Las puertas del Palacio Imperial parecían inmensas. Mucho más grandes de lo que Anna recordaba.
Quizás fuera porque la última vez que había estado allí, todo ocurrió en medio del caos, de la prisa y de la furia que dominaba el corazón de la otra Anna. Aquella vez, no miró nada. Solo avanzó con orgullo y arrogancia, ciega ante la grandeza que la rodeaba.
Quizás fuera porque entonces no era ella quien caminaba. Era la tirana, la que creía que el mundo le pertenecía.
O quizás, y era la verdad más dolorosa, porque esta vez estaba completamente consciente. Consciente de quién era, de lo que había sido, de lo que había perdido... y de lo frágil que era su posición ahora.
Anna tragó saliva, sintiendo cómo la garganta se le secaba por completo.
Frente a ella se alzaban aquellas puertas colosales, de madera antigua recubierta de paneles blancos y grabados dorados que brillaban bajo la luz del sol. Eran la entrada a la Sala Imperial, el corazón mismo del poder que gobernaba todo el continente.
Y detrás de esa barrera imponente, la esperaba la familia más poderosa que existía. Aquellos que podían levantar o destruir a cualquiera con una sola palabra.
—No estoy preparada para esto... —susurró, casi sin voz, apretando las manos contra su vestido para evitar que le temblaran.
A su lado, Adrien soltó un suspiro largo, de esos que nacen de la pura resignación y la costumbre.
—Es la séptima vez que lo dices en los últimos diez minutos.
—Porque sigue siendo la verdad, y cada vez lo siento más fuerte —respondió ella, sin apartar la vista de las puertas.
—No lo es. Estás más preparada de lo que crees.
—Adrien, por favor, sé realista. Tu padre es el Emperador. El hombre que manda sobre todo y todos.
—Lo sé. Vivo con él.
—Tu madre es la Emperatriz. Una mujer cuya sola presencia impone respeto hasta a los que creen no tener miedo.
—También lo sé.
—Y tu hermana mayor... —Anna se estremeció levemente—. Lyssandra da miedo. De esa forma silenciosa, inteligente y absoluta que te hace sentir desnudo aunque lleves ropa puesta.
Adrien giró lentamente la cabeza hacia ella, con una media sonrisa divertida.
—Te aseguro que Lyssandra va a sentirse muy ofendida cuando escuche que la describes como una amenaza aterradora.
—Entonces espero con toda mi alma que no tenga magia para leer la mente —dijo Anna, cerrando los ojos un segundo como si eso pudiera protegerla.
—La tiene, de hecho. Es muy buena captando intenciones.
Anna se puso pálida al instante. La sangre se le fue de la cara y sintió un vuelco en el pecho.
Adrien tardó exactamente tres segundos antes de romper a reír, una risa cálida y ligera que contrastaba brutalmente con el terror de ella.
—Estoy bromeando, Anna. Relájate.
—¡No hagas eso! —le susurró con indignación, dándole un leve golpe en el brazo—. ¡No juegues con cosas así ahora!
Por primera vez desde que habían llegado a los jardines del palacio, el heredero imperial sonrió con total franqueza, abiertamente. Ver a Anna D'Valriene, la mujer que algún día había inspirado miedo en reinos enteros, aterrorizada por una audiencia, seguía pareciéndole una de las cosas más maravillosas y surrealistas que existían. Era la prueba viviente de cuánto había cambiado.
—Te lo digo en serio, relájate —le dijo, bajando el tono y poniendo una mano suave sobre su hombro—. No te han llamado aquí para castigarte.
Anna bajó la mirada hacia sus propios pies, hacia el suelo de piedra pulida que reflejaba su figura pequeña e insegura.
—Lo sé... —murmuró, y realmente lo sabía. Lo sentía en el aire, en la forma en que él hablaba, en la calma con la que la habían recibido.
Pero saberlo no significaba que estuviera tranquila. Al contrario.
Porque si aquello no era un juicio, si no era un castigo, si no era una cuenta pendiente... entonces era algo mucho más grande. Algo mucho más importante. Algo que la involucraba a ella, y que la ponía al borde de algo que no podía ver, pero que podía sentir pesando sobre sus hombros como una montaña. Y eso la asustaba más que cualquier sentencia de muerte.
Adrien pareció leer cada uno de esos pensamientos en su silencio.
—Mi padre no convoca personalmente a nadie por capricho, Anna. Menos ahora. Menos a ti.
—Eso tampoco ayuda a calmarme, ¿sabes? —respondió ella, con una pequeña sonrisa triste.
—Lo sé. Pero es la verdad.
El silencio volvió a caer entre ellos, denso y cargado de emoción.
A través de uno de los grandes ventanales que daban al patio exterior, Anna pudo ver el carruaje que la había traído hasta allí, todavía esperando. Allí estaban ellos. Su gente. Su familia.
Garoum permanecía de pie junto a las puertas del vehículo, inmóvil como una estatua tallada en roca, con los brazos cruzados y la mirada vigilante, atenta a cualquier movimiento, dispuesto a intervenir, aunque fuera dentro del palacio mismo. Siempre protegiéndola. Siempre leal.
Un poco más lejos, Lyra hablaba animadamente con Eliana, gesticulando con las manos, y Marien escuchaba con esa atención dulce y serena que siempre la caracterizaba.
Y al lado de uno de los guardias de la entrada, Lira, su pequeña Lira, estaba parada con la cabeza muy alta, explicándole algo con mucha seriedad al soldado, intentando convencerlo de que, cuando creciera, sería un caballero digno de servir al Imperio.
