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Capitulo 51: un mundo nuevo

DNavarrete
Pensamiento

Pensamiento

MartaEspejo

Marien leía los informes y aun así no se esperaba una ciudad. Un papel dice que algo crece, pero no dice ropa tendida al sol ni niños de tres razas tropezando y levantándose entre ellos. Me gustó que el pueblo se hiciera sin Anna delante, mientras ella du

Marien leía los informes y aun así no se esperaba una ciudad. Un papel dice que algo crece, pero no dice ropa tendida al sol ni niños de tres razas tropezando y levantándose entre ellos.

Me gustó que el pueblo se hiciera sin Anna delante, mientras ella dudaba en la capital si merecía algo. Apuesto a que Altheria lleva meses mirando eso crecer y sabe muy bien de dónde salió la semilla.

Contenido de la publicación

Dos días habían pasado desde aquella reunión en el palacio imperial, dos días en los que Anna apenas había logrado cerrar los ojos. Las palabras del Emperador, la mirada de la Emperatriz, el juicio del Canciller y el silencio cargado de Adrien y Lyssandra giraban una y otra vez en su mente, grabados a fuego, indelebles. No había descanso, ni paz, ni forma de silenciar todo lo que se había desmoronado y, al mismo tiempo, todo lo que le habían devuelto allí dentro.

 

La Academia, que siempre había sido su refugio, su lugar de orden y estudio, ahora le parecía un laberinto lleno de miradas, susurros y recuerdos que la asfixiaban. Necesitaba aire. Necesitaba distancia. Y, sobre todo, necesitaba escuchar una voz que siempre había sido para ella la única verdad, la única que nunca había cambiado, ni la había juzgado, ni le había ocultado nada: Lady Altheria.

 

Por eso, esa mañana, Anna había solicitado permiso al Director para ausentarse unos días y regresar a su antigua mansión, la residencia familiar donde había pasado su infancia y donde Altheria vivía como el pilar de la casa. El permiso fue concedido sin objeciones; nadie ignoraba lo que había ocurrido en el palacio, y todos comprendían que necesitaba tiempo.

 

Había dado una instrucción muy clara: dos carruajes.

 

En el primero, viajaba ella. Sola. Lo había exigido expresamente. Necesitaba ese silencio, ese espacio cerrado donde pudiera dejarse llevar por sus pensamientos sin tener que mantener la compostura, sin tener que sonreír ni parecer fuerte. El interior era cómodo, con asientos de terciopelo oscuro, pero ella apenas se sentaba; se pasaba el viaje mirando por la pequeña ventanilla, viendo cómo la ciudad se quedaba atrás y daba paso a los campos y bosques que rodeaban la capital, con la mirada perdida y el ceño fruncido, luchando entre la culpa, la gratitud y el miedo. ¿Aceptar? ¿Rechazar? ¿Tengo derecho a aceptar algo tan grande cuando mis manos todavía manchan de sangre el pasado? ¿O es esa la única forma de limpiarlas?

 

En el segundo carruaje, el ambiente era completamente distinto.

 

Lira iba sentada junto a la ventana, abrazando una pequeña almohada contra su pecho, con la mirada fija en el paisaje que pasaba velozmente. Observaba los campos verdes, los árboles altos y el cielo despejado con una mezcla de curiosidad y entusiasmo, ajena en parte al peso que flotaba en el aire, aunque muy consciente de él.

 

Frente a ella, ocupando el asiento opuesto, iba Marien. Sus manos, acostumbradas al trabajo y al orden, reposaban tranquilas sobre su falda, pero su expresión era seria, atenta, como si estuviera midiendo cada movimiento del carruaje y cada pensamiento que cruzaba la mente de las demás.

 

Y entre ambas, Eliana permanecía en silencio, con la mirada perdida en un punto indefinido del suelo, con una expresión cargada de preocupación que no había logrado ocultar desde que partieron. Sus cejas estaban ligeramente fruncidas, y cada cierto tiempo suspiraba muy bajo, como si el aire le costara entrar en los pulmones.

 

—Sigue pensando en ello, ¿verdad? —preguntó Marien finalmente, rompiendo el silencio que se había vuelto denso y pesado. Su voz era suave, pero directa.

 

Eliana asintió despacio, sin levantar la vista.

 

—Desde que salimos de la Academia. —Hizo una pausa, y añadió con tono triste—: No ha dormido bien desde hace dos días. Casi nada, en realidad.

 

La pequeña sirvienta, Lira, apartó la vista de la ventana y bajó la mirada hacia sus manos, apretando con más fuerza la almohada que abrazaba.

 

—Es normal —murmuró.

 

Nadie discutió aquello. Nadie tenía nada que objetar.

