Saltar al contenido
Cargando…

Capítulo 20: Un día que debía ser divertido

DNavarrete
Pública 2 conversaciones 6 pensamientos 6 votos positivos 0 votos negativos 1 serie

La estación de tren bullía con una energía inusual aquella mañana de sábado. Familias enteras abarrotaban los andenes: padres ajustaban correas de mochilas, madres revisaban mapas mientras sostenían…

En series

In groups

Contenido de la publicación

La estación de tren bullía con una energía inusual aquella mañana de sábado. Familias enteras abarrotaban los andenes: padres ajustaban correas de mochilas, madres revisaban mapas mientras sostenían de la mano a niños que saltaban de impaciencia con globos de colores, y grupos de amigos reían señalando los carteles que anunciaban la inauguración del nuevo parque. El aire olía a café recién hecho, a pan dulce y a esa mezcla de nervios y alegría que antecede a una salida especial.

 

Bajo el letrero que indicaba la línea directa al parque, esperaban tres figuras destacando entre la multitud.

 

Kaede Takahashi lucía un conjunto sencillo pero lleno de su habitual elegancia: una blusa blanca de manga corta con cuello delicado, una falda azul marino que le llegaba justo por encima de las rodillas y una chaqueta ligera color crema que llevaba doblada con cuidado sobre un brazo. Su largo cabello castaño caía en ondas sueltas, recogido solo a un lado con un pequeño broche de nácar; y sobre su pecho, el collar que Haru le había regalado brillaba apenas con la luz del sol, un detalle que ella nunca dejaba de llevar. Se mantenía erguida, tranquila, observando el ir y venir de la gente con una sonrisa suave.

 

A su lado, Miyu Sato no podía quedarse quieta ni un segundo. Era la más baja del grupo, pero irradiaba tanta vitalidad que parecía llenar el espacio por sí sola. Vestía una sudadera de algodón rosa pastel, combinada con una falda corta de mezclilla clara y zapatillas blancas adornadas con pequeños llaveros de conejitos que colgaban de las agujetas. Llevaba una mochila enorme, tan abultada que casi la hacía inclinarse hacia adelante, llena de pañuelos, botellas de agua, caramelos y “cosas que podrían hacer falta”, aunque nadie sabía exactamente qué.

 

Y allí estaba Ren Nakamura, fiel a su estilo impecable: camisa azul clara con las mangas remangadas hasta los codos, pantalones negros de tela suelta y zapatillas deportivas limpias y ordenadas. Sus gafas descansaban perfectamente sobre el puente de su nariz, y en una mano sostenía una mochila pequeña y ordenada, mientras que en la otra apretaba un cuaderno de tapas duras, repasando una y otra vez las notas que había anotado.

 

—Primero iremos a la montaña rusa principal —murmuraba para sí mismo, recorriendo las líneas con la mirada—, antes de que la fila supere los cuarenta minutos. Luego a la zona acuática, a las doce almorzamos en el restaurante central, a la una…

 

Miyu le arrebató el cuaderno de un tirón, soltando una carcajada tan fuerte que varias personas se giraron a mirarlas.

 

—¡¿Trajiste un itinerario completo?!

 

Ren se sonrojó, ajustándose las gafas con nerviosismo.

 

—S-solo quería optimizar el tiempo… para aprovechar bien el día.

 

—¡Jajaja! ¡Miren quién habla! —señaló Miyu entre risas—. ¡El chico que dice que no le gustan las salidas largas nos trajo una agenda horaria!

 

Kaede se acercó para echar un vistazo a las páginas.

 

—Hasta marcaste los tiempos estimados de espera en cada atracción…

 

—Según la información oficial publicada ayer por la noche —aclaró él, aunque su voz perdía firmeza por momentos.

 

—¡Incluso investigó eso! —Miyu se llevó las manos a la cabeza—. ¡Eres más emocionado que yo misma!