La visión de todos ellos, ahí fuera, esperándola, dándole fuerza sin siquiera saberlo, logró que el caos dentro de su pecho se calmara un poco. Fue como si una luz pequeña y cálida se encendiera en medio de tanta oscuridad e incertidumbre.
Respiró hondo. Una vez, llenando los pulmones de aire fresco. Dos veces, soltando el miedo. Tres, aferrándose a la certeza de que no estaba sola.
Luego levantó la cabeza. Los ojos brillantes, la postura erguida, la voluntad firme.
—Bien.
Adrien la miró y vio el cambio. Vio a la mujer que había aprendido a levantarse tras cada caída.
—¿Lista?
—No. Ni un poco.
—Perfecto —dijo él, con esa sonrisa suya que todo lo hacía más llevadero—. Así es como se dan los pasos importantes: con miedo, pero avanzando igual.
Antes de que pudiera protestar o pedir un minuto más, los guardias que flanqueaban las puertas imperiales se pusieron firmes. Con un movimiento sincronizado, empujaron las hojas de madera maciza.
Se abrieron lentamente. El sonido de los goznes antiguos resonó profundo, grave, como un latido que recorría todo el corredor, anunciando su llegada.
Y en ese instante, todos los nervios que había logrado controlar regresaron de golpe, con el doble de fuerza, revolviéndose en su estómago y acelerando su corazón hasta dolerle.
Ya no había vuelta atrás. No había lugar para el miedo ni para la duda.
Así que dio un paso. Y luego otro.
Caminó al lado de Adrien, sintiendo su presencia sólida y confiable a su derecha, y cruzó el umbral que separaba el mundo que conocía de aquel destino que le habían preparado.
La Sala Imperial era inmensa. Mucho más grande de lo que su memoria le había mostrado.
Columnas de mármol blanco, pulido y puro, se elevaban hacia un techo altísimo, decorado con frescos coloridos que narraban siglos y siglos de historia imperial, de batallas ganadas, de alianzas forjadas, de un legado que pesaba sobre cada rincón.
La luz del mediodía entraba a raudales por los ventanales altos, bañándolo todo con un resplandor dorado que hacía que el suelo brillara como si fuera de cristal. Entre las columnas, pendían las banderas del Imperio: azul profundo y oro intenso, símbolos de autoridad y eternidad.
Y al fondo de todo, elevado sobre una plataforma de piedra blanca que parecía tocar el cielo, se encontraba el Trono Imperial.
Y allí, sentado con la majestad de quien ha nacido para gobernar, estaba el hombre que sostenía las riendas de todo el continente.
Aurelian Valtheris I.
El Emperador.
Su cabello oscuro comenzaba a teñirse de hebras plateadas, marcas de una vida llena de decisiones y responsabilidades, pero su presencia seguía siendo abrumadora. No era la fuerza de un guerrero, ni el brillo de un gran mago. Era algo mucho más difícil de definir, algo que se sentía en el aire, algo que te hacía entender sin palabras que aquel hombre tenía el destino de millones en sus manos. Era la presencia de alguien acostumbrado a que reinos enteros callen para escuchar su voz.
A su lado, en un asiento igual de imponente, pero de líneas más suaves, permanecía la Emperatriz.
Seleneia Vhaloren.
Elegante hasta el último detalle. Serena como un lago en calma. Impecable, etérea, intocable. Sus ojos, de un tono grisáceo y profundo, parecían ver mucho más allá de lo que se mostraba a simple vista. Anna sintió un escalofrío inmediato al cruzar su mirada. Aquella mujer no era peligrosa por la espada o la magia. Era peligrosa por su mente, por su inteligencia aguda, por la forma en que podía desarmarte con una sola mirada. Era la clase de persona capaz de descubrir una mentira antes de que tú mismo terminaras de creértela.
Un poco más abajo, en un escalón aparte, estaba la tercera figura.
Lyssandra Valtheris.
La Princesa Imperial. Hermana mayor de Adrien. Y la futura consejera que guiaría al próximo emperador.
Vestía un uniforme blanco inmaculado, adornado con bordados dorados que representaban las leyes y la sabiduría. Su postura era perfecta, rígida, impecable. Su mirada, firme y serena, recorría cada movimiento de Anna. No había hostilidad en ella, ni desprecio, ni tampoco una amabilidad falsa. Simplemente observaba. Analizaba. Evaluaba cada gesto, cada parpadeo, cada respiración. Como si intentara desmontarla pieza a pieza para comprender exactamente quién era la persona que tenían delante.
Y finalmente, en un lateral, estaba el último miembro de aquella reunión. Un hombre de cabello oscuro mezclado con gris, rostro serio y mirada penetrante. Vestía túnicas de corte elegante y sobrio, cargadas de insignias de su cargo.
Cassius Veyron.
El Gran Canciller Imperial. La mano derecha del Emperador. El hombre que conocía cada secreto, cada ley y cada trama política del continente. Uno de los seres más poderosos que existían. Y, de forma muy clara, el único en toda la sala que mantenía una distancia fría, una reserva marcada hacia ella, como si todavía no hubiera decidido si era una aliada o una amenaza.
Anna sintió cómo toda su espalda se tensaba hasta dolerle.
Toda la cúpula del poder estaba allí reunida. Por ella.
Todos la miraban. Todos esperaban.
