Esos sentimientos que no se van. Gracias por seguir escribiendolo!
Capítulo 5:Parte I— Cuando un hijo tuvo que salvar a otro,continuacion de historia
Capítulo 5:Parte I— Cuando un hijo tuvo que salvar a otro..
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Esos sentimientos que no se van. Gracias por seguir escribiendolo!
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Capítulo 5:Parte I— Cuando un hijo tuvo que salvar a otro..
Terminó el año escolar, pero no terminó aquello que sentía por aquel muchacho.
Habían pasado tantas cosas, tantas miradas, tantas ilusiones y tantos momentos difíciles que era imposible simplemente despertar un día y dejar de sentir. Todavía lo llevaba conmigo.
Fue difícil.
Creo que tardé aproximadamente dos años en superarlo… aunque, si soy completamente sincero, quizás nunca lo superé del todo.
En fin…
Llegaron las vacaciones de verano y, poco a poco, la vida volvió a su normalidad. Aquel amor seguía existiendo en algún rincón de mí, pero yo tenía otras cosas de las que ocuparme.
Tenía que seguir adelante.
Tenía que preocuparme por mi hermano.
Yo seguía viviendo en el hogar de mi amiga, junto a su familia. Y, de alguna manera, comenzábamos a crecer todos juntos dentro de un entorno que para mí era completamente nuevo.
Había amor.
Había juegos.
Había momentos simples.
Cosas que durante mi infancia no había podido disfrutar demasiado y que, poco a poco, estaba recuperando.
Era como si la vida me estuviera devolviendo de a poquito una infancia que alguna vez me había quitado.
A veces había discusiones con mi papá, pero yo ya no guardaba rencor. Simplemente sentía que nuestro vínculo estaba unido por algo que no podía cambiar: la sangre.
Yo no lo llamaba papá.
Lo llamaba por su nombre.
Y así fue durante mucho tiempo.
Aun así, algunas veces compartíamos momentos. Por ejemplo, alguna caminata junto a mi hermano para que ellos pudieran verse. Él también comenzó, poco a poco, a asumir responsabilidades con mi hermano menor.
Le pasaba dinero a mi amiga para que pudiera alimentarlo.
Cuando mi hermano se enfermaba, aparecía y lo llevaba al médico.
Mi amiga se reunía con él para hablar sobre la escuela, para que pudiera firmar su libreta o encargarse de su inscripción.
Yo, en cambio, casi no tenía vínculo con él.
Para mí, era el padre de mi hermano.
Y también era mi padre.
¿No lo era?
Con el tiempo, incluso llegamos a llevarnos un poco mejor.
Pero yo seguía con mi vida.
Y seguía con aquel sentimiento que todavía no lograba apagar.
Quizás de verdad me había pegado fuerte el amor.
O quizás había sido una atracción tan intensa que necesitó mucho tiempo para desaparecer.
Comencé mi último año escolar en otra escuela.
Y fue hermoso.
Incluso tuve la suerte de coincidir en el mismo curso con una amiga que había estado conmigo en momentos muy difíciles. Era una de esas personas que, cuando yo no tenía ni siquiera para comer, me ayudaba y me compraba algo.
Volver a coincidir con ella en el mismo salón fue una alegría enorme.
Por un momento, todo parecía estar bien.
Pero dentro mío empezaba a aparecer otra preocupación.
Sentía que poco a poco podía estar convirtiéndome en una carga para mi amiga.
Ella nunca me hizo sentir así.
Era algo que yo sentía.
Mientras tanto, mi hermano menor comenzó a llorarme a solas.
Extrañaba a nuestro papá.
Quería volver con él.
Y yo, desde lo más profundo, no entendía.
¿Cómo podía extrañar a alguien que había causado tanto daño?
Pero después pensaba:
Era su padre.
Y él lo quería.
Entonces tomamos una decisión.
Volvimos a vivir con mi papá y con mi hermano mayor.
Y ahí fue cuando comprendí que quizás nunca debí haber vuelto.
La casa ya no era la misma.
Nosotros tampoco.
Parecía que todos vivíamos en dimensiones diferentes, incapaces de entendernos, incapaces de convivir realmente como una familia.
Pero yo había vuelto por mi hermano.
Solamente por él.
Y ese fue, quizás, mi error.
Una noche ocurrió algo que nunca voy a olvidar.
Mi hermano mayor había salido de joda.
Él también tomaba mucho.
Era de madrugada y yo no podía dormir.
Había algo dentro mío que me decía que no cerrara los ojos.
Una sensación difícil de explicar.
Como una voz interior que me repetía:
“No te duermas. Esperalo. Algo va a pasar.”
Y así fue.
Mi papá dormía.
Yo seguía despierto.
Hasta que escuché que mi hermano llegaba en bicicleta.
Estaba completamente ebrio.
Entró a la casa.
Y escuché que lloraba.
Después me llamó.
Me dijo:
—Te quiero mucho. Cuidalo a tu hermano más chico.
Sentí algo extraño.
Algo que no sabía explicar.
Dentro mío apareció una sensación de miedo.
Pensé que algo podía estar por suceder.
Como yo no tenía celular, le pedí el suyo para poder usarlo y distraerme.
Quería mantenerme despierto.
Pasó un rato.
Me acosté.
Y entonces vi una sombra en la cocina.
Era la sombra de mi hermano.
Parecía estar arrastrando un cable.
No le di demasiada importancia.
Hasta que escuché un ruido en el techo.
Salté de la cama.
Y entonces lo vi.
Mi hermano se había colgado.
Estaba intentando quitarse la vida.
Me quedé completamente paralizado.
Se me heló la sangre.
