Saltar al contenido
Cargando…

Capítulo 6: Un pasado que regresa

DNavarrete
Pública 0 conversaciones 2 pensamientos 22 votos positivos 0 votos negativos 1 serie

Comer tranquilamente.

En series

In groups

Pensamiento

Pensamiento

finalArruinado

Esta la tenía guardada para cuando estuviera completa y no aguanté. La hermana revisándole la cara de un lado y del otro es tal cual lo que haría la mía, po.

Esta la tenía guardada para cuando estuviera completa y no aguanté. La hermana revisándole la cara de un lado y del otro es tal cual lo que haría la mía, po.

Contenido de la publicación

Comer tranquilamente.

 

En teoría, eso era lo que intentaban hacer.

 

En la práctica, resultaba imposible. Casi todo el comedor había dejado de comer. Cientos de pares de ojos se habían fijado en aquella mesa apartada, como si en lugar de estudiantes hubiera algo mucho más extraordinario sentado entre aquellas paredes.

 

Yuji, sin embargo, parecía ajeno a todo. Sentado junto a Airi, Miyu y Ren, comía con una calma absoluta, como si el peso de todas aquellas miradas no pudiera tocarlo.

 

—Entonces… —empezó Ren, mientras removía su bebida sin mirarla realmente—, ¿de verdad no recuerdas nada de lo que ocurrió mientras estabas desaparecido?

 

Yuji negó suavemente con la cabeza.

 

—Recuerdo algunas cosas.

 

—¿Algunas? —Ren levantó la vista, confundido—. Eso es casi nada, Yuji.

 

Yuji sonrió levemente.

 

—Lo sé.

 

Miyu soltó un suspiro pesado y apoyó los codos sobre la mesa.

 

—Cada vez que creo que empezamos a entender algo, aparece algo nuevo que no encaja. Es como… como si cada respuesta trajera diez preguntas más.

 

—Supongo que tendrás que acostumbrarte —respondió él con suavidad.

 

—¡Eso es justamente lo que me asusta! —exclamó ella, bajando la voz al darse cuenta de que varios se habían girado hacia ellos.

 

Airi permanecía sentada a su lado, comiendo despacio, en silencio. Era evidente que se sentía pequeña entre tanta gente mirando. Yuji lo notó. Sin hacer ruido, sin llamar la atención, se aseguró de que su vaso no estuviera vacío, de que la comida estuviera a su alcance, de que nada le molestara.

 

—Airi, ¿quieres más agua?

 

—No, gracias. Estoy bien.

 

—¿Segura?

 

—Sí.

 

Aun así, acercó la jarra un poco más cerca de ella.

 

—Por si acaso.

 

Airi sonrió, tímida y agradecida.

 

—Gracias, Yuji.

 

Ren observó todo aquello con los ojos entrecerrados. Luego miró a Miyu. Ella también lo estaba mirando. Ambos intercambiaron una mirada cargada de significado.

 

Esto es nuevo, decían sus ojos.

 

Yuji siempre había sido amable, sí. Pero esto… esto era distinto. La forma en que se inclinaba ligeramente hacia ella al hablar. La manera en que le acomodaba la bandeja para que no estuviera demasiado cerca del borde. Cómo notaba hasta el más mínimo gesto de incomodidad antes de que ella lo dijera. Incluso la voz: más suave, más protectora, como quien cuida algo muy frágil y valioso.

 

Parecía menos un amigo. Y mucho más… alguien que ha regresado dispuesto a cuidar lo que dejó atrás.

 

Miyu se inclinó hacia Ren, apenas moviendo los labios.

 

—¿Lo has notado?

 

—Desde hace rato —respondió él en el mismo tono.

 

—Antes nunca era así.

 

—No. Nunca.

 

Ambos volvieron a mirarlo.

 

Airi se llevó la mano a la boca al terminar de comer, y una pequeña mancha de salsa quedó en la comisura de sus labios. Ni siquiera ella lo notó. Yuji sí.

 

—Airi.

 

—¿Sí? —alzó ella la vista.

 

—Quédate muy quieta, un momento.

 

Antes de que ella pudiera preguntar, tomó una servilleta con mucho cuidado y limpió suavemente aquella pequeña mancha. Con una delicadeza infinita, como si estuviera tocando algo sagrado.

 

—Listo.

 

—G-gracias… —Airi se puso roja hasta las orejas y bajó la mirada.

 

—De nada.

