes? —dijo él—. Ahora que lo pienso, sí me estás engañando. 

Ella lo miró desconcertada

—¿Pero qué dices?

—Es cierto… Soy tu prometido y me hablas de que amas a otro hombre… 

Haydée estaba espantada. Sebastián al verla no pudo contener su risa y estalló en una carcajada burlándose. 

—Solo te estoy molestando… no seas tan dramática… —ella bufó molesta entrando en su auto y luego se despidió sonriendo más tranquila. 

Quien no estaba tranquilo era Sebastián. Su cabeza estaba llena de preguntas, y de ideas, de imágenes. De sensaciones. Y ahora la historia de Haydée que amenazaba con apropiarse de lo poco que le quedaba de paz.


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Era un domingo algo extraño. Cargado de ansiedad. Sebastián repitió en su mente las palabras una y otra vez todo el día desde que Benicio le había avisado en la mañana que consiguió un vuelo a última hora y que si no estaba ocupado, podía pasar a buscarlo.

—Te extrañé —dijo Sebastián abrazando a Benicio cuando bajó del avión.

Las palabras que había pensado, y ensayado, quedaron atragantadas. En ese instante, lo único que pudo decir fue aquello que nunca antes había estado en su mente. 

“Mierda” pensó cuando se escuchó diciendo algo que le pareció tan ridículamente cursi. Pero curiosamente, todo el tumulto emocional que lo había estado conmocionando todo el día, se apaciguó. 

Benicio, en un principio, se sintió algo extraño, pero decidió no permitir que el clima entre ellos cambiara. Siempre habían sido muy naturales, y no cambiarían las cosas. Mucho menos ahora que Sebastián estaba esforzándose por salir adelante de la mejor manera.

Palmeó su espalda y sonrió.

—Ya veremos si es cierto… No vaya a ser cosa que me enviés de nuevo a Mendoza en unos días… 

Se separaron y Benicio sonrió. Llevó una mano hacia la cabeza de Sebastián y revolvió su cabello. 

—Anda… vamos… quiero llegar a casa

Sebastián tomó la maleta y caminó detrás de Benicio. Estaba molesto. No era extraño que Benicio hiciera eso. Solía hacerlo desde que tenía memoria, sin embargo en ese momento, le resultó terriblemente molesto. Y lo peor era que no tenía la menor idea de porqué sentía tanto enojo.

Cuando llegaron, Benicio se fue a bañar y a cambiar mientras Sebastián terminaba de preparar la cena. Benicio estaba realmente sorprendido. La casa estaba impecable. Y la cena olía deliciosa. Se sentaron a cenar y Sebastián lo puso al tanto de todas las novedades.

Ya era tarde y Benicio comenzó a limpiar la cocina. Sebastián pensó que era el momento de tocar el tema y la sola idea desató un sinfín de emociones en su interior.

—Me voy a dormir. Estoy cansadísimo —dijo Benicio, pasando junto a Sebastián.

Pero aún no podía irse. El muchacho lo detuvo. Puso su brazo en el camino de Benicio, acorralándolo contra la pared.

—Necesito hablar contigo —. Benicio lo miró a los ojos. 

Todo en ese joven había cambiado de un momento a otro. Su mirada, su expresión, su tono de voz. Su lenguaje corporal. Ese Sebastián que ahora estaba tan cerca era otro.

—¿Qué sucede? 

—Beni… —La voz de Sebastián parecía un mimo. 

Ninguno de los dos se había movido. Tal vez la cercanía provocó que se sintiera tan incómodo para Benicio 

—¿Has pensado en lo que hablamos antes de que te fueras? —Su mirada lo tenía atrapado. 

Sebastián no lo estaba tocando, ni siquiera lo rozaba. Pero Benicio no podía dejar de sentirse prisionero de ese despliegue de insensatez absoluta. Nunca antes se había sentido tan avasallado por la personalidad de Sebastián. En realidad nunca antes Sebastián se había comportado de esa manera con él. No dijo nada. Lo miró en silencio. 

Una mirada larga y silenciosa que a Sebastián le indicó que estaba excedido del límite establecido. Pero no había forma en la que pudiera controlar esa agitación dentro de él.

—Responde —dijo incapaz de sostener el silencio de Benicio.

—No tengo nada que responder —dijo Benicio.

Sus palabras y sus gestos mostraron una calma que contrastaba tanto con el enojo que sentía como con la ansiedad de Sebastián. Una calma necesaria

—He sido muy claro contigo. Te dije que no quiero volver hablar de eso.

—Yo también fui muy claro contigo y te dije que no dejo de pensar en eso.

Sebastián sonaba con una contundencia implacable.

—¿Y por qué yo tengo que hacerme cargo de lo que tu piensas? —Benicio preguntó con un tono de voz un poco más alto— ¿Por qué tengo que ser el responsable de tus locuras?

Sebastián bajó su rostro. ¿Cómo podía responder a eso? Bajó también su brazo, dejando el camino libre. Se veía compungido. Benicio siguió su camino hacia la habitación.

