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Capitulo 8 Un nuevo traslado a una nueva unidad militar

oscarmauricio
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Después de dos años y seis meses en una unidad de infantería, el Ejército me trasladó a una unidad de choque: el Batallón de Contraguerrillas N.º 87, ubicado en el Putumayo. Era un ambiente…

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Pensamiento

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earriaga17

Esa tensión de después de la explosión donde el silencio es diferente. Estás ahí en el silencio esperando. Conozco ese silencio.

Esa tensión de después de la explosión donde el silencio es diferente. Estás ahí en el silencio esperando. Conozco ese silencio.

Contenido de la publicación

Después de dos años y seis meses en una unidad de infantería, el Ejército me trasladó a una unidad de choque: el Batallón de Contraguerrillas N.º 87, ubicado en el Putumayo. Era un ambiente completamente diferente, integrado por soldados profesionales, con mayor experiencia y un liderazgo distinto. Eran hombres más curtidos, preparados para operaciones prolongadas y con la experiencia de varios combates a sus espaldas. Para mí comenzaba una nueva etapa, con mayores retos y responsabilidades.

Al llegar a mi nueva unidad fui destinado a la Compañía Ballesta, específicamente al Segundo Pelotón. Allí encontré un grupo conformado por 28 soldados profesionales, bajo el mando de tres suboficiales: un sargento y dos cabos.

Antes de entrar al área de operaciones iniciamos un periodo de entrenamiento enfocado en maniobras y liderazgo. Para mí fue una etapa importante, porque me permitió conocer mejor a los soldados, identificar sus capacidades y fortalecer el trabajo en equipo.

También recibimos información sobre el área donde desarrollaríamos las operaciones, sus condiciones geográficas, el clima y la situación de seguridad de la región. Todo ello era fundamental para prepararnos mental y físicamente antes de iniciar esta nueva etapa.

Después de ese periodo de entrenamiento y adaptación, ya conocía a mis hombres y comprendía mejor el entorno al que nos enfrentaríamos. Me sentía preparado y listo para salir al área de operaciones junto a mi pelotón, iniciando así una nueva experiencia en mi carrera militar.

La misión hacia La Antena

La primera misión que recuerdo con el Batallón de Contraguerrillas N.º 87 tenía como objetivo llegar a un punto lejano conocido como La Antena.

El Batallón estaba conformado por cuatro compañías y cada una contaba con dos pelotones. Yo pertenecía a la Compañía Ballesta, que se encontraba bajo el mando de mi capitán Castillo, un oficial de carácter fuerte, con criterio y varios años de experiencia en la guerra.

Iniciamos el desplazamiento a pie desde la base ubicada en Santana, Putumayo. Salimos por la parte posterior de la base y cada compañía recibió un eje de avance diferente. La misión consistía en registrar los sectores asignados durante el desplazamiento y avanzar progresivamente hasta llegar al punto conocido como La Antena.

El comandante del Batallón se desplazaba acompañado por su compañía de seguridad y por otra de las compañías, avanzando por un eje diferente al nuestro. La operación requería coordinación entre todas las unidades, ya que cada una tenía una responsabilidad dentro de la misión.

El lugar recibía el nombre de La Antena porque allí había estado instalada una antena de comunicaciones. Según la información que teníamos, la guerrilla la había derribado, dejando sin energía y comunicaciones a un corregimiento cercano.

Nuestro objetivo era llegar hasta ese punto después de recorrer y verificar los diferentes sectores establecidos para la operación.

Para mí, aquella misión representaba el verdadero comienzo de una nueva etapa. Era mi primera salida al área de operaciones con la Compañía Ballesta y con soldados profesionales que ya tenían una amplia experiencia en el conflicto.

Mientras comenzábamos el largo desplazamiento por las difíciles condiciones del Putumayo, sabía que estaba entrando en un escenario completamente diferente al que había vivido anteriormente. Era una nueva unidad, una nueva misión y nuevos hombres a mi lado, pero la misma responsabilidad de siempre: cumplir con la misión y regresar con todos mis soldados.

