La mañana llegó con un cielo completamente despejado, de un azul intenso sin una sola nube que lo interrumpiera. El sol ya había subido lo suficiente para iluminar todo el patio principal del castillo, calentando las losas de piedra y haciendo brillar las hojas de los árboles que bordeaban el camino.
El lugar estaba lleno de movimiento y actividad. Frente a la entrada principal, los carruajes de madera oscura y ruedas reforzadas ya esperaban listos para partir. Los soldados revisaban las correas, acomodaban los cofres de equipaje y aseguraban las provisiones para el largo viaje de regreso a la capital imperial. Los caballos, bien alimentados y cepillados, piafaban con suavidad, impacientes por ponerse en marcha.
Garoum recorría el grupo con paso firme, revisando cada detalle una y otra vez, mientras Lyra daba instrucciones claras y precisas a los guardias que escoltarían el camino. Todo estaba organizado, todo en su sitio… solo faltaba una persona.
Anna.
—Bueno… —la mujer dejó escapar un pequeño suspiro, cruzando los brazos mientras observaba el ir y venir de todos con una mezcla de resignación y ganas de quedarse—. Supongo que ya es hora de volver a la capital.
No alcanzó a dar ni un solo paso hacia los carruajes cuando unos brazos la rodearon por la espalda con una fuerza suave pero firme, impidiéndole avanzar.
—¿Eh? —se sorprendió ella, girando la cabeza sin poder moverse.
—Un poquito más… déjame quedarme así un momento —pidió la voz de Selene, cálida y cercana, llegando desde detrás de su hombro.
Anna no pudo evitar sonreír, sacudiendo levemente la cabeza con resignación.
—Hermana, si sigues abrazándome así, no voy a poder salir nunca de aquí.
Selene no respondió con palabras, solo apoyó la mejilla sobre el hombro de Anna, exactamente igual que hacía cuando ambas eran niñas pequeñas y Anna buscaba refugio en ella, o cuando simplemente quería sentirse acompañada. Permaneció así unos segundos, sin decir nada, dejando que el silencio hablara por sí mismo.
Anna soltó una risa suave.
—No es como si me fuera a la guerra, ¿sabes? Solo voy a la capital a entregar unos papeles y atender asuntos oficiales. Volveré en menos de dos semanas.
—Para mí es exactamente lo mismo —respondió Selene sin soltarla, con un tono que mezclaba cariño y preocupación—. Cada vez que te vas, me paso el tiempo imaginando todas las formas posibles en las que puedes meterte en problemas, enredarte en discusiones o hacer algo que termine con toda la corte mirándote con cara de horror.
—¡Exageras! —protestó Anna, aunque no hizo ningún esfuerzo por deshacerse del abrazo.
—No exagera nada —dijeron dos voces al mismo tiempo, una detrás de la otra.
Anna levantó una ceja, girándose lo suficiente para ver cómo Demian se acercaba con las manos a la espalda y una sonrisa divertida en los labios.
—Ah, ahora los dos se ponen de acuerdo —se quejó ella con fingida molestia—. Pues bien, los dos exageran. Soy perfectamente capaz de cuidarme sola.
Demian soltó una carcajada sincera, y sin previo aviso alargó la mano y le desordenó completamente el cabello que ella se había peinado con tanto esmero esa mañana.
—¡Oye! —Anna se apartó de un salto, levantando las manos para intentar arreglar el desastre—. ¡Me tomó casi media hora dejarlo bien! ¡Y ahora lo has dejado hecho un nido de pájaros!
—Así está mucho mejor —respondió él, riéndose más fuerte—. Se ve más tú, menos señora importante y más hermana que conozco.
—¡Quedó horrible! —insistió ella, intentando alisar los mechones rebeldes sin mucho éxito.
—Digo que está mejor y punto —repitió Demian, con esa sonrisa que siempre conseguía hacerla enfadar y luego reírse al mismo tiempo.
