Durante varios segundos nadie se movió.
La lanza había caído al suelo, el metal aún vibrando levemente sobre el mármol pulido del salón. La sangre que manaba del costado de Anna comenzaba a dibujar un rastro oscuro sobre su vestido, extendiéndose lentamente mientras el silencio se apoderaba de todos los presentes.
Entonces Demian reaccionó.
—¡Guardias!
Su voz resonó con autoridad, cortando el estupor colectivo como una cuchilla. Los soldados apostados en los extremos del salón avanzaron de inmediato, atravesando la multitud de nobles que se apartaban con rapidez.
Selene también descendió del estrado, su rostro había perdido la serenidad ceremonial de la celebración. Ahora solo quedaba la hija mayor de la casa d’Valrienne, tomando el control de una situación que amenazaba con convertirse en un desastre político.
—¡Aseguren al hombre! —ordenó con frialdad.
Garoum no opuso resistencia.
El enorme caballero seguía de rodillas frente a Anna, la mirada perdida en el suelo donde su lanza reposaba. Sus manos colgaban a los lados de su cuerpo, temblorosas, como si de pronto ya no le pertenecieran.
Los guardias se acercaron con cautela, preparados para contener cualquier reacción violenta. Pero cuando uno de ellos apoyó una mano sobre el hombro del guerrero, Garoum apenas levantó la mirada.
Confusión.
Cansancio.
Y una culpa que parecía aplastarlo más que cualquier armadura.
—Levántalo —ordenó Demian.
Dos soldados lo ayudaron a ponerse de pie. El caballero era enorme incluso entre los hombres armados, pero en ese momento parecía una sombra de sí mismo.
—Será llevado a las celdas —dijo uno de los oficiales.
—No.
La voz de Anna, aunque débil, atravesó el salón con suficiente claridad para detener a todos.
Los guardias se quedaron inmóviles.
Demian frunció el ceño.
—Anna…
Ella seguía sosteniéndose el costado herido, el rostro pálido por la pérdida de sangre, pero su mirada permanecía firme.
—No presentaré cargos contra él.
Las palabras cayeron en el salón como una piedra en agua quieta.
Algunos nobles susurraron entre ellos, incapaces de ocultar la sorpresa.
Selene se volvió lentamente hacia su hermana.
—Intentó matarte.
Anna negó con suavidad.
—No.
Su respiración era más lenta ahora.
—Intentó entender por qué su mundo se rompió.
Demian apretó los labios.
—Eso no cambia lo que hizo.
—Tampoco cambia lo que yo hice antes —respondió Anna.
El silencio volvió a caer.
Los guardias miraron a Demian, esperando una orden clara.
El heredero de la casa d’Valrienne sostuvo la mirada de su hermana durante unos segundos que parecieron eternos. Finalmente dejó escapar un suspiro breve.
—No lo encierren.
Los soldados se miraron entre sí.
—Llévenlo a una sala apartada —continuó Demian—. Que permanezca allí hasta que la situación se calme.
Garoum no dijo nada mientras lo guiaban fuera del salón. Caminaba como si sus pies se movieran por pura costumbre, incapaz todavía de comprender completamente lo que había ocurrido.
Cuando desapareció tras las puertas, la tensión del salón no desapareció.
Solo cambió de forma.
Porque ahora todas las miradas estaban sobre Anna.
Los médicos del palacio ya se abrían paso entre los invitados.
—¡Déjennos pasar!
—¡La herida!
—¡Necesitamos espacio!
Dos de ellos se arrodillaron junto a Anna mientras otro abría una pequeña caja de instrumentos.
—La lanza no atravesó completamente —dijo uno con rapidez profesional—. Pero la herida es profunda.
—Tenemos que detener el sangrado.
—Corten la tela.
El vestido oscuro fue rasgado con cuidado mientras comenzaban a limpiar la sangre. El olor metálico se mezcló con el aroma de los ungüentos medicinales.
Eliana no se apartó ni un solo momento.
Había llegado hasta Anna incluso antes que los médicos y permanecía arrodillada junto a ella, sosteniendo su mano con una firmeza silenciosa.
Cuando uno de los médicos intentó moverla para trabajar con más espacio, Anna habló de inmediato.
—Déjala.
El hombre vaciló un segundo, pero continuó su labor sin insistir.
