La tarde transcurría con calma entre las estanterías. Como ya era costumbre, Lilia se había quedado tras la jornada escolar ayudando a Shiori-sensei: recolocaba ejemplares, revisaba etiquetas y ordenaba lo que otros habían dejado fuera de lugar. Pero siempre, tras terminar cada sección, hacía una pausa. Recorría con la mirada los títulos y, si encontraba algo que no había leído, lo apartaba con cuidado sobre el mostrador.
Sin embargo, mientras avanzaba por los últimos pasillos, empezó a notar algo que la inquietó: cada vez quedaban menos libros nuevos. De hecho, casi no quedaba ninguno.
—Shiori-sensei... —llamó regresando al mostrador con tres libros entre los brazos.
—¿Ocurre algo?
—He revisado casi todos los estantes. Y apenas encuentro títulos que no haya leído ya.
Shiori sonrió con ternura.
—Eso es porque has leído prácticamente toda la biblioteca.
Lilia parpadeó.
—¿Toda?
—Casi toda. Desde que empezaste a ayudarme, has ido leyendo sin detenerte. Primero los que ya conocías, luego los que nadie solía tocar... y ahora apenas quedan opciones nuevas.
Lilia miró hacia las estanterías con una expresión de genuina preocupación.
—Entonces... ¿qué hago?
—Seguir leyendo —respondió la bibliotecaria entre risas—. Pero los libros no se renuevan cada día.
—¿Cuándo llegan nuevos?
—Más o menos cada mes.
—¿Un mes entero? —Lilia abrió los ojos, horrorizada—. ¿Tengo que esperar tanto tiempo?
Shiori contuvo la risa.
—Parece que eso sí es un problema para ti.
—Es demasiado tiempo —repitió ella mirando los estantes.
—Pero hace poco empezaste a leer mangas, ¿verdad? Puedes seguir con ellos mientras esperas.
Lilia negó despacio.
—Me gustan. Disfruto sus historias... pero no son lo mismo.
—¿En qué se diferencian? —preguntó Shiori con curiosidad.
Lilia tardó unos instantes en buscar las palabras justas.
—Cuando leo un libro... siento que entro en otro lugar. Puedo imaginarme las ciudades, los rostros, los paisajes que describe. Es como si me llevaran de viaje a un sitio que no conozco. Con el manga también conozco historias, pero el libro... se siente más profundo. Como si quien lo escribió hubiera dejado parte de su alma entre las páginas.
Shiori la miró con una sonrisa cálida.
—Entonces tengo una buena noticia para ti. Hay una biblioteca pública en la ciudad. Es mucho más grande que esta, tiene miles de libros y recibe novedades constantemente.
Lilia se quedó inmóvil.
—¿Otra biblioteca? ¿Más grande?
—Mucho más —confirmó Shiori escribiendo una dirección en un papel y tendiéndoselo—. Y puedes ir cuando quieras. Allí también podrás llevarte libros a casa.
Lilia tomó el papel con ambas manos, como si sostuviera algo muy valioso. Sus ojos brillaban con una emoción que rara vez se veía en ella. Parecía haberle anunciado la existencia de un reino entero por descubrir.
—Gracias, Shiori-sensei. Es... es como descubrir un territorio nuevo lleno de conocimientos.
Shiori soltó una risita.
—Supongo que podrías llamarlo así. Pero hay algo más que podrías hacer mientras tanto.
—¿Algo más?
—¿Has pensado alguna vez en escribir tú misma una historia?
Lilia parpadeó confundida.
—¿Yo? ¿Escribir un libro?
—¿Por qué no? —Shiori se inclinó un poco hacia adelante—. Vienes de otro mundo. Has visto cosas que nadie aquí ha visto jamás. Paisajes, criaturas, costumbres, formas de pensar... todo eso es algo que solo tú puedes contar.
Lilia se quedó en silencio, mirando el papel en sus manos.
—Podría escribir sobre... lo que recuerdo. No solo sobre guerras o batallas. También sobre los lugares, el cielo, cómo era la vida... las personas que conocí.
—Exacto. Nadie puede contarlo mejor que tú.
