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Capítulo 7: Camanchaca

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El Transantiago se había transformado en un ataúd de lata congelado en mitad de la Cuesta de Chiza.

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El pasajero robusto termina igual que el viejo, tajo de oreja a oreja, así que Byron ya se fabricó otro fantasma para la próxima pesadilla. Capaz estoy mal, pues.

El pasajero robusto termina igual que el viejo, tajo de oreja a oreja, así que Byron ya se fabricó otro fantasma para la próxima pesadilla. Capaz estoy mal, pues.

Contenido de la publicación

El Transantiago se había transformado en un ataúd de lata congelado en mitad de la Cuesta de Chiza.

Byron, con la fiebre de la pólvora quemándole las sienes, se recostó contra el marco astillado que había dejado la estola Chinchorro. La masa blanca de la camanchaca se colaba por el forado en hilachas de vapor denso; el frío de la pampa contra su rostro le aliviaba el dolor de cabeza, adormeciendo el zumbido sordo que todavía le taladraba el oído derecho.

Dentro del bus, los pasajeros se mantenían sumidos en una tregua muda y paranoica, acurrucados entre los asientos corrugados para capear la baja extrema de temperatura. Byron metió la mano derecha en el bolsillo de su casaca deportiva, buscando su corvo por puro ocio, ignorando que el vapor de la camanchaca que respiraba en cada bocanada estaba a punto de apagarle la conciencia.

Jugando y examinando el corvo de manera distraída bajo la luz pálida del bus, se quedó mirando los detalles del acero rústico, pasándole la yema del pulgar por encima para retirarle las costras de tierra seca. Fue en ese instante de calma que Byron notó un número en la hoja, grabado de forma tosca cerca de la empuñadura de suela. El cuño militar estaba un poco borroso y desgastado por los años, pero con dificultad pudo ver un 25 resaltando pálido entre las manchas oscuras del óxido.

Byron contempló el acero por un par de segundos más, sintiendo el frío del forado de la ventana. Agotado por el desgaste de la pólvora, soltó un quejido sordo y, en un suspiro, tomó más aire de lo normal. Sus pulmones se llenaron al reviente, absorbiendo una gran cantidad del vapor espeso de la camanchaca.

El impacto de esa masa helada y húmeda en su sistema fue fulminante y silencioso. Los dedos se le aflojaron sobre el mango del corvo y la fiebre de su frente pareció congelarse de golpe. La niebla costera lo dejó completamente inconsciente, pero con los ojos abiertos, fijos y vidriosos, apuntando de forma vacía hacia la blancura. Su conciencia se había despegado de la carne.

Cuando la conciencia de Byron terminó de desprenderse del bus, el ruido del motor diésel apagado y el frío del pasillo desaparecieron por completo. Byron apareció solo en el desierto. A su alrededor no había bus, ni pasajeros, ni rastros de la carretera hacia el sur; solo existía un paisaje de tierra y arena interminable que se estiraba de forma monótona hacia ninguna parte, como un mar estéril congelado en el tiempo.

Al levantar la vista, el cielo del purgatorio se mostraba limpio y colosal. Solo se veían estrellas: miles de puntos blancos y brillantes sobre la pampa.

El silencio estelar de la pampa interminable se trizó como un vidrio. Desde la penumbra de la arena, la silueta del viejo emergió con el cuello rajado de oreja a oreja, derramando ráfagas de esa sangre negra como el petróleo que empapaba su ropa vieja. No hubo advertencias. Al quedar a unos pocos pasos, el anciano se abalanzó sobre Byron con una furia salvaje y una velocidad sobrehumana parida por el tormento.

Byron intentó reaccionar con el instinto de la calle, pero en mitad del forcejeo desesperado sobre el suelo estéril, el viejo le tomó el brazo izquierdo con fuerza. Ante las pupilas dilatadas de Byron, los dedos del espectro comenzaron a alargarse de forma grotesca; las uñas se volvieron astillas de hueso rígido que se clavaron profundamente en su antebrazo, aferrándose con una rabia ciega y unos deseos de venganza destructivos. La carne sintió esa presión neumática y empezó a ceder, desgarrándose en tiras rojas mientras los dedos del viejo se hundían buscando el hueso.

Entonces, el viejo abrió las mandíbulas y le mordió el brazo izquierdo con saña.

Desde sus dientes podridos comenzó a correr un líquido transparente y cristalino que se internó directo en las venas de Byron. El efecto fue devastador: el veneno místico viajó necrosando y congelando los tejidos a una velocidad espantosa. La piel se le puso negra, rígida y acartonada en segundos, extinguiendo la circulación de la extremidad.

Antes de que Byron pudiera emitir un gemido, el peso muerto de su propio brazo petrificado hizo que la mano izquierda cayera pesadamente contra la arena, impactando y quebrándose en docenas de pedazos crujientes, como si fuera escarcha o vidrio. El dolor fue una puñalada, un latigazo que le dañó los nervios y lo dejó de rodillas, contemplando un muñón expuesto, congelado y sangrante en mitad de la llanura interminable.