Selene observaba todo desde unos pasos de distancia.
La escena frente a ella era tan extraña que le resultaba difícil procesarla.
Anna… quieta mientras la atendían.
Anna… permitiendo que una sirvienta le sostuviera la mano frente a toda la nobleza.
Anna… sin una sola palabra de arrogancia.
Demian también miraba.
Y por primera vez en mucho tiempo, ninguno de los dos hermanos sabía cómo reaccionar.
No había gritos.
No había provocaciones.
No había excusas.
Solo una mujer herida sentada en medio del salón, rodeada por el peso de todas las miradas que había acumulado durante años.
Los médicos terminaron de vendar la herida con rapidez.
—Necesita reposo —dijo uno de ellos mientras se levantaba—. La sangre que ha perdido no es poca.
Demian asintió.
—Llévenla a sus aposentos.
Anna intentó incorporarse por sí misma, pero el dolor le arrancó una breve mueca que no pudo ocultar del todo.
Eliana fue la primera en ayudarla a levantarse.
—Despacio —murmuró.
Anna apoyó parte de su peso en ella mientras los guardias despejaban el camino.
Cuando comenzaron a caminar hacia la salida del salón, el murmullo entre los nobles regresó lentamente.
Pero ahora ya no era el mismo.
Había menos desprecio.
Más desconcierto.
Más preguntas.
Selene observó cómo su hermana se alejaba apoyada en aquella joven sirvienta que no se separaba de ella ni un instante.
Demian también lo vio.
Y por primera vez desde el destierro de Anna, ambos comprendieron la misma verdad inquietante.
La mujer que acababan de ver sangrar frente a todo el salón…
ya no era la misma que habían expulsado de su casa.
Y eso hacía todo mucho más complicado.
—ZONA NORTE, HABITACION PROVICIONAL—
Garoum estaba sentado en un banco de piedra dentro de una sala estrecha del castillo.
Dos guardias permanecían de pie cerca de la puerta, vigilándolo con atención profesional, las manos cerca de las empuñaduras de sus espadas. No hablaban entre ellos. Tampoco se acercaban demasiado.
No era necesario.
Garoum no intentaba escapar.
Ni siquiera parecía consciente de que estaban allí.
Su mirada permanecía fija en sus manos.
Las giraba lentamente frente a sus ojos, como si intentara reconocerlas. Las palmas eran grandes, curtidas por años de combate, con cicatrices que se cruzaban como mapas de guerras antiguas.
Pero ahora temblaban.
Levemente.
Sus dedos se cerraron poco a poco.
En su mente no estaba la sala.
Ni los guardias.
Ni el castillo.
Lo que veía… era otra cosa.
Primero llegó el ruido.
Risas.
Voces familiares.
El olor del sudor mezclado con el acero recién pulido.
Garoum levantó la cabeza en el recuerdo.
Frente a él estaban ellos.
Sus soldados.
Hombres y mujeres que habían entrenado bajo su mando durante años. Algunos aún jóvenes, otros veteranos endurecidos por campañas anteriores. Pero todos llevaban el mismo símbolo en el pecho.
El emblema de la casa d’Valrienne.
—¡Capitán! —gritó uno de ellos, levantando una jarra de cerveza—. ¡Tiene que admitir que hoy perdimos por culpa de su entrenamiento infernal!
Las carcajadas estallaron alrededor de la mesa improvisada.
Garoum cruzó los brazos, fingiendo severidad.
—Si perdieron fue porque bajaron la guardia.
—¡Mentira! —protestó una arquera desde el fondo—. ¡Nos hizo correr tres colinas antes del combate!
—Eso se llama disciplina.
—¡Eso se llama tortura!
Las risas volvieron a llenar el campamento.
Garoum negó con la cabeza, pero una leve sonrisa apareció en su rostro.
Los conocía a todos.
Cada uno.
Sabía quién prefería la espada corta y quién confiaba en la lanza. Quién bebía demasiado después de una batalla y quién se sentaba en silencio a limpiar su armadura. Quién escribía cartas a casa cada semana y quién fingía no extrañar a nadie.
No eran solo soldados.
Eran su gente.
Su familia.
Una mujer se sentó a su lado en el recuerdo, empujándolo con el hombro.
—Capitán.
Garoum la miró.
