Saltar al contenido
Cargando…

Capítulo 72: como una erupción

DNavarrete

Contenido de la publicación

El tiempo pareció detenerse y retroceder de golpe, arrastrando a Daeron de vuelta a aquellos días que creía haber dejado atrás para siempre.

 

“¡Hermano!”

 

Apenas había recorrido unos pasos por los largos pasillos del castillo familiar cuando unos brazos pequeños y suaves se enroscaron con fuerza alrededor de su cintura por la espalda. Los documentos que llevaba entre las manos estuvieron a punto de caer al suelo.

 

—¿Otra vez encerrado entre papeles y asuntos aburridos? —resonó una voz alegre y cristalina, seguida de una risa que parecía llenar todo el espacio.

 

Daeron soltó un suspiro cansado, pero dibujó una sonrisa automática en su rostro antes de girarse. Frente a él estaba Elara: su hermana menor, de largo cabello negro que caía en ondas sueltas, con un delicado mechón plateado que le caía sobre la frente y enmarcaba unos grandes ojos azules brillantes, llenos de curiosidad y alegría. Alrededor de su cuello, descansaba aquel pequeño colgante de plata, sencillo pero valioso para ella: el primer regalo que le había hecho él.

 

—Deja esos papeles un rato —le pidió ella, inflando un poco las mejillas en un gesto travieso—. Hace días que no pasas tiempo con tu hermanita.

 

Daeron levantó los documentos con una sonrisa resignada.

 

—Solo dame una hora. En cuanto termine esto, iremos a la ciudad a comer esos dulces que tanto te gustan. Te lo prometo.

 

Los ojos de Elara se abrieron como platos, iluminándose de felicidad. Se puso de puntillas y le dio un beso suave en la mejilla.

 

—¡Entonces no tardes mucho! ¡Te quiero, hermanito!

 

Y salió corriendo por el pasillo, riendo y agitando las manos en el aire, sin saber que esa sería la última vez que la vería sonreír con tanta inocencia.

 

—Daeron.

 

Una voz firme y baja lo arrancó bruscamente de sus recuerdos.

 

Parpadeó varias veces, respirando con dificultad, y solo entonces se dio cuenta de que su mano había agarrado con tanta fuerza la empuñadura de su espada que la había desenvainado unos centímetros, dejando ver el brillo del acero.

 

Adrian estaba a su lado, sujetando su muñeca con firmeza, pero con discreción, para que nadie más en el salón notara lo que pasaba

 

.—Cálmate —le susurró casi en silencio—. No cometas una locura ahora mismo.

 

Con un esfuerzo inmenso, Daeron fue soltando los dedos poco a poco y volvió a introducir la hoja en su funda, aunque su cuerpo seguía tenso como una cuerda a punto de romperse. Había estado a un segundo de saltar sobre Valerius sin importarle las consecuencias.

 

A pocos pasos, Anna permanecía completamente inmóvil. No miraba al hombre ni a nada más que aquel pequeño colgante de plata que colgaba de su cuello. No podía apartar la vista, como si algo la hubiera clavado en ese punto.

 

Valerius notó de inmediato aquella mirada fija y ávida, y una sonrisa burlona apareció en su rostro. Levantó el colgante entre sus dedos, haciéndolo girar con despreocupación.

 

—¿Qué ocurre, Lady Anna? ¿Le ha llamado la atención esta pequeña baratija?

 

Anna no respondió. Su expresión permanecía en blanco, vacía.

 

—Es curioso —continuó él, sin dejar de sonreír—. Nunca le había prestado demasiada atención. Lo heredé, por así decirlo, de una esclava que me llegó hace bastantes años. Una joven humana que encontraron en la frontera.

 

Daeron sintió que el aire se le quedaba atascado en los pulmones. Sus nudillos volvieron a apretarse hasta blanquear.

 

—Nunca supe cuál era su verdadero nombre —siguió hablando Valerius, con un tono de indiferencia que resultaba ofensivo—. Pero debo admitir que era bastante útil. Una buena esclava, sumisa y trabajadora.