El vehículo oculto en la selva

Llevábamos aproximadamente dos días caminando. Avanzábamos sin afán, realizando registros y observando cuidadosamente el terreno. La selva del Putumayo era espesa y cada desplazamiento requería paciencia, resistencia y mucha atención.

En un momento determinado, el primer pelotón hizo alto. Poco después, mi capitán reunió a todos los comandantes para informarnos de una situación que había llamado nuestra atención.

En medio de la espesa vegetación había una camioneta Toyota de cuatro puertas, de color rojo, parcialmente cubierta por la maleza.

Era una imagen extraña.

Nos encontrábamos en plena selva, lejos de viviendas o poblaciones. No había ninguna casa cerca ni una razón aparente para que un vehículo de esas características estuviera abandonado y oculto en aquel lugar. Por la forma en que estaba cubierto y por las condiciones del sector, era evidente que aquel vehículo había sido dejado allí intencionalmente.

Nos ocultamos y realizamos varios registros cortos en los alrededores para verificar si había personas cerca o alguna situación que pudiera representar un riesgo.

Después de observar cuidadosamente el sector, mi capitán tomó la decisión de inutilizar el vehículo. Llamó al cabo encargado del grupo especializado y le dio las instrucciones correspondientes.

La intención era determinar si la destrucción del vehículo provocaba alguna reacción de las personas que, según nuestra información, podían estar operando en la zona.

Nos alejamos del lugar y ocupamos posiciones de espera en los sectores cercanos, manteniéndonos atentos a las posibles rutas de llegada. Todo quedó en silencio.

Después de un tiempo, el vehículo fue destruido.

El sonido rompió la tranquilidad de la selva y se escuchó a gran distancia. Inmediatamente aumentó nuestra tensión. Sabíamos que, si aquel vehículo pertenecía a un grupo armado que se encontraba cerca, tarde o temprano alguien podría intentar averiguar qué había sucedido.

Poco después comenzamos a recibir señales de que algo estaba ocurriendo.

Los equipos de comunicación permitieron detectar movimiento en las frecuencias que estaban siendo monitoreadas. Se escuchaban conversaciones y mensajes entre diferentes integrantes de un grupo armado. Finalmente, según lo que pudimos interpretar, el comandante de aquel grupo ordenó a dos de sus grupos acercarse al sector para verificar qué había ocurrido con el vehículo.

En ese momento comprendimos que nuestra sospecha tenía fundamento.

Nosotros ya estábamos organizados y permanecíamos en espera. El silencio volvió a apoderarse de la selva, pero esta vez era diferente. Todos sabíamos que algo podía suceder en cualquier momento.

Después de dos días de caminata, registros y desplazamientos por la selva, la misión acababa de cambiar.

Ahora solo quedaba esperar.

El combate en la selva

Habían pasado aproximadamente treinta minutos desde la explosión. Ya estábamos organizados por escuadras, permaneciendo en silencio y atentos a cualquier movimiento. Esperábamos que los hombres enviados a verificar lo ocurrido aparecieran en algún momento.

Entonces, de repente, comenzaron los disparos.

El primer pelotón entró en combate y, pocos segundos después, nosotros también tuvimos que reaccionar. Al principio pensamos que nuestra espera había sido descubierta. Los primeros disparos parecían provenir del otro grupo, y en ese momento comprendimos que la situación había cambiado completamente.

Durante aproximadamente quince minutos se produjo un intenso intercambio de fuego. La tranquilidad de la selva desapareció y todo se convirtió en tensión, disparos y movimientos entre la vegetación.

Finalmente llegó la calma.

Nos reorganizamos y comenzamos a registrar cuidadosamente el sector. Encontramos a tres integrantes del grupo armado muertos en el lugar, junto con parte de su armamento y un bolso que contenía material explosivo.