Lilia miró los libros que tenía junto al mostrador. Siempre había creído que los libros eran algo que otros hacían: personas sabias, personas que tenían algo que enseñar. Nunca se había imaginado que ella también pudiera poner palabras sobre un papel y construir una historia.
Abrazó suavemente uno de los libros contra su pecho, como si de ese modo pudiera comprender mejor la idea.
—Una historia escrita por mí... sobre mi mundo. Sobre lo que viví. Sobre las personas que quise.
Shiori asintió suavemente.
—Quizá descubras que tienes mucho más que contar de lo que crees.
Lilia levantó la mirada hacia las estanterías, pero ya no buscaba qué leer después. Por primera vez, se preguntaba qué escribiría ella. Y mientras sostenía aquella dirección en una mano y aquella idea en la otra, comprendió que, al igual que se puede leer un mundo entero entre páginas, también se puede crear uno propio.
La tarde avanzaba con suavidad mientras Kaede y Lilia regresaban juntas a casa. Ren y Miyu se habían quedado en la escuela por sus actividades de club, así que, por primera vez en días, caminaban solo ellas dos. El aire estaba fresco, el sonido de los coches se mezclaba con las voces de otros estudiantes que regresaban a sus hogares, y las hojas de los árboles se mecían suavemente con la brisa.
Kaede notó pronto que algo era distinto. Lilia caminaba en silencio, pero no era su calma habitual: tenía la mirada fija en el frente, como si estuviera recorriendo pensamientos muy profundos.
—¿Estás pensando en algo? —le preguntó suavemente.
Lilia tardó unos segundos en responder.
—Sí.
—¿Tiene que ver con lo que hablaste en la biblioteca?
—Shiori-sensei me dijo algo... —Lilia asintió despacio—. Me explicó que hay una biblioteca mucho más grande en la ciudad y que puedo llevarme libros de allí.
—Eso suena exactamente como algo que te haría muy feliz —sonrió Kaede.
—Lo es. Pero me dijo algo más. Algo que no dejo de pensar.
—¿Qué cosa?
—Que podría escribir mi propia historia.
Kaede sonrió con ternura.
—Y eso te preocupa.
—No sé si debería hacerlo —admitió Lilia, bajando un poco la mirada.
—¿Por qué?
—Porque si escribo sobre mi mundo... estaré contando quién era. Y si alguien lo lee, sabrán quién soy también ahora. —Su voz perdió la firmeza de siempre—. No sé si estoy preparada para que me conozcan así.
Kaede caminó unos pasos en silencio antes de responder.
—Lilia... nadie puede obligarte a escribirla. La decisión es tuya, y solo tuya. Si quieres contar tu historia, adelante. Si prefieres no hacerlo, nadie te pedirá explicaciones. —Se acercó un poco más y la miró a los ojos—. Pero piensa esto: si la escribes, tú decides qué mostrar. Tú eliges qué parte de ti quieres que los demás conozcan.
Lilia la escuchaba en silencio, apretando levemente las manos.
—¿Qué parte de mí?
—No solamente la guerrera que fuiste. También la chica que lee hasta caer el sol. La que se emociona con historias de otros mundos. La que se enfurece cuando Miyu se burla de ella...
—Eso último no era necesario —interrumpió Lilia, aunque sin molestia.
—Y la que arriesgó su vida para salvar a personas que ni siquiera conocía en aquel parque —continuó Kaede con suavidad—. Si escribes, tú decides qué recordarán de ti.
Lilia se quedó pensativa. Tras unos segundos, su voz sonó más baja, como si hablara desde muy lejos:
—Poco antes de la batalla final... le hice una pregunta a Haru.
Kaede guardó silencio al instante. Reconocía ese tono.
—Le pregunté qué debía hacer después de derrotar al Rey Demonio. En ese momento apenas empezaba a comprender lo que significaba vivir de verdad. —Lilia miró hacia el cielo—. Toda mi vida creí que existía para una sola cosa: cumplir una misión. Si moría cumpliéndola, no importaba. Si tenía que sacrificarme, tampoco importaba. Entonces él me dijo algo que en aquel entonces no entendí.