Pero poco a poco, su expresión cambió. La broma se desvaneció, dando paso a una mirada más seria, más cálida y llena de confianza. Se acercó un poco más y habló en un tono que solo ella podía escuchar con claridad.
—Escúchame bien, Anna. No importa lo que ocurra allá afuera, no importa lo que digan, lo que piensen o lo que intenten hacerte.
Volvió la vista hacia el gran castillo detrás de ellas, y luego más lejos, hacia las calles que se extendían hasta los límites de la ciudad, donde se veían los tejados nuevos, los campos verdes y la gente moviéndose libremente.
—Esta ciudad, esta tierra, y todo lo que hemos construido aquí… siempre serán tu hogar. Siempre. No importa dónde estés, ni cuánto tiempo pase, ni si las cosas se ponen difíciles. Aquí siempre tendrás un lugar al que volver, y personas que te esperan.
Anna se quedó inmóvil, con la mano todavía en el cabello, y sintió cómo la preocupación se desvanecía para dar paso a una sensación de seguridad profunda. Entonces sonrió: una sonrisa pequeña, tranquila y completamente sincera.
—Gracias… —respondió en voz baja, casi un susurro.
Desde el interior de uno de los carruajes, Eliana apoyaba un brazo sobre el marco de la ventana y observaba toda la escena con una sonrisa divertida, mientras Lyra estaba a su lado preparando las provisiones de viaje.
—Mírala —comentó Eliana, bajando un poco la voz para que nadie más lo oyera—. Hace apenas diez minutos estaba discutiendo con el cocinero, jurando y perjurando que ella no había tocado ni un solo pastelillo y que la única culpable era Lira.
Lyra soltó una risa baja, negando con la cabeza.
—Y cuando las encontramos escondidas en la despensa, todavía tenían restos de azúcar en la mejilla y migas en el cuello.
—Y aun así seguía diciendo que eran pruebas insuficientes para condenarla —añadió Eliana, y ambas terminaron riéndose entre dientes.
A pocos metros de distancia, Selene se agachó hasta quedar exactamente a la altura de la pequeña Lira, que estaba esperando junto a Anna con su pequeña mochila ya lista, observando todo con curiosidad.
—Lira —la llamó Selene con mucha dulzura.
La niña inclinó la cabeza a un lado, con sus grandes ojos oscuros atentos.
—¿Sí, señora Selene?
—Llámame solo Selene, ¿vale? —corrigió ella con una sonrisa—. Ahora escúchame bien: tienes una misión muy importante.
Lira abrió los ojos un poco más, enderezándose de golpe y poniéndose en una postura muy seria, como si fuera una guardia de honor.
—¿Una misión?
—Exacto —asintió la mujer—. Cuida mucho de tu hermana mayor Anna. Esa mujer tiene un talento especial para meterse en líos sin siquiera quererlo, para decir lo que no debe en el momento equivocado y para olvidarse de que debe descansar y comer bien.
Anna levantó inmediatamente una mano, protestando con voz alta:
—¡Protesto! ¡No es para tanto!
Nadie le hizo el menor caso. Demian incluso asintió con la cabeza, como si estuviera totalmente de acuerdo con lo dicho.
Lira se llevó una mano al pecho con toda la solemnidad que podía reunir en su corta edad, y respondió con firmeza:
—¡Entendido! ¡La vigilaré bien, le diré que coma y no dejaré que se meta en problemas!
—Muy bien —dijo Selene, acariciando suavemente la cabeza de la niña—. Eso es lo que quiero oír. Y recuerda algo más: ahora también eres parte de esta familia.
Los ojos de Lira se iluminaron como dos estrellas recién encendidas.
—¿De verdad? ¿Yo también soy de la familia?