Por nuestra parte, afortunadamente, ninguno de los soldados resultó herido. Los demás integrantes del grupo lograron retirarse del sector.

Continuamos el registro y más adelante encontramos a dos hombres heridos. Sus lesiones no parecían mortales y se les prestaron los primeros auxilios mientras se coordinaba su evacuación.

Mi capitán realizó las comunicaciones correspondientes y, poco tiempo después, llegó un helicóptero para evacuar a los heridos y recuperar a los fallecidos.

Posteriormente intentamos reconstruir lo ocurrido. Al parecer, uno de los integrantes del grupo armado había pasado primero por una de nuestras posiciones. Al pensar que no venía nadie más, se produjo un disparo que alertó a los demás, sin saber que, a cierta distancia detrás de él, venía otro grupo.

Por esa razón, la situación comenzó de manera diferente a como habíamos previsto.

Después del combate permanecimos en máxima alerta. Estábamos lejos de nuestra base y habíamos perdido la ventaja de la sorpresa. Ahora sabíamos que el otro grupo conocía nuestra presencia en el sector.

Además, la información que teníamos indicaba que por esa extensa zona podían movilizarse numerosos integrantes de grupos armados. Nosotros éramos solamente dos pelotones y nos encontrábamos en un terreno amplio y difícil.

Por esa razón, las demás compañías del Batallón comenzaron a aproximarse a nuestra zona con el fin de reagruparnos. Después de aquel combate, la misión ya no era la misma.

La selva había vuelto a quedar en silencio, pero era un silencio diferente. Todos sabíamos que el peligro continuaba y que, después de lo ocurrido, debíamos permanecer más unidos y atentos que nunca.

La llegada a La Antena

Finalmente llegamos al punto conocido como La Antena. Era un cerro no muy alto, pero con una extensión considerable. En la parte superior había una pequeña casa de madera y el sector, a primera vista, parecía tranquilo.

Nuestra compañía fue una de las primeras en llegar. Como las demás unidades aún venían en camino, tuvimos que ubicarnos en la parte alta y cubrir el terreno con los hombres que teníamos disponibles. El cerro era amplio y no contábamos todavía con suficiente personal para cubrir todos los sectores, por lo que cada hombre ocupó su posición mientras esperábamos la llegada de los demás pelotones.

Al acercarnos a la casa encontramos a una mujer, de aproximadamente cuarenta años, acompañada por sus dos hijos pequeños y un hombre mayor que, según ella, era su esposo. Aparentemente no había nada fuera de lo normal.

Llevábamos varios días alimentándonos principalmente con las raciones de campaña que llevábamos durante el desplazamiento. Por eso, el olor que salía de las grandes ollas donde la señora estaba cocinando llamó inmediatamente nuestra atención. Después de tantos días comiendo lo mismo, aquella comida casera parecía algo extraordinario.

Mientras tanto realizamos registros por los alrededores y confirmamos que la torre que había dado nombre al lugar estaba destruida y caída. La mujer nos contó que un grupo guerrillero había llegado, colocado explosivos en la estructura y posteriormente se había retirado.

Poco después llegó la Compañía Cazador y reorganizamos el dispositivo. La intención era pasar la noche en aquel lugar mientras el comandante del Batallón y el resto de las unidades continuaban aproximándose al sector.

Todo parecía estar bajo control.

Sin embargo, hay algo que un soldado aprende con los años: nunca se debe perder la capacidad de desconfiar de aquello que parece demasiado normal.

Nadie se preguntó por qué una familia de cuatro personas estaba preparando tanta comida. Las ollas eran grandes y la cantidad de alimentos era considerable. Incluso preguntamos si podían vendernos la comida para alimentar a los soldados.

Después de pensarlo durante un momento, la mujer aceptó.

La comida alcanzó para aproximadamente ciento cuarenta y cuatro hombres.

En ese momento nadie cuestionó cómo una familia tan pequeña podía tener preparada tanta comida. Después comprenderíamos que aquella cantidad tenía una explicación.