Y de pronto, en medio de aquel silencio pesado y solemne, Anna comprendió perfectamente por qué Adrien había estado tan tranquilo todo el tiempo.
Porque la verdad era que... nadie, absolutamente nadie, podía estar realmente preparado para estar frente a quienes decidían el destino del mundo.
—Anna D'Valriene.
La voz del Emperador rompió el silencio absoluto de la sala. Era una voz profunda, grave, que resonaba en las paredes y llegaba directo al pecho. Autoritaria, sí, pero extrañamente cálida, con una gravedad que no imponía miedo, sino respeto.
Anna reaccionó al instante, movida por el instinto y por la educación que tanto le había costado aprender. Dio un paso al frente, bajó la cabeza y realizó una reverencia profunda, impecable, perfecta en cada detalle.
—Su Majestad.
La sala quedó en silencio de nuevo. Un segundo. Dos. Tres. Cada instante se sentía como una eternidad.
Y entonces, para sorpresa absoluta de Anna, Aurelian Valtheris sonrió. Una sonrisa real, que le llegó a los ojos y suavizó la dureza de sus rasgos.
—Me alegra mucho volver a verte, hija.
Anna parpadeó, confundida, el corazón dando un vuelco de sorpresa. Aquellas palabras... no eran lo que había esperado escuchar. Ni por asomo.
—Es... es un honor inmenso para mí, Su Majestad —logró decir, con voz firme, aunque su interior temblaba.
—Adrien me ha hablado bastante de ti durante este tiempo —añadió el Emperador, con un tono que parecía de confianza.
Eso hizo que Anna girara lentamente la cabeza hacia el heredero, con una mezcla de pánico y curiosidad en la mirada.
Adrien se dedicó a silbar bajito, mirando con mucho interés y detenimiento uno de los frescos del techo, como si no tuviera nada que ver con nada. Traidor, pensó ella, aunque una parte de su corazón se llenó de gratitud.
Lyssandra ocultó una pequeña sonrisa tras una mano, y hasta la Emperatriz pareció divertirse con la escena.
—No te preocupes —continuó Aurelian, con esa autoridad tranquila que lo caracterizaba—. La mayoría de los comentarios fueron muy favorables.
—¿La mayoría...? —repitió ella, sin poder evitarlo, sintiendo que la curiosidad vencía al miedo por un segundo.
—Mi hijo tiene la virtud de ser sorprendentemente honesto, incluso cuando eso le trae problemas.
Adrien decidió en ese momento que la columna de mármol más cercana era el objeto más fascinante del universo y no apartó la vista de ella.
Anna intentó no reír. Lo intentó de verdad, manteniendo la compostura, pero la sonrisa se le escapó igual, pequeña y tímida.
Y fue entonces, al verla sonreír, cuando Aurelian la observó con una atención nueva, profunda y llena de significado.
La joven que tenía delante, con el vestido sencillo, la mirada humilde y el corazón lleno de dudas, no se parecía en nada a la muchacha arrogante, fría y cruel que él había conocido años atrás. Aquella Anna de antes caminaba pisando fuerte, mirando a todos por encima del hombro, segura de que el mundo le pertenecía. Esta Anna... caminaba con humildad, miraba con respeto y sentía cada palabra que decía.
Era una diferencia tan grande, tan evidente, tan absoluta, que resultaba imposible ignorarla. Era como tener frente a sí a dos personas distintas, separadas por un abismo de dolor, de errores y de aprendizaje.
—Anna —dijo el Emperador, y su voz cambió. Se volvió seria, profunda, cargada de un peso que hizo que el aire de la sala se volviera más denso, más pesado, más importante.
La pequeña sonrisa desapareció del rostro de la joven al instante. Su cuerpo se tensó por completo.
—Te he llamado aquí porque necesito hablar contigo sobre el futuro del Imperio.
El silencio que siguió a esas palabras fue aterrador y sagrado a la vez.
El futuro del Imperio.
Anna sintió que el aire le faltaba. Esas palabras eran demasiado grandes, demasiado importantes, demasiado pesadas para ella.
Y mientras recorría con la mirada los rostros de todos los presentes: el Emperador, la Emperatriz, Lyssandra, el Canciller... y a Adrien, que la miraba con una fe inquebrantable... comprendió, con una certeza que le erizó la piel, que todos, absolutamente todos, parecían saber algo que ella todavía no entendía.
Todos parecían creer que ella tenía un papel que desempeñar en ese futuro.
Y Anna D'Valriene, la que un día lo tuvo todo y lo perdió, sintió en lo más profundo de su ser que su vida, tal como la conocía, estaba a punto de cambiar para siempre.
El silencio se extendió por toda la sala, pesado y reverente, mientras las palabras del Emperador quedaban flotando en el aire: “el futuro del Imperio”. Anna sintió que el corazón se le encogía, pero mantuvo la mirada baja, con las manos entrelazadas frente a sí, esperando, temiendo y anhelando a la vez escuchar el resto.
Aurelian Valtheris se recostó lentamente en su trono, observándola con esa mirada profunda que parecía capaz de ver hasta el fondo del alma.
—En estos últimos meses —comenzó a decir, con voz pausada y clara, que resonaba en cada rincón—, he recibido mucha información sobre ti, Anna. Mucha. Informes detallados, cartas, relatos de lo que ha ocurrido en tus tierras, en tu ciudad, en los lugares donde has estado.
Anna alzó un poco la vista, sorprendida.
—¿Información... sobre mí, Su Majestad?