 

—No lo soy… —protestó él.

 

—¡Lo eres! ¡Eres organizadamente emocionado!

 

Kaede soltó una risita suave mientras negaba con la cabeza.

 

—Alguien tenía que pensar en el orden —dijo con ternura—. Si no, acabaríamos perdiéndonos o pasando la mitad del día en una sola fila.

 

—¡Yo también me preparé! —Miyu levantó el teléfono como si fuera un trofeo—. ¡Miren esto!

 

Abrió la aplicación oficial del parque y les mostró la pantalla llena de marcas de colores.

 

—¡Ya tengo señaladas todas las atracciones! ¡Los puestos de algodón de azúcar, los helados gigantes, los espectáculos de marionetas… y hay una mascota con forma de conejo gigante! ¡Tengo que sacarme una foto con ella sí o sí!

 

Ren suspiró, pero una pequeña sonrisa se le escapó.

 

—Ya me lo imaginaba…

 

Mientras tanto, Kaede había estado revisando algo más en su propio teléfono. No eran las atracciones, sino una lista detallada de lugares para comer.

 

—Dicen que hay un restaurante italiano con pasteles caseros… —deslizó el dedo por la pantalla—, también uno que sirve platos tradicionales de la región… y una pastelería donde hacen postres tan grandes que hay que compartirlos entre varias personas.

 

Alzó la vista hacia sus amigos, con una expresión llena de cariño.

 

—Creo que a Lilia le gustaría probar todo un poco. Seguro nunca ha tenido la oportunidad de comer cosas así.

 

Miyu suavizó la mirada.

 

—Siempre piensas en ella, ¿verdad?

 

—Es lo mínimo —respondió Kaede con sencillez—. Todo esto es nuevo para ella.

 

Ren asintió despacio.

 

—Tienes razón. Para nosotros es solo un día de diversión, pero para ella… es como descubrir un mundo entero.

 

Por unos instantes, el ruido de la estación pareció desvanecerse. Y entonces, como si el pensamiento los hubiera llevado allí, todos recordaron aquella visita de hace años…

 

El recuerdo

 

Hacía mucho tiempo, en aquel mismo parque…

 

—¡¡CORRAN, CORRAN!! —gritaba Haru, adelantándose a todos con una bolsa enorme repleta de premios que apenas podía sostener.

 

—¡¡GANÉ OTRO PELUCHE!! ¡Y este es más grande que el anterior!

 

—¿Cómo lo haces? —jadeaba Ren, siguiéndolo con las manos vacías y completamente agotado—. ¡Es imposible acertar tantas veces seguidas!

 

—¡Porque tengo talento natural! —respondió él sin dejar de sonreír.

 

—¡Eso no existe!

 

—¡Claro que sí! ¡Mira, mira!

 

Kaede caminaba detrás, cargando tres bolsas de recuerdos y tratando de no perderlos de vista.

 

—¡Esperenme, por favor! ¡No vayan tan rápido!

 

—¡¡KAEDE, MIRA ESTO!! —Haru levantó un conejo de peluche casi tan alto como él mismo—. ¡¡LO CONSEGUÍ AL PRIMER INTENTO!!

 

Hasta el encargado del puesto miraba con la boca abierta, sin entender cómo alguien podía tener tanta suerte (o habilidad) en todos los juegos.

 

Durante todo el día, Haru no dejó de ganar nada: peluches de todos los tamaños, llaveros, figuras de madera, cajas de música… hasta una espada inflable tan grande que golpeaba el techo de los pasillos. Al final, tuvo que pedir ayuda a Ren para llevarlo todo.

 

—Te dije que pararas en cuanto llenamos la primera bolsa —decía Ren, con los brazos cargados.

 

—Pero todavía me falta ese dragón gigante que está al final —señaló él con el dedo.

 

—¡Ya no tenemos espacio ni en las manos!

 

—¡Compramos otra bolsa!

 

—¡¡NO!!

