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Capítulo 76: La celda más concurrida del Imperio

DNavarrete
Pensamiento

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calleyplaza

En el mismo grupo, Roxas publicó Capitulo 2 (reescrito), otra historia por capítulos con una mañana tranquila antes de volver al peligro. Vale la pena leerlo.

En el mismo grupo, Roxas publicó Capitulo 2 (reescrito), otra historia por capítulos con una mañana tranquila antes de volver al peligro. Vale la pena leerlo.

Contenido de la publicación

Los pasos pesados y firmes de Garoum resonaban por los pasillos fríos y silenciosos de la prisión imperial. Sobre uno de sus hombros, llevaba enrollada una manta de lana gruesa y cálida, que había cogido de su propia habitación.

 

—Hace mucho frío por las noches aquí abajo —murmuró para sí mismo, con voz grave y profunda—. Seguramente Lady Anna la agradecerá.

 

Al doblar la última esquina, encontró a los dos guardias que hacían guardia frente a la celda. Ambos seguían en su puesto, con la espalda recta y las armas en posición, pero sus expresiones eran de una resignación absoluta, como si hubieran renunciado a entender lo que ocurría tras esa puerta.

 

Garoum los saludó con una leve inclinación de cabeza.

 

—Buenas noches.

 

—Buenas noches, señor Garoum… —respondieron al unísono, con un tono que mezclaba respeto y agotamiento.

 

El gigante frunció un poco el ceño, notando su extraña actitud.

 

—¿Ocurre algo? ¿Hay algún problema?

 

Los dos soldados intercambiaron una mirada larga y elocuente. Finalmente, uno de ellos soltó un suspiro profundo y largo.

 

—La verdad… ya no sabemos qué pensar.

 

—Pase usted mismo —añadió el otro, abriendo la puerta—. Lo entenderá en cuanto entre.

 

Garoum levantó una ceja, confundido, y empujó la puerta con suavidad. En cuanto cruzó el umbral, se quedó completamente inmóvil, como si sus pies se hubieran pegado al suelo.

 

Parpadeó una vez, luego otra, y entrecerró los ojos para asegurarse de que no le estaba jugando una mala pasada la luz tenue.

 

—Esto… no parece una celda —murmuró para sí—. Parece un salón de reuniones del palacio.

 

—¡No puede ser! —la voz indignada de Anna resonó de inmediato, sacándolo de su asombro—. ¡Hiciste trampa, seguro!

 

—¡No hice trampa en absoluto! —respondió Lyra, sosteniendo sus cartas con orgullo y una sonrisa victoriosa—. ¡Simplemente juegas muy mal!

 

—¡Eso es mentira!

 

—Entonces deja de perder una partida tras otra.

 

—¡Eso es precisamente lo que estoy intentando hacer!

 

Sobre una pequeña mesa de madera que alguien había traído de no se sabía dónde, Anna y Lyra discutían como dos niñas pequeñas, absortas en su partida de cartas. A un lado, Sylwen y Eliana observaban la escena con total calma; ambas ya habían ganado sus propias partidas hacía rato, y Sylwen incluso sonreía con diversión cada vez que Anna volvía a quedarse sin jugadas.

 

—Te lo dije hace diez minutos —comentó la elfa con voz tranquila—. No sirves para este juego.

 

Anna la miró con los ojos muy abiertos, fingiendo gran indignación.

 

—¡Tú cállate, que no ayudas nada!

 

—Yo ya gané, así que puedo decir lo que quiera —respondió Sylwen con una sonrisa inocente que solo aumentaba la frustración de su amiga.

 

Anna hizo un pequeño puchero y volvió a mirar sus cartas con desesperación.

 

Un poco más atrás, sentada en un rincón cómodo, Lyrielle observaba la partida con gran interés, inclinándose hacia delante cada vez que se hacía una jugada. A su lado, Maelys, Marien y el joven Rhaegar comentaban cada movimiento como si estuvieran presenciando una batalla decisiva en lugar de un juego de cartas.

 

—Estoy seguro de que Lady Anna vuelve a perder —decía Rhaegar.

 

—No, todavía tiene una oportunidad —lo corrigió Marien.

 

—Ya no le queda ninguna carta buena, ya está perdida —insistió Maelys.