 

Porque era la verdad absoluta. Después de todo lo que había ocurrido en el palacio... después de las confesiones, de las miradas, de las palabras que habían destrozado y reconstruido a su señora al mismo tiempo... era más que normal. Era inevitable.

 

Lira levantó la cabeza de nuevo, y sus ojos brillaron con una convicción sorprendente para su edad.

 

—Yo creo que debería aceptar.

 

Las dos mujeres mayores la miraron al instante, sorprendidas por la firmeza de sus palabras.

 

—¿Así de simple? —preguntó Marien, inclinándose un poco hacia ella, con una media sonrisa que mezclaba ternura y curiosidad.

 

—Sí —respondió Lira sin dudar.

 

—¿Y por qué, niña mía? —insistió Eliana, mirándola con atención, necesitando entender esa certeza.

 

La pequeña inclinó la cabeza ligeramente, como si la respuesta fuera tan evidente como la luz del día y no entendía por qué tenían que preguntárselo.

 

—Porque si el Emperador la eligió... es porque cree que ella puede hacerlo. Y si él confía en ella, ¿por qué nosotros íbamos a dudar?

 

Eliana sonrió, pero fue una sonrisa cargada de tristeza y amargura, una sonrisa que conocía el mundo y sus complicaciones.

 

—A veces las cosas son un poco más complicadas que eso, Lira. La confianza es hermosa, pero el peso de lo que le han ofrecido... es demasiado grande. Y ella lleva una carga muy pesada sobre sus hombros.

 

—Lo sé —reconoció la niña, inflando las mejillas con un gesto obstinado que le era muy propio—. Sé que es difícil. Sé que da miedo. Pero sigo pensando lo mismo. Si alguien puede con esto... es ella.

 

Marien no pudo evitar soltar una risa suave, una de esas risas que alivianan el corazón aunque sea un poquito. Aquella niña era imposible de hacer cambiar de opinión cuando creía en algo, y de alguna manera, esa inocencia llena de fe era lo único claro en medio de tanta confusión.

 

—¿Y tú qué piensas, Eliana? —preguntó entonces Marien, girándose hacia la sanadora, queriendo escuchar la voz de la experiencia—. Tú la conoces desde hace más tiempo que nadie, salvo los de la familia. ¿Qué crees que debería hacer?

 

La antigua sirvienta y sanadora guardó silencio durante varios segundos. Sus ojos se llenaron de sombras, de recuerdos y de temores que no había compartido con nadie hasta ahora.

 

—Creo... —empezó con voz baja, casi un susurro— creo que tengo miedo.

 

La respuesta sorprendió a ambas. Tanto Lira como Marien abrieron los ojos con sorpresa.

 

—¿¿Miedo?? —repitió Lira, incrédula—. ¿Tú? Pero si tú siempre estás tranquila...

 

Eliana asintió lentamente, mirando por la ventanilla, hacia el camino que se alejaba hacia la mansión.

 

—Miedo por ella. Porque si acepta esta propuesta... ya no será solo una estudiante destacada de la Academia. Ni solo la señorita Anna, la heredera de la casa D'Valriene. —Su voz se volvió más seria, cargada de la gravedad de lo que significaba—. Se convertirá en alguien indispensable para todo el Imperio. Su vida dejará de pertenecerle. Y todo lo que fue, todo lo que hizo, todo lo que intentó dejar atrás... estará expuesto, juzgado, usado contra ella en cada paso que dé.

 

Nadie respondió. El silencio volvió a llenar el carruaje, pero ahora era un silencio de comprensión. Las tres sabían que tenía toda la razón. El honor era inmenso, pero el precio... el precio podía ser demasiado alto.

 

Afuera, cabalgando junto a los vehículos, con el viento despeinando su cabello oscuro y la espada firme a su costado, Lyra soltó un suspiro largo y pesado. Miró primero hacia el carruaje donde viajaban las demás, y luego hacia el primero, donde iba Anna completamente sola.

 

—Están demasiado calladas —comentó, rompiendo la marcha silenciosa que llevaban.

 

Garoum, que cabalgaba a su lado con la postura erguida y la mirada atenta a cada rincón del camino, levantó una ceja sin dejar de vigilar el entorno.

 

—¿Quiénes? —preguntó con su voz grave y pausada.

 

—Todas —respondió ella, moviendo la mano con impaciencia—. Las del segundo carruaje, y sobre todo... ella.

 

El enorme hombre observó los carruajes durante unos segundos, con esa calma infinita que lo caracterizaba, esa paciencia que parecía no agotarse nunca.

 

—Es normal —dijo simplemente.