—Por supuesto —intervino Demian, agachándose también para estar a su altura—. Nuestra hermana decidió traerte con ella, darte un hogar y llamarte su hermana. Eso significa que aquí siempre tendrás un sitio, y que siempre serás bienvenida, vengas cuando vengas.
La pequeña no pudo contener la alegría. Sonrió de oreja a oreja, mostrando sus dientes pequeños y blancos, y sin pensarlo dos veces se lanzó hacia adelante y abrazó con fuerza a Selene, que correspondió el gesto con una sonrisa llena de cariño.
—¡Gracias! —gritó Lira con entusiasmo.
A cierta distancia, en el segundo carruaje, Sylwen observaba toda la escena en absoluto silencio, apoyada contra el respaldo del asiento. A su lado, Maelys sonreía ampliamente, como si ver esa muestra de afecto fuera lo más natural y maravilloso del mundo.
—Se ve que son muy unidos —murmuró la elfa, casi para sí misma.
—¡Muchísimo! —respondió Maelys con orgullo, sin dudar—. Lady Anna siempre dice que la familia no es algo que se elige al nacer… pero sí se puede elegir quedarse con ella, luchar por ella y construirla de nuevo, incluso cuando se ha roto.
Sylwen volvió a mirar hacia la entrada del castillo: a Selene y Demian, que se burlaban y aconsejaban a Anna al mismo tiempo; a Anna, que fingía estar enfadada pero no podía ocultar lo feliz que estaba; a Lira, que saltaba de alegría al saber que tenía un lugar en ese mundo.
Era difícil imaginar que esa misma familia, años atrás, había tenido que enfrentarse unos a otros, que había habido distancia, dolor y decisiones que les partieron el corazón. Y sin embargo, allí estaban, día tras día, reconstruyendo poco a poco lo que una vez parecía perdido para siempre.
Por primera vez, Sylwen comprendió con claridad que no solo Anna había cambiado. Toda la familia D’Valrienne había aprendido a sanar, a perdonar y a volver a quererse, cada uno a su manera, con sus bromas, sus discusiones y su lealtad inquebrantable.
Anna ajustó con cuidado las correas de la pequeña mochila que llevaba Lira, asegurándose de que no le apretara ni se le cayera al caminar. Luego le dio un suave golpecito en el hombro y sonrió con calma.
—Bueno… —dijo, alzando la vista para mirar a todos los que estaban reunidos en el patio—. Creo que ya es hora de volver a la capital.
Demian asintió con un gesto sereno.
—Todo está listo. El carruaje ya espera en la entrada, y los guardias de escolta han revisado el camino.
Lira levantó de golpe una mano, moviéndola con energía como si ya estuviera en el camino.
—¡Volveremos muy pronto! ¿Verdad, hermana Anna?
Anna soltó una pequeña risa y le acarició el cabello con dulzura.
—No tan rápido, pequeña. Volveremos dentro de unos meses.
La niña frunció los labios y formó un puchero muy marcado.
—¿Tanto tiempo? Se me va a hacer eterno.
—Las clases en la Academia Imperial aún no terminan —le explicó Anna con paciencia—. Y los exámenes finales se acercan. No puedo ausentarme demasiado tiempo, o el maestro me dirá que he perdido la costumbre de estudiar.
Lira asintió con resignación, aunque sus ojos seguían mostrando que no le hacía ninguna gracia la espera.
Anna volvió la mirada hacia Demian, y su expresión cambió ligeramente para volverse más seria y formal.
—Por cierto… antes de que me vaya, hay algo importante que debes saber.
—Dime —respondió él, atento.
—Dentro de unos días llegará la representante elegida por todas las comunidades de razas que se han establecido en nuestros territorios.
Demian asintió de inmediato.
—Ya recibí el aviso por correo. Estamos al tanto de su viaje.
—Fue escogida por unanimidad para hablar en nombre de todos ellos —añadió Anna—. Viene a formalizar su incorporación oficial, revisar los límites de las tierras que les asignamos y proponer mejoras para que todos convivamos en armonía.