—Sí. La mayor parte ha llegado directamente desde la Ciudad D’Valriene —continuó él, sin apartar los ojos de ella—. Y lo más interesante, lo que más me ha llamado la atención, es que gran parte de esas noticias vienen de tus hermanos. De Demian y de Selene.
El nombre de sus hermanos hizo que el pecho de Anna se llenara de una mezcla extraña de emoción y nerviosismo. Sabía perfectamente a qué se refería. Sabía lo que ellos habían visto, lo que habían presenciado, lo que ella había intentado hacer para enmendar tantos años de errores. Bajó de nuevo la cabeza, asintiendo muy levemente.
—Ya veo... —murmuró—. Sé de lo que hablan. Sé lo que han visto.
—Cuentan cosas muy diferentes a lo que estábamos acostumbrados a escuchar —siguió el Emperador, con un tono que invitaba a seguir hablando.
Anna suspiró suavemente, sintiendo cómo la mirada de todos se clavaba en ella. La Emperatriz, Lyssandra, el Canciller... todos esperaban sus palabras.
—Si mis hermanos han hablado de mí... —dijo ella con voz tranquila y humilde—, supongo que habrán contado que intenté ayudar en lo que pude cuando la enfermedad llegó. Que traté de organizar suministros, de cuidar a los enfermos, de estar donde hacía falta. Pero... —levantó los ojos hacia él, con total sinceridad—, no hice demasiado, Su Majestad. Solo estuve ahí. Solo hice lo que cualquier persona decente habría hecho. No hay grandes hazañas en lo que hice, solo... intenté no mirar a otro lado.
Un murmullo casi imperceptible recorrió la sala.
No hice demasiado.
Esas palabras, dichas con tanta sencillez y verdad, impactaron a todos los presentes.
El Gran Canciller Cassius Veyron entreabrió los ojos, sorprendido. Lyssandra inclinó ligeramente la cabeza, como si aquella respuesta desbaratara todo lo que había pensado encontrar. Incluso la Emperatriz Seleneia perdió por un instante esa expresión impasible, y sus ojos se iluminaron con una chispa de asombro.
Porque todavía estaba muy fresco, muy vivo en la memoria de todos, el recuerdo de la otra Anna. La Anna de antes. La que, ante el menor gesto de ayuda, ante la más mínima acción, exigía que se le cantaran alabanzas, que se le rindiera homenaje, que se le reconociera como una diosa benévola. Aquella Anna habría exigido que se le arrodillaran por haber dado una sola moneda. Aquella Anna habría dicho que todo lo bueno que pasaba era gracias a ella y a su grandeza.
Y esta... esta Anna que tenían delante, que había hecho mucho más, que había trabajado hombro con hombro con la gente, que se había ensuciado las manos y había llorado con los que sufrían... decía que no había hecho demasiado.
Aurelian sonrió, pero esta vez fue una sonrisa cargada de significado, de comprensión y de una extraña satisfacción.
—Y eso es precisamente lo que más nos ha sorprendido a todos, hija —dijo suavemente—. Porque te recuerdo, Anna. Recuerdo perfectamente a la joven que vino aquí años atrás, llena de orgullo, de fuego y de una certeza absoluta de que el mundo entero le debía pleitesía.
Hizo una pausa, y el aire se volvió más denso.
—Si hubieras sido la misma de entonces, si te estuviera hablando la mujer que gobernó con mano dura y arrogancia... ahora mismo, en este preciso instante, estarías exigiendo que te rindan homenaje. Estarías pidiendo que te obsequien, que te den títulos, tierras o privilegios por el simple hecho de haber sobrevivido. Te habrías puesto de pie, habrías levantado la cabeza y habrías dicho que todo lo bueno que ocurrió fue gracias a tu grandeza.
Anna abrió la boca para responder, para decir que no era así, para intentar explicar que aquella mujer no era ella... pero las palabras se le quedaron atascadas en la garganta.
Porque, en el fondo, en lo más profundo de su dolor y de su verdad, sabía que él tenía razón. No podía negarlo. No podía mentir ni a él ni a sí misma. Esa parte de su historia, esa parte de lo que fue, era real, y la vergüenza de aquello seguía viviendo en su corazón.
Bajó la cabeza de nuevo, asintiendo lentamente, con los ojos brillantes de emoción contenida.
—Tiene razón, Su Majestad —susurró con voz entrecortada—. No puedo decir que no es verdad. Fui así. Fui mucho peor de lo que usted recuerda. Y me duele en el alma saber que alguna vez fui esa persona.
—Pero ya no lo eres —intervino él con firmeza, cortando su dolor, pero validando su verdad—. Y eso es lo que ha cambiado todo. Por eso estamos aquí. Por eso tus hermanos, que te conocen mejor que nadie, que sufrieron bajo tu antiguo gobierno, han escrito cosas sobre ti que yo jamás habría imaginado leer. Dicen que has cambiado. Dicen que has aprendido. Dicen que ahora entiendes cosas que antes ni siquiera podías ver.
El Emperador se inclinó un poco hacia adelante, apoyando los brazos sobre los reposabrazos del trono, y la miró fijamente a los ojos.
—Y ahora quiero saber si también has aprendido a ver lo que ocurre a tu alrededor con claridad, sin miedos y sin adornos.
Anna lo miró, atenta, sintiendo que la pregunta que venía era clave.
—Dime, Anna... —dijo él, con voz seria y directa—. ¿Qué piensas de la Academia Imperial? ¿Cómo la ves tú?
