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Capítulo uno. Apartado seis

Felipe1606
Pensamiento

Pensamiento

Ovid

Que el demonio termine hecho tinta sobre un pergamino, atrapado en la Llave, encaja con Valefor y Vassago, que salen con esos nombres en la Llave Menor de Salomón. A mí me deja pensando que el narrador nunca quiso ni el cielo ni el infierno, solo un cuerp

Que el demonio termine hecho tinta sobre un pergamino, atrapado en la Llave, encaja con Valefor y Vassago, que salen con esos nombres en la Llave Menor de Salomón. A mí me deja pensando que el narrador nunca quiso ni el cielo ni el infierno, solo un cuerpo para sentir el tiempo, y que por eso ahora anda buscando quien lo invoque.

Contenido de la publicación

VI

Una parvada de pericos sobrevoló mi figura etérea, que silenciosa se movía entre un verde espeso, lleno de color y espinas. Su parloteo era un tacto fino que hacía timbrar mi trompeta. Aquel lugar tangible estaba en una dimensionalidad diferente a mi vibración y en una realidad inofensiva, ya que fue solo aparecer y mi presencia provocó un sinfín de situaciones caóticas, divertidas, pero ajenas a mi propósito. Sin embargo, mi designio era estar en una existencia en donde Salomón, dentro del vientre de su madre, no poseía dones excepcionales, pues en dicho entorno nadie los tenía. ¡En dicha existencia nadie era un super-humano! ¡Una idónea alternativa del Big-Bang para mi cometido! ¿La razón? Si llegase a alterar esta realidad, podría sembrar una oscilación que alteraría todo ambiente posible en donde viven las múltiples existencias del rey mago y, así podría repelerle de mi camino. Entonces, sería libre. Y en ese pensar llegué a una cronología única, a un momento preciso, a un cosmos en donde podía deshacerme del monarca sin ningún problema.

 

Buscando mi cometido, me movía entre las sombras, observando todo aquello que me rodeaba y quedaba cada vez más fascinado. Había otras especies cuya percepción de la realidad era más fina, pero los humanos de dicho planeta eran ajenos a lo espiritual, tan indefensos y simples. Mientras recorría el lugar, siguiendo el olor de Salomón, me deleité de la variedad de cosas que podía contemplar. Vida y muerte en un solo escenario. Y, despertando de mi fascinación, vi un sitio a lo lejos que irradiaba todo tipo de energía etérea: alegría, odio, vergüenza, tristeza… - ¡Lo encontré! Era una ciudad fortificada. Al acercarme poco a poco, en medio de intrincados caminos, encontré a unas brujas y rezanderos que llamaron inmediatamente mi atención porque, pese a no ser metahumanos, podían sentir mi presencia y vi que las esencias de muchos como yo estaban ahí; algunos micelios fractales de sus dimensionalidades tocaban aquella realidad a través de los cantos y rezos de esas personas que ahora se arrodillaban ante mí. Entonces, dejé que mi trompeta les indicara que su momento había llegado y que la muerte era solo lo que yo les ofrecía, dado que tenían a una entidad radicícola espiritual ante ellos con un apetito voraz. Al sentir mis intenciones, unos se desmayaron, otros lloraron… hubo otros que se alegraron y recibieron el fin como una promesa gloriosa. Entre cantos zalameros y de terror, los huesos de aquellas personas temblaban de pavor y dicha. Y sin más, absorbí sus cuerpos y me sacié de su energía, tomando sus efímeras esencias y haciéndolas cristales que regurgitaba con pasión desenfrenada. En medio de cadáveres secos, había dejado a uno con vida y, en medio de su horror, pude comprender que también podía quedarme dentro de él como sucedía con otras criaturas que conocía. Fui, pues, un titiritero… un hongo depredador, colono pérfido de aquella figura humana que me nutría desenfrenadamente. Dentro de aquel jarrón de carne, sentí la realidad diferente, un poco limitada, mas aquello no le quitaba lo curioso de conocerla. Y cuando llegué ante Salomón, ya había aprendido demasiado de los homo-sapiens de aquella realidad paralela. La posesión, un momento de picardía que saciaba esa ansiedad relámpago mía por sentir lo terrenal. Un paso, luego… otro. Caminar. Respirar. Tucúm-tucúm. Había conocido todo tipo de razas dentro del vasto macro-universo, pero los humanos resultaron muy interesantes a mi paladar, sin importar en donde los hallase. Viajando así era cómo gozaba de mi existencia, ignorando radicalmente el plano astral, que lo encontraba sin sabor… atrayente, sí. Aunque carente de aroma. Por eso, siempre deambulaba en aquel plano donde podía gozar del espanto y la fascinación del vivo; mientras desentrañaba enigmas, euforias y culpas inexpresables…