—Lo sé. Ya hemos preparado los primeros documentos y las estancias adecuadas para su estancia.
—Bien —asintió Anna—. Quiero que le muestres detalladamente los planes de expansión que hemos diseñado y que escuches con atención cada una de sus propuestas. No queremos que se sientan como invitados temporales, sino como parte de esta tierra.
—Así será —respondió Demian con total tranquilidad y confianza.
Anna añadió entonces, como si fuera un detalle sin importancia, aunque con una mirada que decía lo contrario:
—Por cierto, para que tengas todo claro: se trata de la madre de Sylwen.
La elfa, que estaba a unos pasos, levantó ligeramente la cabeza y movió las orejas con sorpresa, no esperando que se mencionara el vínculo así de directo.
Demian mantuvo la misma expresión serena y firme de siempre, sin que se notara ningún cambio visible en su rostro.
—Entonces será recibida con todos los honores, respeto y cortesía que merece, tanto por su cargo como por su familia.
Anna sonrió satisfecha.
—Perfecto. Confío plenamente en ti y en Selene para todo lo que venga.
Selene, que permanecía a un lado observando con calma, respondió con una sonrisa suave.
—No te preocupes por nada de aquí. Nosotros nos encargaremos de que todo siga funcionando igual o mejor. Tú solo concéntrate en tus estudios y en esos exámenes que tanto te cuestan.
Anna hizo una mueca de desagrado exagerada, arrancando una risa suave a los presentes.
—Prefiero enfrentarme a otro dragón o a un ejército de monstruos antes que tener que responder a las preguntas del maestro. Al menos en el combate sé qué hacer… en los libros, a veces me pierdo.
—Lo imaginaba —respondió Selene con diversión—. Por eso no te pido más que eso.
Comenzaron entonces los últimos gestos de despedida. Garoum abrió con cuidado la puerta del carruaje, mientras Lyra ayudaba a subir a Lira, acomodándola en el asiento con almohadas para que viajara cómoda. Maelys movía las manos con entusiasmo, prometiendo que les escribiría cartas cada semana. Sylwen se detuvo un instante para dedicar una última mirada a las torres del castillo y los jardines, sintiendo que ya no veía el lugar con los mismos ojos que al llegar.
Anna subió al carruaje y, desde la puerta, levantó la mano para despedirse.
—Nos veremos en unos meses. Cuídense mucho.
—Buen viaje —respondieron Demian y Selene al mismo tiempo, con una mezcla de confianza y cariño.
Las ruedas comenzaron a girar lentamente, y el carruaje se alejó por el camino empedrado, acompañado por los guardias. Demian permaneció inmóvil en el mismo sitio, observando cómo la figura del vehículo se hacía más pequeña a lo lejos, hasta que desapareció por completo entre los árboles y las colinas.
Solo entonces, cuando ya no había nada más que ver en el horizonte, Selene rompió el silencio.
—Hace bastante tiempo desde la última vez que la viste, ¿verdad?
Demian siguió con la mirada fija en el camino vacío, sin volver la cabeza.
—¿A quién te refieres?
Selene sonrió con calma, sabiendo muy bien que él entendía perfectamente.
—No te hagas el distraído conmigo. Hablo de la madre de Sylwen.
Un breve silencio se extendió por el patio, roto solo por el viento que movía las hojas de los árboles.
—¿Aún recuerdas su nombre? —preguntó ella con suavidad.
Demian dejó escapar una sonrisa leve, apenas perceptible, pero que revelaba que el recuerdo estaba muy presente.
—Claro que lo recuerdo. Nunca se me olvidó.
Selene soltó una pequeña risa tranquila y se cruzó de brazos, mirándolo de reojo con complicidad.
—Lo suponía. Después de todo… no es fácil olvidar a la mujer que te robó el corazón hace tantos años, cuando apenas éramos jóvenes y todo parecía más sencillo.