—¿Qué te dijo?
—Me dijo que lo más triste no era morir. Lo más triste era desaparecer y que nadie te recordara. —Lilia cerró los ojos un instante, como si estuviera repitiendo cada palabra en su mente—. Dijo que mientras alguien guardara tu recuerdo, seguirías vivo de alguna manera. Que desaparecer de los corazones de los demás era como no haber existido jamás.
Una pequeña sonrisa melancólica apareció en sus labios.
—En aquel momento no le di sentido. Yo era un arma. ¿A quién le importaría si me recordaban? Pero ahora...
Se detuvo. Kaede también se detuvo y la miró con atención.
—Ahora entiendo. Haru ya no está con nosotros... pero sigue aquí. —Lilia se llevó una mano al pecho—. En lo que ustedes recuerdan de él. En las historias que cuentan. En las personas que ayudó. En su familia. Y en mí. —Respiró hondo y miró a Kaede con los ojos brillantes—. Entonces pensé... quizá yo también quiero dejar algo atrás. Algo que diga que estuve aquí.
—¿Tu libro?
Lilia asintió con firmeza.
—Sí. Pero no quiero que me recuerden como el arma que fui. Quiero que sepan que tuve una segunda oportunidad. Que alguien creyó que yo podía ser algo más que eso.
—Haru —susurró Kaede.
—Sí. Él me dio esa oportunidad. Y quiero hacer algo con ella.
Kaede sonrió con una calidez que llenó el pecho de Lilia.
—Entonces ya tienes tu respuesta.
Lilia parpadeó.
—¿Mi respuesta?
—Sí. Quieres escribir.
Lilia se quedó quieta unos instantes. Luego, poco a poco, sus labios se curvaron en una sonrisa pequeña, pero genuina y llena de luz.
—Sí. Quiero escribir.
Retomaron el camino. Esta vez Lilia no miraba al vacío: miraba hacia adelante, con la mente ya ocupada, trazando palabras. Quizá empezaría por el lugar donde nació. Quizá por el día en que conoció a Haru. Quizá por la primera vez que alguien le dijo que no era un arma. Todavía no lo sabía. Pero por primera vez en su vida, hacía algo sin que nadie se lo ordenara. Lo hacía porque ella lo había elegido. Y esa, pensó, era quizá la verdadera historia que debía empezar a contar.
El fin de semana por fin había llegado. Lilia se detuvo frente a la entrada de la biblioteca pública de la ciudad, acompañada por la familia de Haru. Aiko caminaba a su lado, mientras sus padres observaban con admiración aquel edificio inmenso que se alzaba ante ellos.
—Es más grande de lo que imaginaba —comentó el padre de Haru.
—Mucho más que la de la escuela —añadió su esposa.
Lilia no respondió. Simplemente miraba el edificio, con los ojos brillando como si estuviera ante la entrada de un palacio legendario.
Aiko la miró de reojo.
—Lilia... te pido un favor. No hagas nada raro.
Lilia ladeó la cabeza, confundida.
—¿Qué consideras algo raro?
Aiko suspiró profundamente.
—Ese es precisamente el problema.
Junto a ellos estaba también Miyu, que no había dudado en sumarse en cuanto supo que Lilia iría en busca de libros para su proyecto. Kaede y Ren se reunirían con ellos más tarde.
Todos cruzaron las puertas. Al entrar, una sala inmensa se abrió ante ellos: estanterías que subían hasta muy alto, filas y filas que se perdían a lo lejos, y detrás de ellas... aún más estanterías.
Los padres de Haru se quedaron sin palabras.
—Vaya... es enorme.
—No pensé que habría tantos libros juntos en un solo lugar.
Mientras todos miraban el lugar impresionados, Miyu miraba a otra persona. Se giró hacia sus acompañantes.
—Ustedes deberían estar mirando a quién trajimos aquí.
—¿A quién? —preguntó Aiko.
—A ella —Miyu señaló a su lado—. Miren.
Giraron todos al mismo tiempo. El sitio donde había estado Lilia estaba vacío.
—¿Dónde está? —preguntó Aiko abriendo mucho los ojos.