 

—¡Oigan, los estoy escuchando! —protestó Anna sin dejar de mirar sus cartas.

 

En el otro extremo de la habitación, se desarrollaba otra escena igual de inesperada y mucho más concentrada. Lythariel estaba sentada frente al Emperador, y entre ambos descansaba un elegante tablero de ajedrez con piezas de marfil y ébano.

 

A su alrededor, en semicírculo, tres figuras seguían cada movimiento con una atención absoluta: Lucien, con la mirada fija en el tablero y los dedos apoyados en la barbilla, analizando cada posible jugada con la calma de un estratega nato; a su lado, Grokhar, el ogro, que inclinaba su enorme cabeza hasta casi tocar la mesa, entrecerrando los ojos y murmurando cálculos en voz baja, como si cada pieza fuera un ejército que debía posicionar en el campo de batalla; y más atrás, Cassius, el Canciller, que mantenía una postura erguida, pero sus ojos recorrían cada casilla con una precisión que revelaba años de experiencia en política y estrategia.

 

—Jaque —dijo Lythariel con voz suave y serena, moviendo una de sus piezas con elegancia.

 

Lucien asintió lentamente.

 

—Una jugada muy inteligente. Cierra tres vías de escape al mismo tiempo.

 

Grokhar golpeó suavemente el suelo con un puño, impresionado.

 

—Si yo fuera el Emperador, ya estaría rodeado en mi propio campamento.

 

Cassius negó con la cabeza con una sonrisa leve.

 

—No se apresuren. Su Majestad nunca se rinde tan fácil.

 

El Emperador sonrió con calma, sin perder la compostura, y deslizó una pieza con cuidado.

 

—Eso aún está por verse —respondió—. Ahora el problema lo tiene usted.

 

Lucien arqueó una ceja, interesado.

 

—Muy bien. Ha abierto un flanco que parecía cerrado.

 

Grokhar soltó un gruñido de aprobación.

 

—¡Esa sí es una jugada de verdad!

 

Cassius inclinó la cabeza, reconociendo la astucia del movimiento.

 

—El tablero sigue equilibrado. Nadie tiene ventaja definitiva todavía.

 

Y así continuaban la partida, comentada y analizada como si fuera un consejo de guerra, con la misma seriedad que si estuvieran en el salón principal del palacio, y no entre las paredes frías de una prisión.

 

Mientras tanto, en un rincón más iluminado, los dos maestros enanos conversaban animadamente con Lira, Serafina, Clarisse… y la mismísima Emperatriz Seleneia. Todos rodeaban una pequeña mesa donde humeaba una tetera de porcelana y había varios platos llenos de dulces y pasteles recién hechos.

 

—Pruebe este, Majestad —decía uno de los enanos, ofreciendo un dulce cubierto de miel—. Lo trajimos especialmente desde nuestra ciudad en las montañas.

 

Seleneia tomó un bocado y asintió con una sonrisa encantada.

 

—Está delicioso. Nunca había probado algo así.

 

—¡Necesito la receta ya mismo! —pidió Clarisse con entusiasmo.

 

—¡Yo también! —levantó la mano Lira, sin querer quedarse atrás.

 

Garoum permanecía inmóvil en el umbral, con la manta todavía sobre el hombro, mientras su mente intentaba procesar todo lo que veía. Recorrió lentamente con la mirada cada rincón: el ajedrez con sus analistas, las cartas, el té, las risas, las conversaciones, la princesa del Reino Bestia, la Emperatriz, el propio Emperador… todos reunidos allí como si fuera la cosa más natural del mundo.

 

Volvió a mirar a los guardias, que seguían en el pasillo, y luego otra vez hacia el interior.

 

—¿Ahora entiende por qué tenemos estas caras? —preguntó uno de los soldados con resignación.

 

Garoum tardó unos segundos en responder, sin apartar la vista de la escena.

 

—Sí… ahora lo entiendo perfectamente.

 

El otro guardia negó con la cabeza, encogiéndose de hombros.

 

—Hace unas horas esto era una celda de prisión normal. Ahora… parece la sala de estar del palacio imperial en plena fiesta.

 

En ese momento, Anna levantó la vista y vio a Garoum en la puerta. Su rostro se iluminó y le hizo señas con la mano.

