El silencio se mantuvo unos instantes más, pesado y sobrecogedor. Nadie se movía, nadie hablaba, todos contenían el aliento viendo a aquella chica de cabello dorado caminar con total tranquilidad sobre la inmensa estructura, como si nada hubiera pasado, como si sostener una cabina llena de personas hubiera sido algo tan sencillo como tomar un vaso de agua.
En la cabina delantera, Miyu seguía con las manos apoyadas en la cabeza, mirando sin ver.
—...
Ren tampoco se atrevía a moverse. Se miraron el uno al otro, y ambos supieron que nada volvería a ser igual.
—Estamos perdidos —susurró ella.
Ren soltó un suspiro muy largo.
—Sí. No hay forma de ocultarlo.
Miyu señaló hacia arriba con un gesto vago.
—¡Acaba de sostener una cabina entera con una sola mano! ¡Como si fuera una caja vacía!
—No solo eso —Ren señaló hacia abajo con la mirada—. Mira abajo.
Miyu miró y sintió que el corazón se le caía a los pies. Cientos de personas, prácticamente todo el mundo, tenía el teléfono levantado. Algunos ya habían grabado desde que ella empezó a saltar; otros captaron el momento exacto en que la cabina se soltó; y muchos seguían grabándola ahora mismo, mientras caminaba tranquila de regreso.
—Ya está —gimió Miyu—. Esos vídeos ya deben estar subidos a todas partes.
—Para cuando bajemos —asintió Ren con resignación—, probablemente todo el país lo habrá visto.
Miyu se dejó caer contra el asiento.
—Nos van a perseguir periodistas, cámaras, preguntas sin fin...
—Si solo son periodistas... —murmuró Ren, sin querer decir en voz alta lo que ambos pensaban.
Unas cabinas más atrás, Kaede seguía asomada, con la mano apretada contra el marco de la puerta. Sabía de sobra lo fuerte que era Lilia, lo que había sido entrenada para hacer... pero verla con sus propios ojos, sosteniendo el peso de toda una familia y una estructura de acero con una sola mano, la había dejado sin aliento.
—Lilia... —susurró, solo deseando que volviera sana y salva.
Entonces una sombra cayó sobre el techo de su cabina. Kaede levantó la vista de golpe, y antes de que pudiera decir nada, Lilia estaba allí, frente a ella, a solo unos centímetros de distancia.
El viento movía su cabello rubio alrededor de su rostro. Desde tan cerca, Kaede pudo ver cada detalle: la suavidad de sus facciones, su piel clara, las largas pestañas y esos ojos azules que parecían contener todo el cielo del atardecer. Su corazón dio un vuelco repentino y fuerte.
Lilia inclinó apenas la cabeza, confundida.
—¿Kaede?
Solo entonces ella fue consciente de lo cerca que estaban.
—¡¿Eh?! —su rostro se encendió de golpe— ¡¡L-Lilia!!
Dio un salto hacia atrás por instinto.
—¡E-estás demasiado cerca!
Lilia parpadeó un par de veces, sin entender por qué se había puesto tan nerviosa.
—Perdón.
Entró con calma en la cabina, cerró la puerta con cuidado y revisó que el cierre estuviera bien puesto, como si simplemente hubiera regresado de dar un paseo corto. Se sacudió levemente la ropa y dijo con tranquilidad:
—La estructura resistirá. Usé magia para fijar la cabina de forma segura; no volverá a soltarse, al menos hasta que los técnicos puedan revisarla y poner todo en orden.
Kaede se llevó una mano al pecho, intentando calmar los latidos desbocados de su corazón.
—Tú...
Lilia la miró directamente.
—¿Sucede algo?
Kaede bajó la mirada un instante, luego volvió a levantarla con una sonrisa llena de alivio.
—Me alegro muchísimo de que estés bien.
Lilia le devolvió una pequeña sonrisa suave.
—Yo no corría ningún peligro.