 

Horas más tarde, salían de la montaña rusa más alta del parque. Kaede caminaba con paso firme, como si nada hubiera pasado. Ren iba un poco pálido, apoyándose en el hombro de Miyu. Ella reía sin parar, ya pidiendo volver a subir. Y Haru…

 

Dio dos pasos, se detuvo en seco y se quedó inmóvil. Su rostro había perdido todo color.

 

—¿Haru? —preguntó la Kaede de aquel entonces, inclinando apenas la cabeza.

 

Él levantó un dedo tembloroso.

 

—Creo… creo que…

 

Y de repente, salió corriendo hacia el cubo de basura más cercano.

 

—¡¡BLEEEEGH!!

 

Ren se llevó una mano a la frente.

 

—Sabía que terminaría así… te dije que no subieras cinco veces seguidas.

 

—Pero… —Haru levantó el pulgar entre arcadas— valió… la pena…

 

Kaede le sostenía el cabello con una mano y suspiraba, aunque con una sonrisa llena de ternura.

 

—Siempre haces lo mismo…

 

El recuerdo se desvaneció poco a poco. Los tres guardaron silencio unos segundos, con una mezcla de risa y nostalgia en el pecho. Kaede apretó suavemente el collar sobre su pecho y luego guardó el teléfono.

 

—Seguro ya está llegando —dijo, recuperando el tono alegre—. No se retrasaría sin avisar.

 

En ese preciso instante, una voz suave y tranquila se escuchó a sus espaldas:

 

—Disculpen la demora.

 

Los tres se giraron al mismo tiempo. Y por un momento, el ruido de la estación pareció detenerse.

 

Lilia caminaba hacia ellos con paso sereno, vistiendo el conjunto que habían elegido para ella: una chaqueta corta de color verde salvia, de manga larga y bordados sutiles en las mangas, sobre una blusa blanca con cuello alto de encaje y un pequeño broche azul en el centro. La falda era de un tono morado oscuro profundo, con una cintura muy alta adornada con un broche dorado y una cadena con una pequeña perla azul que colgaba con elegancia. El borde inferior de la falda llevaba un fino bordado dorado que brillaba con cada movimiento. Su largo cabello rubio caía en ondas sueltas sobre sus hombros, recogido solo a un lado con una pluma blanca y una pequeña cinta del mismo azul de su broche.

 

No había rastro de armaduras, de botas pesadas ni de armas. Solo aquel vestido sencillo, cuidado y lleno de delicadeza. Y aun así… al verla avanzar con esa calma natural, con la mirada clara y serena, parecía como si una figura sacada de un libro de cuentos hubiera cobrado vida entre la gente corriente.

 

Varios pasajeros que pasaban cerca se detuvieron un instante para mirarla. Algunos murmuraban entre ellos, otros apartaban la vista apenados al ser descubiertos, y otros simplemente la observaban con admiración.

 

Miyu abrió la boca, pero no salió ninguna palabra. Ren se ajustó las gafas por puro reflejo, como si necesitara ver mejor. Incluso Kaede tardó unos segundos en reaccionar, impresionada por lo bien que le quedaba aquel estilo tan distinto al que siempre había llevado.

 

Lilia llegó hasta ellos y se detuvo con naturalidad, ajena a todo el revuelo que había causado.

 

—¿Sucede algo? —preguntó con su habitual calma.

 

Al ver que seguían sin responder, inclinó ligeramente la cabeza, un poco confundida.

 

—¿La ropa… no es la adecuada para el lugar?

 

Miyu recuperó el aliento de golpe y negó con fuerza.

 

—¡No, para nada! ¡Es preciosa! ¡El problema es… —se llevó las manos a la cabeza, sin saber cómo explicarlo— ¡que incluso vestida de forma tan sencilla pareces una princesa saliendo de palacio! ¡Mira cómo te miran todos!