 

El silencio a su alrededor comenzó a volverse cada vez más pesado, opresivo. Pero el noble no se dio cuenta de nada; al contrario, su sonrisa se torció hasta adquirir un matiz cruel y enfermizo.

 

—Y lo más divertido —añadió con voz más alta, para que lo escucharan todos los que estaban cerca— era escucharla repetir siempre lo mismo, día tras día: “Mi hermano mayor vendrá a buscarme. Él me salvará”. ¡Ja, ja, ja! ¡Qué muchacha más estúpida! Nunca entendió que nadie vendría por alguien como ella.

 

La mano de Daeron temblaba con rabia contenida, las venas de su cuello y brazo marcándose con fuerza. Adrian tuvo que agarrarlo con ambas manos para evitar que se lanzara contra él en ese mismo instante.

 

Pero entonces… algo cambió.

 

No hubo un grito, ni una llamarada, ni una explosión de energía visible. Fue algo más sutil, pero mucho más aterrador: una presencia densa, fría y pesada que comenzó a extenderse desde donde estaba Anna, como si una sombra antigua y olvidada hubiera despertado en su interior.

 

Garoum levantó la cabeza al instante, alertado. Eliana contuvo la respiración. Selene abrió los ojos con una expresión de sorpresa. Demian frunció el ceño con preocupación. Lythariel giró la mirada rápidamente hacia su amiga. Sylwen dio un paso atrás sin darse cuenta, sintiendo cómo la piel se le erizaba.

 

Incluso Ragnar, el Rey Bestia, que había permanecido impasible, ante todo, dejó de mirar a Valerius y dirigió toda su atención a Anna. A su lado, Lyrielle erizó completamente las orejas, su cola se puso rígida y un escalofrío le recorrió el cuerpo.

 

Todos reconocían esa sensación: no era una magia destructiva, sino algo cargado de desprecio absoluto, de odio silencioso y de una ira tan profunda que parecía apagar la luz y el calor en el aire. Era la misma presencia que había rodeado a Anna años atrás, cuando todavía era conocida como una mujer fría, implacable y temida por todos. Por un instante, no veían a la joven amable y cercana que había llegado esa mañana… veían la sombra de la Tirana que todos creían desaparecida.

 

—¡Lady Anna! —gritó Garoum dando un paso al frente.

 

—¡Anna, detente! —añadió Eliana con voz temblorosa.

 

Pero ya era demasiado tarde.

 

Anna desapareció de su sitio en un movimiento tan rápido que casi nadie alcanzó a seguirlo.

 

Valerius apenas tuvo tiempo de levantar la vista, con la boca todavía abierta por la risa, cuando lo único que vio fue un puño cubierto por una neblina oscura y densa, y unos ojos azules que ya no tenían rastro de compasión ni de dulzura.

 

¡¡BOOOM!!

 

El impacto retumbó con fuerza por todo el salón, haciendo temblar el suelo. La cabeza de Valerius giró violentamente hacia un lado, y su cuerpo entero salió despedido varios metros hacia atrás, hasta estrellarse con estruendo contra una de las grandes columnas de mármol. La piedra crujió y se agrietó, esparciendo polvo y fragmentos por el suelo, mientras todas las joyas que llevaba cayeron rodando en todas direcciones.

 

Un silencio sepulcral cayó sobre toda la sala, tan absoluto que hasta el latido de los corazones parecía haberse detenido.

 

Nadie, absolutamente nadie, esperaba que Anna D’Valriene, la representante del Imperio, la mujer que acababa de mostrarse educada y razonable, golpeara así a un diplomático de otro reino, en plena celebración y frente a toda la nobleza reunida.

 

Y lo peor… apenas había empezado.

El salón entero quedó sumido en un silencio sepulcral, tan denso y pesado que parecía comprimir el aire en los pulmones de todos los presentes. Las velas de los candelabros, que hasta entonces ardían con una luz cálida y dorada, comenzaron a parpadear inquietas, como si temieran apagarse ante la sombra que acababa de despertar. El murmullo de las conversaciones se cortó de golpe, dejando solo un vacío helado que se extendía desde el centro de la sala hasta los rincones más alejados.

