Tal vez una de las razones por las que tengo tanto miedo se deba a la ansiedad. Generalizada, como lo especificó la psiquiatra. Normalmente sería una emoción normal, experimentada por cualquiera, pero cuando es desproporcionada, insistente y hasta paralizante, hablamos del trastorno.
Me es imposible no pensar en absolutamente todo lo que puede salir mal, lo que está saliendo mal y lo que salió mal. Es un mar de escenarios e ideas en el que naufrago, hundiéndome en él, sin la posibilidad de nadar, nunca aprendí.
Es asfixiante, en esos momentos parece que todo el aire del mundo decidió acabarse de repente, pero pareciera que soy la única que lo necesita.
Una situación pequeña e insignificante puede repetirse tan insistentemente en mi cabeza, y derivar en cientos de conclusiones negativas, que me termina llevando a cuestionar todo de mí, incluyendo mi valor como persona.
Algunas veces me resulta exageradamente complicado atravesarlo o procesarlo de manera sana, varias veces he recurrido a métodos a los que no debería recurrir.
Volviendo a la línea de las cosas que me asustan, algo que no mencioné, es el terror que me genera la idea de volver a recurrir a ellos, sentir nuevamente que todo es demasiado, que la vida es demasiado; sentir que son lo único que me mantienen existiendo, porque en esos momentos la vida deja de sentirse como vida; ver nuevamente las caras de decepción y lástima de las personas a mi alrededor, sin estar segura de cuál de las dos me destroza más.
Me genera pánico lo mucho que pienso en ello cuando estoy alterada, parece que mi cuerpo lo necesitara, que dependiera de ello para funcionar. A veces se siente como lo único que conoce.
Es agotador, como si cada parte de mí buscara algo diferente y se desatara un combate. Es como si viviera en un estado constante de pelea y conflicto.