Era un adolescente.
No sabía qué hacer.
Nunca había visto algo así.
Lo único que pude decir fue:
—Dios, por favor, ayudame.
Miré desesperadamente alrededor buscando algo con qué cortar aquello.
No encontraba nada.
Hasta que vi sobre la mesa una tijera grande, de esas que se utilizaban para cortar cables.
Una tijera que, hasta ese momento, nunca había servido para cortar nada.
La tomé.
Y grité:
—¡Señor, ayudame!
Y entonces…
¡Zas!
La tijera cortó el cable.
Mi hermano cayó al piso.
Rápidamente le quité lo que tenía alrededor del cuello y traté de ayudarlo.
Yo temblaba.
No sabía qué hacer.
Él no quería que llamara a una ambulancia.
Yo intenté primero calmarlo.
Después llamé a mi hermana mayor, que vivía en Córdoba.
Yo estaba en Santa Fe.
Le conté todo.
Le dije que ya no se podía vivir así.
Que quizás lo mejor era que se llevara a mi hermano a vivir con ella.
Que necesitaba alejarse de todo aquello.
Mi hermana intentó ayudar.
Después habló con él.
Mientras tanto, yo fui a despertar a mi papá.
Necesitaba contarle lo que había sucedido.
Le dije:
—Levantate. Tu hijo intentó quitarse la vida.
Yo era solamente un adolescente.
No sabía qué hacer.
Era la primera vez que veía algo semejante.
Esperaba que mi papá reaccionara.
Que se levantara.
Que abrazara a su hijo.
Que tuviera miedo.
Que hiciera algo.
Pero su respuesta fue algo que todavía me duele recordar.
—Bueno, que se mate.
Sentí una impotencia enorme.
No podía creer lo que acababa de escuchar.
Discutí con él.
—¿Cómo podés decir eso? ¡Es tu hijo! ¡Está borracho! ¡Intentó quitarse la vida!
Pero no hubo reacción.
No hizo nada.
Y otra vez fui yo quien intentó sostener lo que quedaba de aquella familia.
Pasaron los días.
Mi hermana finalmente se llevó a mi hermano mayor a Córdoba para que pudiera vivir con ella y tratar de recuperarse.
Y yo sentí que, al menos, una parte de ese peso había desaparecido.
Sabía que mi hermano ya no estaba allí.
Sabía que estaba lejos de aquella situación.
Y eso me tranquilizaba.
Ahora solamente tenía que preocuparme por mi hermano menor.
Quería verlo bien.
Quería que creciera bien.
Quería que no tuviera que vivir las cosas que yo había vivido.
Y, por suerte, aquella noche él no estaba allí.
Pero desde ese momento entendí muchas cosas.
Entendí por qué durante tanto tiempo me había costado llamarlo “papá”.
Porque ser padre no era solamente compartir sangre.
Ser padre también era cuidar.
Era proteger.
Era estar.
Era levantarse cuando un hijo estaba cayendo.
Y aquella noche, cuando uno de sus hijos estaba a punto de morir, yo esperaba que él actuara como un padre.
Pero no lo hizo.
Yo había sido apenas un adolescente y, sin embargo, esa noche sentí que me había tocado ser adulto.
Quizás por eso nunca pude llamarlo papá de la misma manera.
Porque algunas palabras no se dicen solamente con la boca.
Se sienten.
Y para mí, esa palabra había quedado llena de heridas.
Esa noche no pude dormir
Después de todo lo que había pasado, me acosté.
Pero no podía dormir.
Había salvado a mi hermano, sí, pero el miedo todavía seguía dentro de mí.
Cada ruido me hacía estar atento.
No quería cerrar los ojos.
Necesitaba asegurarme de que mi hermano estuviera bien, de que se durmiera y de que aquella noche no volviera a suceder nada.
Me quedé despierto hasta estar seguro de que estaba dormido.
Yo sabía que al día siguiente sería otro día.
Pero esa noche parecía no terminar nunca.
Mientras permanecía despierto, empecé a rezar.
Le pedía a Dios que me ayudara.
Que protegiera a mi hermano.
Que si yo finalmente me dormía, no ocurriera nada malo.
Y también pensé en mi mamá.
Le pedía que, desde donde estuviera, lo ayudara.
Quizás porque en aquel momento necesitaba sentir que no estaba completamente solo.
Yo había sido quien cortó aquella soga.
Había sido quien lo sostuvo.
Había sido quien buscó ayuda.
Pero ahora, en silencio, necesitaba que alguien cuidara de mí también.
Y solamente podía confiar en Dios y en ella.
Aquella noche aprendí algo que nunca olvidaría:
a veces uno puede tener muchísimo miedo y aun así encontrar fuerzas para salvar a alguien que ama.
Yo no sabía qué iba a pasar al día siguiente.
Solamente sabía que tenía que llegar hasta él.
Y esperé.
Esperé que amaneciera.
Porque, después de una noche así, lo único que podía pedir era que llegara un nuevo día.
Continuará…
Thoughts
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PermalinkEso. Haces tu vida pero esta ahi. En algun rincon. Ocupado pero no liberado!
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PermalinkParece que el vacio es lo que lo mantiene vivo. Si se acaba, muere. Asi que dos años fue nada.
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PermalinkDos años de pendiente. El silencio deja marcas que nadie ve pero vos si.
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Permalink¿Vas a publicar mas capitulos de esto? Necesito seguir leyendo tu historia.
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PermalinkEsos sentimientos que no se van. Gracias por seguir escribiendolo!
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PermalinkDesde el primer capitulo se que los hijos te salvan sin saber. Pero esto otro, el vacio de dos años, tiene su propio peso.
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