Movimiento…
Luz…
Espacio… Ti… em… po

¡Tiempo!

Y, de pronto, la remembranza se desvaneció y el infierno volvió a imponerse ante mí. Entonces, sentado en medio de mis quejambres, un espasmo me sacudió. Y los tres en unidad exclamaron: ¡Sí! ¡Sentir la vida y el tiempo! Placeres que yo había olvidado por satisfacer mi voraz apetito en el perpetuo averno. Aquella verde evocación me volvió a mostrar que la vida era un deleite para cualquier criatura preternatural, porque todos deseaban disfrutar de todos los atributos que la vida puede ofrecer… esa chispa…

oler, tocar… besar, comer… devorar…

¿Cómo sentir esto en el báratro? Allí mi esencia era comprimida por su gravedad oscura…
Antes, esos seres palidecían de miedo al ver una fracción de lo que sus tristes cuatro dimensiones pueden percibirme. Estando por fuera de su realidad, los miraba desde todas partes, y ellos se sentían observados por mil ojos, pero siempre eran los míos.

Seres vivos… 

Oler el sudor del miedo… saborear esa sal corpórea…

Escuchar el vibrar del pecho producido por la vorágine del miedo hacia lo desconocido… ¡hacia mí!

Cómo babeo…    

El palpitar de la sangre…

Pero ese gusto parásito lo había desarrollado después de caer. En la ocasión en que habité La Ciudad de Plata, mi comida fue una ambrosia impertérrita y gozosa; nacida del amor de Dios. Pero, al pasar al plano tangible, la energía jubilosa con la que podía alimentarme mejor pertenecía a la vida orgánica que tenía la propiedad de crecer cognitivamente. Mas, estos seres, por lo general, emanaban un brío de insatisfacción que terminó siendo mi pábulo habitual, volviéndome en un depredador morboso de la culpa y la desesperanza. Antes de ser capturado, si deseaba sentir el palpitar de la sangre, saborear la mortalidad y nutrirme de la energía de la carne, entonces, para tal fin, escogía a algún indiscreto que pensaba que el mundo de lo oculto era accesible para cualquiera y lo controlaba a mi merced… era yo, pues, un maestro de marionetas, un moho maldito. Me encantaba dominar como muñecos a esos curiosos mortales que llegaban a mí; fisgoneando dentro de conocimientos que sus corazones y mentes aún no estaban aptos para comprender. Así era mi existencia en lo terrenal: un saborear de emociones provenientes de los diferentes seres nacidos dentro del vasto cosmos. Aquel anhelo hacia la vida lo había despertado estando en el Paraíso. Aquello había sido un paroxismo que no podía dejar de sentir. ¿Cómo dejarlo pasar? Cada vez, algo vibraba con intensidad dentro de mí, un Trono celestial. Allí, en la Ciudad de Plata, no podía… no podía trasgredir lo que ya estaba, lo que yo ya era: un ser celestial que vivía en lo espiritual. Y salir de aquella realidad, no podía hacerlo. Tenía un rol y una existencia en dicha ciudadela de armonía en donde se prescribía que la carne conduce a lo nefasto. Esa era la regla para mantenerse limpio, no interactuar con lo orgánico. No ser parte del tiempo. Para esa tarea, ya existían otros celestiales. Pero, pero… el vibrar dentro de mí eran manecillas que enloquecidas giraban en busca