Mientras tanto, abajo ya había llegado el personal de emergencia: ambulancias, patrullas y técnicos que acordonaban la zona y revisaban la estructura. Pero nadie les prestaba demasiada atención. Todas las miradas, todos los teléfonos y todos los murmullos seguían dirigidos hacia arriba, hacia la chica que había hecho lo imposible.
—¿Viste lo que hizo?
—¡Es imposible! ¡Nadie puede hacer eso!
—¿Es una maga? ¿Una atleta?
—¡Yo lo grabé todo de principio a fin!
—¡Pásamelo! ¡Súbelo ahora mismo!
Y mientras los operarios preparaban la bajada manual, mientras la gente seguía hablando y compartiendo esos vídeos, Lilia no tenía ni la más remota idea de que su rostro y su hazaña empezaban a dar la vuelta al mundo, mucho más rápido de lo que la rueda de la fortuna podía girar.
La enorme rueda de la fortuna volvió a girar lentamente. Tras varios intentos y revisiones minuciosas, los motores retomaron su marcha y, uno a uno, los visitantes comenzaron a descender.
La familia que había estado a punto de caer fue la primera en ser atendida. Los niños seguían abrazados a sus padres, y los cuatro no dejaban de mirar hacia arriba, buscando con la mirada a la chica que les había salvado la vida.
Abajo, la multitud no se movía. Nadie se marchaba.
—¿Ya baja?
—¿En cuál de las cabinas viene?
—¡Es la chica rubia!
—¡Yo grabé todo! ¡Cuando sostuvo la cabina con una sola mano!
Cada vez más teléfonos se alzaban hacia la estructura, apuntando sin descanso.
La primera cabina en llegar fue la de Miyu y Ren. Al abrirse las puertas y dar apenas un paso fuera, se encontraron con una barrera de guardias de seguridad formando un muro humano.
—Por favor, mantengan la distancia —pidieron los agentes.
Pero aquello solo avivó el interés de la gente.
—¡Solo queremos verla!
—¡Déjenos hablar con ella!
—¡Una foto! ¡Solo una foto!
Los guardias apenas lograban contener el empuje de la multitud cuando llegó la cabina de Kaede y Lilia.
En el instante en que las puertas se abrieron, los gritos se elevaron con fuerza:
—¡¡ES ELLA!!
—¡¡LA CHICA RUBIA!!
Cientos de flashes estallaron al mismo tiempo, iluminando la escena como si fuera de día. Kaede se quedó mirando todo atónita; Miyu tragó saliva; Ren soltó un suspiro de resignación. Solo Lilia observaba la situación con calma, sin comprender del todo por qué toda aquella atención.
De repente, dos personas atravesaron el cordón de seguridad y llegaron hasta ellos antes de que pudieran reaccionar. Los tomaron suavemente de los brazos.
—Por aquí, por favor —dijo una voz tranquila—. No se detengan. Rápido.
Los guiaron por un pasillo estrecho formado por los propios guardias, mientras los gritos y las preguntas seguían a sus espaldas: “¿Quién es?”, “¡Un momento!”, “¡Solo queremos saber!”. No fue hasta que cruzaron una puerta lateral que el ruido comenzó a amortiguarse.
Minutos después, dentro de una pequeña caseta de seguridad del parque, por fin reinó el silencio.
—Creí que nos iban a devorar —dijo Miyu recuperando el aliento.
—No habría sido nada agradable —coincidió Ren, ajustándose las gafas.
Kaede miró entonces a las dos personas que los habían escoltado y abrió mucho los ojos al reconocerlos.
—¿Ustedes...?
Frente a ellos estaban Itsuki Saionji, el presidente del consejo estudiantil, con su porte impecable y una calma que transmitía total confianza; y a su lado, Ayaka Minase, la vicepresidenta, con su elegante coleta y una mirada firme pero amable.
Ambos se inclinaron respetuosamente.