Demian guardó silencio unos segundos, como si estuviera revisando aquellos recuerdos antiguos, que ya no dolían, pero seguían siendo parte de su historia. Finalmente respondió con una voz serena y tranquila, sin rencores ni tristeza.
—Nunca tuve intención de interferir en su vida. Cuando la conocí, ella ya tenía su propio camino, su propia familia y su propio deber. Y con eso era suficiente para mí. Me bastaba con saber que estaba bien y que cumplía con lo que había elegido.
Selene asintió lentamente, comprendiendo perfectamente su actitud. Precisamente por esa lealtad y respeto que tenía su hermano, nunca había sacado el tema a relucir en todos estos años. Sabía que Demian no era de los que hablaban de sus sentimientos pasados en vano.
Pero ahora… todo cambiaba.
Dentro de pocos días, aquella mujer volvería a cruzar las puertas de este castillo. Ya no como una visitante ocasional o una figura lejana, sino como representante de su pueblo, con un papel importante en el nuevo rumbo de estas tierras.
Y esta vez, las circunstancias eran completamente distintas a las de entonces. Nadie sabía qué podría pasar, pero ambos sabían que el reencuentro traería consigo cambios que ninguno de los dos esperaba hace años.
El carruaje avanzaba lentamente por el camino principal que salía del castillo, moviéndose con suavidad sobre las losas bien cuidadas.
Dentro de este primer vehículo, Anna observaba el paisaje por la ventana con una expresión tranquila, mientras Lira, sentada frente a ella, todavía terminaba de saborear el último pastelillo que había logrado esconder, limpiándose los dedos en el borde de su falda. Junto a ellas, Eliana iba recostada cómodamente en el asiento, con una sonrisa que no lograba borrarse de los labios, ya que sabía muy bien lo que les esperaba más adelante.
Unos metros más atrás avanzaba un segundo carruaje. Allí iban Sylwen, en silencio y mirando los jardines que se iban quedando atrás, y Maelys, que no paraba de moverse de la emoción y asomaba la cabeza por la ventana para hablar con Lyra, que cabalgaba justo al lado.
—¿Crees que veremos animales nuevos en el camino? —preguntaba Maelys con entusiasmo.
—Seguro que sí, pero mantente atenta y no te asomes demasiado —le respondía Lyra con una sonrisa—. Todavía nos queda un largo recorrido.
Más adelante, Garoum cabalgaba con paso firme al lado del primer carruaje, con su expresión seria e impasible de siempre. Detrás de él, los soldados imperiales que formaban la escolta mantenían la formación recta y ordenada, aunque se miraban entre sí de reojo con una complicidad que delataba que sabían lo que estaba a punto de ocurrir.
Todo parecía completamente normal, tranquilo y sin sorpresas… hasta que llegaron a la gran puerta de hierro forjado que marcaba la salida oficial de la ciudad.
En ese punto, el carruaje comenzó a reducir la velocidad hasta detenerse casi por completo.
Anna levantó una ceja, extrañada.
—¿Qué ocurre? ¿Hay algún problema en el camino?
El cochero se giró un poco, rascándose la nuca con una sonrisa incómoda, como si no supiera muy bien cómo explicarlo.
—Creo que… será mejor que lo vea usted misma, Lady Anna.
Con un presentimiento que le revolvió un poco el estómago, Anna apartó la cortina de tela y asomó la cabeza hacia fuera.
Y en ese instante se quedó completamente inmóvil, con la boca entreabierta y los ojos muy abiertos.
Silencio. Un silencio tan profundo que parecía que hasta el viento se había detenido.