 

—Lo sé —reconoció Lyra, acomodando mejor el cinturón de su espada, inquieta—. Pero no me gusta. Prefiero cuando hablan, cuando se preocupan en voz alta... cuando se enfadan. El silencio... el silencio significa que están pensando demasiado. Y pensar demasiado, con todo lo que hay en juego, no es bueno para nadie.

 

Garoum soltó una pequeña risa, una risa profunda y tranquila que retumbó en su pecho.

 

—Eso tampoco es nuevo en ti, Lyra. Nunca te ha gustado que nadie guarde silencio.

 

—¡Oye! —protestó ella, dándole un ligero golpe en el brazo, aunque sin fuerza—. No te burles.

 

—Dime, pues.

 

—¿Tú qué harías? —preguntó de repente, girándose totalmente hacia él, con una mirada seria y buscando respuestas—. Si estuvieras en su lugar. Con lo que sabe, con lo que le han dicho, con lo que le han ofrecido... ¿qué harías?

 

El veterano guardia permaneció en silencio unos instantes, mirando al frente, hacia el camino que se abría ante ellos, interminable, hacia el norte.

 

—¿Sobre qué exactamente? —quiso saber, aunque ya sabía la respuesta.

 

—Sobre la propuesta del Emperador. Sobre aceptar o no. Sobre cargar con todo este peso.

 

Garoum observó el paisaje que avanzaba lentamente. Durante varios segundos no respondió, como si estuviera sopesando cada palabra, cada consecuencia, tal como lo estaba haciendo Anna.

 

Finalmente, habló con voz firme y tranquila.

 

—Haría exactamente lo mismo que está haciendo ella ahora.

 

Lyra parpadeó, confundida.

 

—¿Pensarlo tanto y sufrir en el intento?

 

—No —respondió él, negando con la cabeza y esbozando una sonrisa muy leve, casi imperceptible.

 

—Entonces... ¿qué?

 

Garoum volvió la vista hacia ella, con una expresión llena de sabiduría y lealtad.

 

—Buscar a Lady Altheria.

 

La guerrera quedó totalmente sorprendida. No esperaba esa respuesta.

 

—¿Tan importante es su opinión? —preguntó, con los ojos muy abiertos.

 

—Más de lo que te imaginas, Lyra. —La mirada de Garoum se volvió más seria, más profunda, llena de recuerdos que él mismo había vivido—. Lady Altheria conoció a Anna mucho antes que todos nosotros. Conoció a la niña pequeña, curiosa y llena de preguntas que corría por los pasillos de la mansión. Conoció a la tirana, fría, dura y llena de orgullo, que creía que el poder lo era todo. Y ahora... conoce a la mujer que intenta reconstruirse desde las cenizas, que carga con culpas que no le pertenecen solo a ella y que busca redención en cada acto.

 

Lyra permaneció callada. No podía discutir aquello. Era la pura verdad. Nadie la conocía como esa mujer.

 

—Si alguien puede darle una respuesta que no venga de la ley, ni de la política, ni de las obligaciones... —continuó Garoum, levantando la vista hacia el horizonte donde el sol empezaba a caer—. Si alguien puede decirle si su pasado es una condena... o si es justo lo que necesita para construir algo mejor... probablemente sea ella.

 

El camino continuó extendiéndose ante ellos. Largo. Tranquilo. Silencioso.

 

Y en el interior del primer carruaje, sin saber que todos, absolutamente todos, estaban pensando exactamente lo mismo, Anna seguía observando el paisaje pasar ante sus ojos.

 

Esperando.

 

Temiendo.

 

Y deseando llegar cuanto antes.

 

Porque por primera vez desde que el Emperador le hizo aquella propuesta... sentía que estaba acercándose a la única persona capaz de decirle aquello que su propio corazón, lleno de dudas y miedos, era incapaz de responder.

 

Cuatro días.

 

Eso había bastado. Lo que normalmente era un viaje de siete días completos entre la capital imperial y las tierras de la familia D'Valrienne se había reducido a poco más de la mitad. Y todo se debía a la escolta que acompañaba la caravana: siete caballeros de élite, enviados personalmente por el Emperador. Siete guerreros y guerreras de fama legendaria, cuya sola presencia bastaba para mantener alejadas a las bestias, los monstruos y las bandas de salteadores que convertían los caminos en una trampa mortal tras la puesta de sol.

 

Por primera vez en mucho tiempo, un grupo de viajeros podía avanzar seguro incluso cuando la noche cubría el bosque. Y eso había cambiado por completo el ritmo del trayecto.

 

Aunque para Anna, aquellos cuatro días se habían sentido más largos que un año entero.