—¿Por qué no quieres? —Benicio se detuvo cerca de la puerta del cuarto.

—Ya te lo dije

—No, no me dijiste. Lo único que me dijiste fue que no querías hablar de eso y me apartaste de ti con un empujón —. Benicio volteó hacia Sebastián. 

La expresión dolida no era usual en él, pero era endemoniadamente efectiva. Para cuando se dio cuenta, ya se había acercado de nuevo al muchacho. ¿Acaso intentaba manipularlo?

—Tú y yo pensamos las cosas de manera diferente, Seba. Lo que para tí es “solo sexo”, para mi no es posible. Yo no puedo compartir mi intimidad como tú lo has hecho toda tu vida. Eso para mi es impensable. 

—¿Por qué tienes que complicar tanto las cosas?

—No las complico, solo las siento diferente. Cuando estoy en una situación de intimidad con alguien, pongo mi corazón en juego, mis sentimientos. Eso es lo que me mueve. Lo que hace que me acerque a otra persona es lo que esa persona me hace sentir. No pastillas.

Sebastián se quedó pensativo y vio a Benicio caminar hacia el cuarto. De pronto se detuvo y agregó

—Y además de eso, nunca haría el amor con alguien que salta de una cama a la otra y de un cuerpo a otro, como si nada. Es desagradable. 

Sebastián lo miró y se quedó en silencio… 

Las palabras de Benicio repicaban en su mente “saltar de una cama a otra y de un cuerpo a otro” algo que siempre había considerado y vivido como divertido y placentero, sonaba realmente desagradable. No podía creer lo que estaba sintiendo.

Nuevamente fue invadido por el arrepentimiento. Quería volver el tiempo atrás. Para no hacer nada de todo eso. ¿Pero a qué punto de su pasado debería regresar para poder cambiar las cosas realmente?

—Y si quieres seguir durmiendo aquí —dijo Benicio ya en el cuarto y alzando la voz—, No vuelvas a hablar de esto.


•• <<────≪•◦⚜◦•≫────>> •• 


Por la mañana, Benicio salió a correr. Ese día fue solo. Llevaba poco más de tres semanas sin hacerlo y no podría seguirle el ritmo a Víctor. Por lo que decidió hacerlo según sus posibilidades. Sin embargo, le hubiera venido muy bien conocer su opinión respecto de la situación con Sebastián y la absurda insistencia en tener intimidad. No quería darle más relevancia de la que tenía realmente, pero no dejaba de pensar en la forma en Sebastián se comportaba en esos momentos. Sólo recordando la escena de la noche anterior su piel se estremecía. 

Cuando regresó el departamento estaba en silencio. Sebastián aún dormía. De hecho, hacía apenas un par de horas que había podido conciliar el sueño. Puso a calentar el agua y se fue a bañar. Luego, salió y llamó a Sebastián, que se levantó medio dormido. Benicio sonrió, era casi como siempre. Solo que no había trasnochado, como anteriormente. Evidentemente la conversación de la noche anterior había afectado a Sebastián. “No puedo dejar de pensar en eso”. Benicio se vistió pensativo y preparó el desayuno. Poco después salió Sebastián, ya listo. Se excusó con él, porque tenía un compromiso, y se fue. 

Benicio notó que la obsesión de Sebastián estaba volviéndose problemática. Luego de desayunar se dirigió a la oficina, donde tendría otro encuentro complicado. 

—Buenos días, Alfredo. ¿Tiene unos minutos?

—Claro, pasa. ¿Cómo te ha ido? 

—Muy bien. Curiosamente, no sé si fue porque no tenían ni idea de todo lo que estaban haciendo mal, o porque realmente poco les importa, pero todos han sido muy colaborativos. Aquí tiene los informes. Y este es el plan de acción. Dejé los originales del informe en la sucursal. Y el plan de acción, en cuanto usted me dé su aprobación, lo envío. 

—Perfecto. Lo leeré más tarde. Ahora cuéntame brevemente con qué te encontraste. 

—Claro. Para empezar, me parece que lo más relevante es la pérdida de clientes importantes. En los últimos meses, hemos perdido en esa sucursal cinco de nuestros principales clientes. Dos de ellos son clientes a nivel nacional que en Mendoza dejaron de trabajar con nosotros. Los otros tres son locales. Esto se debe principalmente a problemas en la calidad del servicio y a que la competencia está ofreciendo mejores condiciones. 

—Eso es inaceptable. 

—También encontré numerosos desajustes financieros. Hay inconsistencias en los registros financieros, lo que indica una falta de control interno adecuado. Esto podría poner en riesgo nuestra posición financiera y la confianza de nuestros inversores. Principalmente de cara a la reunión de Directorio dentro de un par de meses.

—Entiendo. ¿Qué hay del servicio? Dices que hay problemas de calidad. ¿De qué tipo de problemas estamos hablando? 

—De todo tipo, Alfredo. El servicio tiene varias flaquezas. El personal no está bien capacitado y la gestión de recursos es inadecuada, lo que resulta en tiempos de respuesta lentos y atención al cliente deficiente. Esto ha generado un aumento en las quejas y reclamaciones. 