 

Nadie alcanzó siquiera a comprender lo que acababa de ocurrir. Un segundo ante, todo transcurría según las reglas de la etiqueta; al siguiente, la realidad parecía haberse roto en pedazos.

 

Los guardias de Solvaria fueron los primeros en reaccionar, impulsados por el deber.

 

—¡Protejan a Lord Valerius! —gritó el capitán, desenvainando su espada al instante.

 

Pero apenas dieron dos pasos hacia adelante, una oleada de energía oscura, espesa y helada como el hielo de las montañas más altas, estalló en círculo alrededor de Anna con un estruendo sordo y profundo: ¡BOOM!

 

No fue una explosión ruidosa ni llamativa, sino una fuerza invisible que golpeó como un muro macizo. Los guardias salieron despedidos hacia todos lados: unos chocaron contra las columnas de mármol con un golpe sordo, otros rodaron por el suelo pulido perdiendo sus armas, y ninguno logró siquiera acercarse a menos de tres metros. Nadie podía atravesar aquella barrera de ira concentrada.

 

En el suelo, Valerius tosió con fuerza, escupiendo sangre que manchó su barbilla y el pecho de su elegante túnica. Intentó incorporarse, apoyando una mano temblorosa en el mármol, pero su rostro ya estaba deformado y amoratado por el primer impacto, y le costaba mantener la conciencia. Apenas logró apoyar una rodilla, cuando sintió un peso inmenso caer sobre él, aplastándolo contra el suelo con una fuerza que le cortó la respiración.

 

Era Anna.

 

Se había abalanzado sobre su cuerpo con una agilidad que parecía inhumana, y con una sola mano lo inmovilizó contra la fría piedra como si fuera una simple muñeca de trapo. Levantó lentamente el puño, envuelto en esa misma neblina oscura que parecía absorber la luz a su alrededor.

 

Sus ojos ya no brillaban con calma ni dulzura. Estaban vacíos, fríos como la noche sin luna, y reflejaban una ira tan profunda, tan antigua y absoluta, que parecía capaz de quemar todo lo que tocaba. No había rastro de dudas, ni de piedad, ni de razonamiento: solo el deseo ciego de hacer pagar cada segundo de dolor, cada lágrima, cada grito que aquel hombre había causado.

 

Y golpeó.

 

¡CRACK!

 

El impacto resonó por todo el salón como el sonido de un hacha al partir madera dura. Su puño chocó directamente contra el rostro de Valerius, haciendo que su cabeza rebotara con violencia contra el suelo.

 

Sin esperar ni un instante, volvió a levantar el brazo.

 

¡CRACK!

 

Otro golpe.

 

Y otro más.

 

¡CRACK! — ¡CRACK! — ¡CRACK!

 

No parecían puñetazos de una mujer. Eran martillazos secos, rítmicos, implacables. Cada golpe hacía vibrar las losas de piedra bajo los pies de los presentes, y la sangre comenzó a salpicar el mármol blanco inmaculado, dibujando manchas rojas que se extendían poco a poco. Las manos de Anna también terminaron cubiertas de ese líquido caliente, pero ella no parecía sentirlo, ni detenerse, ni dudar ni por un segundo. Su cuerpo se movía guiado solo por el fuego que le ardía en el pecho.

 

Valerius ya apenas podía levantar los brazos para protegerse. Sus intentos eran débiles y desesperados, y solo recibían golpe tras golpe, sin tregua, sin piedad.

 

En el resto del salón, nadie sabía qué hacer. Los nobles se agrupaban hacia atrás, con los ojos muy abiertos, pálidos como el papel, incapaces de creer lo que veían.

 

En el trono imperial, el Emperador se había levantado de un salto, con el rostro tenso y las manos apretadas a los costados, pero no sabía si intervenir o quedarse quieto, atrapado entre el deber y la sorpresa. A su lado, Ragnar apretaba los dientes hasta que le dolían las mandíbulas, observando con una mirada seria y comprensiva. Lyrielle, encogida, había escondido sus orejas blancas contra su cabeza y apretaba su cola entre las piernas, sintiendo la misma rabia ajena como si fuera propia.