 

Había pasado gran parte del tiempo encerrada en el silencio de su carruaje, sentada junto a la ventana, con la mirada perdida y la mente trabajando sin descanso. Pensando. Reflexionando. Reviviendo las palabras del Emperador, el juicio del Canciller, la decepción de la Princesa y, sobre todo, sus propios pecados, que pesaban sobre su conciencia como cadenas de hierro. Buscaba una respuesta, una certeza, algo que le dijera si aceptar o rechazar aquella propuesta, pero la respuesta seguía escapándosele, escondida entre el miedo y la culpa.

 

Incluso ahora, con el camino casi terminado, seguía sin saber qué decisión tomaría.

 

Lo que sí sabía con absoluta claridad era esto: aceptara o no, su vida cambiaría para siempre. Ya nada volvería a ser igual.

 

Suspiró profundamente, dejando escapar todo el aire que retenía sus pulmones, y fue entonces cuando algo llamó su atención al otro lado del cristal.

 

Las colinas.

 

Esas colinas.

 

Anna se incorporó de golpe, con el corazón dando un vuelco en su pecho.

 

Reconocía aquellas formas suaves, aquellas laderas cubiertas de bosques tupidos, aquellas montañas azules que se alzaban en la distancia como gigantes vigilantes. Conocía cada curva, cada árbol, cada roca de aquel paisaje.

 

—Ya estamos cerca... —murmuró, y por primera vez desde que abandonaron la capital, sintió cómo su corazón se aceleraba no por ansiedad, ni por miedo, sino por algo que se parecía mucho a la esperanza y al regreso.

 

Se inclinó más hacia la ventana, bebiéndose cada detalle del camino, impaciente por llegar.

 

Mientras tanto, en el segundo carruaje, la atmósfera era muy distinta y la emoción era casi palpable. Lira, incapaz de quedarse quieta ni un segundo, prácticamente saltaba sobre su asiento, con las manos apoyadas en el marco de la ventana.

 

—¡Ya llegamos! ¡Ya llegamos! —cantaba con alegría.

 

—Todavía no hemos entrado en los terrenos de la mansión, pequeña —respondió Marien, aunque una sonrisa tierna y divertida se dibujaba en sus labios—. Pero sí... ya casi estamos ahí.

 

Eliana, que hasta ese momento había estado callada y observando en silencio, también se acercó al cristal. Y al ver la silueta de las tierras familiares, una pequeña sonrisa tranquila y sincera apareció en su rostro, suavizando las arrugas de preocupación que habían marcado su frente durante días.

 

Ella también reconocía cada rincón, cada sendero, cada piedra. Había recorrido aquellos caminos muchas veces, en tiempos mejores y en los peores momentos.

 

Estaban regresando a casa.

 

Una hora después, los carruajes comenzaron a descender por el último tramo del camino principal, aquel que serpenteaba entre las colinas para llegar a la gran explanada donde se alzaba la antigua residencia de la familia.

 

Y entonces... ocurrió.

 

Anna se quedó completamente inmóvil.

 

Parpadeó varias veces, creyendo que sus ojos le jugaban una mala pasada.

 

Volvió a mirar, con más atención, con el corazón en la garganta.

 

Y luego, casi sin darse cuenta, bajó la ventanilla de un golpe, dejando que el aire fresco y oloroso a bosque entrara de golpe.

 

—¿Qué...? —susurró, confundida y asombrada.

 

El viento le golpeó el rostro, despeinándola, pero ni siquiera lo notó. Sacó la cabeza al exterior, necesitando ver con claridad, necesitando asegurarse de que lo que estaba viendo era real y no una ilusión creada por su mente cansada.

 

Porque aquello no podía ser verdad. Simplemente no podía.

 

La vieja mansión seguía allí, imponente y elegante, elevándose sobre la colina exactamente igual que siempre, con sus muros de piedra clara y sus torres señalando el cielo. Pero todo lo demás... todo lo que la rodeaba, todo lo que se extendía a sus pies... había cambiado por completo.

 

—Por todos los cielos... —la sorpresa se le escapó de los labios convertida en un hilo de voz.

 

A su alrededor, cubriendo lo que antes eran solo campos vacíos, tierras baldías o bosques cerrados, se extendía un asentamiento enorme. No eran unas pocas casas improvisadas, ni un pequeño refugio, ni el campamento precario y triste que ella recordaba de cuando llegó exiliada allí.

 

Era un pueblo. Un auténtico pueblo.

 

Calles anchas, rectas y claramente definidas recorrían el terreno, organizándolo todo. Decenas y decenas de viviendas se alzaban a ambos lados: algunas ya terminadas, con techo y ventanas, otras todavía en construcción, levantadas con madera, piedra y esfuerzo. Había grandes almacenes techados, talleres de oficios de los que salían ruidos de herramientas, corrales amplios llenos de ganado, huertos que parecían verdaderos campos de cultivo y pequeños comercios abiertos al público.