Esa tarde, después de varios días de raciones de campaña, todos almorzamos bien.

Eran aproximadamente las cuatro de la tarde cuando varios comandantes nos encontrábamos cerca de la casa conversando y coordinando las actividades. Fue entonces cuando observamos a los dos niños jugando cerca de nosotros.

De repente, la mujer salió apresuradamente.

Tomó a sus hijos de la mano y corrió con ellos hacia el interior de la vivienda.

Nos miramos unos a otros.

Algo no estaba bien.

Aquella reacción fue suficiente para despertar nuestra sospecha. En cuestión de segundos comenzó a cambiar la tranquilidad que habíamos sentido durante toda la tarde.

No habían pasado ni cinco minutos cuando el silencio del cerro fue destruido por los primeros disparos.

El ataque llegó desde diferentes direcciones.

Corrí inmediatamente hacia mi dispositivo mientras los soldados ocupaban sus posiciones y respondían al ataque. Los disparos se escuchaban por todos lados. Desde la distancia se escuchaban voces que nos exigían rendirnos, mientras el fuego aumentaba.

El enfrentamiento se volvió intenso.

A pesar de encontrarnos en una posición elevada, la intensidad del ataque era fuerte. El sonido de los fusiles, las ametralladoras y las explosiones se mezclaba en medio del cerro.

Hasta ese momento comprendimos que la tranquilidad de aquella tarde había terminado.

Y que la verdadera razón por la que había tanta comida preparada comenzaba, finalmente, a tener sentido.

Después de que el fuego disminuyó, mi capitán ingresó a la casa buscando a la señora que se encontraba allí.

Pero cuando entró, no había nadie.

Había logrado salir en medio del combate. Nunca supimos en qué momento ni por dónde había escapado.

Sin embargo, dentro de la vivienda encontramos algo importante: un radio de comunicaciones que habían dejado olvidado.

Aquel radio resultó ser de gran utilidad para nosotros. Gracias a él pudimos identificar y conocer las frecuencias que utilizaban para comunicarse.

A veces, en medio de un combate, un pequeño descuido podía convertirse en una fuente importante de información.

La noche más larga

La tarde comenzó a caer y poco a poco llegó la noche. La intensidad del fuego había disminuido, pero no significaba que el peligro hubiera terminado. Ahora recibíamos ataques cortos desde diferentes puntos y todos permanecíamos en máxima alerta.

Nuestros equipos de radio y los escáneres no dejaban de captar comunicaciones. De manera intermitente escuchábamos voces y conversaciones que confirmaban que el grupo armado continuaba moviéndose alrededor de nosotros. Algunas veces se escuchaban órdenes de avanzar y atacar desde diferentes direcciones; otras veces las comunicaciones desaparecían entre el ruido y la distancia.

Fue una noche larga y desgastante.

El hambre pasó a un segundo plano. Lo importante era permanecer atentos y mantener nuestras posiciones. Hasta ese momento, gracias a Dios, ninguno de nuestros soldados había resultado herido.

Sabíamos que el apoyo no llegaría durante la noche. Las demás unidades aún se encontraban lejos y, por el momento, dependíamos únicamente de nosotros mismos.

A mi lado se encontraba el soldado Villareal, encargado de la ametralladora. También estaba Collazos con su fusil. Como ellos, cada soldado permanecía atento en su posición, esperando cualquier movimiento.

Desde la oscuridad escuchábamos voces que nos exigían rendirnos. La respuesta de nuestros hombres era permanecer firmes y continuar cumpliendo con nuestra responsabilidad.

Hacia las tres de la madrugada el ataque volvió a intensificarse. Los disparos aumentaron nuevamente y tuvimos que responder. Sin embargo, también sabíamos que debíamos administrar nuestros recursos, pues no conocíamos cuánto tiempo tardarían en llegar los refuerzos.

Los dos capitanes comenzaron a considerar una decisión difícil: abandonar el cerro.