 

Más cerca, Sylwen temblaba de pies a cabeza, con la mano sobre la empuñadura de su espada, pero sin saber si debía detenerla o protegerla. Eliana tenía los ojos muy abiertos, la respiración entrecortada, reconociendo aquella expresión: jamás, en todos estos años, había vuelto a ver esa mirada. Era exactamente la misma, fría y destructiva, que tenía Anna cuando todavía era conocida en todo el continente como la Tirana.

 

Garoum fue el primero en reaccionar, moviéndose con su tamaño imponente.

 

—¡¡Lady Anna!! —gritó con voz potente, corriendo hacia ella.

 

Pero alguien fue más rápido.

 

Desde un costado, Daeron avanzó con pasos largos y decididos, y en un movimiento envolvente, rodeó el cuerpo de Anna con sus brazos, sujetándola con toda la fuerza que poseía. No lo hizo con violencia ni para detenerla a la fuerza, sino para rodearla, aprisionarla con cuidado, como quien intenta contener algo que se va a romper para siempre.

 

Anna alzó el puño una vez más, lista para golpear de nuevo, pero entonces escuchó una voz, quebrada y temblorosa, justo a su espalda:

 

—...Ya basta...

 

Su brazo se detuvo en el aire, paralizado a pocos centímetros del rostro ya irreconocible de Valerius.

 

Lentamente, muy lentamente, giró la cabeza.

 

Detrás de ella estaba Daeron, apretándola contra su pecho, con la cara hundida en su hombro. Pero ella sintió algo cálido y húmedo caer sobre su cuello, resbalando por su piel.

 

Eran lágrimas.

 

Daeron estaba llorando, sin poder contenerse, aferrándola con más fuerza todavía, como si temiera que en cuanto soltara, ella desaparecería para siempre en medio de su propia ira.

 

—Por favor... —susurró, y su voz se quebraba con cada palabra—. Detente...

 

Anna permaneció inmóvil, con el puño todavía en alto, los ojos aún vacíos y oscuros.

 

Entonces Daeron apretó el abrazo con desesperación, como si quisiera meterla dentro de sí mismo para protegerla de lo que estaba pasando.

 

—No... —continuó, sollozando con dificultad—. No quiero perderte a ti también...

 

Esas palabras, suaves pero cargadas de un dolor antiguo, fueron mucho más fuertes que cualquier barrera o cualquier razón. Fueron como agua helada vertida sobre aquel fuego que ardía en su interior. Anna sintió cómo toda aquella furia inmensa, aquella rabia acumulada durante años, comenzaba a agrietarse y desmoronarse, dejando al descubierto el dolor que había debajo todo ese tiempo.

 

Daeron cerró los ojos con fuerza, dejando salir todo lo que había contenido durante años:

 

—A mi hermana Elara... no pude salvarla cuando más me necesitaba. No llegué a tiempo. Y me quedé con esa culpa clavada en el pecho desde entonces... —su respiración se hacía cada vez más agitada—. Pero... no quiero, no quiero volver a pasar por lo mismo contigo. No quiero ver cómo te consumes y desapareces, convertida en algo que no eres... Por favor, no me obligues a perder también a ti...

 

El salón entero permanecía inmóvil, en silencio absoluto. Ya no veían a una noble golpeando a un diplomático, ni a una dama respetada perdiendo la compostura. En ese momento, todos veían simplemente a un hermano roto, desesperado, luchando por salvar a la única persona que aún le quedaba en el mundo, antes de que el odio la consumiera por completo.

 

Las sombras oscuras alrededor de Anna comenzaron a desvanecerse poco a poco, disipándose como niebla bajo el sol, dejando ver de nuevo su figura temblando, con las manos manchadas de sangre, pero con la ira cediendo su lugar al dolor.

 

Anna permaneció inmóvil en el mismo sitio donde la había detenido el abrazo de Daeron. Aquellos brazos fuertes habían logrado frenar sus puños, pero no podían quitarle el peso de lo que acababa de hacer. Sentía que el suelo se abría bajo sus pies, y que todo lo que había construido hasta ese momento se desmoronaba en un instante.