 

Y lo más increíble de todo: personas. Había muchísimas personas.

 

Caminando, trabajando, hablando, transportando mercancías. Humanos, elfos, hombres bestias de todas las razas, conviviendo unos al lado de otros, sin muros, sin barreras, sin miedo. Familias enteras que habían encontrado allí un lugar donde estar.

 

En el segundo carruaje, la reacción fue idéntica.

 

Lira pegó literalmente la cara contra el cristal, con la boca abierta por la impresión.

 

—¡¿Desde cuándo existe todo esto?! ¡Antes aquí solo había hierba y piedras!

 

Marien abrió los ojos de par en par, tan sorprendida como la niña. Ella, que se mantenía informada de todo lo que ocurría en la finca gracias a las cartas y mensajes, no esperaba encontrarse con aquella magnitud.

 

—Esto es... es imposible... —murmuró, negando con la cabeza—. Los informes decían que crecía, sí, pero... ¡esto es una ciudad!

 

Eliana permaneció varios segundos sin decir una palabra, con la mirada fija en el paisaje que desfilaba ante ellos. Simplemente observaba, con una mezcla de asombro, orgullo y una emoción profunda que le llenaba los ojos de brillo.

 

—Ha crecido... —susurró finalmente, con voz quebrada por la emoción—. Ha crecido muchísimo.

 

Y tenía toda la razón. Porque aquel lugar no solo había crecido, sino que seguía haciéndolo en ese mismo instante. Podían ver obreros trabajando con ahínco, carretas cargadas de materiales llegando y partiendo, grupos de hombres y mujeres levantando nuevas estructuras donde antes solo había tierra. Y más lejos, en el límite del asentamiento, una enorme línea de troncos gruesos y afilados comenzaba a rodear gran parte del terreno.

 

—Están construyendo una muralla —dijo Marien, reconociendo la estructura al instante.

 

Eliana asintió lentamente.

 

—No es de piedra, todavía... pero es una empalizada fuerte, diseñada para proteger a todo el pueblo de las bestias salvajes y de cualquier peligro. —Hizo una pausa, admirando la visión—. Hace unos meses, esto habría parecido un sueño imposible. Hoy es una realidad.

 

Afuera, cabalgando junto a los vehículos, incluso Lyra, que siempre mantenía la compostura y la calma, parecía totalmente sorprendida. Miró todo a su alrededor, de un extremo a otro, y negó con la cabeza.

 

—Juro por mi espada que esto era mucho más pequeño la última vez que estuve aquí. Apenas unas cuantas cabañas y mucha gente durmiendo al aire libre...

 

Garoum, que cabalgaba a su lado con su porte serio y vigilante, soltó una breve carcajada profunda y satisfecha.

 

—Porque lo era, Lyra. Lo era.

 

—¿Y qué pasó? ¿Cómo ha cambiado todo tan rápido? —preguntó ella, sin apartar la vista de las calles llenas de vida.

 

El veterano guerrero observó el panorama con atención: los niños que corrían libres, las familias que trabajaban juntas, las nuevas construcciones que surgían por todas partes, el aire de paz y actividad que se respiraba. Y una sonrisa inmensa y orgullosa apareció bajo su barba.

 

—Pasó que la gente encontró aquí algo que no encuentra en ningún otro lugar del Imperio —respondió con voz grave y llena de significado—. Encontraron un lugar donde quedarse.

 

Lyra guardó silencio, porque cuanto más miraba, más entendía exactamente lo que él quería decir.

 

No veía refugiados asustados ni miserables. No veía sobrevivientes que solo esperaban ayuda. No veía personas que huían de algo.

 

Veía vecinos. Veía comerciantes. Veía artesanos. Veía familias que construían sus vidas. Veía personas que habían dejado de huir para empezar a vivir.

 

Mientras tanto, Anna seguía observándolo todo desde la ventana, con el viento agitando su cabello, y su mirada recorría cada rincón, buscando, reconociendo, comparando.

 

Poco a poco, empezó a identificar lugares que conocía bien, pero que ahora habían cambiado por completo. Allí estaba el pequeño huerto comunitario que se había formado al principio; ahora era tres veces más grande, ordenado y fértil. Más allá distinguía el viejo cobertizo que usaban como taller de carpintería; ahora se había convertido en una construcción sólida, amplia y llena de actividad. Incluso reconoció la zona donde habían instalado las primeras tiendas de campaña para los refugiados que llegaban enfermos y pobres; ahora se había transformado en un barrio entero, con casas de madera y piedra, calles empedradas y ropa tendida al sol.