—Un gusto volver a encontrarlos —dijo Itsuki—. Soy Itsuki Saionji, presidente del consejo.
—Y yo soy Ayaka Minase, vicepresidenta —completó ella.
—¿Qué hacen ustedes aquí? —preguntó Miyu sorprendida.
—La directora nos envió —respondió Itsuki con serenidad—. Nos pidió que los siguiéramos discretamente durante la visita.
—¿Nos estuvieron siguiendo todo el día?
—Así es —asintió Ayaka—. Era una medida preventiva. La directora temía que la señorita Lilia pudiera llamar demasiado la atención en un lugar tan concurrido... y por desgracia, no se equivocó.
Un breve silencio cayó sobre la habitación. Entonces Lilia alzó la voz con total naturalidad:
—Entonces... eran ustedes quienes nos seguían desde esta mañana.
Ayaka parpadeó sorprendida.
—¿Lo sabías?
—Sí —respondió ella como si fuera lo más obvio del mundo—. Percibí sus presencias nada más entrar al parque. No detecté hostilidad ni intención de atacarnos, por eso no dije nada.
Miyu se quedó mirándola con la boca entreabierta.
—¡¿LO SABÍAS?!
—¿Desde el principio? —preguntó Ren incrédulo.
—Desde que cruzamos la entrada —confirmó Lilia.
Itsuki y Ayaka se miraron el uno al otro, y el presidente dejó escapar una pequeña risa de asombro.
—Ahora entiendo perfectamente por qué la directora insistió tanto en que viniéramos nosotros...
Ayaka sonrió con resignación, sacudiendo levemente la cabeza.
—Nos descubrió en el mismo instante en que puso un pie aquí... y nosotros ni siquiera nos dimos cuenta.
La pequeña caseta quedó en silencio, aunque desde fuera aún llegaban ecos de la confusión y los murmullos. Kaede miró a los dos estudiantes con seriedad y preguntó:
—Presidente, vicepresidenta... ¿la directora les contó quién es realmente Lilia?
Itsuki y Ayaka se miraron brevemente. Él asintió.
—Sí. Antes de salir, nos reunió y nos explicó todo.
Ayaka soltó una risa leve y resignada.
—Para ser honesta... al principio no le creí ni una palabra. ¿Cómo iba a imaginar que una chica vendría de otro mundo? Pensé que era alguna broma o una prueba de la directora.
—Pero si Shizuka Kurose nos pide algo con esa seriedad —añadió Itsuki—, sabemos que es importante. Así que aceptamos la misión.
Ayaka se dejó caer en una silla y suspiró largamente.
—La verdad... aquel Haru ya nos daba bastantes problemas cuando estaba aquí. Desaparecía por todo el instituto, se metía en líos increíbles...
—Más de una vez tuvimos que salir a buscarlo —recordó Itsuki con una media sonrisa.
Ayaka señaló entonces a Lilia.
—Y ahora... nos manda a alguien todavía más impredecible. Una guerrera capaz de sostener una cabina entera con una sola mano.
Lilia inclinó la cabeza, confundida.
—¿Soy problemática?
—En el buen sentido —dijo Miyu riendo—, pero sí, bastante.
—No entiendo por qué levantar una estructura pesada lo es —dijo Lilia con total naturalidad, provocando que todos soltaran una pequeña risa.
En ese momento, la mirada de Miyu se posó en unas bolsas apoyadas junto a la puerta. Sus ojos brillaron y una sonrisa traviesa se le dibujó en los labios.
—Je, je... no intenten engañarnos.
—¿De qué hablas? —preguntó Itsuki, con un mal presentimiento.
Miyu se acercó y sacó de las bolsas cajas de dulces, peluches enormes y recuerdos con el emblema del parque.
—Dicen que estuvieron vigilándonos todo el día... —dijo levantando un peluche gigante—. ¿Y compraron todo esto? ¿También estas tazas idénticas? ¿Esto también es “trabajo”?