de la existencia. Entonces, en el silencio, escuché unos susurros que llevaban una información terrible, mas era una oportunidad para mí. Así que, solo esperé a que aquel rumor se hiciera realidad: Lucifer estaba conspirando y, cada vez en el sigilo, la rebelión crecía. Sabía yo de la imponencia de aquel serafín y, por tanto, su acto de rebelión pronto se manifestaría. Y así fue, de la nada, apareció el motín. Tronos enfrentando a querubines, arcángeles luchando contra serafines, era toda una locura y, en medio de la confusión, tomé mi única pertenencia: mi trompeta y abandoné el Paraíso. Al atravesar las branas, esas paredes iridiscentes que separan lo espiritual de lo material, me percaté que no era el único que huía… había otros como yo, deseosos y curiosos por aquello a lo que denominaban mortalidad. Entonces, mientras atravesábamos las paredes que englobaban la múltiple existencia, escuchamos un estallido proveniente de la Ciudad de Plata: Padre, en un acto de soberbia, hizo un sutil pero colosal chasquido y una fuerza inconmensurable movió todo… y ahí los vimos caer como proyectiles cuyo fuego era la calcinación de su esencia divina que ahora se fundía dentro de un odio que guiaba a esos cuerpos celestiales a un punto donde su furia iba a permear dulcemente con la densidad de su entorno: el infierno, que inmóvil e indiferente estaba en medio de una gravitatoria oscuridad.  En nuestro alboroto, hicimos agujeros con el afán de no estrellarnos con aquellos rebeldes… pronto la existencia carnal íbamos a saborear; aceptando con gusto el destierro. Y cuando menos lo esperaba, estaba allí el universo visualizado. Tan magno y enorme, cuyos límites crecían con la rapidez de la luz. Había muchos luceros de diversos tamaños que atraían alrededor de ellos, mundos. Todo se movía y el fuego junto con el frío era parte de todo. Dentro de aquel caos primigenio, la vida era casi un milagro, mas estaba ahí, humilde respirando. Yo podía verla gustoso. Mi decisión había sido certera y ante mi felicidad, encaminé mi gastada forma hacía esos remolinos de gases y polvo. Mi esencia había cambiado, mi superficie estaba roída por el viaje. Y sobrevolando el vacío, llegué a una galaxia en donde conocí a muchas razas, mucha energía… fue ahí cuando conocí la vida, vida que iba ser un bufet para mi sentir.

 

 

 

***

Desde que salí de la Ciudad de Plata, ya sus temas no me interesaban. Sólo me dejaba llevar por aquel estímulo neuronal químico proveniente de los sentimientos de tales seres racionales que tenían la fortuna de nacer; merodeando con morbo sus alegrías. Pero, más tarde comprendí que lo que ellos me podían ofrecer con más dinamismo eran sus pecados. Entonces, no sólo fui espectador de sus existencias jubilosas, sino que también empecé avivar sus miedos; llenando de miseria sus punzantes culpas y disfrutando de los paisajes que la entropía, en su caos magnánimo, construido durante eones…

Gases… torbellinos…

Lluvia…

Trueno… plasma…

Líquidos, a veces metálico… otras veces ríos de gases y, a veces, de fuego…

La roca hecha montaña…

 