 

Era difícil de creer, porque ella recordaba perfectamente lo que había sido aquel lugar.

 

Había sido su prisión. Su exilio. El rincón olvidado y maldito donde la habían enviado después de ser derrocada por quienes ella misma había confiado. Un lugar frío, solitario, condenado a desaparecer, donde nadie quería vivir y donde ella misma había esperado morir un poco cada día.

 

Y ahora... ahora era exactamente lo contrario.

 

Más allá de las nuevas construcciones, vio llegar varias carretas cargadas de enseres y familias enteras. Nuevas caravanas. Más personas llegando desde lejos, buscando entrar, buscando quedarse. Al parecer, la noticia de que existía un lugar seguro, donde todos eran bienvenidos sin importar su raza o su pasado, se había extendido mucho más lejos de lo que nadie, ni siquiera ella, hubiera podido imaginar.

 

Entonces, vio algo que hizo que su corazón se detuviera un instante, y luego empezara a latir con una fuerza renovada.

 

En una de las calles principales, un grupo de niños corría y jugaba ruidosamente. Había niños humanos, niños elfos, niños de razas de hombres bestia... todos mezclados, persiguiéndose unos a otros, riéndose a carcajadas, tropezando y ayudándose a levantarse, sin preocuparse por las diferencias en sus orejas, en sus colas o en sus pieles. Simplemente siendo niños. Simplemente siendo amigos.

 

Anna observó aquella escena durante varios segundos, sin apartar la vista, con los ojos llenos de lágrimas que no caían.

 

Y por primera vez desde aquella reunión en el palacio imperial, desde que el Emperador le había hablado de la niña que creía perdida, desde que ella misma dudaba de todo... sintió que algo cálido, luminoso y fuerte nacía dentro de su pecho, expandiéndose por todo su cuerpo.

 

Porque mientras contemplaba aquella pequeña ciudad creciendo y floreciendo alrededor de la vieja mansión... comprendió algo que cambió todo para ella.

 

Mientras ella dudaba de sí misma en la capital.

 

Mientras se preguntaba si era digna de ayudar a cambiar el destino de todo el Imperio.

 

Mientras luchaba contra sus propios fantasmas y sus propias culpas...

 

Algo maravilloso había estado ocurriendo aquí, en este rincón del mundo. Algo real. Algo que nadie podía negar, ni destruir, ni borrar.

 

Aquella gente había encontrado un hogar. Y ella, aunque fuera lejos, aunque fuera sin saberlo, había sido la semilla de todo ello.

 

Cuando los carruajes atravesaron lentamente la entrada principal del asentamiento, varias personas que pasaban por allí se detuvieron al ver el emblema de la Rosa Blanca pintado en los vehículos. Al reconocerlo, empezaron a sonreír, a señalar con entusiasmo y a saludar con la mano, con respeto y con un cariño que Anna no esperaba.

 

Y entonces, una pequeña sonrisa sincera, verdadera y esperanzada apareció en el rostro de Anna D'Valrienne.

 

Aquello ya no era la prisión donde una tirana había sido exiliada.

 

Aquello era un hogar.

 

Y estaba vivo.

 

 

El carruaje avanzaba despacio, casi al paso de los caballos, y a cada metro que recorrían, la calle se iba llenando más y más de gente. Habían reconocido el emblema de la casa D’Valrienne al instante, y la noticia volaba más rápido que el viento: la señora había vuelto.

 

Hombres, mujeres y niños salían de las casas, de los talleres y de los huertos para saludarla. No eran reverencias frías ni cortesías protocolarias; eran sonrisas abiertas, manos agitadas en el aire y voces que gritaban su nombre con una mezcla de respeto y auténtico cariño. Para ellos, ella no era solo una noble lejana: era la dueña de estas tierras, la mujer que había abierto las puertas de su mansión cuando ellos no tenían nada, y la razón de que hoy tuvieran un hogar donde vivir.

 

—¡Bienvenida de nuevo, mi señora! —gritó un anciano desde el umbral de su casa, quitándose el sombrero con orgullo.

 

—¡Que los cielos la bendigan! —le respondía una mujer desde el balcón, con un bebé en brazos.

 

Los niños, los más pequeños y despreocupados de todos, corrían detrás de las ruedas del vehículo, riendo y saltando, tratando de acercarse lo más posible para verla mejor. Llevaban las mejillas sonrosadas por el esfuerzo, pero no parecían cansarse; para ellos, ver a Anna era casi como ver llegar a alguien de su propia familia.