Era Lira.
La mejor exploradora del batallón.
—¿Sí?
—¿Cree que realmente nos enviarán al norte?
Garoum bebió un trago antes de responder.
—Si lo hacen, volveremos.
—Siempre dice lo mismo.
—Porque siempre lo hacemos.
La mujer sonrió.
Y el resto de los soldados continuó hablando, riendo, discutiendo por tonterías.
La escena estaba llena de vida.
Calor.
Movimiento.
Entonces el relámpago cayó.
Un destello blanco atravesó el recuerdo.
El sonido de la tormenta llegó un segundo después.
La lluvia caía con violencia.
Garoum volvió a mirar sus manos.
Pero ahora estaban cubiertas de barro.
Y sangre.
El mundo era gris.
El viento arrastraba el olor de la muerte a través del valle.
El campamento había desaparecido.
Las risas también.
Solo quedaban los cuerpos.
Decenas de ellos.
Algunos aún con las armas en las manos. Otros tendidos donde habían caído, los ojos abiertos hacia un cielo que no ofrecía respuestas.
Garoum caminaba entre ellos.
Sin sentir sus piernas.
Sin escuchar la lluvia golpeando su armadura.
Solo avanzaba.
Uno por uno.
Reconociendo rostros.
Lira estaba allí.
Su arco aún colgado en la espalda.
Pero sus ojos ya no veían nada.
Más adelante estaba Rolan, el más joven del batallón, apenas veinte años. Había insistido durante meses en que quería demostrar su valor.
Garoum se arrodilló junto a él en el recuerdo.
La lluvia lavaba lentamente la sangre de su rostro.
El silencio del valle era insoportable.
Pero dentro de su cabeza había una voz.
Una orden.
Clara.
Fría.
Imposible de olvidar.
"Avanzarán hacia el territorio del norte."
La voz de Anna.
La otra Anna.
"El territorio será reclamado en nombre de la casa d’Valrienne."
Garoum apretó los puños en el recuerdo.
"Los informes sobre criaturas hostiles están exagerados."
El relámpago iluminó el campo de batalla.
Cuerpos.
Armaduras rotas.
Huellas gigantes en el barro.
Monstruos.
Monstruos que nadie debería haber enfrentado con un solo batallón.
La voz continuaba resonando en su mente.
"Es una oportunidad para demostrar su lealtad."
Garoum gritó en el recuerdo.
Pero el sonido se perdió bajo la tormenta.
En la sala del castillo, el presente regresó lentamente.
Garoum seguía mirando sus manos.
Los guardias intercambiaron una mirada breve.
El hombre no se había movido en varios minutos.
Uno de ellos dio un pequeño paso adelante.
—¿Capitán?
Garoum no respondió.
Sus dedos se cerraron lentamente.
Como si aún sintiera el barro.
La sangre.
La lluvia.
Pero ahora había algo más.
Una imagen que no encajaba con el recuerdo.
Una mujer de pie frente a él.
Con los brazos abiertos.
Sin moverse.
Aceptando la lanza.
Garoum respiró con dificultad.
La confusión volvió a llenar su mente.
Porque la mujer que había visto esta noche…
no era la misma que había enviado a su batallón a la muerte.
Y esa duda era más difícil de soportar que el odio.
Garoum bajó lentamente las manos.
Por primera vez desde que lo llevaron a aquella sala…
cerró los ojos.
Y el silencio volvió a caer sobre él.
—Aposentos de Anna en el castillo—
La noche había terminado mucho antes de que el castillo quedara en silencio.
La fiesta había sido interrumpida, pero los invitados no habían abandonado el lugar. Como era costumbre en celebraciones de ese nivel, muchos nobles y sus acompañantes ocupaban ya los aposentos destinados a huéspedes dentro de la fortaleza. Los pasillos del ala norte permanecían iluminados, y los sirvientes se movían con discreción para asegurar que nadie notara demasiado el caos que había marcado el final de la velada.
Pero en los aposentos de Anna el ambiente era muy distinto.
Allí no quedaba nada de la música ni del murmullo elegante de la fiesta.
Solo el sonido del fuego en la chimenea.
Anna permanecía sentada en una butaca cercana al calor de las llamas. El vendaje alrededor de su costado estaba limpio ahora, aunque la tela aún se tensaba con cada respiración. Su rostro había recuperado algo de color, pero el cansancio seguía dibujado en sus ojos.