 

—¡Garoum! ¡Por fin llegas!

 

El gigante respondió automáticamente, como siempre.

 

—Lady Anna.

 

Ella señaló con un amplio gesto toda la habitación a su alrededor, con una expresión entre cansada y divertida.

 

—¿Podrías hacerme un favor?

 

Garoum inclinó la cabeza, dispuesto a ayudar en lo que fuera.

 

—Lo que usted ordene.

 

 

Anna suspiró profundamente, mirando a todos los presentes.

 

—Necesito que convenzas a alguien de que esto sigue siendo una celda de prisión… porque tengo la impresión de que nadie más se ha dado cuenta.

 

Se hizo un breve silencio en la habitación. Todas las miradas se volvieron hacia Garoum, esperando su respuesta.

 

El gigante recorrió una vez más con la mirada todo lo que tenía delante: el tablero de ajedrez y sus tres analistas, las tazas de té, las risas, los dulces, la calma que reinaba en cada rincón. Finalmente, volvió a mirar a Anna con total seriedad y respondió:

 

—Creo… que ya es demasiado tarde para eso.

 

Durante un segundo, todo quedó en silencio. Y al instante siguiente, risas y comentarios llenaron la celda de nuevo, más fuertes y alegres que antes. Incluso los dos guardias del pasillo terminaron soltando una carcajada, incapaces de seguir manteniendo la compostura.

 

Porque, aunque oficialmente Lady Anna D’Valriene seguía bajo arresto y su castigo debía cumplirse… nadie, absolutamente nadie, parecía dispuesto a dejarla pasar por ese momento sola.

 

La prisión imperial había dejado de parecer una prisión hacía bastante rato.

 

Sirvientas entraban y salían de la celda con total naturalidad, llevando bandejas de porcelana, teteras humeantes y pequeños bocadillos recién preparados.

 

—Su Majestad la Emperatriz pidió más té de hierbas —anunciaba una de ellas con una reverencia.

 

—También trajimos más dulces de miel y nueces —añadía otra—. Y mantas extra, por si alguien siente frío durante la noche.

 

Los guardias que vigilaban la puerta simplemente abrían y cerraban sin hacer preguntas, como si estuvieran en la entrada de una sala de visitas y no de una celda de detención.

 

Garoum observaba toda la escena apoyada contra la pared, con una expresión de absoluta resignación.

 

—No sé si debería reírme o empezar a preocuparme —murmuró para sí mismo, negando con la cabeza.

 

Unos minutos después, la puerta volvió a abrirse con un golpe seco. Lissandra entró con paso firme y decidido; venía a revisar personalmente que la custodia se cumpliera según las normas, tal como se le había ordenado. Pero apenas cruzó el umbral, se detuvo en seco, rígida como una estatua.

 

Su ojo derecho comenzó a temblar levemente, señal inequívoca de que estaba luchando por mantener la compostura.

 

Los dos guardias que debían estar de guardia estaban sentados en el suelo, recostados contra la pared, jugando una partida de cartas con total tranquilidad. En cuanto vieron a la comandante, se pusieron de pie de un salto, dejando caer las cartas al suelo.

 

—¡Comandante! —gritaron al unísono, con las caras sonrojadas por la sorpresa.

 

Lissandra no respondió de inmediato. Recorrió toda la habitación con la mirada: allí estaban el Emperador y la Emperatriz enfrascados en una partida de ajedrez, la princesa Lyrielle comentando cada jugada, nobles y enanos conversando animadamente, sirvientas entrando y saliendo, y en el centro, Anna discutiendo con Lyra por una carta que supuestamente la otra había escondido.

 

Respiró hondo, muy hondo, para calmar la creciente sensación de frustración. Finalmente, preguntó con una voz completamente seria y grave:

 

—¿Alguien aquí recuerda que este lugar sigue siendo una prisión y que la señorita Anna está bajo arresto?

 

Durante un segundo, toda la celda quedó en silencio. Pero nadie respondió. Ni siquiera se giraron del todo.

 

Lissandra soltó un suspiro largo y profundo.

 

—Como imaginaba…

 

En ese momento, la puerta volvió a abrirse. Primero entró Selene, con su paso tranquilo y elegante, y detrás de ella apareció Demian, con una sonrisa divertida en los labios. Ambos recorrieron la habitación con la mirada y asintieron como si todo fuera lo más normal del mundo.