—Hace un segundo estaba aquí —dijo la madre de Haru mirando hacia atrás.
—Ahí está —señaló Miyu hacia el fondo, muy lejos, entre las filas de estantes.
Apenas se distinguía una figura rubia que desaparecía tras una esquina a paso ligero.
—¡¿Se fue?! —exclamó Aiko.
—Hace unos diez segundos, más o menos —respondió Miyu tranquila.
—¿Pero por qué corrió así? —preguntó el padre de Haru perplejo.
Miyu se encogió de hombros.
—Libros.
—¿Eso lo explica todo?
—Para Lilia, sí.
Aiko se llevó una mano a la frente.
—No puede ser...
—Tranquilos —dijo Miyu riendo bajito—. Siempre hace esto. Déjenla. Aparecerá cuando menos lo esperen.
—¿Estás segura? —preguntó la madre de Haru sin acabar de creerlo.
—Completamente. Probablemente ya está leyendo algo en algún rincón.
Mientras tanto, muy adentro de la biblioteca...
Lilia avanzaba entre los estantes con pasos rápidos y decididos, recorriendo las filas con la mirada. Leía los títulos uno tras otro:
—Historia antigua... —tomó uno.
—Mitología y leyendas... —sus dedos rozaron la cubierta de otro.
—Bestiarios y criaturas de leyenda... —al leer aquel título sus ojos se iluminaron por completo. Lo abrazó contra el pecho.
Un poco más allá encontró la sección de literatura fantástica. Se detuvo inmóvil, como quien descubre un tesoro escondido. Miró a ambos lados: nadie pasaba por allí. Entonces empezó a tomar libros. Uno tras otro. En apenas unos minutos llevaba una torre tan alta que apenas veía por encima.
—Estos serán un buen comienzo —se dijo a sí misma.
Miró el estante de al lado.
—Aunque ese también parece muy interesante...
Dejó la pila con cuidado sobre una mesa cercana y tomó dos más. Y luego otro. Y otro más.
Mientras tanto, en la entrada...
Aiko miraba inquieta hacia el fondo.
—¿De verdad no deberíamos ir a buscarla?
—Miyu parecía muy segura de que volvería por sí sola —dijo su padre.
—Además —añadió su esposa sonriendo—, se la veía muy feliz.
Aiko soltó una risita.
—Supongo que así es ella. Si hay libros cerca, desaparece.
Miyu levantó la mano desperezándose.
—Bueno... yo sí voy a ir a buscarla.
—¿Pero no dijiste que aparecería sola? —preguntó Aiko sorprendida.
—Sí —sonrió Miyu mirando hacia las profundidades de la biblioteca—. Pero prefiero encontrarla antes de que decida llevarse medio edificio a casa.
Y se internó entre los estantes.
Mientras tanto, ajena a todo lo que ocurría a su alrededor, Lilia seguía recorriendo los pasillos, eligiendo volúmenes con cuidado, leyendo fragmentos aquí y allá. Por primera vez no buscaba solo una historia para leer. Buscaba palabras, descripciones, formas de contar lo que uno ha visto y vivido. Estaba reuniendo todo lo que necesitaba para empezar a escribir la suya.
Miyu llevaba varios minutos recorriendo los pasillos, pasando por las secciones de historia, literatura y fantasía, sin hallar rastro alguno de su amiga.
—¿Dónde se habrá metido...?
Siguió avanzando entre las estanterías hasta que, al fin, distinguió aquella voz inconfundible.
—Pero quiero leer todos estos.
Miyu sonrió al instante.
—Te encontré.
Dobló la esquina y se detuvo, boquiabierta. Frente a ella había una mesa. Y sobre la mesa... una montaña de libros. Novelas apiladas en torres que amenazaban con derrumbarse, ejemplares abiertos, volúmenes ordenados por temas y una pila tan alta que parecía desafiar las leyes del equilibrio. Lilia permanecía frente a todo aquello con la expresión más seria del mundo.
A su lado, uno de los encargados de la biblioteca respiraba hondo, intentando mantener la calma.
—Señorita, entiendo que desee leerlos, pero no puede llevarse todos estos ejemplares de una sola vez.