Frente a ella, Eliana se movía con una concentración casi obstinada.
Había revisado la herida tres veces desde que llegaron.
Y aun así, volvía a hacerlo.
Sus dedos ajustaban el vendaje con cuidado, comprobando que el ungüento siguiera cubriendo la zona herida.
—No deberías moverte demasiado —murmuró por cuarta vez—. Si la herida se abre otra vez, ni los médicos podrán cerrarla rápido.
Anna dejó escapar una pequeña exhalación.
—Lo tendré en cuenta.
Eliana frunció ligeramente el ceño.
—Lo dices como si no fuera importante.
—Lo digo porque ya me lo repetiste varias veces.
—Y lo repetiré otras tantas si es necesario.
Anna no respondió. Solo observó el fuego durante un momento.
Al otro lado de la habitación, Selene permanecía de pie junto a una mesa baja donde alguien había dejado una jarra de vino sin tocar. Sus brazos estaban cruzados sobre el pecho, y su mirada viajaba constantemente entre Anna y las llamas de la chimenea.
Demian estaba más cerca de la puerta.
Apoyado contra la pared.
Igual que antes.
La diferencia era que ahora ninguno de los dos parecía saber qué hacer.
Durante años habían sabido exactamente cómo tratar con Anna.
Era fácil.
Predecible.
Sabían cuándo discutir con ella.
Cuándo ignorarla.
Cuándo intervenir para reparar el desastre que dejaba atrás.
Pero esta Anna…
Era otra persona.
Y esa incertidumbre los mantenía a distancia.
El silencio en la habitación se volvió cada vez más pesado.
Selene fue la primera en romperlo.
—Los nobles no se fueron.
Su voz fue más baja de lo habitual.
Anna levantó ligeramente la mirada.
—Lo imaginaba.
Selene tomó la jarra de vino y la giró entre sus dedos.
—Nadie quería abandonar el castillo después de lo que pasó.
Una pausa breve.
—Mañana toda la ciudad hablará de esto.
Anna asintió levemente.
—Eso también lo imaginaba.
Demian finalmente se separó de la pared.
Caminó unos pasos dentro de la habitación, deteniéndose cerca de la chimenea.
—No entiendes lo que eso significa.
Anna lo miró.
—Creo que sí.
Demian negó con la cabeza.
—Un caballero atacó a un miembro de la familia d’Valrienne en medio de una celebración llena de testigos.
Su tono se volvió más grave.
—Eso no es solo un escándalo.
Es política.
Anna guardó silencio.
Demian continuó.
—Algunos nobles dirán que fue un intento de asesinato.
Otros dirán que fue justicia.
—Demian… —murmuró Selene.
Pero él no se detuvo.
—Y lo peor de todo —añadió— es que tú decidiste dejarlo libre frente a todos.
Anna sostuvo su mirada.
—No estaba libre.
—No lo encerraste.
—Porque no era necesario.
Demian exhaló con frustración.
—Ese hombre intentó atravesarte con una lanza.
Anna apoyó lentamente la espalda en la butaca.
—Y aun así desvió el golpe.
El silencio volvió a llenar la habitación.
Selene miró a su hermana durante varios segundos.
—¿De verdad crees eso?
Anna no respondió de inmediato.
—Creo que si hubiera querido matarme… lo habría hecho.
Selene negó con la cabeza, como si intentara ordenar un pensamiento que no terminaba de encajar.
—Antes jamás habrías dicho algo así.
—Lo sé.
Selene dio un paso hacia la chimenea.
—Antes también habrías exigido que lo ejecutaran.
—También lo sé.
Las llamas crepitaban suavemente.
Selene observó a su hermana durante un largo momento.
—No sé quién eres ahora.
Anna levantó la vista.
Selene no parecía enfadada.
Parecía cansada.
—Y eso me está empezando a irritar más de lo que debería.
Anna dejó escapar una pequeña sonrisa cansada.
—No eres la única.
Eliana levantó la vista brevemente.
—Yo sí sé quién es.
Los tres la miraron.
La joven sirvienta terminó de ajustar el vendaje antes de ponerse de pie.
—Es la misma persona que era antes.
Selene arqueó una ceja.