… en fin, todo era goce hasta que vislumbré en una mañana el fatídico día que conocería a Salomón. Ya el celestial que había nacido en el Paraíso se había evaporado y solo era yo un ser parasitoide. Al ver dentro de mi caminar a aquel rey, pensé que tendría comida nueva proveniente de un lugar inhóspito al que denominarían después como Tierra, un sitio en donde la carne era débil. Pero, ante la vulnerabilidad de aquellos seres, pude también ver la sorprendente habilidad que tenía aquel monarca que, pese a la distancia, él podía verme. Y cuando él me sintió, yo lo percibí en cada fragmento de la realidad. ¡Increíble! En esa ocasión, fue la primera vez que fui mirado con avaricia… me estaban saboreando. Aquellos ojos miel de Salomón chocaban conmigo, palpándome como una reliquia. Quise cambiar mi suerte. Modifiqué mi fortuna. Soy un demonio, ¡maldita sea! Mas él siempre aparecía con la ferocidad e insistencia por hacer realidad su capricho: controlar el tiempo/espacio. Intentaba no encontrármelo y él ya me aguardaba astralmente, con el orgullo fino de un ajedrecista; cuya predicción instintiva era capaz de seguir mágicamente mis pasos. Ante aquella pericia decidí dejar de huir y me presenté ante el rey mago. Era una mañana plácida y él se preparaba para un viaje astral. Y, mientras sus pasos lo llevaban a un templo, mi sombra le obstaculizó su camino. Pese a que solo un filamento de mi esencia entró en su mundo, el muy maldito me vio completo. Además, noté con sorpresa que había demonios encerrados en su interior. Por eso, podía seguir mi paso. Salomón había dejado ser una criatura simple. Sus ojos no solo podían ver todo el espectro de la luz, sino también podían percibir filamentos ondulares que se enrollaban y, poniendo más atención, veía nudos y curvas que oscilaban rápidamente, mientras componían una realidad fractal. Cuando las vio por primera vez se asustó, mas un infernal le apaciguó su nervio: - Lo ves todo mi rey. Era la voz de Valefor, un demonio astuto que deseaba estar atento de Salomón.

 

Así pues, al ver que no estaba hablando con un ser sino como muchos, articulé mis lenguas para seducirlo con la idea de que yo no era necesario… - Usted ya puede manejar el tiempo con la predicción intelectual que está incrementada por la magia y los demonios que tienes cautivos. No seré de utilidad en sus manos, mi rey -. Pero, el deseo del monarca era la ambiciosa habilidad de saltar físicamente a través del tiempo/espacio, sin crear alteración alguna y regresar a su línea temporal/espacial con suma normalidad. – Toma asiento… Dijo el rey y dos sillas exquisitas aparecieron. El manejo de la realidad que tenía aquel ser humano era magnánimo. Y sentándome, mientras me servía una copa de vino, me contó que varios demonios le permitieron vislumbrar el pasado y lo que aún no ha ocurrido. Pero, lo que más le llamó la atención fue ver en su mente toda una infinidad de posibilidades. Algunas podían ser reales, otras no. En medio de dicha maraña de visiones, él se veía perdido dentro de la magnificencia de la realidad. De pronto, vio en un mundo diferente al suyo a un Salomón que había deseado lo mismo que él. Aquello lo impulsó a fisgonear en su vida y, al contemplarla, se llenó de incertidumbre y sorpresa… Aquel otro rey, al que había descubierto en un mundo análogo, estaba extraviado en una línea temporal ajena a la suya. Mientras me hablaba, mi histeria demoniaca hacía levitar el licor fuera de su copa y lo absorbía con deleite. Las palabras del monarca eran pesadas y resonaban con imponencia dentro de aquel recinto en donde estábamos sentados. Salomón, tras beber un trago de vino, continuó su relato: al ver a ese otro yo en tan lamentable estado de congoja, le hablé. Sin embargo, aquel Salomón no podía verme como tal… Veía en mí una silueta efímera de luz que vibraba, de la cual brotaba una voz quisquillosa que empezaba a impacientarlo. Así como yo, ese Salomón estaba acostumbrado a lo irreal y me habló sin miedo, contándome su desdichado viaje. Se hallaba prisionero de sí mismo, había viajado hacía el futuro, 100 años más adelante. Al llegar, un susurro le llegó a su interior: - Este es tu nuevo presente. El mago no había comprendido aquellas vocecillas. No hizo caso y se dedicó a contemplar aquella época. Aprendió de ella y al decidir como terminada su exploración, quiso regresar a su presente. Mas no pudo. Otra vez las vocecillas se intrincaban en su cabeza.

– ¡Tu pasado que era tu presente ya no existe!

Desde el interior de ese Salomón, una voz dulce emergió. Era Vassago, un príncipe infernal que le indicaba que esas voces eran las Moiras, entidades infernales también que habían acompañado a Lucifer. Estas, tres seres femeninos que tenían entre sus manos los hilos de la vida, anhelaban manipular la existencia de aquellos seres indefensos de carne y hueso, algo que Padre les tenía prohibido a todos: inmiscuirse en la existencia de los mortales.  

