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Capítulo 33: Una lectora impaciente

DNavarrete

Contenido de la publicación

Lilia ya había terminado de leer los cuatro libros que había llevado de la biblioteca pública. Le había tomado menos de una semana.

 

Para cualquier persona normal, aquello habría sido una buena cantidad de lectura. Para Lilia, sin embargo, significaba que tenía un problema. Había llegado al final de dos historias que todavía no habían terminado. Y ahora necesitaba saber qué sucedía después.

 

Cerró el último libro y lo dejó con cuidado sobre la mesita de su habitación. Se quedó sentada en la cama unos instantes, mirando la portada.

 

—La historia continúa…

 

Lo dijo con una seriedad casi solemne. Volvió a abrir el libro, comprobó que no hubiera más páginas y lo cerró de nuevo. No había nada más. La historia terminaba allí… o mejor dicho, continuaba en otro volumen que ella todavía no tenía.

 

Lilia frunció el ceño.

 

—Una estrategia bastante cuestionable por parte del autor.

 

Entonces recordó lo que Miyu le había explicado en la biblioteca: «Cuando terminas una parte y tienes que esperar la siguiente, te quedas pensando en lo que podría pasar. Y cuando por fin consigues el libro, las ganas son todavía mayores».

 

En aquel momento no lo había entendido del todo. ¿Por qué alguien disfrutaría esperando para saber el final? Ahora lo comprendía perfectamente. Y ese era precisamente el problema: tenía demasiadas preguntas.

 

¿Qué pasaría con los protagonistas? ¿Resolverían el conflicto? ¿Qué haría aquel personaje que apareció justo al final? ¿Por qué terminar el libro justo ahí?

 

Lilia miró la portada una vez más.

 

—Miyu tenía razón.

 

Era una conclusión poco agradable, pero los hechos eran los hechos: la espera también formaba parte de la experiencia. Sin embargo, eso no significaba que tuviera que esperar más de lo necesario.

 

Se levantó de un salto.

 

—Debo adquirir los siguientes volúmenes.

 

La decisión estaba tomada. Y como toda misión importante, requería ejecución inmediata.

 

—¡Lilia, el desayuno está listo! —la llamó su madre desde la cocina.

 

—¡Voy!

 

Bajó las escaleras vestida con vaqueros, una polera sencilla y un bolso donde llevaba su cartera y una lista con los títulos que necesitaba. En la mesa la esperaba su desayuno, y su madre acababa de colocar un plato con panqueques humeantes.

 

—Siéntate y come bien antes de salir. No hay prisa.

 

—Lo entiendo.

 

Tomó un panqueque con una mano.

 

—Bien, entonces siéntate…

 

Pero Lilia ya caminaba hacia la puerta.

 

—¡Lilia!

 

—¡Vuelvo enseguida!

 

—¡Al menos come tranquila!

 

—¡Ya he empezado!

 

Y con aquella impecable lógica, salió corriendo de la casa con el panqueque todavía en la mano.

 

La puerta se cerró. En la cocina reinó el silencio unos segundos. Aiko, sentada a la mesa, levantó despacio la mirada. Miró a su madre. Su madre miró la puerta. Y entonces escucharon los pasos rápidos alejándose por la calle.

 

Aiko estalló en risas.

 

—¡Jajajaja! Mamá, parecía que la perseguía un dragón.

 

Su madre suspiró recogiendo el plato que su hija había dejado.

 

—Solo espero que cruce bien las calles.

 

—¡Un dragón sería más lento que ella cuando quiere algo! —dijo Aiko secándose una lágrima de risa.

 

—Aiko…

 

—¿Qué? ¡Es verdad!

 

Su madre negó con la cabeza, pero una sonrisa se le escapó. Desde que Lilia llegó, las mañanas tranquilas parecían haberse vuelto algo raro. Y curiosamente… no le molestaba en absoluto.

 

Mientras tanto, Lilia caminaba hacia la estación del metro con paso firme. No saltaba ni daba vueltas de emoción; simplemente avanzaba con la determinación de quien cumple una misión de alto nivel. En su mente todo estaba claro:

 

    Llegar al centro.

    Encontrar la librería.

    Comprar los siguientes tomos.

    Volver a casa y seguir leyendo.

 

Una operación sencilla. Sin embargo, al acercarse a la estación, empezó a notar algo extraño: la gente la miraba.