Ayaka se puso roja como un tomate. Itsuki carraspeó, buscando una excusa.
—Todo eso... fue necesario durante la vigilancia.
—¿Un peluche? —preguntó Ren con una ceja levantada.
Miyu sacó entonces una fotografía y la levantó ante ellos: en ella, Itsuki y Ayaka posaban sonriendo junto a una botarga del parque.
—Y esta foto... ¿también es parte del plan? —preguntó con una inocencia fingida que resultaba muy graciosa—. Además, todo el instituto sabe que ustedes son novios.
El silencio volvió a llenar la habitación. Ayaka se cubrió el rostro con las manos, mientras Itsuki desviaba la mirada tosiendo levemente.
—Eso... no tiene relación con la misión —murmuró él.
—Claro que no —dijo Miyu sonriendo de oreja a oreja—. Pero las pruebas no mienten.
Kaede ya no pudo contenerse y estalló en risas. Ren también sonreía. Incluso Lilia observó la imagen unos segundos y comentó con total seriedad:
—Parece que la misión incluyó descansos muy bien aprovechados.
Ayaka dejó caer la cabeza sobre la mesa.
—Quiero que me trague la tierra...
Itsuki solo pudo suspirar, derrotado pero con una sonrisa dulce. Era evidente: habían cumplido su deber de cuidarlos, sí... pero también habían aprovechado el día para darse una pequeña cita, y las bolsas y aquella fotografía los habían delatado por completo.
La salida principal del parque seguía completamente colapsada. Periodistas empujando entre la multitud, curiosos levantando los teléfonos sin descanso, gente preguntando y gritando por saber quién era la chica que había hecho lo imposible. Nadie parecía dispuesto a irse sin verla al menos una vez.
Por esa razón, el grupo tomó el camino alternativo: una salida de servicio situada en la parte trasera, alejada de toda la gente. Allí, en cambio, reinaba una calma suave y acogedora. Solo se escuchaba el crujir de la grava bajo sus pasos, el canto de los grillos que empezaban a anunciar el anochecer y el sonido lejano de algunos vehículos alejándose. El cielo se teñía de tonos violetas y naranjas, envolviéndolos en una atmósfera tranquila tras todo el alboroto.
Caminaban todos juntos, cada uno cargando sus pertenencias del día: Miyu abrazaba contra sí un enorme peluche que apenas le dejaba ver el camino; Ren llevaba una mochila abultada llena de recuerdos y pequeños objetos que había ido comprando; Kaede sostenía varias bolsas llenas de dulces y golosinas; e incluso Itsuki y Ayaka ya no intentaban ocultar sus propias bolsas de regalos, aceptando con una sonrisa resignada que habían disfrutado el día tanto como los demás.
La conversación giraba inevitablemente en torno a lo ocurrido y a lo que vendría después.
—Entonces... —empezó Kaede, mirando al presidente con cierta preocupación— ¿qué va a pasar ahora?
Itsuki sacó su teléfono y lo encendió. Había estado revisando las redes sociales durante todo el trayecto, y ahora mostraba la pantalla al resto con una expresión pensativa.
—Las grabaciones ya se han extendido con mucha rapidez. Casi todo el mundo ha visto al menos un fragmento de lo que ocurrió.
Miyu hizo una mueca de preocupación.
—Ya me lo temía... va a ser un caos.
—Sin embargo —continuó él, deslizando el dedo por la pantalla con una media sonrisa—, hay algo curioso en la mayoría de los comentarios. Miren ustedes mismos.
Se acercó un poco más para que todos pudieran leer. Ren leyó en voz alta uno de los mensajes que aparecían en primer lugar:
—“Increíbles los efectos especiales, parecía totalmente real.”
Miyu señaló otro con el dedo:
—“Seguro estaban grabando una película de acción o una serie nueva.”