 

Miyu abrió la boca, pero no salió ningún sonido. Ren tuvo que morderse el labio inferior para no soltar una exclamación. Yuji giró la cabeza hacia ellos, con los ojos cerrados y una expresión tranquila.

 

—¿Qué pasa ahora?

 

—Nada —respondieron ambos al unísono.

 

—Mentirosos —dijo él, y se le escapó una sonrisa.

 

Airi soltó una risita nerviosa. Por unos instantes, la tensión se aflojó. Por un momento, todo se sintió como antes. Como si no hubiera pasado un año. Como si Yuji nunca se hubiera marchado.

 

Hasta que estalló el alboroto en la entrada.

 

—¡Le ruego que esperen! ¡No pueden entrar así! —la voz del profesor Kuroki resonó tensa, intentando imponerse sin lograrlo.

 

—¡No voy a esperar ni un minuto más!

 

Aquella voz. Profunda. Quebrada por la angustia. Conocida.

 

Miyu dejó los cubiertos sobre la bandeja con un sonido metálico que hizo girar a los que estaban cerca. Ren se enderezó de golpe. Ambos se miraron, con los ojos muy abiertos. No necesitaron decirse nada. Lo sabían.

 

Yuji detuvo el movimiento de sus manos. Dejó la taza de té sobre la mesa, despacio, sin derramar una sola gota. Una sonrisa, esta vez más triste y tierna, apareció en sus labios.

 

—Parece que no pudieron contenerse.

 

—¿Quiénes? —preguntó Airi, mirando hacia la entrada.

 

Yuji no respondió. Simplemente giró lentamente la cabeza hacia las puertas, como si pudiera ver a través de ellas incluso sin abrir los ojos.

 

Las puertas se abrieron de golpe.

 

El ruido del comedor se apagó como si alguien hubiera soplado sobre una vela. Cientos de cabezas se giraron al mismo tiempo. Tres personas entraron, y ninguna de ellas se detuvo ante las miradas, ni ante la etiqueta, ni ante las normas de la academia.

 

El primero era un hombre de mediana edad, de porte distinguido, aunque ahora su traje parecía demasiado arrugado, su rostro demasiado pálido, sus ojos demasiado hinchados de no dormir. Caminaba con pasos largos y pesados, como quien ha estado corriendo durante meses. Era Takeshi Kuzonoha.

 

A su lado iba una mujer. Se aferraba al brazo de su esposo. Intentaba mantener la frente en alto, pero sus ojos estaban rojos e hinchados, y temblaba de tal manera que apenas lograba sostenerse. Era Hanae Kuzonoha.

 

Y detrás de ellos… una joven. De poco más de dieciocho años. Corría con la mirada desesperada, recorriendo cada rostro, cada mesa, cada rincón. Era Amane, la hermana mayor de Yuji.

 

El profesor Kuroki caminaba a su lado, intentando detenerlos.

 

—¡Señor Kuzonoha, por favor! ¡Esto es impropio!

 

Takeshi ni siquiera le dirigió la mirada. Se detuvo en medio del pasillo central y alzó la voz, con una firmeza que hizo callar hasta los que susurraban en los rincones más lejanos.

 

—Díganme dónde está mi hijo.

 

—¿Yuji está aquí? —añadió Hanae, con voz quebrada.

 

Los murmullos estallaron.

 

—¿Su hijo?

 

—Entonces es verdad…

 

—El chico que desapareció…

 

—¿Regresó?

 

Pero Amane no esperó respuestas. Sus ojos recorrieron el salón hasta que se posaron en Miyu y Ren. Se iluminaron de golpe.

 

—¡Miyu! ¡Ren! —corrió hacia ellos, esquivando sillas y miradas.

 

Ambos se pusieron de pie instintivamente. Ella llegó frente a ellos, respirando entrecortadamente, con las manos temblando.

 

—¿Dónde está? ¡Me dijeron que Yuji está aquí! ¡Díganme dónde está!

 

—Espera, respira —Miyu la tomó de las manos—. Está aquí. Está bien.

 

—¡¿DÓNDE?! —gritó ella, con lágrimas desbordándosele—. ¡Llevamos medio año sin saber nada! ¡Medio año!

 

Ren señaló lentamente hacia la mesa.

 

—Ahí.

 

Amane giró la cabeza.

 

Primero vio a Airi. Una chica desconocida, pequeña, de cabello oscuro, mirándola con compasión.

 

Luego vio a Miyu y Ren, con los rostros tensos, los ojos llenos de pena.