 

Al principio no le dio importancia. Quizá alguien la reconocía de la escuela. Pero tras unos metros, volvió a notarlo. Una mujer giró la cabeza al pasar. Dos jóvenes dejaron de hablar para mirarla. Un hombre la siguió con la mirada hasta que pasó de largo.

 

Lilia redujo el paso.

 

¿Tengo algo mal?

 

Se miró la ropa: pantalones, camiseta, zapatos cómodos. Nada fuera de lugar. Se tocó el cabello: suelto, limpio, con aquel brillo dorado que siempre tenía. Se había peinado de forma sencilla, sin adornos. No halló nada raro.

 

¿Me vestí mal?

 

La preocupó. En su antiguo mundo, lucir mal podía significar no estar preparada. En este, al parecer, también había reglas sociales que todavía no dominaba. Observó a los demás: nadie se reía, nadie parecía asustado. Simplemente la miraban.

 

¿Será costumbre de aquí?

 

Estaba a punto de concluir que se trataba de algo cultural cuando escuchó una vocecita a su lado:

 

—Mamá, mamá.

 

Lilia giró la cabeza. Una niña pequeña, tomada de la mano de su madre, la señalaba con los ojos muy abiertos.

 

—¿Sí, cariño?

 

—¿Esa señorita es una princesa?

 

Lilia se detuvo en seco. La madre se puso nerviosa.

 

—¡Perdónala! No debe señalar a la gente.

 

—Pero es tan linda… —insistió la niña.

 

—Lo siento mucho —repitió la madre.

 

Lilia no supo qué responder. ¿Una princesa? ¿Ella? La niña la miraba con absoluta fascinación.

 

—No… no soy una princesa —dijo al fin.

 

La niña ladeó la cabeza.

 

—¿Entonces eres un hada?

 

Lilia se quedó sin palabras.

 

—Vamos, cariño —dijo la madre sonriendo con ternura—. Dejemos pasar a la señorita.

 

—¡Adiós, princesa! —la saludó la niña alegremente mientras se alejaban.

 

Lilia siguió caminando, un poco más despacio. ¿Un hada? Eso era aún más difícil de responder.

 

Pero el asunto no terminó ahí.

 

—Mira esa chica… ¿será modelo?

 

—No sé, pero parece salida de una película.

 

—Con ese cabello, podría ser una celebridad.

 

—Es tan elegante aunque vaya vestida tan simple…

 

Escuchaba cada comentario y sus mejillas empezaron a teñirse de rosa. Intentó concentrarse: la librería, los libros, la misión. Pero las voces seguían.

 

—Su cabello brilla de una forma preciosa.

 

—Parece tan suave…

 

—Si yo tuviera una hija así…

 

Bajó la cabeza. El sonrojo iba en aumento. No entendía nada. Había cruzado campos de batalla, enfrentado monstruos, luchado contra enemigos capaces de destruir ciudades… y nada de eso la había preparado para caminar por una calle mientras la gente decía lo bonita que era. Lo peor era que no se burlaban. Lo decían de verdad. Y eso la desconcertaba todavía más.

 

Se acomodó el cabello detrás de la oreja, nerviosa.

 

—No comprendo… —murmuró.

 

Recordó entonces que en la escuela le habían contado que algunas personas eran famosas solo por su aspecto, o trabajaban como modelos. ¿La confundían con una de ellas? Lo pensó un instante y lo descartó. No quería ser modelo. Su objetivo era mucho más importante: necesitaba saber qué pasaba en el siguiente capítulo.

 

Apretó el bolso y reanudó la marcha hacia la estación, aunque ahora caminaba con la mirada baja y las mejillas encendidas. La misión no había cambiado… pero acababa de descubrir un obstáculo inesperado. Y lamentablemente, no tenía ni idea de cómo enfrentarlo.

 

El tren llegó a la estación del centro de la ciudad y las puertas se abrieron. Lilia descendió del vagón con el bolso al hombro y el rostro todavía teñido de rojo. Caminó unos pasos hasta llegar a una pared cercana y se apoyó contra ella.

 

—……

 

Permaneció allí en silencio. Tras unos segundos, levantó la mirada hacia el escaparate que tenía enfrente. El cristal reflejaba su imagen con claridad: cabello plateado, ropa sencilla, bolso colgado… y un rostro completamente encendido.