Y Ayaka leyó el siguiente, soltando una pequeña risa:
—“Esa doble de acción merece un aumento y una medalla, ¡qué realismo!”
Miyu parpadeó varias veces, sin dar crédito a lo que veía.
—¿En serio? ¿Nadie se ha parado a pensar que pudo haber pasado de verdad?
Ayaka guardó su teléfono en el bolsillo y miró hacia el cielo que se oscurecía poco a poco.
—La gente suele buscar primero la explicación más sencilla y conocida —dijo con suavidad—. Aceptar que hay cosas que no encajan en lo que creemos posible... que existe la magia, o que alguien pueda hacer cosas que desafían las leyes que conocemos... es mucho más difícil que pensar que todo es un espectáculo preparado.
Itsuki asintió con firmeza.
—Y por ahora, esa dificultad nos beneficia. Mientras la mayoría siga convencida de que fue una filmación o un truco especial, nadie pondrá en marcha una investigación seria ni nos perseguirá buscando respuestas imposibles.
Kaede dejó escapar un largo suspiro de alivio, relajando los hombros.
—Menos mal... esperaba que nos siguieran hasta la puerta de casa.
Lilia escuchaba todo en silencio, caminando con su paso tranquilo y elegante. Aunque comprendía el sentido de sus palabras, todavía le costaba entender por qué era tan importante ocultar lo que era capaz de hacer, o por qué la gente costaba tanto aceptar la verdad cuando esta estaba tan clara ante sus ojos.
Fue entonces cuando se escucharon unos pequeños pasos rápidos y animados acercándose por detrás.
—¡¡Hermana!!
Todos se detuvieron y giraron la cabeza. Allí venían corriendo hacia ellos los dos niños que habían estado atrapados en la cabina, tan rápido como sus pequeñas piernas les permitían, con las caras encendidas por la emoción y las ganas de llegar hasta ella.
Lilia los reconoció al instante. Antes de que pudiera decir una sola palabra o dar un paso hacia ellos, los dos se lanzaron a abrazarla con todas sus fuerzas, agarrándose a su ropa como si no quisieran soltarla nunca más.
—¡Gracias! ¡Muchísimas gracias! —decía la niña con la voz entrecortada.
—¡Pensamos que nos íbamos a caer! ¡Nos salvaste la vida! —añadió el niño mayor, mirándola con una admiración inmensa en los ojos.
Lilia bajó lentamente la mirada hacia ellos, y con una delicadeza que pocos hubieran imaginado en alguien capaz de sostener una cabina entera, apoyó una mano suavemente sobre la cabeza de cada uno.
—Me alegra mucho que estén bien y a salvo —dijo con su tono sereno de siempre—. Ya pasó todo. No volverán a correr ningún peligro.
El niño mayor miró rápidamente hacia los lados, como si estuviera comprobando que nadie más los escuchara, y luego se acercó un poquito más a ella, bajando la voz hasta convertirla en un susurro cargado de secreto:
—No te preocupes... no le diremos nada a nadie.
Lilia inclinó apenas la cabeza, confundida.
—¿Sí?
El pequeño sonrió de oreja a oreja, con una alegría que iluminaba todo su rostro.
—¡No le contaremos a nadie que eres una superheroína!
El grupo entero se quedó inmóvil por unos segundos. Miyu abrió mucho los ojos, llevándose una mano a la boca para no soltar una exclamación. Ren parpadeó varias veces sin saber qué decir. Kaede sintió cómo se le escapaba una sonrisa tierna y divertida a la vez. Incluso Itsuki y Ayaka intercambiaron una mirada llena de asombro y ternura.
Lilia miró a los pequeños con una expresión de total desconcierto.
—¿...Superheroína?
La niña asintió con la mayor firmeza del mundo, levantando la cabeza.
—¡Claro que sí! ¡Las superheroínas siempre llegan justo cuando hace falta y salvan a la gente!