 

Anna, con la ventana completamente abierta, no dejaba de inclinarse para devolver cada saludo. Sus ojos brillaban con una emoción que hacía días que no sentía, y su mano se movía suavemente de un lado a otro, respondiendo a cada sonrisa, a cada grito, a cada gesto de bienvenida. Se sentía abrumada, sí, pero de una forma dulce, cálida, que le llenaba el pecho de algo que se parecía mucho a la paz.

 

Fue entonces, entre el murmullo de la gente y el ruido de los cascos de los caballos, cuando la vio.

 

A pocos metros del camino, un hombre alto y delgado, de rasgos finos y orejas ligeramente puntiagudas, caminaba con cuidado mientras sobre sus hombros llevaba sentada a su pequeña hija. La niña, una pequeña elfa de cabellos oscuros y ojos grandes y brillantes, no debía tener más de cuatro o cinco años. En sus manos apretaba con mucho cuidado una flor silvestre, pequeña y de un color azul intenso, que había recogido en el camino.

 

En cuanto la niña vio a Anna asomada a la ventana, sus ojos se iluminaron. Tiró del cabello de su padre suavemente y señaló con entusiasmo.

 

—¡Papá, papá, mira! ¡Es ella! ¡Es la señora Anna! —exclamó con una vocecita aguda y alegre—. ¡Quiero darle esto! ¡Por favor, acércanos!

 

El padre, sin dudar ni un segundo, sonrió con ternura y cambió el rumbo de sus pasos, abriéndose paso amablemente entre la gente hasta quedar justo al lado del carruaje, al mismo nivel donde iba ella.

 

La pequeña se inclinó todo lo que pudo, estirando sus bracitos lo más alto posible, con la flor apretada entre sus dedos como si fuera el tesoro más grande del mundo.

 

—Para usted... —dijo con una sonrisa tímida y radiante a la vez—. Es bonita, como usted.

 

Anna sintió que el corazón se le encogía de pura emoción. Se inclinó más, tomó la flor con mucho cuidado para no dañarla y la acercó a su pecho. Sus ojos se llenaron de lágrimas, pero esta vez eran lágrimas de felicidad.

 

—Es la flor más hermosa que me han dado nunca, pequeña —le susurró con voz suave, sonriendo con todo su ser—. Gracias... muchísimas gracias.

 

La niña soltó una risita feliz y le mandó un beso con la mano mientras su padre, haciendo una reverencia llena de gratitud, se apartaba para dejar pasar el carruaje.

 

Poco después, el vehículo comenzó a ascender la última cuesta, dejando atrás las calles del pueblo y dirigiéndose hacia la gran mansión que coronaba la colina, rodeada de esos jardines inmensos y verdes que siempre habían sido el orgullo de la casa. Cuando finalmente se detuvieron ante la escalinata principal, la puerta se abrió y Anna bajó despacio, sintiendo las piernas un poco temblorosas, todavía con la flor azul entre sus dedos.

 

Apenas sus pies tocaron el suelo de piedra, no tuvo tiempo ni de dar dos pasos.

 

De entre los macizos de flores y los arbustos que rodeaban la entrada, salió una figura enorme, ancha de hombros, con las manos manchadas de tierra y una camisa de lino gastada, con una barba espesa y canosa y una sonrisa que le iluminaba toda la cara. Era Garlan, el jardinero jefe, el hombre que conocía cada planta, cada árbol y cada rincón de estas tierras mejor que nadie, y que había estado allí desde que ella era apenas una niña pequeña, persiguiendo mariposas por los senderos.

 

No caminaba, casi corría hacia ella, y antes de que Anna pudiera siquiera decir su nombre, aquellos brazos grandes, fuertes y cálidos —acostumbrados a mover tierra, cortar ramas pesadas y sostener árboles jóvenes— la rodearon por completo, levantándola del suelo y apretándola contra su pecho con una fuerza inmensa y muy cariñosa.

 

—¡Por fin estás aquí! ¡Por fin has vuelto a casa, niña mía! —exclamó él, con esa voz grave y profunda que parecía el crujido de un viejo roble, pero cargada de una ternura inmensa—. ¡Se te ha echado muchísimo de menos! ¡Los jardines mismos parecían tristes sin ti!

 

La apretaba y la apretaba, meciéndola de un lado a otro como si fuera una niña pequeña.

 

—¡Garlan...! —alcanzó a decir Anna entre risas y lágrimas, mientras intentaba respirar entre aquel abrazo de oso—. Yo también... yo también te he echado de menos... y a tus jardines...

 

Pero el hombre no parecía tener intención de soltarla. Al contrario, cuanto más hablaba ella, más fuerte parecía apretarla, lleno de una alegría desbordada que no podía controlar.

 

Detrás de ellos, en la escalinata, todo el grupo se había detenido y ahora observaba la escena con los ojos muy abiertos y las manos tapándose la boca para no soltar la carcajada.