Mientras tanto, en la quietud de la micro real detenida en la Cuesta, Byron permanecía estático en su asiento con los ojos abiertos, fijos y en blanco. La mujer de su bando notó la inmovilidad de su jefe y se le acercó en mitad de la camanchaca densa que entraba por la ventana rota. Al ver el sudor pastoso de azufre corriéndole por las sienes y la rigidez de su cuerpo, se alarmó y comenzó a darle pequeños golpes al rostro de Byron para que reaccionara.

—¡Byron! ¡Byron, reacciona, weón! —le siseaba con urgencia, cacheteándolo con los dedos fríos.

Byron despertó de golpe con un grito desgarrador, un aullido animal y prolongado que cortó el silencio sepulcral del Transantiago. Volvió a la realidad tiritando por la fiebre, empapado en sudor, y el horror corporal cruzó la aduana de la pesadilla: su brazo izquierdo real era un muñón necrosado, negro y congelado hasta el codo. El dolor le estallaba en las terminaciones nerviosas dañadas mientras el pasillo ensangrentado empezaba a agitarse ante el escándalo de su líder lisiado.

Los gritos de Byron provocaron un caos absoluto dentro del bus, destruyendo la tensa calma que mantenía unidas a los pasajeros. En mitad de la histeria, los pasajeros vieron con pánico cómo el vapor espeso de la camanchaca entraba con fuerza por el agujero que la estola había dejado en la ventana. La niebla costera se depositaba en el interior del bus como humo de cigarrillo, denso, flotando entre los asientos metálicos y asfixiando el aire del pasillo.

Al ver que la bruma los devoraba, la profesora Elisa reaccionó de inmediato y gritó con desesperación:

—¡Las mantas! ¡Hay que usar las mantas para tapar las ventanas rotas! ¡Rápido!

Mientras varias familias se abalanzaban a sacrificar los pertrechos para tapar los forados, Byron, afectado por el congelamiento y su propia regeneración, no paraba de gritar. Su aullido animal sacudía la carrocería, causando temor y, en algunos pasajeros del fondo, una profunda molestia; el escándalo los estaba volviendo locos.

La mujer y dos cazadores lo sujetaron contra el asiento. Con las manos tiritando por la fiebre, revisaron el daño del brazo y lo que descubrieron les heló la sangre: el sistema del purgatorio lo estaba obligando a sanar. Notaron que la necrosis por congelamiento y la costra negra retrocedían de forma visible, pero la carne nueva brotaba de una manera tan forzada que dejaba todos los nervios expuestos al dolor constante del ambiente helado. Byron se retorcía como un animal marcado a fuego.

La histeria del pasillo reventó cuando un pasajero robusto rompió el círculo de los cazadores. Con un movimiento desesperado, estiró el brazo y le dio un puñetazo seco y violento en mitad de la mandíbula a Byron. El golpe resonó contra las latas y le apagó la tele al líder interino de golpe, cortando el aullido animal en seco. El pasillo soltó un suspiro de alivio en mitad de la neblina que flotaba como humo de cigarrillo, pensando que habían solucionado el problema del ruido.

Al quedar inconsciente en el asiento, su conciencia fue succionada de vuelta al desierto infinito y estrellado. Byron abrió los ojos en la arena interminable y se topó de frente, otra vez, con el viejo que lo esperaba con sus garras de hueso listas para volver a destrozarlo. Esta vez, sin embargo, la mente criminal del delincuente no se dejó doblegar por el trauma. Reaccionando con una rabia ciega, Byron afirmó los pies en el caliche y, usando su mano derecha buena, desenvainó el corvo con un movimiento criminal y certero. Arremetió contra el espectro, enterrándole el acero curvo una y otra vez en el pecho hasta que la silueta del anciano se disolvió en la bruma del sueño, quebrando el rapto mental a puros tajos.

Byron despertó de golpe en el Transantiago con un espasmo violento, impulsado por el regreso brutal de su conciencia a la carne. Ya no gritaba como un loco, pero se retorcía en silencio en el asiento, empapado en sudor. La consistencia biológica del limbo era implacable: haber ganado en la pesadilla no borraba el daño físico en la micro real. El proceso de regeneración forzada seguía activo; la necrosis retrocedía centímetro a centímetro y los filamentos negros se trenzaban en vivo ante la mirada de la mujer de mirada dura, pero la carne nueva brotaba dejando todos los nervios expuestos al aire helado de la cuesta, desatando un dolor constante, agónico e insufrible en su brazo izquierdo.

Con los ojos inyectados en sangre y la mandíbula adolorida por el golpe, Byron barrió el pasillo con la vista a través del vapor estancado. El tipo robusto que lo había noqueado seguía parado a un metro, dándole la espalda mientras comentaba el boche con otro, confiado en que el peligro había pasado.