 

—Ya me lo suponía —dijo Demian con una risa suave.

 

Selene asintió, sonriendo con ternura.

 

—Si Anna está involucrada, es imposible que cualquier situación termine siendo como se esperaba.

 

Los dos conocían demasiado bien a su hermana: dondequiera que fuera, el orden y las reglas solían terminar transformándose en algo mucho más caótico y acogedor.

 

Anna levantó la mano con entusiasmo al verlos.

 

—¡Selene! ¡Demian! ¡Por fin llegáis!

 

Iba a levantarse para recibirlos, pero entonces notó un pequeño movimiento tímido justo detrás de Selene. Una figura delgada y de estatura un poco más baja se escondía casi por completo tras los pliegues de la túnica de la elfa.

 

Anna inclinó la cabeza con curiosidad y solo entonces pudo verla con claridad: Myria.

 

Era una joven Kineth, una raza que casi nadie en el Imperio había visto en persona. Tenía el cabello oscuro y brillante, unos ojos grandes y expresivos de color ámbar, y dos finas antenas que se movían levemente con cada respiración. Su cuerpo estaba cubierto por una armadura natural de tonos negros con detalles dorados que parecían hechos de un metal pulido; de su espalda salían unas alas traslúcidas y delicadas, y en su parte trasera se distinguía un abdomen redondeado, típico de las obreras de su especie.

 

Era una presencia extraña, exótica y muy poco común en esas tierras.

 

Myria sujetaba con fuerza el borde de la ropa de Selene, con las manos pequeñas y delicadas, y solo asomaba la mitad de su rostro para observar a Anna con una mirada llena de curiosidad y cautela.

 

En cuanto Anna la miró directamente, la joven Kineth se asustó y volvió a esconderse por completo detrás de Selene, solo dejando ver el extremo de sus alas y sus antenas que se movían nerviosas.

 

Anna parpadeó, sorprendida, pero con una sonrisa suave.

 

—¿Myria? —llamó con voz tranquila, sin hacer movimientos bruscos que pudieran asustarla.

 

Selene sonrió con ternura y se giró un poco hacia atrás para animarla.

 

—Ha estado con nosotros desde que salimos del palacio —explicó—. No quería separarse.

 

Demian asintió, mirando con simpatía a la pequeña figura escondida.

 

—Después de todo, legalmente fuiste tú quien la compró y quien puso fin a su condición de esclava —añadió con calma.

 

Anna hizo una pequeña mueca de desagrado al escuchar esa palabra. Aún le dolía saber que existían personas que eran tratadas como mercancía.

 

Demian lo notó de inmediato y continuó:

 

—Ya sé que no te gusta esa forma de verlo, pero según las leyes del Imperio, ahora ella está bajo tu protección y forma parte de la Casa D’Valriene. Nadie puede volver a hacerle daño.

 

Anna guardó silencio, asintiendo lentamente. Sabía que era la única forma segura de protegerla por ahora.

 

Selene volvió a mirar hacia atrás, con voz suave:

 

—Desde que despertó y entendió lo que habías hecho, solo repite una cosa: quería conocer a la persona que la salvó.

 

Myria volvió a asomar apenas la cabeza, con las mejillas ligeramente sonrojadas, y sus ojos ámbar se fijaron una vez más en Anna, con una mezcla de timidez y gratitud.

 

—Quería… conocer a la persona que me devolvió la libertad —susurró con una voz suave, casi imperceptible, como si tuviera miedo de que la escucharan.

 

La celda quedó en un silencio tranquilo, respetando ese momento.

 

Anna no dijo nada al principio. Simplemente le dedicó una sonrisa cálida, abierta y sincera, igual a la que siempre ofrecía a cualquiera que llegara a su hogar buscando refugio. Era una sonrisa que decía: No tienes nada que temer aquí.

 

Myria la observó unos segundos más, analizando cada detalle, reuniendo todo el valor que tenía dentro. Finalmente, dio un paso pequeño y vacilante hacia adelante. Seguía manteniéndose parcialmente escondida detrás de Selene, pero por primera vez, se acercaba por voluntad propia a la mujer que le había cambiado la vida para siempre.