Anna sintió que el corazón se le aceleraba. Sabía perfectamente lo que él quería. No quería un discurso bonito, no quería que le endulzara la realidad, no quería que le dijera lo que quería oír. El Emperador buscaba la verdad. La verdad cruda, dura y dolorosa que todos conocían, pero nadie se atrevía a decir en voz alta.
Respiró hondo, reunió todo el valor que tenía dentro y habló con voz clara, firme y sin rodeos.
—Su Majestad... la Academia es un lugar de conocimiento, sí. Es el lugar donde se forman los futuros líderes, magos y caballeros del Imperio. Pero... —hizo una pausa, mirándolo a los ojos, dispuesta a asumir las consecuencias de sus palabras—, dentro de esos muros hay algo que está podrido, aunque muchos fingen no verlo.
Vio cómo el Emperador no se inmutaba, solo esperaba que continuara. Así que siguió, con la verdad en la boca.
—Se permite que jóvenes de cualquier origen estudien juntos. Se dice que el conocimiento es para todos, que el talento está por encima del nacimiento. Pero la realidad es muy distinta. Dentro de la Academia, las clases no se mezclan. Los nobles siguen viendo a los plebeyos como seres inferiores, como si su sangre valiera más que su inteligencia o su esfuerzo. Los humillan, los desprecian, los ponen en evidencia cada vez que pueden. Y lo peor de todo... —su voz se endureció por la indignación—, lo peor es que incluso algunos profesores, personas que deberían enseñar justicia y sabiduría, lo permiten. Miran a otro lado, o incluso fomentan esos prejuicios, como si el título de nobleza fuera un mérito propio y no solo suerte de haber nacido en una cuna u otra.
Hizo una pausa, tragando saliva, consciente de que estaba criticando abiertamente una de las instituciones más importantes del Imperio frente a su máximo gobernante. Pero ya no podía detenerse.
—Se supone que todos tienen derecho a estudiar allí, Su Majestad. Pero no todos son aceptados. Muchos plebeyos entran llenos de esperanza y salen heridos, humillados o desanimados, porque se les hace sentir que no pertenecen, que sobran, que están ocupando un lugar que "no les corresponde". Hay un muro invisible entre unos y otros, y ese muro se hace más alto cada día que nadie lo derriba.
El silencio que siguió fue absoluto.
Anna había dicho todo. Había puesto sobre la mesa la verdad incómoda, la realidad que nadie se atrevía a confesar. Y ahora esperaba, con el corazón en un puño, la reacción del Emperador, y de todos los que la escuchaban.
Aurelian Valtheris no apartó la mirada de ella. No había enfado en sus ojos, ni reproche. Había algo más. Algo que Anna no alcanzaba a descifrar del todo, pero que se parecía mucho a la aprobación.
Y al lado de él, la Emperatriz Seleneia miraba a la joven con una expresión que, por primera vez, dejaba ver que había dejado de considerarla una niña para empezar a verla como alguien capaz de ver lo que pocos veían.
Por un instante, el silencio pareció extenderse más allá de lo posible, pesado y lleno de expectativa. Anna mantenía la mirada fija al frente, el corazón latiéndole con fuerza, esperando cualquier cosa: desaprobación, un reproche, o incluso un silencio que la condenara.
Pero lo que llegó fue algo totalmente distinto.
Aurelian Valtheris se echó hacia atrás en su trono y, de repente, soltó una carcajada. No era una risa burlona, ni fría, ni de superioridad. Era una risa sincera, profunda, que resonó en toda la sala y que dejó a todos los presentes, incluida Anna, completamente desconcertados.
—¡Por todos los cielos, hija! —exclamó él, mientras se secaba una pequeña lágrima de risa del rabillo del ojo—. Te seré totalmente sincero: cuando te hice esa pregunta, estaba cien por ciento seguro de que me ibas a endulzar la respuesta. Estaba convencido de que me hablarías de maravillas, de orden, de sabiduría y de lo bien que funciona todo allí dentro, solo para quedar bien ante mí, para parecer la joven perfecta y obediente.
La miró con una sonrisa amplia, brillante, y con una admiración que ella jamás habría imaginado ver dirigida hacia sí.
—Me preparé para escuchar palabras bonitas, medias verdades y mentiras cuidadosamente disfrazadas... y en su lugar, me has puesto frente a mí la verdad tal cual es: cruda, dura, dolorosa y absolutamente real. ¡No tienes idea de cuánto te agradezco eso, Anna!
Anna parpadeó, confundida, sintiendo cómo la tensión se le escapaba del cuerpo poco a poco, sustituida por una extraña sensación de alivio.
—Yo... Su Majestad, pensé que quería saber la verdad.
—¡Y así es! —afirmó él con firmeza, y la risa desapareció poco a poco de su rostro, dando paso a esa expresión seria y profunda que tenía cuando hablaba del destino del Imperio—. Y tú has sido la única persona en mucho tiempo que ha tenido el valor de dármela sin adornos, sin miedo y sin intentar salvar a nadie. Con esto, ya no me queda ni la más mínima duda de lo que eres ahora, ni de lo que eres capaz de ver.
Hizo una pausa, mirando hacia los grandes ventanales, como si sus ojos pudieran atravesar las paredes y llegar hasta la Academia, hasta el corazón mismo de ese problema. Su voz se volvió más grave, cargada de historia y de lucha.
—Hace ya algunos años... cuando yo llevaba tiempo gobernando, cuando todavía tenía que pelear cada decisión contra quienes creían que el poder y el derecho solo pertenecían a unos pocos... logré hacer aprobar en el Senado una ley que para muchos fue una locura: la admisión de plebeyos en la Academia Imperial.