Su hermano levantó un pequeño puño cerrado hacia arriba, con la misma determinación que había visto en las historias que le contaban.
—¡Y además tienen una identidad secreta para que nadie sepa quiénes son! ¡Nosotros guardaremos tu secreto con nuestra vida!
Los que estaban detrás de Lilia apenas podían contener la sonrisa, emocionados por aquel gesto tan puro y sincero.
Lilia permaneció unos instantes en silencio, pensando en aquella palabra y en lo que implicaba. Finalmente, miró a los niños a los ojos y habló con total seriedad y respeto:
—Entonces... confío ese secreto a ustedes dos. Sé que estarán bien cuidados.
Los dos sonrieron con orgullo, como si acabaran de recibir la misión más importante de sus vidas.
Poco después, el matrimonio de los padres se acercó caminando lentamente junto a Shido-sensei. La profesora les había acompañado hasta allí para asegurarse de que todos estuvieran bien y para mediar en aquel encuentro tan emotivo.
—Shido-sensei —dijo Kaede con una sonrisa al reconocerla.
La docente devolvió el saludo con calidez.
—Me alegra mucho haber podido alcanzarlos antes de que se fueran.
Los padres se detuvieron frente a Lilia y realizaron una profunda reverencia, con la emoción todavía visible en sus rostros.
—No existen palabras suficientes para agradecerle lo que hizo —dijo el padre con la voz quebrada por la emoción—. Nos devolvió a nuestros hijos. Nos devolvió toda nuestra familia.
La madre también inclinó la cabeza, con lágrimas todavía asomando en sus ojos.
—Gracias... de verdad, gracias por arriesgarse por nosotros.
Lilia les devolvió el saludo con la misma cortesía y dignidad que siempre la caracterizaban.
—Solo hice lo que cualquier persona habría hecho en mi lugar —respondió con tranquilidad—. Era mi deber protegerlos.
Shido-sensei miró a los dos niños, que seguían aferrados a la ropa de Lilia como si fuera el tesoro más valioso del mundo, y luego sonrió al resto del grupo.
—Les expliqué lo necesario para que entendieran la importancia de mantener cierta discreción —dijo con calma—. No les conté toda la verdad, por supuesto, solo lo suficiente para que comprendieran que sería mejor no dar detalles de lo que realmente vieron.
Itsuki asintió con satisfacción.
—¿Y aceptaron hacerlo sin dudarlo?
—Es lo mínimo que podemos hacer —respondió el padre antes que nadie—. Ella arriesgó su vida y nos protegió cuando nadie más podía hacerlo. Lo único justo es que nosotros protejamos su tranquilidad y su privacidad.
Shido sonrió con ternura, mirando a los pequeños.
—Aunque ellos... ellos llegaron a su propia conclusión mucho más bonita y sencilla.
Los niños levantaron el pecho con orgullo, mirando a todos con brillantez en la mirada.
—¡Porque las superheroínas siempre tienen una identidad secreta! —exclamó el niño mayor.
—¡Y nosotros somos sus aliados más leales! —añadió su hermana.
Todos soltaron una risa suave y sincera ante aquella declaración tan llena de inocencia y valentía.
Lilia los miró durante unos instantes, reflexionando en silencio. No sabía exactamente qué significaba ser una “superheroína” en este mundo, ni qué historias o imágenes se ocultaban detrás de esa palabra. Pero si significaba estar ahí cuando los demás no pueden, proteger a quienes lo necesitan y poner la seguridad de los demás antes que la propia... entonces no era un título que le molestara en absoluto.
Al fin y al cabo, aquellos niños no estaban tan equivocados. Solo que ella no venía de ningún cómic ni de ninguna película. Aquella “superheroína” provenía de un mundo oscuro donde salvar vidas había sido su única razón de ser durante muchos años... hasta que llegó Haru y le enseñó que también podía ser amada, cuidada y simplemente una chica como las demás.