 

Y finalmente… a ella.

 

Una chica sentada con calma. Cabello blanco largo que caía suavemente sobre sus hombros. Plumas blancas entrelazadas entre los mechones. Rasgos delicados, serenos. Y los ojos cerrados, como si estuviera descansando.

 

Amane se quedó petrificada. Dio un paso atrás.

 

—¿Quién… quién es ella? —preguntó con voz que apenas era un hilo.

 

Miyu abrió la boca, pero las palabras se le quedaron atoradas en la garganta. Ren desvió la mirada, apretando los dientes.

 

—¿Por qué se callan? —Amane los miró aterrada—. ¿Por qué me miran así? ¿Dónde está mi hermano?

 

—Es… es algo muy difícil de explicar —logró decir Miyu.

 

—¿«Difícil de explicar»? —repitió Amane, dando un paso hacia la chica de cabello blanco—. Respóndanme. ¿Quién eres tú?

 

Yuji no había dicho una palabra. Pero en el momento en que Amane habló, supo quién era. No necesitaba verla. La reconocía por el sonido de su voz, por la forma en que respiraba, por el latido de su corazón que parecía recordar como si fuera propio.

 

Su hermana. La persona que le había leído cuentos cuando era pequeño. Que lo había defendido cuando nadie más se atrevía. Que había llorado cada noche desde su desaparición.

 

Yuji giró lentamente la cabeza hacia ella. Sus ojos seguían cerrados. Sin embargo, levantó la mano derecha y comenzó a subirse la manga de la camisa.

 

Un movimiento lento. Deliberado.

 

La manga subió. Y entonces Amane lo vio.

 

En su antebrazo, justo donde siempre había estado. Una pequeña mancha de nacimiento. De forma irregular, de un tono ligeramente más oscuro que su piel. Aquella misma marca que ella había besado mil veces cuando eran pequeños. Aquella que nadie más conocía con tanto detalle. Aquella que no podía haber sido copiada, inventada ni falsificada.

 

El rostro de Amane se desvaneció. Perdió todo color. Sus piernas flaquearon. Llevó una mano a la boca y ahogó un grito.

 

—No… eso no puede ser…

 

Yuji mantuvo el brazo extendido, dejándola ver. Y entonces sonrió. Una sonrisa pequeña, temblorosa, tierna. Exactamente la misma sonrisa que tenía de niño. Aquella que ella reconocería entre un millón.

 

—Hola, Amane.

 

La voz. Aunque era más suave, más profunda en cierta manera… era su voz. Sus palabras. Su forma de hablar.

 

Amane dio un paso adelante, con los ojos llenos de lágrimas que caían sin detenerse.

 

—Yu…ji… —susurró ella—. ¿Eres tú… de verdad eres tú?

 

Yuji bajó lentamente la manga.

 

—He vuelto.

 

El silencio que cayó sobre el comedor fue absoluto. Nadie respiraba. Nadie se movía. Porque aquella pequeña mancha había destruido toda duda. Ninguna máquina, ningún informe, ninguna prueba había tenido tanto peso como aquella marca que solo ellos dos conocían.

 

Era él.

 

Estaba allí. Había regresado.

 

Takeshi y Hanae, que habían permanecido a unos pasos esperando, contuvieron el aliento. Amane temblaba entera, sin saber si acercarse o despertar de lo que parecía un sueño imposible.

 

Durante unos segundos, nadie dijo absolutamente nada.

 

El comedor entero parecía haberse quedado sin aire. Sin voz. Sin ruido.

 

Amane seguía con la mirada fija en aquella pequeña marca del antebrazo, como si necesitara memorizarla una vez más para creerlo. Mientras tanto, Takeshi y Hanae observaban a aquella muchacha de cabello blanco con una mezcla de asombro, anhelo y profunda confusión. Era evidente que querían desesperadamente creer que era él… pero frente a ellos había alguien que físicamente no se parecía en nada al hijo que habían visto crecer.

 

Takeshi frunció levemente el ceño.

 

—Amane… ¿estás completamente segura de que es él?

 

Hanae tampoco apartaba la mirada. Sus manos se llevaban apretadas al pecho, temblando.

 

Amane, en cambio, no parecía albergar la más mínima duda. Dio un paso hacia adelante, despacio, como si temiera que él pudiera desvanecerse si se movía demasiado rápido.

 

—Déjame verte.