Anna abrió los ojos con sorpresa. Sabía la historia, por supuesto, pero escucharla de su propia boca, con el peso de lo que eso significó, era distinto.
—Para mí —continuó él—, era algo de sentido común, algo que debía haber existido siempre. Pensaba, y sigo pensando, que limitar el conocimiento y el entrenamiento solo a quienes nacen en una cuna de oro es el mayor error que puede cometer un reino. ¿Cuántos talentos increíbles, cuántos grandes magos, cuántos estrategas brillantes, cuántos líderes natos se quedaban en los barrios bajos, en las aldeas olvidadas, simplemente porque no tenían sangre noble? Todo ese potencial se desperdiciaba, se perdía para siempre, y el Imperio se hacía más débil por ello.
Sus ojos se endurecieron levemente, recordando la batalla que había librado.
—Claro que aquello provocó un terremoto político. El descontento fue enorme. La nobleza entera se puso en mi contra. Me gané el odio de muchos, la desconfianza de casi todos, y durante años tuve que escuchar que estaba "arruinando la tradición", que estaba "rebajando el nivel", que estaba poniendo en peligro la formación de las élites. Pero... —se encogió de hombros, con esa calma que da la certeza de estar en lo correcto—, a mí nunca me importó. Yo no miro dónde nace una persona, Anna. No miro su apellido, ni el color de su sangre, ni la riqueza de sus padres. Yo solo miro de qué es capaz. Y el talento, la inteligencia y el valor no entienden de títulos.
Hizo una pausa y volvió a mirarla, con una mezcla de tristeza y determinación.
—Pero lamentablemente... lo que tú me has dicho es exactamente lo que yo temía que pasara. Logré que tuvieran el derecho a entrar, sí. Logré que las puertas se abrieran para todos. Pero no pude obligar a las mentes a abrirse también. No pude borrar de golpe siglos de prejuicios, de arrogancia y de estupidez. Y por eso ocurre lo que me cuentas: los dejan entrar, sí, pero los tratan como extraños, como intrusos, como gente que "está de más". Los profesores callan, los nobles humillan, y el sueño que yo tenía se ha quedado a medias, convertido en una sombra de lo que debía ser.
Anna escuchaba todo con el corazón acelerado, comprendiendo por fin muchas cosas que antes no entendía. Comprendía de dónde venía esa voluntad suya, esa forma de ver el mundo que tan pocas personas compartían.
Y entonces, Aurelian se inclinó de nuevo hacia adelante, y sus ojos brillaron con una luz nueva, una luz que hizo que el aire de la sala se volviera eléctrico, cargado de algo histórico, algo que cambiaría todo para siempre.
—Y por eso te he llamado aquí, Anna. Porque hace solo unos días, después de años y años de lucha, de discusiones interminables, de pelear contra cada norma, cada tradición y cada miedo... logramos lo imposible.
La miró fijamente, pronunciando cada palabra con una solemnidad que le erizó la piel.
—En el Senado se aprobó una nueva ley. Una ley que, para muchos, es el fin del mundo tal como lo conocen. A partir de dentro de muy poco tiempo... la Academia Imperial dejará de ser exclusiva de los humanos.
Anna sintió que el suelo se movía bajo sus pies. Dio un paso atrás, casi sin darse cuenta, con la boca entreabierta por la impresión.
—¿Qué...? —susurró, sin poder creer lo que escuchaba—. Su Majestad... eso... eso no ha sucedido jamás. Desde que el Imperio existe, desde que se fundó esta tierra, siempre ha sido un territorio humano. Siempre se nos enseñó que éramos los únicos, los elegidos, los destinados a gobernar...
—Eso es lo que nos han enseñado —la interrumpió él con suavidad, pero con firmeza—. Pero es mentira. A partir de ahora, las puertas de la Academia se abrirán para todos. Elfos, con su sabiduría antigua y su magia ligada a la naturaleza. Enanos, con su fuerza, su ingenio y su maestría en la forja y las estructuras. Ogros, que poseen una fuerza descomunal y una lealtad feroz cuando se les trata con respeto. Incluso los demonios, con sus poderes únicos y su inteligencia aguda... todos aquellos que demuestren tener talento, capacidad y voluntad para convertirse en un buen elemento para este Imperio, serán bienvenidos.
Era una noticia demasiado grande, demasiado enorme para procesarla de golpe. Era el cambio más radical, más profundo y más peligroso que el Imperio había visto en siglos. Y Anna entendía perfectamente lo que eso significaba: el choque, el rechazo, el odio que esto provocaría sería mil veces mayor que cuando dejaron entrar a los plebeyos. Ahora se mezclaban razas enteras, culturas distintas, historias que a veces habían sido enemigas.
—Es... es algo histórico —logró decir ella, con voz temblorosa—. Algo que nadie creía que vería jamás.
—Y por eso mismo es algo que necesita ser guiado, protegido y dirigido por las manos adecuadas —respondió Aurelian, y entonces llegó al fin, al verdadero motivo de su presencia allí—. Anna, en estos meses, he recibido informes de tus hermanos, de Adrien, de personas que te han visto actuar. Sé lo que hiciste durante la enfermedad. Sé cómo te comportaste. Sé cómo tratas a la gente, sin importar quiénes sean. Y he visto cómo, poco a poco, tu nombre ha comenzado a resonar por todo el continente. Ya no se habla de ti como la tirana de antes. Ahora se habla de ti como la mujer que cambió, que aprendió, que ayuda, que escucha. Tienes una reputación ahora, Anna. Una reputación de justicia, de humildad y de fuerza.