 

Se contempló durante unos instantes.

 

—Tengo la cara demasiado caliente.

 

Se llevó una mano a la mejilla. No tenía fiebre; ya sabía bien cómo se sentía estar enferma, y esto no se parecía en nada a su resfriado reciente. Simplemente estaba avergonzada. Mucho.

 

—¿Por qué…?

 

El trayecto hasta la estación había sido desconcertante, pero el viaje en tren resultó todavía peor. Al principio intentó ignorar las miradas, concentrándose en la ventana o en los anuncios. Pronto descubrió que no bastaba. Las voces seguían a su alrededor:

 

—Mira esa chica…

 

—¡Qué cabello tan hermoso!

 

—¿Será modelo?

 

—Parece sacada de un anime…

 

Algunos susurraban creyendo que no los oía. Otros ni siquiera se molestaban en bajar la voz. Pero todos cometían el mismo error: Lilia podía escucharlos perfectamente. Sus sentidos eran mucho más agudos que los de cualquier persona normal. Y durante todo el recorrido escuchó prácticamente lo mismo: elogios a su cabello, a sus ojos, preguntas sobre si era famosa… hasta una mujer que dijo que le habría encantado tener una hija así.

 

Cerró los ojos.

 

—Esto es agotador…

 

Lo más desconcertante era que nadie tenía malas intenciones. No la provocaban, no la amenazaban, no se burlaban. Simplemente decían lo que veían. Y Lilia no sabía cómo reaccionar.

 

En su antiguo mundo era muy distinto. Allí todos conocían su rostro: la General del ejército del Rey Demonio, el arma que había arrasado tierras enteras. Su nombre provocaba miedo. Nadie la miraba con admiración. Nadie la llamaba hermosa. Nadie la llamaba princesa.

 

Pero aquí… nadie conocía aquella historia. La gente que pasaba a su lado no veía a una guerrera temida. Veían a una chica de cabello plateado, con ojos claros, vestida con sencillez. Y nada más.

 

Bajó la mirada hacia sus manos.

 

—Es extraño…

 

No sabía si se sentía bien o incómoda. Quizá ambas cosas a la vez. Por primera vez la miraban sin temor. Y sin embargo, no estaba preparada para descubrir que la alternativa podía ser todavía más desconcertante.

 

—Preferiría que dejaran de mirarme tanto…

 

En ese momento algo se movió dentro de su bolso. Lilia se quedó quieta. Un pequeño bulto se abrió paso hacia la abertura.

 

—¿Haru?

 

Asomó una cabecita de peluche: orejas erguidas, ojos brillantes. Trepó por su brazo con agilidad y se acomodó en su hombro. Lilia lo miró de reojo.

 

—¿Qué haces tú aquí?

 

El gatito frotó suavemente su mejilla de tela contra la de ella. Lilia suspiró, pero acarició su cabeza con un dedo.

 

—Estoy bien. No te preocupes.

 

El peluche no pareció convencido; se acercó un poco más y apoyó la cabeza junto a su cuello. La expresión de Lilia se suavizó.

 

—De verdad. Solo estoy un poco avergonzada.

 

Le rascó detrás de la oreja y el gatito cerró los ojos, satisfecho. Entonces recordó algo importante.

 

—Aunque no deberías haber salido. En este mundo los peluches no se mueven solos. Si te ven, pensarán que ocurre algo mágico. Y no quiero tener que explicar por qué llevo un gato vivo al hombro.

 

El gatito ladeó la cabeza. En lugar de esconderse, se deslizó por su espalda y se acomodó sobre ella, con las patas delanteras descansando sobre los hombros y las traseras sujetándose a los costados. Su cierre en el vientre hacía que pareciera una pequeña y adorable mochila.

 

Lilia lo miró a través del reflejo. Silencio.

 

—¿Esa es tu solución?

 

El gatito movió una patita. Lilia sonrió, a pesar de todo.

 

—No quieres que esté sola, ¿verdad?

 

Asintió, si es que un peluche puede asentir.

 

—Está bien. Puedes venir. Pero tienes que comportarte como una mochila normal. Y ni se te ocurra maullar.

 

Dos segundos después:

 

—Miau.

 

Fue suave, diminuto, casi inocente. Lilia lo miró. El gatito miró al frente como si nada hubiera pasado.