 

El silencio seguía pesando en el aire, y todas las miradas se centraban en la pequeña figura de la Kineth. Myria cerró los ojos un instante, tomó aire con fuerza para calmar el temblor de su pecho y, con paso lento pero decidido, avanzó un paso… y luego otro. Sus grandes ojos de color ámbar no se apartaron ni un segundo de Anna, como si buscara en ella la seguridad que tanto necesitaba.

 

Selene, detrás de ella, sonrió con ternura y rompió la calma con voz suave:

 

—En realidad… —miró a Anna con una expresión de complicidad— Myria quería pedirte un favor.

 

Anna ladeó levemente la cabeza, sorprendida.

 

—¿Un favor?

 

—Escúchala —se limitó a responder Selene, haciendo un gesto con la mano para animar a la joven.

 

Anna dirigió toda su atención hacia Myria, esperando con paciencia y sin mostrar ninguna prisa.

 

La Kineth caminó hasta quedar justo frente a ella, a apenas un par de pasos de distancia. Durante unos segundos se mantuvo completamente inmóvil, con las antenas finas y oscuras moviéndose con nerviosismo, percibiendo cada detalle de la habitación. Entonces, con un movimiento lento y solemne, dobló las rodillas y se arrodilló sobre el suelo frío de piedra.

 

El sonido seco y claro de sus rodillas al tocar el suelo resonó en cada rincón de la celda.

 

En ese instante, el tiempo pareció detenerse. Nadie habló, nadie se movió, casi nadie respiraba con normalidad. Los presentes sabían muy poco sobre las costumbres de esa raza tan escasa y desconocida en el Imperio, pero había algo que sí se sabía con certeza:

 

Las Kineth Formicidas jamás se arrodillaban ante nadie.

 

Era una regla grabada en su naturaleza, una tradición tan profunda que ni siquiera los esclavistas más crueles habían logrado obligarlas a romperla. Solo se inclinaban ante una sola persona: su propia Reina.

 

Y ahora, una de ellas estaba arrodillada frente a Anna D’Valriene.

 

La propia Anna se quedó inmóvil, con los ojos muy abiertos, sin comprender del todo lo que estaba ocurriendo.

 

—Myria… —susurró con voz suave, intentando que se levantara.

 

La joven bajó la cabeza hasta que su frente casi rozó el suelo, y su voz sonó temblorosa pero firme:

 

—Lady Anna… quisiera pedirle un favor.

 

Anna guardó silencio, esperando.

 

—Por favor… —apretó sus manos delgadas contra la piedra, haciendo que sus nudillos se pusieran blancos bajo la armadura negra y dorada que cubría su piel— permita que mi pueblo viva en su territorio.

 

La celda quedó completamente en silencio, tan absoluto que hasta el sonido de las respiraciones parecía haberse detenido. Ni siquiera el Emperador, acostumbrado a escuchar las peticiones más insólitas, esperaba algo así.

 

Myria continuó, dejando salir todo lo que llevaba guardado en su corazón:

 

—En el territorio de Lord Valerius… —sus manos comenzaron a temblar con más fuerza— las Kineth somos tratadas como objetos. Nos cazan en los bosques profundos, nos capturan, nos venden en los mercados y nos intercambian como si nuestras vidas no valieran más que una moneda de plata.

 

Cerró los ojos con dolor, como si reviviera cada momento de su cautiverio.

 

—Nos explotan hasta que no podemos más, y cuando ya no servimos… nos descartan sin dudarlo.

 

El ambiente se volvió pesado y cargado de rabia contenida, especialmente en los rostros de quienes conocían bien la crueldad de ese sistema.

 

—Nuestra especie es muy pequeña —continuó Myria, respirando hondo para seguir hablando—. Somos pocas, y por eso cada una de nosotras tiene una misión muy importante. Nuestra Reina jamás abandona el nido, para mantenerlo seguro y permitir que nuestra raza siga existiendo. Nosotras, las obreras, somos quienes salimos: recolectamos alimentos, exploramos los alrededores y sobre todo, protegemos el camino para que nadie extraño logre encontrar nuestro hogar.

 

Anna escuchaba en silencio, con el ceño fruncido por la tristeza que le provocaba la historia.