 

Lilia observó discretamente a su alrededor, notando las miradas y luego volviendo a mirarlos a ellos con total tranquilidad.

 

—No entiendo la razón —dijo con sinceridad—. Solo llevo la ropa que me dieron.

 

Kaede soltó una risita suave, dándole una palmadita en el brazo con cariño.

 

—No te preocupes… es que ya nos vamos acostumbrando, pero a los demás les sorprende ver lo elegante que eres sin esfuerzo.

 

Ren cerró su cuaderno y se lo guardó en la mochila.

 

—Mejor subamos al tren antes de que salga —dijo, aunque con una sonrisa divertida—. O antes de que Miyu empiece a reclamarle a todo el mundo por mirarte demasiado.

 

—¡Oye, yo no haría eso! —protestó ella, aunque ya se notaba que la emoción volvía a ganar terreno.

 

Los cuatro comenzaron a caminar juntos hacia la puerta del vagón, entre la multitud y el sol que empezaba a calentar más fuerte. Ninguno sabía todavía que aquel día, que había empezado como una simple salida al parque, terminaría convirtiéndose en uno de esos recuerdos que se guardan con más cariño… junto a todos los que ya habían compartido con quien ya no estaba allí, pero que seguía presente en cada risa, en cada plan y en cada paso que daban juntos.

 

El tren se detuvo con suavidad frente a la inmensa estación del parque de diversiones. Apenas se abrieron las puertas, una ola de música alegre, risas contagiosas y el dulce aroma a algodón de azúcar y palomitas de maíz los envolvió por completo. Un enorme arco de colores brillantes daba la bienvenida, y al fondo se veían las siluetas de las montañas rusas surcando el cielo, la rueda de la fortuna girando despacio y decenas de atracciones que prometían diversión sin fin.

 

—¡Llegamos! —exclamó Miyu levantando los brazos llena de emoción.

 

Sin esperar a nadie, salió disparada como un pequeño torbellino entre la multitud.

 

—¡Las botargas! ¡Voy a saludar a las botargas!

 

—¡Miyu, espera por favor! —intentó decir Kaede, pero ya era demasiado tarde.

 

La chica ya había llegado hasta la entrada y abrazaba con entusiasmo al enorme conejo de peluche que saludaba a todos los visitantes.

 

Mientras tanto, Lilia se había quedado inmóvil, observando fijamente a aquella criatura gigante. Sus ojos se entrecerraron con cautela, su postura cambió de golpe: espalda erguida, peso repartido, lista para reaccionar.

 

—¿Lilia? —preguntó Ren con cautela al notar el cambio.

 

Ella dio un paso al frente, con total seriedad.

 

—Es un enemigo.

 

Antes de que nadie pudiera decir nada más, una espada apareció lentamente en su mano, sacada de su espacio dimensional.

 

—Eliminaré la amenaza antes de que ataque a los civiles.

 

—¡¡NOOO!! —gritaron Ren y Kaede al unísono, sujetándola cada uno de un brazo con rapidez.

 

—¡Espera, no hagas nada! —pidió Kaede.

 

—¡No es un enemigo! —añadió Ren.

 

Lilia los miró confundida, sin entender por qué la detenían.

 

—Pero tiene cabeza de bestia y un tamaño descomunal —señaló con la mirada hacia el conejo—. Es una criatura de combate.

 

—No —negó Ren con calma—. Es un disfraz. Hay una persona normal dentro.

 

Lilia volvió a observar con atención. El enorme conejo seguía saludando a los niños, haciéndoles señas con las manos y abrazando a una niña pequeña que se le acercó riendo.

 

Guardó la espada lentamente, aunque sin perder la expresión seria.

 

—Una estrategia de infiltración muy extraña.

 

Kaede tuvo que llevarse una mano a la boca para no estallar en risas. Ren simplemente suspiró, frotándose el puente de la nariz.

 

—Más tarde te explico bien…

 

No terminó la frase cuando Miyu regresó corriendo y agarró a Lilia de la mano con fuerza.