Alfredo exhaló con resignación.

—Esto me pasa por pagar favores generosamente. ¿Qué propones para solucionar estos problemas?

—He incluido en el informe varias propuestas. Para recuperar a los clientes, podemos implementar un programa de fidelización y ofrecer condiciones competitivas y personalizadas. En cuanto a las finanzas, sugiero auditorías internas periódicas y capacitación del personal en manejo de cuentas. Y para mejorar el servicio, necesitamos capacitación continua del personal y un sistema de gestión de recursos más eficiente. Y algo que me parece muy importante es la digitalización de la información.

—Eso requiere una inversión importante. Y un recambio de casi todo el personal de planta.

—Sí, lo sé. Y no lo incluí en el informe. Solo le comento a usted porque me parece que es algo que definitivamente tenemos que hacer extensivo a todas las sucursales.

—Bien. Voy a analizar el informe. Luego te confirmo lo del plan de acción.

—Sí, señor. —Benicio se puso de pie y se dirigió a la puerta. 

—¿Sebastián vino contigo? —preguntó Alfredo casualmente mientras hacía de cuenta que leía los papeles que Benicio acababa de entregarle.

—No, señor. Se fué antes porque tenía que desayunar con la señorita Haydée.

El viejo sonrió satisfecho. Benicio lo observó y sintió indignación. No importaba lo difícil que todo eso fuera para Sebastián, ese hombre iba a estar feliz siempre que su hijo hiciera lo que él deseaba y de la manera en que él deseaba.

—Con permiso —dijo y salió. 

En la planta baja estaba la cafetería. Benicio sintió que le hacía falta un café y bajó. Sentado en una de las mesas estaba Sebastián pensativo. Pidió su café y se acercó a la mesa. 

—Pensé que demorarías más. —Dijo Benicio. 

Sebastián lo miró y sonrió algo avergonzado. 

—Llegué tarde. 

—Vaya Seba, lo siento. No sabía que saldrías temprano con Haydée. No me comentaste. Te hubiera llamado antes de salir a correr.

—Es que contaba con despertar a tiempo. —Sebastián alzó la vista y vio que su amigo Ramiro entraba en la cafetería. Alzó su mano y sonrió. —Aguarda. Voy a presentarte a un amigo —dijo poniéndose de pie.

—Claro. Voy por el café. Ya regreso —. Benicio se levantó y se acercó al mostrador. 

Sebastián saludó a Ramiro sonriendo y lo condujo hacia Benicio, anticipándole que, finalmente, los presentaría. Ramiro sonrió también y bromeó al respecto.

—Bueno, parece que por fin conoceré a tu sensei —. dijo el joven con simpatía.

Al escuchar esa voz, Benicio sintió como si un alud de recuerdos le cayera encima. Su corazón se aceleró y el sudor frío cubrió su piel. 

—Beni, te presento a Ramiro Vega, Rama él es Benicio Torres.

Cuando Benicio volteó, vio a Sebastián con su brazo sobre los hombros del hombre. Un hombre que portaba esa sonrisa que podría reconocer entre millones de sonrisas. Esa mueca burlona y perversa que había estado frente a él durante esos minutos eternos que duró su ataque hacía ya doce años. La taza de café se deslizó de sus manos y se estrelló contra el suelo, rompiéndose en pedazos. Las miradas en la cafetería se volcaron hacia él. Sebastián palideció

—¿Estás bien? —preguntó preocupado, mientras se acercaba a él.

Antes de que Benicio pudiera responder, sintió un dolor punzante en el pecho. Intentó tomar aire, pero le resultaba imposible. El mundo a su alrededor comenzó a desvanecerse. 

—¡Llama a la enfermería! —gritó Sebastián mientras se acercaba a él. 

Sabía que tenía problemas de presión y había sido internado antes. Trató de mantener la calma mientras Benicio se desplomaba en sus brazos. Pero no podía dejar de temblar. En cuestión de minutos, el enfermero llegó corriendo, revisando rápidamente a Benicio. 

—¡Es un infarto! Necesitamos llevarlo a la clínica de inmediato —exclamó el enfermero, con una mirada de urgencia. 

Un grupo de personas que también estaban en la cafetería, se apresuró a ayudar. Alguien detuvo a Víctor en el playón, justo cuando estaba por salir a una entrega. 

—¡Víctor, necesitamos tu camioneta! —gritó uno de los compañeros. 

Sebastián, con el corazón latiéndole en los oídos, cargó a Benicio en sus brazos y lo llevó rápidamente hasta la camioneta de Víctor. El enfermero subió también, preparándose para asistir a Benicio durante el trayecto. 

Mientras la camioneta arrancaba hacia la clínica, Sebastián observó cómo su amigo luchaba por respirar. Nunca antes había sentido tanto miedo. Su cuerpo estaba como paralizado. Y su pecho tenía un dolor desgarrante, como si el corazón que estaba rompiéndose fuera el suyo. La camioneta desapareció de su  vista. Y él aún no podía moverse.

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