Hizo una pausa, y la frase que salió de su boca fue la que cambió el destino de su vida para siempre.
—Quiero que seas tú quien dirija este nuevo proyecto.
Anna contuvo el aliento.
—¿Yo...?
—Tú. Desde adentro. Con autoridad, con mi respaldo absoluto y con todo el apoyo de Adrien a tu lado. Quiero que entres en la Academia, que estés allí, que vigiles, que enseñes con el ejemplo, que pongas orden donde hay prejuicio y que seas la voz que defienda a todos esos nuevos estudiantes que llegarán y que, sin duda, se encontrarán con el mismo rechazo que sufren los plebeyos ahora, pero multiplicado por mil. Nadie mejor que tú, que sabes lo que es ser juzgada por lo que fuiste y no por lo que eres, nadie mejor que tú sabe lo que significa tener que demostrar que vales más que la imagen que tienen de ti.
Se recostó de nuevo en el trono, con la mirada fija en ella, esperando su respuesta.
—Esa es la tarea para la que te he citado, Anna D'Valriene. El futuro de esta nueva etapa, el futuro de la unión de todas las razas y la verdadera fuerza de este Imperio... va a estar en tus manos. ¿Estás lista para aceptar el reto?
El silencio que siguió a las palabras del Emperador no fue de sorpresa, sino de confirmación. Todos en la sala asintieron en silencio, comprendiendo la lógica de su elección.
—Tu reputación, Anna —continuó Aurelian, con una voz que resonaba con autoridad y certeza—, esa que construiste cuando te quedaste y luchaste hasta el último aliento para salvar a tu ciudad entera de la plaga de la Flor del Silencio, es más que suficiente. Tu nombre hoy no solo se conoce aquí; cruzas fronteras, llega a reinos lejanos y, sobre todo, llega a los oídos de aquellas razas que han vivido siempre marginadas. Ellos confiarán en ti. Saben que tú entiendes el sufrimiento, que tú enfrentaste la muerte y que te levantaste para proteger a los tuyos. Esa confianza es lo único que podrá sostener este cambio.
La Emperatriz Seleneia inclinó levemente la cabeza, interviniendo con esa voz serena pero firme que acallaba cualquier duda.
—Su Majestad tiene razón. Ahora que tu nombre resuena en todo el continente como sinónimo de valentía y redención, tu presencia al frente de este proyecto no será vista como una imposición, sino como una promesa. Si tú estás al mando, la gente creerá que es posible.
Lyssandra, la princesa, que hasta entonces había observado con distancia, dio un paso sutil hacia adelante. Por primera vez, su mirada analítica se suavizó, convirtiéndose en respeto.
—He estudiado cada informe sobre ti, Anna. He visto cómo has cambiado, cómo has aprendido y cómo has actuado. Si alguien puede lograr que la convivencia entre razas sea más que una ley escrita... eres tú.
A su lado, Adrien asentía con fuerza, con una sonrisa de orgullo que no cabía en su pecho. Él lo sabía mejor que nadie. Él había visto de cerca el esfuerzo, el dolor y la bondad que ahora habitaban en su corazón. Todos en esa sala, el Emperador, la Emperatriz, la Princesa, el Canciller, todos... sabían que con Anna al frente, aquello que parecía imposible tenía por fin una oportunidad real de funcionar.
Todos lo sabían y todos estaban de acuerdo.
Todos menos una persona.
Anna permanecía inmóvil, con la mirada clavada en el suelo de mármol blanco, sin levantar la vista hacia nadie. Sus manos, entrelazadas frente a ella, temblaban levemente, y en su pecho se acumulaba un peso tan antiguo, tan oscuro y tan pesado que sentía que no podría soportarlo ni un segundo más.
Respiró hondo, llenando sus pulmones con el aire que le parecía repentinamente viciado, y habló. Su voz era suave, casi un susurro, pero cargada de una verdad tan profunda y dolorosa que hizo que, palabra a palabra, la sonrisa de esperanza se fuera borrando de los rostros de todos los presentes.
—Lo que proponen... es algo muy noble, Su Majestad —dijo, sin levantar la vista—. Y estoy completamente de acuerdo con usted en que el Imperio se ha perdido de grandes talentos solo por prejuicios estúpidos y antiguos. Es cierto: el valor, la inteligencia y la lealtad no entienden de raza ni de cuna. Pero... si realmente quieren que este proyecto sea un éxito, si de verdad quieren que esto funcione y cambie el futuro... deben elegir a otra persona.
Hubo un murmullo de confusión. Aurelian frunció el ceño, inclinándose hacia adelante.
—¿Otra persona? ¿A quién te refieres?
—A Adrien —respondió ella al instante—. Él tiene el corazón justo, la paciencia y el conocimiento necesario. O incluso a Daeron. He oído hablar de él, sé que es un hombre de honor y mente abierta. Cualquiera de ellos sería mil veces mejor que yo para esto.
La Emperatriz Seleneia sonrió con dulzura, interpretando aquella negativa como una muestra más de esa humildad que tanto le había sorprendido.
—Anna, hija... no te confundas. Entiendo que te cueste aceptar el peso de lo que has logrado. Sé que no te gusta colgarte medallas ni vivir de los éxitos que has conseguido. Pero esa justamente es la razón por la que eres la indicada. No es falsa modestia lo que te hace dudar, es que eres demasiado buena para creer que mereces tanto reconocimiento...