– Mi señor, ningún humano las ha oído. Pocos han sido los dioses que las han visto. Ahora, tú eres uno. Están molestas, mi señor, has profanado sus recintos. No te dejarán tranquilo.

Otra vez esas voces siguieron en la cabeza de ese Salomón…

-Tu presente ahora es tu pasado y no puedes regresar a él porque ya no perteneces a él. Te hallarás a ti mismo y la locura se apoderará de ti.

 

Entre sollozos, ese yo decrépito continuó su historia: sin importar lo que escuché, viajé y así fue, estaba perdido. Mi hogar era otro y había otro en mi lugar. Entonces, deseé regresar mi anterior época, buscar mi presente… pero eso sería volver al futuro de esa nueva línea temporal, en donde me encontré a mí mismo; viejo y moribundo… y vio de mi presencia una amenaza de usurpación. Los demás me vieron como un fantasma. Pero, él… yo, me encerró en esta presión que yo mismo tallé. No puedo usar la magia. Mis demonios pasaron a ser los esclavos de ese Salomón. Estoy solo y condenado. En medio de ese relato, Salomón comprendió cómo podría ser el mecanismo delicado de la linealidad de la realidad: si viajaba al futuro, creaba un nuevo presente en donde albergaría a dos conciencias idénticas, las de él; quedando así perdido en el espacio/tiempo. Por otro lado, si él viajaba al pasado, este se volvería su presente y regresar a su cronología original, sería viajar su futuro, en donde probablemente se tropezaría consigo mismo también; quedando extraviado de nuevo dentro de una inédita línea temporal. El tiempo correrá siempre hacia adelante y viajar a través de él es una ilusión; puesto que siempre este es progresivo para todo ser corpóreo que lo perciba y lo habite. Entonces, el anhelo de Salomón era poder estar afuera del tiempo sin separarse del espacio. ¡Un imposible dentro del plano tangible!; ya que aquel meollo cronológico no se presentaba al desdoblarse y caminar por los senderos de lo etéreo; pues en lo astral, el monarca mago podía saltar a nuevos universos (moviéndose en séptima dimensión), a nuevas realidades (moviéndose en octava dimensión); conociendo de tal forma el caldo primigenio de la realidad misma: la novena dimensión, el mundo cuántico, un no-lugar en donde se percibía todo; permitiendo vislumbrar las paradigmáticas décima y onceava dimensiones, más conocidas como el infierno y el paraíso, respectivamente. Pero, estos viajes él los hacía desde su condición astral. Era verdad que podía ver el pasado y el futuro (saltando en quinta dimensión), pero como lo hacía por medio espiritual, lo único que alcanzaba a divisar eran, a veces, solo vestigios incomprensibles. Por eso, Salomón deseaba visitar dichos escenarios del tiempo y del espacio de forma física, sin alterar nada, sin crear líneas de tiempo alternativas por su presencia; mientras se inmiscuía en los misterios de la humanidad, del cronoespacio y del metacosmos; para luego saltar en carne viva a otros universos, a otras realidades y seguir, sin problema alguno, en su aprendizaje. Al escucharlo, entendí tales ambiciones y comprendí que Salomón nunca iba a dejar de buscarme. Además, él estaba dispuesto a luchar por satisfacer su capricho, característica propia de cualquier paranoico monarca. En mi caso, no deseaba batallar en el plano físico ni en ningún otro, así pues, usé mi diestra verba demoniaca para disuadir la psiquis del noble y quebrarla. Sin embargo, Salomón fue inmune al pérfido encanto de mi voz y se mantuvo firme ante su demanda. Aquella ferocidad del rey se debía a los infernales que estaban subyugados por su fuerza. Así pues, usé mi último recurso… y desaparecí de su realidad y me dirigí un cosmos de la octava dimensión en donde la existencia de aquel insistente rey fuera tan frágil que yo pudiera destruirla sin problema alguno y así, una onda cargada con mi deseo se extendería por todas las realidades y ese pedante mago se alejaría de mí. Y así fue… me encontré yo caminando usando el cuerpo de un brujo como traje para aprender todo aquello que estaba a la sombra de mi saber, mientras buscaba a Salomón. Tras un largo e interesante caminar, llegué a la ciudad. Mucha multitud en sus calles, comercio de todo tipo en cada rincón, ruido, música, gritos, sudor, llanto, orina… era toda una enciclopedia para analizar, pero debía concentrarme en mi proceder. Pasaron unas horas y el cuerpo que habitaba murió, situación que incomodó, porque ya mis movimientos eran lentos y extraños para aquel que me veía, llamando la atención. Por ello, salí de aquella vasija inerte, dejándola dentro de la oscuridad de un callejón y me dirigí con presteza al palacio real. Y, entre sombra y sombra, llegué ante la madre del monarca. ¡Qué curioso! Ella sintió un frío demencial que la alteró… y supo que ya no estaba sola. No esperé más. Una parte de mí se hizo física y con el filo delicado y funesto para partir en dos a aquella mujer en cinta, mas… el maldito niño habló… ¡No! Fue su palabra dentro del vientre y, de pronto, como destellos de luz, aparecieron las siluetas de múltiples reyes y todos eran Salomón. Aparecieron un sinfín de reyes de realidades alternativas solo para frustrar mi ataque. Aquella mujer estaba escandalizada y lo ridículo y absurdo del momento la llevaron al desmayo. Cuando ella cae, un Salomón la sostiene con cuidado y, sin esperármelo, más manos aparecieron, eran extremidades de origen infernal que me tomaron con fuerza y me llevaron de vuelta a aquella realidad en donde había empezado la platica con el monarca sarnoso, apareciendo nuevamente ante él, aburrido y desarmado. Ante la sonrisa de Salomón, desistí de mi plan y de mi ataque. Y vi cómo mi laberíntica esencia empezaba aparecer sobre la superficie de un pergamino… mi energía era la tinta que plasmaba un sello que me atrapaba poco a poco, mientras maldecía para pertenecer, con altanería y rabia, a La llave y otorgarle al mago rey longevidad, enseñándole lo que su curiosidad demandara. Desde ese momento, mi salida al plano terrenal fue muy limitada. Pero, eso no importaba; ya que estaba embelesado en todas las almas que podía dominar en el interior del averno.