 

—… Eres un pésimo ejemplo de disciplina.

 

El gatito volvió a frotar su cabeza contra la de ella. Y Lilia sonrió de verdad. Aquel peso familiar la hacía sentir más tranquila. Se ajustó el bolso, comprobó su lista de libros y reanudó la marcha. Ya no caminaba tan sola.

 

Mientras avanzaba entre la gente, con su pequeña mochila felina a la espalda, todavía no sabía que aquella decisión tan sencilla podía convertir una visita a la librería en una nueva aventura. Aunque, siendo honesta, cuando se trataba de Lilia… hasta comprar libros podía ser una misión de alto riesgo.

 

Lilia llegó finalmente a la biblioteca pública. Al cruzar las puertas, sintió que sus hombros se relajaban de inmediato. El ambiente tranquilo, el olor de los libros y el sonido discreto de las páginas al pasar le resultaban mucho más agradables que el bullicio de las calles.

 

—Un lugar excelente —murmuró.

 

El gato de peluche, acomodado sobre su espalda como una mochila, movió ligeramente la cola. Lilia lo notó por el rabillo del ojo.

 

—Recuerda comportarte.

 

El peluche permaneció inmóvil. Lilia asintió y se dirigió al mostrador de recepción. La bibliotecaria que la había atendido en su visita anterior levantó la mirada y sonrió al reconocerla.

 

—¡Buenos días! ¿Vienes a devolver los libros?

 

—Sí. Ya he terminado de leerlos.

 

Lilia sacó los cuatro volúmenes de su bolso y los colocó sobre el mostrador. La bibliotecaria los miró, y luego a ella.

 

—¿Los cuatro? Te los llevaste hace menos de una semana…

 

—Los terminé ayer.

 

La mujer parpadeó.

 

—Vaya. Lees muy rápido.

 

—Me gusta leer.

 

La respuesta fue tan sencilla que la bibliotecaria sonrió.

 

—Me alegra que los hayas disfrutado. ¿Buscas algo más?

 

—Quería preguntar si tienen los segundos tomos de estas dos novelas. —Sacó una pequeña lista del bolso y señaló los títulos—. Me gustaría continuar ambas.

 

La bibliotecaria examinó los nombres y comenzó a buscarlos en el ordenador. Lilia esperaba con las manos juntas, la expresión seria, aunque sus ojos no lograban disimular del todo la expectación. La mujer consultó los registros y sonrió.

 

—¡Sí! Tenemos ambos. Voy a buscártelos.

 

Los ojos de Lilia se iluminaron ligeramente.

 

—Se lo agradezco.

 

—Tardaré unos minutos. Mientras tanto, puedes echar un vistazo por los estantes.

 

Lilia asintió y se internó entre los pasillos.

 

Y entonces volvió a suceder. Las miradas.

 

Al principio apenas les prestó atención. Había estudiantes en las mesas, algunos con apuntes, otros con libros de texto. Mientras avanzaba, sin embargo, notó que algunas conversaciones se interrumpían un instante cuando pasaba. Un chico levantó la cabeza de sus notas. Dos chicas intercambiaron una mirada junto a un estante. Un joven que caminaba en dirección contraria estuvo a punto de seguir de largo sin apartar los ojos de ella.

 

Lilia continuó andando. Se detuvo frente a una estantería y fingió examinar los títulos.

 

Otra vez.

 

Antes, en su mundo, sabía exactamente por qué la miraban. Aquí nadie conocía su nombre ni su pasado. Nadie tenía motivos para temerla. Aquellas personas simplemente la veían. Y, por alguna razón, muchas parecían encontrarla hermosa.

 

Tomó un volumen al azar y pasó el pulgar por el lomo. Kaede se lo había dicho una vez: que cuando caminaba, la gente solía girarse. Entonces no le había dado importancia. Ahora, en cambio, se daba cuenta de que ya no buscaba solo hostilidad en esas miradas. A veces había curiosidad. A veces, simple atención.

 

¿Era esto lo que querías, Haru?

 

El pensamiento llegó sin que lo buscara. Recordó sus sonrisas, la paciencia con la que le había enseñado cosas que para los demás eran tan sencillas, cómo la llevaba a lugares nuevos y le preguntaba qué quería comer. Cerró los ojos un segundo y respiró.