 

Yuji no respondió. Simplemente permaneció inmóvil, dejándola hacer.

 

Amane levantó ambas manos y tomó suavemente su rostro entre ellas. Lo giró un poco hacia un lado. Luego hacia el otro. Lo observó todo: sus facciones, ahora más suaves; su cabello blanco largo y brillante; las plumas blancas entrelazadas entre algunos mechones; y finalmente, sus ojos cerrados, tan tranquilos como siempre.

 

Yuji dejó escapar un pequeño suspiro.

 

—¿Terminaste?

 

—Espera. Estoy comprobando —respondió ella con absoluta seriedad.

 

Miyu tuvo que taparse la boca para ahogar una risa. Ren simplemente observaba la escena, completamente fascinado.

 

Tras unos segundos que parecieron eternos, Amane habló:

 

—¿Por qué ahora pareces protagonista de una historia?

 

Yuji esbozó una sonrisa leve.

 

—Si lo fuera, tendría una armadura y una espada.

 

Amane lo miró fijamente unos segundos.

 

—… Tienes razón.

 

—¿Ves?

 

—Aunque seguramente tendrías un vestido blanco largo y elegante.

 

—Eso suena muy incómodo para pelear —respondió él con calma.

 

—Entonces una armadura blanca.

 

—Mucho mejor.

 

Miyu finalmente soltó una pequeña carcajada.

 

—¿Están hablando en serio?

 

Ren negó lentamente con la cabeza, sonriendo.

 

—Por lo que parece… sí.

 

Y ahí estaba lo extraordinario. Para cualquiera que los observara desde fuera, aquella conversación podía parecer absurda. Pero para Amane… era lo más familiar del mundo. Ese tono, esas bromas, esa forma de seguirle el juego sin perder la calma… era exactamente igual a como hablaban desde que él era pequeño.

 

No necesitaba más pruebas.

 

Amane bajó lentamente las manos de su rostro. Y sonrió. Una sonrisa que se le quebraba por las lágrimas.

 

—Es él.

 

Takeshi y Hanae la miraron.

 

—¿Amane? —preguntó su padre, con voz tensa.

 

Ella se giró hacia ellos, sin apartar la vista de Yuji.

 

—Es Yuji.

 

—Pero… —empezó a decir Hanae.

 

—No importa cómo se vea —la interrumpió Amane con firmeza—. Podría tener el cabello negro, blanco, azul o incluso verde. Podría ser más alto o más bajo. Podría cambiar completamente de apariencia… —se acercó un poco más a él, con la voz suave y llena de certeza—. Pero nunca me equivocaría con mi hermano.

 

Silencio.

 

Hanae lo miró: la marca, la voz, esa calma inalterable… y algo en su interior se rompió, pero esta vez de alivio. Takeshi también observó a aquella muchacha, y poco a poco, la rigidez de su rostro se transformó en algo parecido a la esperanza. Era él. No había duda.

 

Finalmente, ambos dejaron caer el peso que llevaban cargando medio año entero.

 

Hanae fue la primera en acercarse. Dando un paso tembloroso, se acercó y lo abrazó con tanta delicadeza como si temiera que se rompiera.

 

—Yuji… mi niño…

 

Él apenas tuvo tiempo de reaccionar antes de sentir aquel abrazo. Se quedó inmóvil un instante, sorprendido. Luego, lentamente, levantó sus brazos y correspondió al abrazo, rodeándola con suavidad.

 

Takeshi se acercó después. Lo miró un momento, como grabándolo en la memoria, y también lo abrazó. Con fuerza, con alivio, con el miedo de estos meses desvaneciéndose por fin.

 

Y Amane no tardó en unirse a ellos.

 

Por primera vez desde que había regresado, Yuji quedó rodeado por completo. Entre los brazos de quienes más lo habían llorado. Entre quienes nunca dejaron de esperarlo.

 

Miyu y Ren permanecieron en silencio, respetando aquel momento. Incluso Airi los miraba con una pequeña sonrisa, con los ojos brillantes de ternura.

 

Yuji cerró un poco más los ojos. Durante unos segundos no dijo nada. Simplemente permaneció allí, sintiéndolos. Hasta que finalmente habló, suavemente, al oído de su madre:

 

—Me alegra que estén felices.

 

Se separaron lentamente. Yuji continuó con la misma tranquilidad de siempre:

 

—Pero no quiero causar problemas en la academia. —Miró hacia donde estaba el profesor Kuroki, que los observaba con expresión agridulce—. Y tampoco quiero que los profesores tengan que lidiar con una escena en medio del comedor.