 

—¡Ven, ven! ¡Tenemos que sacarnos una foto!

 

—¿Eh? —Lilia apenas tuvo tiempo de reaccionar antes de ser arrastrada hasta el lado del conejo.

 

—¡Párate aquí! —indicó Miyu, colocándola justo al lado de la botarga.

 

Lilia permaneció con los brazos a los costados, mirando fijamente al supuesto “enemigo” con total vigilancia, como si en cualquier momento fuera a saltar sobre ellos.

 

—¡Sonrían! —dijo Kaede alzando el teléfono.

 

Miyu hizo una enorme señal de paz y sonrió de oreja a oreja. El conejo levantó ambos pulgares. Y Lilia… siguió completamente inmóvil, con la mirada fija y seria.

 

Click.

 

Kaede miró la imagen y sonrió.

 

—Salió preciosa.

 

Miyu la observó y estalló en risas.

 

—¡Parece que lo estás custodiando para que no haga ninguna locura!

 

Lilia inclinó ligeramente la cabeza.

 

—¿Estás segura de que no es un monstruo?

 

Ren ajustó sus gafas.

 

—Segurísimo.

 

—¿Respira?

 

—Sí.

 

—¿Come?

 

—También.

 

—¿Entonces por qué se cubre así?

 

Ren se quedó unos segundos pensando cómo explicárselo.

 

—Es… una forma de entretenimiento. Las personas usan estos disfraces para alegrar a los demás.

 

Lilia volvió a mirar al conejo, que ahora hacía reír a un niño haciéndole cosquillas. Su expresión se suavizó muy levemente.

 

—Comprendo —dijo, haciendo una pequeña inclinación de cabeza hacia la botarga—. Entonces cumple una misión honorable.

 

Kaede y Miyu tuvieron que darse la vuelta para no reírse en su cara, conteniendo la risa con todas sus fuerzas. Ren soltó otro largo suspiro, pero con una sonrisa.

 

—Creo que sí… eso también sirve.

 

Una vez dentro, comenzaron el recorrido tal como había planeado Ren: empezando por las atracciones más tranquilas. Primero un paseo en bote por un río tranquilo, luego un carrusel y después la casa encantada.

 

Allí ocurrió algo curioso: los actores disfrazados terminaron asustándose más ellos que ella. Cuando uno salió de repente gritando “¡Buuu!”, Lilia apenas giró la cabeza y dijo con total calma: “Emboscada detectada”. El actor sintió un escalofrío que le recorrió toda la espalda y se quedó paralizado un instante, con la clara sensación de que esa chica era mucho más temible que cualquier fantasma que él pudiera interpretar. Al salir, Miyu no podía respirar de tanto reír.

 

—¡El fantasma salió corriendo de ti! ¡Pensó que tú eras el monstruo!

 

—Yo solo lo miré —respondió Lilia confundida.

 

—¡Exactamente! Esa mirada tuya…

 

Más tarde se acercaron a los puestos de juegos. Miyu probó suerte primero: tres lanzamientos, tres fallos.

 

—¡Está amañado! —protestó con los brazos cruzados.

 

—Solo necesita un poco más de práctica —sonrió el encargado amablemente.

 

Ren tampoco tuvo mucha suerte, y Kaede logró acertar una sola vez, sin llegar al premio mayor.

 

Entonces Lilia tomó una pelota. Observó la distancia, el peso, la inclinación de los objetivos y la dirección del viento… todo en menos de un segundo. Lanzó con un movimiento suave y preciso.

 

¡CLAC!

 

Derribó todos los objetivos de un solo golpe.

 

El silencio se apoderó del puesto un instante. El encargado abrió mucho los ojos.

 

—F-felicidades… aquí tiene su premio.

 

Le entregó un enorme conejo de peluche.

 

—Gracias —dijo ella, tomándolo con naturalidad.