Porque a ambos lados de la amplia avenida principal, que se extendía desde la puerta hasta el final de la ciudad, prácticamente toda la población estaba reunida. Allí había familias enteras, comerciantes que habían cerrado sus puestos por un momento, artesanos con las manos todavía manchadas de trabajo, niños que saltaban con curiosidad, ancianos apoyados en sus bastones, y gentes de todas las razas: enanos de barbas largas, ogros de gran estatura, elfos de rasgos finos, demonios con cuernos y colas, y tantos otros que hacía años no se veían juntos en un mismo lugar.
Todos estaban allí, esperando.
En cuanto la vieron, sus rostros se iluminaron con sonrisas sinceras.
Y entonces, de golpe, el silencio se rompió.
Los aplausos estallaron con fuerza, llenando toda la calle y resonando entre las paredes de las casas. Voces alegres y emocionadas se alzaron al unísono:
—¡¡Lady Anna!!
—¡¡Buen viaje y que regrese pronto!!
—¡¡Gracias por devolvernos la esperanza!!
—¡¡Gracias por todo lo que ha hecho por nosotros!!
Anna sintió cómo el color le abandonaba lentamente del rostro, quedándose pálida como la pared.
—No… —murmuró con voz débil, sin creer lo que veía—. Esto no puede ser…
Pero aquello todavía no era lo peor.
Justo frente a la gran puerta, bloqueando el camino con orden y precisión, había una formación militar perfectamente alineada. Decenas de hombres y mujeres permanecían firmes, inmóviles, con sus armaduras pulidas y relucientes, y cada uno llevaba una capa blanca que ondeaba suavemente con la brisa. Sobre el pecho, bordado con hilo de plata, brillaba un emblema muy claro: una rosa blanca de pétalos abiertos.
Anna sintió que el mundo se detenía a su alrededor.
El comandante, un hombre de mediana edad con una cicatriz que le cruzaba una mejilla y una mirada llena de respeto, dio un paso al frente. Desenvainó su espada con un movimiento seco y limpio, y la levantó recta hacia el cielo.
—¡¡Unidad Rosa Blanca!! —gritó con voz potente que llegó hasta los últimos rincones de la calle.
Al instante, cientos de espadas salieron de sus vainas al unísono, produciendo un sonido metálico que retumbó con fuerza.
—¡¡Presenten armas!!
Anna abrió lentamente la boca, incapaz de articular palabra.
—No puede ser… —susurró.
El comandante bajó un poco la espada, manteniéndola en posición de saludo, y habló con una firmeza que reflejaba convicción absoluta:
—¡Gracias por devolvernos el orgullo de estas tierras, Lady Anna! ¡Gracias por devolvernos un nombre del que podamos sentirnos orgullosos! ¡La Unidad Rosa Blanca protegerá esta ciudad, esta gente y todo lo que usted ha construido, en su nombre!
Acto seguido, todos los soldados golpearon con el puño cerrado sobre el pecho, con un golpe seco y sincronizado.
—¡¡POR LA ROSA BLANCA!! —gritaron todos al mismo tiempo, y el grito fue tan fuerte que pareció hacer temblar las ventanas de las casas cercanas.
Anna sintió que su alma abandonaba lentamente su cuerpo. Se dejó caer hacia atrás sobre el asiento del carruaje, deslizándose un poco hasta quedar mirando fijamente el techo de madera, con una expresión totalmente vacía y sin fuerzas.
—Quiero que un dragón gigante me trague ahora mismo… —murmuró con voz apagada, casi sin aire—. Que me lleve lejos y no me devuelva jamás.
Lira, que había visto todo con los ojos muy brillantes y emocionada, inclinó la cabeza con curiosidad.
—¿Por qué dices eso, hermana Anna? Se ve muy bonito y todos te quieren mucho.
Anna giró lentamente la cabeza hacia ella, con una mirada que mezclaba resignación y ganas de desaparecer.
—Porque tu tío Demian volvió a hacerlo… otra vez.
Lira parpadeó, sin entender muy bien el problema.
—¿Otra vez? ¿Qué ha hecho ahora?