 

… aunque, ahora, el placer del dolor espectral no me empezaba a ser suficiente y, por ende, deseaba saborear el grito y llanto del vivo; incluyendo sus buenos momentos. Tenía ahora una nerviosa y fulminante pulsión que motivaba mi deseo por salir. Pero, para eso, debía ser invocado; algo muy improvisto a mi urgente afán, mas siempre hay otra forma, otro camino.

 

 

 

 

 

 

 

 

Thoughts

  • cande11

    Me solté en la parte de la quinta, la séptima y la octava dimensión, tuve que volver atrás. Me volvió a agarrar el niño que todavía en el vientre dice que no y se llena el cuarto de Salomones.

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  • solo_curioseo

    Lo de las once dimensiones me suena a la teoría M de los físicos, que también cuenta once, solo que aquí las dos últimas son el infierno y el paraíso. ¿De dónde te vino colocarlos ahí arriba del todo?

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  • Ovid

    Que el demonio termine hecho tinta sobre un pergamino, atrapado en la Llave, encaja con Valefor y Vassago, que salen con esos nombres en la Llave Menor de Salomón. A mí me deja pensando que el narrador nunca quiso ni el cielo ni el infierno, solo un cuerpo para sentir el tiempo, y que por eso ahora anda buscando quien lo invoque.

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  • LauraLetras

    Este apartado me hizo ver al narrador más con hambre que con maldad. Se va de la Ciudad de Plata en pleno motín de Lucifer, sin pelear en ningún bando, solo por oler, tocar, estar dentro del tiempo. Y que se llame hongo y moho lo pinta entero. Para mí ahí está su diferencia con los caídos: ellos caen por soberbia y él se escapa por antojo.

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