 

—¡¡Vuelve a intentarlo!! —gritó Miyu emocionadísima.

 

Cinco minutos después, tenían una montaña de premios: un oso gigante, un dragón, un gato y un zorro enorme. Ren miraba la pila sin saber qué decir. Kaede sonrió con ternura y nostalgia.

 

—Se parece tanto a Haru…

 

—Es verdad —asintió Miyu—. Él también ganaba todo sin esfuerzo.

 

Miraron a Lilia, que sostenía los peluches como si nada.

 

—¿Quieres seguir ganando? —preguntó Miyu.

 

Lilia negó con la cabeza y miró a un niño pequeño que observaba los premios con ojos tristes. Sin decir una palabra, se acercó y le entregó el enorme conejo.

 

—¿Es… para mí? —preguntó el niño sorprendido.

 

—Sí —respondió ella simplemente.

 

El pequeño lo abrazó con una sonrisa inmensa y corrió a contárselo a su madre.

 

—Eres demasiado buena para este mundo —dijo Miyu con voz tierna.

 

—Solo tengo demasiados —replicó Lilia con total naturalidad.

 

Los tres sonrieron. Y en ese momento, sin darse cuenta, aquel parque volvió a llenarse de esa misma alegría despreocupada que habían compartido tantas veces con Haru. Solo que ahora, había alguien más caminando a su lado, descubriendo poco a poco que el mundo también podía ser divertido, tranquilo y lleno de gestos sencillos que hacían felices a los demás.

 

Después de recorrer las atracciones más tranquilas, el grupo se sentía mucho más relajado. Incluso Lilia empezaba a comprender por qué aquel lugar llenaba a la gente de alegría: los paseos en bote, la rueda de la fortuna, los autos chocadores y los juegos de puntería le habían parecido curiosos… aunque nada que realmente pudiera llamar “emocionante”.

 

Fue entonces cuando Miyu levantó el dedo señalando una imponente estructura de acero que se alzaba por encima de todo.

 

—¡Ahora sí llega lo bueno!

 

Los tres siguieron su mirada. Allí estaba: la montaña rusa. Sus rieles atravesaban todo el parque con caídas casi verticales, giros imposibles y vueltas que parecían desafiar cualquier ley de la gravedad.

 

Lilia la observó unos segundos con atención.

 

—¿Ese vehículo transporta personas?

 

—Así es —respondió Ren—. Es la atracción más famosa de aquí.

 

Lilia volvió a analizar su recorrido.

 

—Parece un método de entrenamiento bastante intenso.

 

Kaede sonrió divertida.

 

—Podría decirse que lo es.

 

—Ya veremos si opinas lo mismo cuando bajemos —añadió Miyu soltando una risita.

 

Minutos después, los cuatro ya estaban sentados en sus asientos. Lilia iba junto a Kaede, mientras justo delante iban Ren y Miyu. La barra de seguridad descendió con un fuerte clic. Lilia la empujó suavemente con la mano para comprobar su firmeza.

 

—Está bien asegurada.

 

—Claro que sí —confirmó Kaede.

 

El vagón comenzó a avanzar. Muy despacio. Clac… clac… clac… Subía poco a poco por la enorme pendiente inicial. Lilia miró a su alrededor: el paisaje se veía bonito, el viento soplaba suavemente. Entonces habló con total tranquilidad:

 

—Se mueve excesivamente lento.

 

—Espera… —dijo Miyu desde el asiento de adelante, conteniendo la risa.

 

—¿Esperar qué?

 

—Todavía falta lo mejor.

 

Lilia miró a las demás personas que iban con ellos: algunos sujetaban la barra con fuerza, otros cerraban los ojos, y había quien ya empezaba a gritar antes de llegar siquiera a la cima.

 

—Qué extraño… —murmuró ella—. No entiendo por qué están tan nerviosos.