Lilia señaló la montaña sin pestañear.
—Quiero leerlos.
—Sí, eso lo entiendo.
—Todos.
El hombre abrió la boca, la cerró, volvió a abrirla... y no supo qué responder.
Miyu se cubrió la boca con la mano para ahogar una carcajada y se acercó.
—Buenos días.
El encargado la miró como si fuera su salvación.
—¿La conoce?
—Sí. Yo me encargo de ella —dijo Miyu conteniendo la risa.
El hombre se apartó de inmediato, visiblemente aliviado.
Lilia miró a Miyu confundida.
—¿Qué ocurre?
—Tenemos que llegar a un acuerdo. No puedes llevarte todo eso.
Lilia bajó levemente la mirada hacia los libros.
—Pero quiero leerlos. Todos.
—Lo sé. De verdad que lo sé. Pero tienes que escoger algunos.
Lilia abrazó uno de los volúmenes contra su pecho, como si temiera que se lo arrebataran. Su rostro reflejaba un conflicto interno más intenso que cualquier batalla: cada título representaba un mundo nuevo, una historia por descubrir, conocimientos que aún no tenía.
—No quiero dejar ninguno —susurró.
Miyu sonrió con ternura y se inclinó un poco hacia ella.
—Mira, piénsalo de otra manera. Puedes volver. La biblioteca no se va a ir a ningún lado. Escogemos unos cuantos, los lees, y cuando termines, regresas por los siguientes.
Lilia ladeó la cabeza, nada convencida.
—Pero podría leerlos todos ahora mismo.
—Sí, podrías. Pero... ¿no sería mejor leer una historia y quedarte con ganas de saber qué pasa después?
—¿Quedarme con ganas? —repitió Lilia sin comprender del todo.
—Exacto. Mira este —Miyu tomó una obra dividida en varios tomos—. Lees el primero. Cuando lo terminas, te quedas pensando en qué pasará en el segundo. Entonces vuelves, lo tomas... y vuelves a sentir esa misma emoción al empezarlo.
Lilia la escuchaba con atención, asimilando cada palabra.
—Si te llevas todos de una vez —continuó Miyu señalando la montaña—, conocerás todo de golpe. Pero si los lees poco a poco, tendrás tiempo para pensar, para imaginar, para preguntarte qué sucederá con los personajes. Esa espera también es parte de la historia.
Lilia se quedó inmóvil. Jamás lo había visto de esa forma. Para ella, aprender y leer siempre había sido cuestión de obtenerlo todo lo más rápido posible: absorber, memorizar, avanzar. Nunca se le había ocurrido que no saber todavía pudiera ser algo bonito.
Tomó lentamente el primer volumen entre sus manos. Lo observó. Luego miró los demás.
—Entonces... no saber todavía... también puede ser agradable.
—Muchísimo —confirmó Miyu con una sonrisa.
Lilia reflexionó unos segundos más. Entonces empezó a devolver libros a la mesa. Uno. Dos. Tres. La montaña fue disminuyendo poco a poco hasta quedar solo los que ella eligió con cuidado.
—Leeré estos primero —dijo con determinación.
—Así está mucho mejor.
Lilia miró hacia las estanterías repletas de libros que aún esperaban por ella. Por primera vez no sintió ansiedad por leerlos todos de inmediato. Sabía que estaban allí, que podría volver cuando quisiera, y esa certeza le dio una sensación cálida y tranquila.
—Entonces tengo muchas historias esperándome —dijo en voz baja, con una pequeña sonrisa—. Y no tengo que conocerlas todas hoy.
—Exactamente —asintió Miyu—. Probablemente sea mejor así.
Caminaron juntas hacia la salida. Lilia abrazaba sus libros con cuidado, y en su mente surgió una idea nueva: quizá lo mismo ocurría con su propia historia, la que estaba empezando a escribir. No tenía que contarlo todo de golpe. Podía hacerlo poco a poco, despacio, saboreando cada palabra. Y quizá, quien la leyera algún día, también sintiera esa emoción de querer saber más, de esperar con ilusión el siguiente capítulo... tal como ella sentía ahora.