 

Sus ojos descendieron lentamente, sin prisa, hasta posarse sobre sus propias manos. Estaban completamente cubiertas de sangre fresca y seca, pegajosa al tacto: la sangre de Valerius. Al verlas, sus dedos comenzaron a temblar sin que pudiera controlarlo. Abrió las palmas, las observó durante unos segundos en silencio, como si no reconociera su propio cuerpo. Su respiración se volvió irregular, agitada, y un nudo amargo le apretó la garganta.

 

Entonces cerró las manos con tanta fuerza que sus uñas se clavaron en la piel, marcando pequeñas medias lunas que pronto comenzaron a sangrar también. Un susurro apenas audible salió de sus labios secos:

 

—...Lo arruiné...

 

Esas palabras fueron mucho más suaves y silenciosas que todos los golpes y estruendos anteriores, pero quienes estaban cerca las escucharon con una claridad que dolía en el pecho.

 

Anna dio un paso al frente, alejándose de Daeron. Él extendió instintivamente una mano hacia ella, con el rostro lleno de preocupación:

 

—Anna, espera...

 

Ella no respondió. Ni siquiera volvió la cabeza. Caminó despacio, con pasos firmes pero vacíos, atravesando el espacio que la separaba del resto de los presentes. A cada paso que daba, los nobles se apartaban automáticamente a los lados: algunos por miedo, recordando la furia que acababa de desatar; otros por la impresión profunda de haber visto algo que nadie esperaba presenciar. Nadie olvidaría jamás esa expresión fría y destructiva que había iluminado su rostro durante unos minutos eternos.

 

Garoum se quedó clavado en su sitio, con los puños apretados y la mirada baja, incapaz de saber qué hacer. Eliana también bajó la vista, mordiéndose el labio para no romper a llorar. Sylwen sentía un nudo tan fuerte en la garganta que le costaba respirar. Todos querían detenerla, protegerla, pero comprendían que en ese momento, ella estaba asumiendo la responsabilidad con una dignidad que superaba cualquier disculpa.

 

Anna siguió caminando hasta detenerse justo frente al Capitán de la Guardia Imperial: un hombre de mediana edad, de rostro marcado por cicatrices y experiencia, el mismo que semanas atrás la había escoltado desde su ciudad hasta la capital con respeto y confianza. El veterano soldado la observaba en silencio, con una mezcla de sorpresa, pena y respeto, pues jamás imaginó verla en una situación así.

 

Sin levantar la vista, Anna alzó lentamente ambas muñecas, mostrando sus manos todavía manchadas de sangre y heridas. Cuando habló, su voz sonó firme y clara, aunque estaba vacía de toda emoción, como si hubiera puesto una barrera entre ella y el mundo.

 

—Acabo de atacar y agredir a un representante oficial de otro Imperio en suelo imperial —dijo con total claridad—. He roto las leyes de hospitalidad, el protocolo diplomático y he cometido un crimen según las normas que todos debemos respetar.

 

Respiró hondo, como si estuviera soltando el último resto de aire que le quedaba.

 

—Me entrego voluntariamente. No intentaré huir ni oponerme. Aceptaré el juicio y la sentencia que el Imperio decida imponerme.

 

El silencio volvió a caer sobre el salón con más fuerza que nunca.

 

El Capitán apretó la mandíbula hasta que los músculos de su rostro se tensaron. Él también había sentido cómo le hervía la sangre al escuchar las palabras crueles y burlonas de Valerius, y en el fondo había deseado hacer exactamente lo mismo que Anna. Pero la ley era la ley, y su deber no le permitía olvidarlo.

 

Levantó lentamente la mirada hacia el trono imperial, buscando la orden definitiva.

 

El Emperador seguía de pie, inmóvil, con las manos aferradas con tanta fuerza a los apoyabrazos que la madera crujía bajo sus dedos. Durante varios segundos largos no dijo nada; parecía estar luchando internamente entre lo que dictaba su corazón y lo que exigía su cargo.

 

Finalmente, cerró los ojos con pesadez. Cuando los volvió a abrir, ya no era el hombre comprensivo que había recibido a Anna esa mañana, sino el Emperador, frío y solemne, consciente de que cada decisión suya afectaba a miles de personas.