 

Marien y Eliana se miraban entre sí, sacudiendo la cabeza con una sonrisa tierna y divertida, recordando perfectamente esos abrazos que dejaban a cualquiera sin aire. Lira, que nunca había visto al imponente jardinero comportarse así, se reía tapándose la boca con las dos manos, mientras Garoum, serio como siempre, escondía una sonrisa bajo su propia barba.

 

—Creo que la va a dejar sin aire antes de que empiece a contarnos algo... —susurró Marien, y Eliana asintió, conteniendo la risa—. ¡Esos brazos suyos, que han levantado árboles enteros, no saben medir la fuerza con las personas!

 

Lyra, que estaba de pie junto al carruaje con los brazos cruzados y una sonrisa divertida, esperó un par de segundos más, hasta que vio que Anna ya empezaba a ponerse roja del esfuerzo, y entonces se acercó con paso decidido.

 

—¡Oye, Garlan! —llamó, dándole un ligero golpe en el brazo enorme y musculoso—. ¡Ya suéltala, hombre! ¡Si sigues así vas a terminar por deshuesarla! ¡La pobre ya no puede ni respirar, mira que la estás apretando demasiado, pareces una enredadera!

 

Garlan parpadeó, como saliendo de un sueño, y miró a Anna, que efectivamente lo miraba con ojos llorosos y una mezcla de risa y falta de aire. Soltó una carcajada enorme y, muy despacio, la bajó hasta el suelo, aunque sin dejar de sostenerla por los hombros con sus manos grandes y ásperas de trabajar la tierra.

 

—¡Ay, perdona, perdona! —dijo, frotándose el cabeza avergonzado pero feliz—. Es que... cuando te vi ahí parada, me pareció que no te había visto en siglos y se me olvidó todo lo demás. ¿Estás bien, pequeña? ¿Te he hecho daño?

 

Anna se pasó una mano por el pecho, tomando aire profundamente, y le sonrió con todo el cariño del mundo, con los ojos brillantes y las mejillas sonrosadas.

 

—Estoy perfectamente, Garlan... —le aseguró, apoyando una mano pequeña sobre su enorme brazo—. Ha sido el mejor abrazo que he recibido en mucho tiempo. Gracias. Y tus jardines... se ven más hermosos que nunca desde el camino.

 

El hombre se sonrojó de orgullo, como un niño al que le dicen que su dibujo es el mejor, y se apartó un poco para dejar paso a los demás, que ya se acercaban para saludarla también.

 

Después de los saludos, de las bienvenidas y de que todos hubieran bajado y se hubieran reunido en la escalinata, Anna miró a su alrededor, respirando el aire limpio y perfumado de las flores de su hogar, sintiendo por fin que el peso en sus hombros se aligeraba un poco. Miró a todos los que la habían acompañado, a sus amigos, a sus guardianes, a su familia.

 

—Gracias a todos... —dijo con voz suave y tranquila—. Gracias por traerme hasta aquí y por estar a mi lado. Ha sido un viaje largo y muy pesado, y todos debéis estar agotados. —Hizo una pausa, mirando hacia la puerta abierta de la mansión—. Id a descansar, por favor. Que os preparen habitaciones, comida, todo lo que necesitéis. Merecéis descansar.

 

Todos asintieron, sabiendo que ella tenía razón, pero esperando a que ella también fuera a su habitación. Sin embargo, Anna no se movió hacia las escaleras principales. En su lugar, miró hacia el pasillo que llevaba al ala oeste, hacia las habitaciones más antiguas y tranquilas de la casa, donde la luz del sol entraba siempre por los grandes ventanales que daban al jardín trasero.

 

—Yo... —empezó, apretando suavemente la flor azul que aún llevaba en la mano—, yo iré primero a ver a Lady Altheria. Tengo que hablar con ella. Es lo único que necesito ahora mismo.

 

No esperó respuesta, solo les dedicó una última sonrisa llena de gratitud y comenzó a caminar hacia el interior de la mansión, con paso firme pero ligero, sabiendo que al final de ese pasillo oscuro y silencioso estaba la única persona que tenía las palabras que ella necesitaba escuchar.

Thoughts

  • MartaEspejo

    Marien leía los informes y aun así no se esperaba una ciudad. Un papel dice que algo crece, pero no dice ropa tendida al sol ni niños de tres razas tropezando y levantándose entre ellos.

    Me gustó que el pueblo se hiciera sin Anna delante, mientras ella dudaba en la capital si merecía algo. Apuesto a que Altheria lleva meses mirando eso crecer y sabe muy bien de dónde salió la semilla.

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  • TereG78

    Ta, Garlan es un oso!

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