 

Finalmente, llegaron arriba. Todo quedó inmóvil. Desde allí se veía prácticamente todo el parque. Lilia inclinó apenas la cabeza.

 

—¿Eso era todo?

 

Un segundo de silencio absoluto.

 

Y entonces… el suelo desapareció bajo ellos.

 

—¿Eh?

 

El vagón cayó casi en vertical.

 

—¡¡AAAAAAAAAA!!

 

Miyu comenzó a gritar sin parar. Kaede también. Incluso Ren, que intentaba mantener la compostura, terminó soltando un grito involuntario. La velocidad aumentó de golpe. Una curva cerrada. Otra. Un giro completo de 360 grados. Y otro más. El mundo parecía dar vueltas alrededor de ellos; el viento golpeaba con fuerza y el cabello rubio de Lilia se alzaba completamente hacia atrás.

 

Pero su expresión… era distinta. No gritaba. No decía una palabra. Su rostro estaba pálido, los labios apretados con fuerza y sus manos sujetaban la barra de seguridad con tanta intensidad que sus nudillos se habían vuelto blancos. Parecía que iba a arrancarla de un momento a otro.

 

Miyu giró apenas la cabeza y estuvo a punto de reírse en plena caída. Kaede también alcanzó a verla: seguía con la dignidad de una guerrera, sin emitir ni un sonido, pero su mirada lo decía todo con total claridad: “Tengo muchísimo miedo… pero no voy a ceder”.

 

—¡Jajajaja! —se le escapó a Kaede entre el viento y los gritos.

 

La montaña seguía su curso: otra caída, otra espiral, un túnel oscuro… hasta que finalmente los frenos empezaron a actuar y la velocidad disminuyó poco a poco hasta detenerse suavemente en la estación.

 

Un silencio breve volvió a reinar. La barra se levantó y los cuatro descendieron. Miyu todavía reía recuperando el aliento; Ren respiraba hondo ajustándose las gafas; Kaede estiraba los brazos soltando un suspiro largo. Y Lilia… caminaba perfectamente derecha, con la misma elegancia de siempre, como si absolutamente nada hubiera pasado.

 

Miyu la miró con una sonrisa traviesa.

 

—¿Ves? No fue para tanto.

 

Lilia asintió con firmeza.

 

—Correcto. Fue… una experiencia interesante.

 

Dio dos pasos más. Se detuvo. Los demás también se pararon al notarlo. Lilia permaneció inmóvil unos instantes. Y entonces, muy despacio, su cuerpo se inclinó hacia un lado.

 

—¿Lilia? —preguntó Kaede preocupada.

 

Lilia levantó una mano con total dignidad.

 

—Un momento…

 

Y al segundo siguiente…

 

—¡Buaaaagh…!

 

Se apartó discretamente hacia un pequeño jardín cercano y terminó vomitando.

 

Silencio total durante unos segundos. Los tres la observaron. Lilia se incorporó lentamente, sacó un pañuelo, se limpió la boca y respiró hondo. Luego, con la misma expresión seria de siempre, declaró:

 

—Retiro lo dicho.

 

Hizo una pausa breve y miró hacia la enorme estructura.

 

—Esa máquina fue creada por un demonio.

 

Nadie dijo nada durante tres segundos. Y entonces…

 

—¡¡JAJAJAJAJAJAJAJA!!

 

Miyu cayó literalmente de rodillas riéndose. Kaede tuvo que apoyarse en un poste porque no podía contener la risa. Hasta Ren, siempre tan serio, terminó doblándose de la risa mientras se ajustaba las gafas.

 

—¡Lilia…! —alcanzó a decir Miyu entre carcajadas—. ¡Hace cinco minutos decías que iba demasiado lento!

 

Lilia cruzó los brazos con toda la dignidad que le quedaba.

 

—Fui engañada. Ocultaron información importante.

 

Ren apenas podía hablar, pero consiguió decir:

 

—Eso… eso mismo dijo Haru la primera vez que vino.