 

—Miau.

 

Lilia abrió los ojos y giró apenas la cabeza.

 

—Te dije que no.

 

El peluche la observó con sus ojos de botón. La cola se movió de todos modos. Ella lo contempló un momento, suspiró… y no pudo evitar que la comisura de sus labios se curvara un poco.

 

—Está bien. Te perdono.

 

El gato apoyó la cabeza sobre su hombro. Lilia volvió a mirar el libro, leyó la contraportada y lo sostuvo bajo el brazo. Durante los siguientes minutos encontró otros dos títulos que llamaron su atención. Al final llevaba tres libros adicionales.

 

Cinco en total. Una cantidad razonable.

 

Satisfecha, regresó al mostrador. La bibliotecaria ya había colocado los dos segundos tomos junto al ordenador. En cuanto los vio, Lilia se detuvo. Por un instante, toda la seriedad que normalmente caracterizaba su rostro pareció desvanecerse.

 

—¡Los ha encontrado!

 

—Por supuesto. Aquí tienes los dos. Y veo que has elegido algunos más.

 

—Sí. Estos también me han parecido interesantes.

 

Lilia colocó los otros tres sobre el mostrador. La bibliotecaria comenzó a registrar los préstamos mientras ella observaba los dos volúmenes que había estado esperando desde la noche anterior. Había salido de casa con tanta prisa que ni siquiera había terminado de desayunar. Había soportado las miradas del tren y la extraña sensación de convertirse en el centro de atención de media ciudad. Y todo para llegar hasta allí.

 

Cuando la bibliotecaria terminó, deslizó los cinco volúmenes hacia ella.

 

—Listo. Que disfrutes de la lectura.

 

Lilia los recibió cuidadosamente. Y entonces sonrió.

 

No fue aquella sonrisa pequeña y contenida que a veces aparecía cuando algo le parecía agradable. Fue una sonrisa radiante, espontánea, tan genuina que sus ojos parecieron iluminarse con ella.

 

—¡Muchas gracias!

 

El ambiente se detuvo un segundo.

 

La bibliotecaria se quedó sin palabras. Un estudiante que devolvía libros levantó la cabeza. Dos chicas cerca de las mesas se quedaron inmóviles. Alguien murmuró algo demasiado bajo para entenderse del todo, pero el tono era claro: asombro. Algunos se sonrojaron y apartaron la mirada. Otros simplemente se quedaron mirándola, como si no pudieran hacer otra cosa.

 

Lilia no pareció notarlo. O, si lo notó, no le prestó atención. Estaba demasiado ocupada guardando los libros en su bolso, asegurándose de que los lomos no se doblaran y de que los dos volúmenes que tanto había esperado quedaran en una posición cómoda. El gato de peluche movió la cola sobre sus hombros. Ella le acarició una oreja.

 

—Misión cumplida.

 

Se despidió de la bibliotecaria con una pequeña inclinación de cabeza y caminó hacia la salida. Sus pasos eran tranquilos. Su expresión había recuperado la serenidad habitual. Llevaba cinco libros nuevos, dos de ellos con las respuestas que tanto deseaba conocer.

 

Al salir, la luz de la mañana iluminó su cabello plateado. Lilia levantó ligeramente el rostro y disfrutó del aire fresco.

 

—Será interesante descubrir qué ocurre ahora.

 

Y continuó su camino como si nada extraordinario hubiera sucedido.

 

Detrás de ella, varias personas seguían mirando hacia la puerta. La bibliotecaria observó el lugar vacío frente al mostrador y sonrió para sí misma.

 

—Me parece que tendremos una visitante frecuente.

 

Y no se equivocaba.

 

Porque Lilia acababa de descubrir algo maravilloso. Había historias que la esperaban en las páginas de aquellos libros. Y, por primera vez en mucho tiempo, tenía toda una vida por delante para descubrirlas.

Thoughts

  • sprintFallido

    Su lista decía librería y comprar. Acabó en la biblioteca, gratis y con tres de yapa. Planifica peor de lo que improvisa, che.

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  • calleyplaza

    Después del resfriado por fin sale a la calle sin que nadie sepa quién es. En su mundo la miraban porque daba miedo y aquí porque les parece guapa, y a ella le pesa casi igual. La General aguanta peor un tren lleno de piropos que una batalla.

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