Las comunicaciones que alcanzábamos a escuchar indicaban que podían llegar más hombres al sector. La situación se volvía cada vez más complicada y comprendimos que permanecer allí podía dejarnos en una posición muy vulnerable.

Eran cerca de las cuatro de la mañana cuando, de repente, el fuego cesó.

Regresó una calma extraña.

Nadie confiaba en aquel silencio. Después de tantas horas de combate, sabíamos que aquella tranquilidad podía significar que algo más estaba por ocurrir.

Aprovechamos esos minutos para observar cuidadosamente los diferentes sectores. Después de mantener vigilancia sobre varios puntos, identificamos una zona desde donde no recibíamos respuesta. Comprendimos que aquella podía ser nuestra oportunidad para salir.

La decisión fue tomada.

El primer pelotón comenzó a retirarse de manera rápida y silenciosa. Después seguimos nosotros. Cada hombre sabía que debía mantener la calma y avanzar sin llamar la atención.

Ya habíamos logrado salir del cerro cuando comenzó nuevamente un fuerte ataque sobre el lugar que acabábamos de abandonar. Las explosiones hicieron temblar el terreno y confirmaron que habíamos tomado una decisión a tiempo.

Ahora solo esperábamos que amaneciera para poder reunirnos con las demás unidades y enfrentar la situación con mejores condiciones.

Pero la madrugada todavía guardaba más acontecimientos.

Cuando el otro grupo armado descubrió que ya no estábamos en el cerro, comenzó a desplazarse por el sector. Durante ese movimiento se encontró con otra de nuestras compañías y se produjo un nuevo combate.

Al conocer la situación, llegamos para apoyar a nuestros compañeros.

Con la llegada de las primeras luces del día pudimos movernos y coordinarnos con mayor claridad. Éramos más hombres reunidos y la moral se elevó al saber que ya no estábamos solos.

El combate terminó cuando comenzó a amanecer.

Sin embargo, al finalizar y realizar la verificación del personal, llegó uno de los momentos más dolorosos.

Habíamos perdido a cinco de nuestros soldados.

En el lugar también se encontraron ocho integrantes del grupo armado fallecidos. Pero, a pesar de lo ocurrido y del resultado del enfrentamiento, nada podía disminuir el dolor de perder a cinco compañeros.

Eran buenos hombres. Soldados con quienes habíamos compartido entrenamientos, desplazamientos, cansancio y muchas experiencias.

Aquella jornada dejó una lección difícil: en la guerra, ninguna cifra puede reemplazar la ausencia de un compañero. Por grande que sea el resultado obtenido, siempre será doloroso mirar alrededor y descubrir que algunos de los hombres con quienes se inició la misión ya no regresarán.

La luz del día terminó por revelar lo que la noche había dejado.

Y para nosotros, después de tantas horas de tensión, cansancio y combate, quedó el silencio y el dolor de despedir a cinco buenos hombres

Thoughts

  • earriaga17

    Esa tensión de después de la explosión donde el silencio es diferente. Estás ahí en el silencio esperando. Conozco ese silencio.

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  • milenaruiz

    Llevo la mitad de mi vida preguntando historias así. El tema de por qué el combate cambió y uno de ellos simplemente pasó primero sin saber que venía otro atrás. Eso es el caos real. Gracias por describirlo tan claro.

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  • lcastillo29

    La parte donde dices «nunca se debe perder la capacidad de desconfiar de aquello que parece demasiado normal». Eso va más allá de la selva.

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  • lautarito_

    Me quedo con la mujer y las ollas. Después de tantos días comiendo lo mismo y ella sirve comida casera, como si nada. Hay un nivel de normalidad ahí que es inquietante.

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  • juntaLarga

    Pasaste del cansancio del entrenamiento a esto. Y aquí el cansancio es lo de menos. Todos saben que algo puede pasar en cualquier momento pero hay que seguir funcionando como si nada fuera a cambiar.

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