—Lo mismo de siempre… exagerar, ponerle nombres a todo y dejarme en evidencia delante de toda la ciudad.
A su lado, Eliana ya no podía aguantar más y soltó una carcajada abierta, apoyándose contra el respaldo del asiento.
—¡Ya lo sabía! En cuanto dijo que tenía un pequeño detalle preparado, supe que se pasaría de la raya. ¡Pobre Anna, te ha dejado en evidencia de nuevo!
Afuera, Garoum tuvo que desviar la mirada hacia los árboles, apretando los labios con fuerza para no soltar una carcajada; sus hombros temblaban levemente, delatando que le parecía divertidísimo. Los soldados imperiales de la escolta hacían lo mismo: mantenían la espalda recta y la expresión seria, pero se miraban entre sí de reojo, se tapaban la boca con una mano o miraban hacia otro lado para que nadie notara que estaban riéndose por dentro, igual que su capitán.
Desde el segundo carruaje, Maelys asomó la cabeza por la ventana con los ojos muy abiertos y brillantes de emoción, gritando hacia Lyra:
—¡Lyra! ¡¿Lo ves?! ¡Es increíble! ¡Tienen una unidad entera con su nombre! ¡Nadie había tenido algo así en siglos!
Lyra asintió sonriendo, aunque también se tapaba un poco la boca para disimular la risa.
—Ya lo veo… tu señora tiene mucha suerte de que la quieran tanto, aunque seguro que ella no lo ve así ahora mismo.
Dentro del primer carruaje, Anna se cubrió el rostro con ambas manos, suspirando hondo.
—No… no es increíble… es vergonzoso…
El carruaje continuó avanzando lentamente entre la multitud, mientras cientos de ciudadanos levantaban la mano para despedirla, gritando buenos deseos y agradecimientos. Pero en la mente de Anna solo había un pensamiento claro, repetido una y otra vez:
"Cuando vuelva... Demian va a descubrir que sigo teniendo muy buena puntería."
Lira, confundida, pregunta.
—¿Qué vas a lanzar?
Anna sonreiría.
—A tu tío.
Muy lejos de allí, en el interior del castillo.
Demian estaba sentado en su despacho, revisando con calma unos informes y documentos, con la pluma en la mano y una taza de té al lado. Todo parecía estar en absoluta tranquilidad… hasta que de repente se estremeció.
Un escalofrío frío recorrió toda su espalda, desde la nuca hasta la cintura, haciéndole levantar la cabeza de golpe. Se quedó inmóvil por un instante, mirando hacia la ventana como si pudiera ver algo a través de los muros y las colinas.
Frente a él, Selene estaba sentada con su propia taza de té, leyendo un documento con calma. No levantó siquiera la vista, pero una sonrisa pequeña y traviesa apareció en sus labios.
—¿Lo sentiste? —preguntó con tono relajado.
Demian permaneció unos segundos en silencio, cerrando los ojos como si intentara identificar esa sensación familiar que ya conocía demasiado bien. Luego soltó un suspiro profundo y largo.
—Sí… la siento perfectamente.
Selene dio un pequeño sorbo a su té, sin dejar de sonreír.
—Entonces creo que cuando Anna regrese de la capital… será mejor que evites estar cerca de las ventanas. Y tal vez también de las puertas, los balcones y cualquier lugar desde donde pueda lanzarte.
Demian dejó la pluma sobre la mesa y se pasó una mano por el rostro, con una expresión de resignación que ya le era muy conocida.
—Ya lo sé… —murmuró—. Otra vez me he pasado un poco con los detalles.
—Un poco —asintió Selene con diversión—. Pero no te preocupes, ya sabes que al final solo te gritará, te amenazará y luego todo quedará en nada… o casi todo.
Demian volvió a mirar hacia la ventana, imaginando la cara que estaría poniendo su hermana en ese momento.
—Sí… —repitió con un suspiro—. Otra vez.