 

—Capitán —pronunció con una voz grave y profunda, que resonó por todo el recinto—. Arreste a Lady Anna D’Valriene. Será trasladada de inmediato a los calabozos del palacio, bajo custodia segura, hasta que se reúna el consejo y se juzgue este incidente con todas las formalidades que requiere.

 

Cada palabra pesaba toneladas, y se notaba en su expresión que pronunciarlas le costaba más que cualquier otra orden que hubiera dado en años.

 

El Capitán bajó la cabeza en señal de obediencia, aunque sus labios se movieron con dificultad.

 

—...Sí, Majestad.

 

Sacó lentamente de su cinturón un par de esposas de hierro pulido, simples pero resistentes. Se acercó a Anna con movimientos suaves, sin violencia, y ella no opuso la menor resistencia: ni retrocedió, ni intentó ocultar las manos, ni dijo una sola palabra para defenderse.

 

El sonido metálico de las cadenas cerrándose sobre sus muñecas sonó claro y nítido en el silencio: Clac.

 

Dos guardias más se colocaron a sus lados, con el rostro serio pero lleno de tensión. Era evidente que ninguno deseaba cumplir esa tarea, pero cumplían con su deber.

 

Anna comenzó a caminar, escoltada entre ambos soldados, con la cabeza erguida y la mirada fija al frente. No miró atrás, ni buscó la mirada de sus amigos, ni se despidió de nadie. Sabía que lo que hacía era necesario para proteger a todos los que amaba y evitar que el conflicto se agravara más.

 

—¡Anna! —gritó Daeron, dando un paso hacia ella, pero Adrian lo sujetó con fuerza del hombro.

 

—Déjala —le dijo Adrian en voz baja, pero firme—. Si vas tras ella ahora, solo empeorarás todo. Ella sabe lo que hace.

 

Esta vez era Daeron quien necesitaba ser detenido para no cometer una locura. Se quedó allí, con los puños cerrados y los ojos llenos de rabia y dolor, viendo cómo se alejaba.

 

 

Garoum apretó los puños hasta que sus nudillos se volvieron blancos, y sus enormes manos temblaban con ira contenida. Eliana cerró los ojos con fuerza para que las lágrimas no cayeran, mientras Sylwen sentía cómo estas ya corrían por sus mejillas. Incluso Lyrielle, que lo había observado todo desde el trono, bajó lentamente las orejas contra su cabeza, con una expresión de profunda tristeza y confusión.

Cuando la figura de Anna desapareció por el pasillo que llevaba a los niveles inferiores del palacio, el Emperador volvió a levantar la voz:

 

—Que los sanadores y sacerdotes acudan de inmediato a atender a Lord Valerius —ordenó con seriedad.

 

Un grupo de ellos corrió enseguida hacia donde yacía el noble, ya inconsciente y casi irreconocible.

 

Cuando todo quedó en silencio otra vez, el Emperador respiró hondo y anunció con tono solemne:—Debido a la gravedad del incidente que acaba de ocurrir, la celebración del cumpleaños de la Emperatriz queda oficialmente suspendida. Todos los invitados pueden retirarse a sus habitaciones o salir del palacio con escolta si lo desean.

 

Nadie protestó, nadie hizo comentarios en voz alta. Uno a uno, los nobles y asistentes comenzaron a abandonar el salón en silencio, con las miradas bajas y las mentes llenas de preguntas y pensamientos. Pero ninguno de ellos olvidaría jamás la imagen de aquella joven noble: la que había llegado esa mañana como símbolo de esperanza, de cambio y de unión entre razas, y que, por defender el recuerdo de alguien que ya no podía defenderse, había aceptado caminar hacia una celda con una dignidad que superaba a la de muchos de los que estaban presentes.

 

Related posts

Pública 0 conversaciones 0 pensamientos 4 votos positivos 0 votos negativos 1 serie

El tiempo pareció detenerse y retroceder de golpe, arrastrando a Daeron de vuelta a aquellos días que creía haber dejado atrás para siempre.

En series