Durante el dÃa nos devora la prisa por descifrar el destino, por trazar mapas de un futuro que aún no existe. Diseñamos vidas enteras en la mente, pero al momento de dar el primer paso, algo invisible frena las piernas. A veces lo tildamos de simple pereza, cuando en verdad es el peso plomo del sobrepensamiento, una mente que jamás descansa y que ahoga la voluntad antes de que eche a andar.
​O peor aún: no es el cuerpo el que falla, no hay una fiebre ni un dolor tangible, sino una especie de grieta en el pecho. Un cansancio antiguo, subterráneo, que no se cura con un par de horas de sueño. Es esa extraña anestesia del alma que nos convierte en espectadores de nuestros propios dÃas, atrapados en la distancia que hay entre lo que anhelamos ser y lo que nos atrevemos a intentar.