 

—Yo fui capturada —confesó Myria con una pequeña sonrisa amarga, sin levantar la cabeza—. No fui lo suficientemente fuerte para cumplir mi deber.

 

Se detuvo un instante, y su voz se quebró:

 

—Pero… si algún día logran localizar nuestro nido y llegar hasta nuestra Reina… nosotras no tendremos forma de defenderla. Y entonces… nuestra especie desaparecerá para siempre.

 

El silencio se hizo más profundo que nunca.

 

 

—Por eso… —inspiró con fuerza, reuniendo todo el valor que le quedaba— como miembro del Clan Formicida… le suplico que permita a mi pueblo establecerse bajo su protección.

 

Nadie pronunciaba una sola palabra. Todos esperaban la respuesta de Anna, pero Myria no había terminado. Levantó lentamente la cabeza, y sus ojos brillaban con lágrimas que amenazaban con desbordarse, pero también con una gran determinación.

 

—A cambio… —dijo con voz firme y clara— nuestra Reina le entregará su lealtad absoluta. Y si nuestra Reina ofrece su lealtad… entonces todas las Kineth de nuestro clan también lo harán.

 

Las palabras quedaron suspendidas en el aire, y cada uno de los presentes comprendió al instante su verdadero significado. Myria no estaba ofreciendo solo la ayuda de unas pocas supervivientes o esclavas liberadas. Estaba ofreciendo la alianza de toda una raza, con sus habilidades únicas, su organización y su fidelidad inquebrantable.

 

Y al mismo tiempo, estaba poniendo el destino de las últimas Kineth Formicidas que quedaban en el mundo… en las manos de Anna D’Valriene.

 

El silencio se mantuvo denso y pesado en el interior de la celda. Anna seguía inmóvil, con la mirada fija en la figura arrodillada frente a ella. Aquella petición no era algo pequeño: no pedía refugio para una sola persona, sino un hogar seguro para toda una especie al borde de la desaparición. La responsabilidad que suponía era inmensa, y por eso todavía dudaba, sopesando hasta dónde podía llegar su capacidad de protegerlos.

 

Entonces, el Emperador se puso de pie despacio, con una calma que impuso respeto en todos los presentes. Todas las miradas se volvieron hacia él mientras caminaba con paso firme y sereno hasta detenerse justo frente a Myria.

 

La joven Kineth seguía arrodillada, con la cabeza inclinada, esperando en silencio. El Emperador la observó durante unos segundos, estudiando su postura, el temblor casi imperceptible de sus hombros y la firmeza que, a pesar de todo, mantenía en su actitud. Finalmente, habló con voz grave y pausada, lo suficientemente clara para que todos lo escucharan:

 

—Como gobernante de este Imperio, necesito hacerte una última pregunta.

 

Myria no se movió, pero sus antenas se agitaron levemente, mostrando que estaba atenta a cada palabra.

 

—¿Comprendes realmente lo que estás pidiendo? —continuó él—. Si Lady Anna acepta, tu Reina y todo tu pueblo volverán a vivir bajo la protección de seres humanos.

 

El aire se volvió más pesado.

 

—Los mismos humanos —añadió con un tono que no ocultaba la verdad— que durante generaciones persiguieron a tu especie en los bosques profundos, que las capturaron como si fueran animales salvajes, que las encadenaron, las esclavizaron y las trataron como si su vida valiera menos que una moneda de oro.

 

Nadie se atrevió a interrumpirlo. Algunos no entendían por qué hacía esa pregunta en ese momento, pero otros —como Seleneia, Lythariel o Daeron— comprendieron de inmediato su intención: no estaba poniendo a prueba a Anna, sino comprobando si la decisión de Myria nacía de la desesperación o de una confianza real y consciente.

 

—¿Estás completamente segura —terminó el Emperador, mirándola fijamente a los ojos cuando ella levantó la vista— de confiar algo tan valioso y frágil como el destino de tu Reina y de tu pueblo a otro ser humano?

 

La celda quedó en un silencio absoluto. Myria no respondió de inmediato. Bajó nuevamente la cabeza, apoyando sus manos sobre el suelo frío, y permaneció así unos instantes, como si estuviera reuniendo cada recuerdo y cada sentimiento para formar su respuesta.

 

Cuando habló, su voz fue tranquila, sin rastro de ira, pero cargada de una tristeza profunda y sincera:

 

—Sí.