Byron no dudó un segundo. La venganza de la calle santiaguina se ejecutó de forma fulminante. Se levantó del asiento apoyado por su facción, dio un paso felino y, usando el corvo que aún empuñaba en la mano derecha, le cruzó la hoja curva por el cuello con un tirón seco y ascendente.

El tajo de oreja a oreja fue perfecto. El pasajero robusto ni siquiera alcanzó a comprender lo que pasaba; se llevó las manos a la garganta mientras su sangre negra como el petróleo brotaba en ráfagas calientes sobre la cuerina del asiento delantero. El cuerpo colapsó con un impacto húmedo en el piso corrugado y comenzó a sacudirse, disolviéndose por completo en el caliche del bus en menos de diez segundos exactos. La tarjeta plástica negra quedó brillando sobre el charco viscoso.

Byron se agachó jadeando, aguantando los latigazos de sus nervios expuestos, tomó el plástico y esperó los diez segundos cronometrados hasta que el sistema transmutó el botín en un tintineo pesado de 21 monedas alma que guardó de inmediato en su casaca deportiva. Girar el cuchillo en su mano derecha le devolvió el control absoluto del pasillo.

La profesora Elisa dio dos pasos hacia atrás, apartando la mirada de la manta de lana gris que ahora chorreaba hilos de alquitrán denso. Con el pulso tiritón por el frío de la camanchaca, notó que solo quedaban dos niños acurrucados en las esquinas; faltaba uno, y al levantar la vista, comprobó que la madre del menor tampoco estaba en su asiento. Recorrió con la mirada a la masa de sombras a través del vapor estancado, pero sus rostros habían desaparecido por completo del bus.

Con el pánico cerrándole la garganta, dio el aviso. De inmediato, los pasajeros rompieron la tregua muda y empezaron a buscarlos de forma paranoica en cada asiento, removiendo los bolsos y los pertrechos en mitad de la penumbra. El boche cesó de golpe cuando llegaron a la mitad del bus. Allí, los civiles vieron con horror dos pozas de la sustancia negra y espesa como el petróleo que empapaban la cuerina y goteaban de forma rítmica hacia el piso. Buscaron entre los fluidos, metiendo los dedos con asco, pero no encontraron nada; los cuerpos se habían disuelto y las tarjetas plásticas negras de las víctimas tampoco estaban.

Aterrados por la matanza invisible, los pasajeros empezaron a contarse a viva voz en mitad del pasillo. Al cuadrar los números con el censo anterior, notaron que tres personas no estaban. Tiritando de rabia y desamparo, la profesora Elisa se abrió paso a empujones entre los cazadores armados hasta llegar a la cabina con Iván. El chofer acercó el palo para tenerlo al alcance.

—Alguien mató a personas mientras pasaba lo de Byron —le dijo Elisa a Iván con una voz ronca que cortó el siseo neumático de la suspensión—. Sin armas no podremos defendernos. Los corvos eran para defensa y no tenemos ninguno. Sospecho del grupo de Byron... Solo ellos pudieron matar.

Un movimiento sísmico violento afectó la zona y se sintió con fuerza en el bus. Elisa tuvo que aferrarse del asiento para no caer sobre Iván, mientras Byron ya casi recuperaba su mano por completo.

—¡Chei chi! —retumbó en mitad de la neblina.

El eco de ese grito extranjero rodeó la carrocería herida del Transantiago, pero en lugar de desatar el pánico masivo, provocó una reacción desconcertante en la cabina. Al escuchar el «¡Chei chi!» retumbar en mitad de la neblina, los ojos vidriosos de Iván brillaron con una lucidez repentina y desesperada.

Iván y varios pasajeros reconocieron el grito. Acercándose hacia las ventanas rotas, dijeron con las voces quebradas por el alivio:

—Los culíes... Los culíes vinieron a salvarnos. ¡Estamos a salvo!

Thoughts

  • reviso_la_app_otra

    Los culíes. Ya valió 😬

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  • DanielaPosteos

    ¡Le apagan la tele a Byron de un puñete, todo el pasillo suspira aliviado y a los pocos minutos el que pegó está en el piso hecho petróleo! Nadie aprende nada en ese bus, ya pues.

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  • media_idea_nomas

    El pasajero robusto termina igual que el viejo, tajo de oreja a oreja, así que Byron ya se fabricó otro fantasma para la próxima pesadilla. Capaz estoy mal, pues.

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  • Ovid

    Los culíes que aparecen al final me hicieron pensar en los trabajadores chinos que se unieron al ejército chileno en la Guerra del Pacífico, y con el cuño militar del corvo apuesto a que toda esa pampa está llena de muertos de aquella guerra. Me tiene muy enganchado la serie, gracias por seguir subiéndola :)

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  • DaveOaks

    La escena del brazo congelándose y luego regenerándose con los nervios expuestos me dio escalofríos. Lograste que el dolor de Byron se sintiera casi físico mientras leía

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