—No es modestia, Majestad.
La interrupción fue suave, pero tan firme que cortó las palabras de la Emperatriz en el aire.
Anna levantó la cabeza por fin. Sus ojos estaban brillantes, húmedos, y en ellos había una sombra tan oscura, tan profunda y terrible, que hizo que Seleneia se callara al instante, sintiendo un escalofrío recorrerle la espalda.
—No es modestia... ni humildad... ni nada de eso —repitió Anna, y su voz se quebró ligeramente—. Y sé que se preguntan... sé que todos aquí se han preguntado alguna vez cómo fue que, cuando llegó la enfermedad, yo sabía exactamente qué hacer. Cómo conocía los síntomas principales tan bien, cómo reconocía la Flor del Silencio al instante, incluso antes de que los médicos imperiales pudieran diagnosticarla.
El silencio que cayó sobre la sala fue denso, pesado, cargado de una premonición oscura.
Nadie se había atrevido a preguntar eso. Se había asumido que era suerte, o inteligencia, o estudio. Pero la forma en que Anna lo dijo... hizo que todos se tensaran.
—¿Cómo creen que conocía sus efectos con tanta antelación? —preguntó ella, mirando al Emperador directamente a los ojos, desafiando su propia condena—. Solo hay una forma de saber tanto sobre una planta tan rara, tan peligrosa y tan letal. Solo hay una forma de conocer cada etapa del dolor que provoca, cada cambio en el cuerpo, cada forma en que mata... y es haberlo visto antes. Haberlo visto nacer, crecer y destruir vidas con tus propios ojos.
Hizo una pausa, tragando la bilis que subía a su garganta, y antes de que nadie pudiera formular una pregunta, antes de que la magia de la Emperatriz o la mente de la Princesa pudieran intentar buscar la respuesta en sus recuerdos, Anna lo soltó todo. Lo arrojó al aire como una pesada carga que ya no podía sostener.
—No intenten buscarlo en mi mente, porque no lo oculto. No me avergüenzo solo de lo que fui... me avergüenzo de lo que hice. Antes. Cuando era la tirana que todos odiaban, la mujer que gobernaba con miedo y crueldad... yo misma experimenté con esa flor.
Un estremecimiento colectivo recorrió la sala. Adrien dio un paso atrás, pálido como la cera. Lyssandra abrió los ojos desmesuradamente. El Canciller se puso de pie de golpe.
—Me fascinaba su poder —continuó Anna, con una frialdad dolorosa al recordarlo, mezclada con el horror de saber que esa persona fue ella—. Me parecía la herramienta perfecta para mantener el control. Pero no quería que me descubrieran. No quería que se supiera que yo usaba armas prohibidas contra mi propio pueblo. Así que... para probar las dosis, para ver cuánto tardaba en matar, para saber cómo detenerlo o cómo acelerarlo... la usé en esclavos.
La voz se le quebró, pero siguió, porque sabía que debía decirlo todo.
—Esclavos comprados de forma ilegal, en mercados oscuros, lejos de las leyes de este Imperio. Y lo peor... lo peor de todo es que la gran mayoría de ellos... no eran humanos. Eran elfos, enanos, gente de las estepas, seres de sangre antigua... muchos de ellos eran de otras razas. Los traían aquí, los encerraba y les inyectaba el veneno, les hacía respirar el polen, solo para ver qué pasaba.
Las lágrimas comenzaron a caer por sus mejillas, pero ella no las secó.
—La mayoría murió allí, entre gritos, delirios y silencios eternos. Otros sobrevivieron, sí... pero quedaron rotos, con la mente perdida, con cuerpos que ya no respondían. Y cuando ya no servían para nada, cuando ya había aprendido todo lo que quería aprender... los sacaban arrastrados y los desechaban lejos de la ciudad, como si fueran basura. En ese entonces no me importó. Pensé que nadie lo sabría, que nadie lo contaría... pero ahora entiendo que esos sobrevivientes, esos que lograron llegar a otros lugares... seguramente hablaron. Seguramente contaron quién lo hizo, quién los torturó, quién los mató.
Levantó la mano derecha, mirándola con asco, como si todavía estuviera manchada de sangre que no se podía limpiar. Luego volvió a mirar al Emperador, y la pregunta que salió de su boca fue la que destruyó toda la esperanza que había existido minutos antes.
—Usted me dice que confía en mí para liderar este proyecto, para unir a las razas, para proteger a los que vienen de fuera...
Su voz se rompió por completo, cargada de una culpa eterna.
—¿De verdad confiaría el futuro de esos pueblos, la seguridad de esos seres que sufrieron en mis manos, en la mujer que experimentó con ellos como si fueran cosas? ¿En la mujer que mató a cientos de los suyos por pura curiosidad y crueldad?
El silencio que siguió fue el más terrible de todos.
Aurelian Valtheris se quedó inmóvil en su trono. La Emperatriz se llevó una mano a la boca, pálida. Adrien no podía creer lo que escuchaba. Todos miraban a Anna, pero ya no veían a la heroína que salvó una ciudad. Por un instante, vieron a la monstruosidad que ella misma confesaba haber sido.
Y Anna, con el corazón destrozado, pero con la verdad por delante, esperaba la sentencia. Porque ella sabía que tenía razón. Y por primera vez en mucho tiempo, ella misma se había condenado con sus propias palabras.