 

No hubo vacilación ni duda en esa palabra.

 

—Fueron los humanos quienes hicieron sufrir a mi pueblo —continuó, con suavidad—. Nos persiguieron, nos cazaron como presas, nos encerraron en jaulas oscuras y nos vendieron en los mercados como si fuéramos mercancía. Todavía… —su voz se apagó un momento— todavía siento miedo cada vez que pienso en volver a confiar ciegamente.

 

El silencio se hizo más profundo, permitiendo que sus palabras calaran en todos.

 

—Pero… —levantó lentamente la cabeza, y por primera vez sus grandes ojos ámbar se encontraron directamente con los de Anna, sin apartarse ni un segundo— viví demasiado tiempo bajo el techo de Lord Valerius. Lo suficiente para aprender a distinguir la diferencia entre una persona y otra.

 

Anna permanecía inmóvil, escuchando con el corazón apretado en el pecho.

 

—Desde el día en que fui capturada —siguió Myria, con un tono que revelaba todo lo que había tenido que soportar— lo único que vi fueron hombres obsesionados con el poder, con las riquezas, con las joyas y con el lujo. Para ellos, una vida no valía más que el precio que pudiera pagarse por ella. Jamás vi a nadie que mirara a un ser diferente como a alguien igual.

 

Respiró hondo, como si necesitara aire para seguir hablando de lo que más le importaba.

 

—Hasta aquella noche —susurró, y sus ojos comenzaron a humedecerse con lágrimas que se agolpaban en sus pestañas—. En la fiesta, vi algo que nunca creí que vería en mi vida.

 

Una pequeña sonrisa, llena de esperanza y gratitud, apareció en sus labios.

 

—Vi a una noble… —negó suavemente con la cabeza— no, vi a una persona. Una mujer que dejó de lado su título, su vestido costoso, sus joyas y el orgullo de su apellido solo para defender a una esclava que nadie más miraba.

 

Las lágrimas comenzaron a deslizarse lentamente por sus mejillas, resbalando sobre su piel y los bordes de su exoesqueleto negro y dorado.

 

—Y cuando todos los presentes me miraban como si fuera un objeto que podía comprarse o tirarse… Lady Anna —su voz se redujo a un susurro lleno de emoción— me recibió con un abrazo. Como si yo fuera alguien que merecía protección y cariño.

 

El silencio era tan absoluto que se podía escuchar el latido de los corazones en la habitación.

 

—Después de conocer a tantos humanos capaces de hacer cosas terribles —continuó Myria, secándose las lágrimas con la manga de su túnica—, Lady Anna fue la primera en demostrarme que no todos son iguales. Que existe otra forma de ser.

 

Volvió a inclinar la cabeza con más respeto, hasta que su frente casi tocó la piedra fría del suelo.

 

—Por eso… —su voz tembló levemente por la emoción— quiero creer que mi pueblo podrá tener un futuro mejor, lejos de las cadenas y el miedo, bajo su protección.

 

Nadie habló, ni siquiera el Emperador. Solo asintió en silencio, porque comprendió perfectamente el significado de aquella respuesta: no era una petición nacida solo de la desesperación por sobrevivir, sino de algo mucho más difícil de recuperar después de tanto dolor: la esperanza.

Thoughts

  • sprintFallido

    Llega Garoum con una manta, los guardias le abren con cara de derrota, adentro hay cartas, ajedrez con tres comentaristas, té con enanos y la Emperatriz. Y la única que se acuerda de que es una celda es la presa, che.

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  • calleyplaza

    Garoum bajando con su propia manta para Lady Anna, justo después de lo que los padres de Daeron dijeron de ella en el anterior, me hizo gracia: media corte ya está de su lado y los guardias son los últimos en enterarse.

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  • calleyplaza

    En el mismo grupo, Roxas publicó Capitulo 2 (reescrito), otra historia por capítulos con una mañana tranquila antes de volver al peligro. Vale la pena leerlo.

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  • calleyplaza

    El Emperador le pregunta a Myria si se fía de un humano, y a Anna ni siquiera si puede. Me juego algo a que Anna dice que sí antes de tener con qué, y que la que acaba organizándolo todo es Lissandra, con el ojo temblando.

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