 

Los tres se quedaron callados un instante, con una sonrisa llena de ternura y nostalgia.

 

—También bajó caminando muy derecho y digno —completó Miyu—. Y cinco segundos después… vomitó igual que tú.

 

Lilia guardó silencio unos segundos, mirando cómo otro vagón empezaba a subir lentamente hacia la cima.

 

—Confirmado —dijo al final.

 

—¿Qué cosa? —preguntaron al mismo tiempo.

 

Ella los miró con total sinceridad.

 

—Ese aparato derrota incluso a los héroes.

Thoughts

  • feDeObrero

    Lilia dándole el conejo gigante al niño y diciendo que solo tiene demasiados, sin discurso ni que nadie se lo pida. Me gustó más que toda la montaña rusa.

    Permalink
  • mediosiglo

    Kaede apretando el collar mientras dice que seguro ya está llegando, y un rato después Lilia repitiendo paso por paso el día de Haru: los premios sin esfuerzo, bajar derechita, vomitar a los cinco segundos. A mí eso me suena a lo que hace la gente cuando le falta alguien: le busca al que llega los gestos del que se fue, y se alegra y se asusta a la vez cuando aparecen. Ren diciendo que Haru dijo lo mismo la primera vez es lo más triste del capítulo, escondido en lo más gracioso.

    Permalink
  • Ovid

    Lilia sacando la espada delante de la botarga del conejo porque tiene cabeza de bestia y tamaño descomunal me hizo pensar en la primera vez que llevas a alguien de fuera a un sitio que para ti es normal: todo lo que tú ya no ves, esa persona lo mira como amenaza o como milagro. Apuesto a que el capítulo que viene lo cuenta ella. Gracias por seguir con la serie!

    Permalink
  • filoDeNavaja

    Lilia mirando la montaña rusa con cara de que eso es un método de entrenamiento y después bajando con los nudillos blancos y toda la dignidad del mundo me dio la mejor risa de la semana. Lo gracioso es que la guerrera del grupo cae en la misma trampa que Haru, y los otros tres lo ven venir desde la fila. Apuesto a que en dos capítulos es ella la que arrastra a alguien nuevo a subirse, con la misma cara seria.

    Permalink

Related posts

  • Capítulo 11: recuerdos pasados

    Al cruzar las puertas del arcade, Lilia se detuvo por un instante, como si un muro invisible la hubiera detenido en seco.

  • Capítulo 10: un día…. ¿Normal?

    Las bolsas eran demasiadas.

  • Capítulo 1: El asiento vacío

    La Academia Seishin siempre despertaba antes que la ciudad que la rodeaba. Incluso cuando el cielo aún conservaba los tonos pálidos de la mañana y el aire tenía esa frescura que anunciaba el inicio…

  • Capítulo 21: pequeños detalles

    Tras semejante experiencia, el grupo decidió tomarse un respiro. Encontraron una mesa bajo la sombra de un gran árbol, rodeados del aroma dulce de los puestos de comida. Lilia sostenía un vaso de…

  • Capítulo 17: Un nuevo incidente

    El timbre resonó por todo el edificio con su tono claro y agudo, anunciando el inicio del descanso. En cuestión de segundos, el silencio tranquilo de las aulas se transformó en un murmullo…

  • Capítulo 16: La guardiana de los libros

    Aquel amanecer trajo consigo una luz suave y dorada que se filtraba entre las cortinas de la casa Haruno. Poco después de que el sol asomara por el horizonte, la hermana mayor de Haru subió las…

  • Capítulo 13: Primer día de clases

    La mañana había comenzado con la luz del sol iluminando los pasillos de la escuela, tal como lo hacía siempre. El sonido de los alumnos charlando, las risas y el ruido de las mochilas llenaban el…

  • Capítulo 5: Antes de decir la verdad

    La furgoneta avanzaba por las calles con un ritmo constante.