 

El profesor arqueó una ceja, sorprendido por la sensatez de sus palabras.

 

Yuji inclinó levemente la cabeza.

 

—¿Podríamos ir a la enfermería o a algún despacho para hablar tranquilamente?

 

El profesor miró a Takeshi y Hanae, luego a Amane, y finalmente al resto del comedor: cientos de estudiantes que seguían inmóviles, con la boca abierta, sin apartar la vista. Suspiró.

 

—Mientras no hagan disturbios… no tengo objeción. Vayan.

 

Yuji sonrió levemente.

 

—Gracias.

 

Amane soltó una risita, limpiándose las lágrimas.

 

—Sigues siendo igual de tranquilo.

 

—Alguien tiene que serlo —respondió él.

 

—Eso también es cierto.

 

Yuji se levantó de su asiento. Airi se apartó un poco para dejarlo pasar, mirándolo con respeto y cariño. Miyu y Ren intercambiaron una mirada. Era extraño. Durante años habían conocido a un Yuji tímido, que bajaba la mirada, que encogía los hombros… pero ahora caminaba delante de su familia con una serenidad que ninguno había visto jamás.

 

Y sin embargo, había algo que no había cambiado en absoluto. Esa forma de hablarle a su hermana. Ese humor suave. Esa manera de tratar a quienes quería. Y esa pequeña sonrisa que aparecía cuando alguien importante estaba cerca.

 

Yuji comenzó a caminar hacia la salida junto a su familia. Antes de cruzar las puertas, Amane se detuvo un instante y se giró hacia la mesa.

 

—gracias por protegerlo un rato— le dijo a Miyu, Ren y Airi

 

Amane les sonrió con calidez.

 

—Puedes estar tranquila —respondió Miyu con una sonrisa sincera.

 

Yuji, que ya había avanzado unos pasos, suspiró audiblemente.

 

—No necesito que me cuiden.

 

Amane le respondió de inmediato, sin dudarlo:

 

—Eso mismo decías cuando tenías ocho años y te perdiste en el parque.

 

Yuji se detuvo en seco. Se quedó callado un instante. Luego negó con la cabeza, resignado.

 

—… Definitivamente no debí decir nada.

 

Miyu soltó una carcajada. Ren también se rió. Amane simplemente sonrió, le tomó suavemente del brazo y salieron juntos.

 

Y así, acompañado por su familia, Yuji abandonó el comedor.

 

Detrás de ellos quedaron decenas de estudiantes, todavía inmóviles y en silencio. Porque ahora todos sabían algo con absoluta certeza:

 

La misteriosa muchacha de cabello blanco era Yuji Kuzonoha.

 

La pregunta ya no era quién era. Ahora todos se hacían la misma pregunta, en voz baja o en silencio:

 

¿Qué le había ocurrido durante esos seis meses para regresar… convertido en alguien tan diferente?

Thoughts

  • poetadelmetro

    La servilleta. Uf.

    Permalink
  • finalArruinado

    Esta la tenía guardada para cuando estuviera completa y no aguanté. La hermana revisándole la cara de un lado y del otro es tal cual lo que haría la mía, po.

    Permalink

Related posts

  • 🫤

    A veces me quedo mirando el teléfono, en silencio, preguntándome qué hago mal. Me pregunto si es esta costumbre mía de sentir demasiado, de decir la verdad sin escudos, de ser tan intensa... Si será…

  • Viejo

    INTRODUCCIÓN

  • Hermano! parte 3

    Esta es la historia de mi hermano. Finalmente, me despido.

  • Capítulo 18: Ecos de un pasado olvidado

    El atardecer bañaba el inmenso lago que rodeaba la Academia Saint Aurora con tonos dorados y anaranjados, haciendo que el agua brillara como si estuviera llena de luces escondidas. La brisa movía…

  • Capítulo 39: No estás solo

    Yuuto estaba mucho más tranquilo. O, al menos, todo lo tranquilo que podía estar tras haber revivido de golpe recuerdos que durante tanto tiempo había intentado mantener enterrados.

  • No sé

    No sé qué escribir...

  • Nuevo

    El rechazo

  • 🤌

    Durante el día nos devora la prisa por descifrar el destino, por trazar mapas de un futuro que aún no existe. Diseñamos vidas enteras en la mente, pero al momento de dar el primer paso, algo…