—Eso es difícil de creer.
Eliana negó suavemente.
—No.
Miró a Anna por un segundo.
—Solo dejó de esconderse.
La habitación volvió a quedar en silencio.
Demian observó a Anna como si estuviera intentando verla por primera vez.
Y esa sensación… era exactamente lo que más lo inquietaba.
Porque la mujer sentada frente al fuego…
se parecía demasiado poco a la hermana que habían desterrado.
—Mañana siguiente, en toda la ciudad y el castillo—
El amanecer llegó al castillo sin la calma habitual.
Antes incluso de que el sol terminara de elevarse sobre las torres de piedra, los pasillos ya estaban llenos de movimiento. Sirvientes cruzaban de un lado a otro con mensajes, bandejas y rumores que parecían moverse más rápido que ellos mismos.
Lo ocurrido durante la fiesta había dejado de ser un secreto en cuestión de horas.
Para cuando las primeras tiendas de la ciudad comenzaron a abrir, la historia ya se había extendido por las calles como una chispa en un campo seco.
En el mercado, entre los puestos de frutas y telas, los comerciantes hablaban en voz baja mientras atendían a sus clientes.
—Dicen que el caballero Garoum entró al salón con una lanza.
—Que intentó matar a una de los d’Valrienne.
—No a cualquiera… a Anna.
El nombre provocaba siempre el mismo efecto.
Un silencio breve.
Luego más murmullos.
En una taberna cercana a la plaza principal, varios soldados fuera de servicio discutían alrededor de una mesa.
—Yo escuché que la atravesó.
—No la mató.
—Entonces falló.
—Garoum no falla.
El hombre que había hablado último bebió un trago de cerveza antes de continuar.
—Dicen que ella no se movió.
Las conversaciones se detuvieron por un momento.
—¿Cómo que no se movió?
—Eso mismo. Se quedó quieta.
—¿Por qué haría algo así?
El soldado se encogió de hombros.
—Nadie lo entiende.
Pero no era esa la parte de la historia que más rápido se estaba extendiendo.
Había otra.
Una que empezaba a repetirse de boca en boca con una mezcla de sorpresa y desconfianza.
Garoum no había perdido su rango.
El caballero que había atacado a un miembro de la familia más poderosa de la región seguía siendo caballero.
La orden había venido directamente del castillo.
Del propio Demian D’Valrienne.
Al menos… eso era lo que decían los primeros rumores.
Pero los rumores nunca se quedaban quietos.
Cambiaban.
Crecían.
Y muy pronto comenzaron a tomar una forma diferente.
—No fue Demian —dijo una mujer en el mercado, inclinándose hacia su vecina—. Fue ella.
—¿Anna?
—Sí.
—¿La misma que casi matan?
—La misma.
En la taberna, uno de los hombres golpeó la mesa.
—Eso es imposible.
—¿Por qué?
—Porque esa mujer habría ordenado la ejecución en el acto hace unos años.
El silencio que siguió fue incómodo.
Porque todos sabían que eso era verdad.
Entonces… —murmuró alguien al fondo— tal vez ya no es la misma.
Las palabras quedaron flotando en el aire.
Y nadie supo cómo responder.
—Despacho de Demian—
En el castillo, la mañana tampoco había sido tranquila.
Demian estaba de pie frente a una mesa cubierta de documentos cuando uno de sus oficiales terminó de leer el último informe.
—La ciudad ya habla de lo ocurrido.
Demian no levantó la vista.
—Era inevitable.
—Pero hay algo más.
El oficial vaciló antes de continuar.
—La gente cree que fue Lady Anna quien decidió no castigar a Garoum.
Demian dejó la pluma sobre la mesa.
—¿Eso dicen?
—Sí.
—¿Y qué dicen exactamente?
El hombre respiró hondo.
—Que ella detuvo a los guardias.
Que fue su decisión.
Demian se quedó en silencio unos segundos.
Luego dejó escapar una pequeña exhalación.
—Los rumores se mueven más rápido que cualquier mensajero.
—¿Debemos corregirlo?
Demian levantó la mirada hacia el oficial.
La pregunta quedó suspendida entre ambos.
Durante un momento pareció que iba a responder de inmediato.
Pero no lo hizo.
Sus pensamientos viajaron inevitablemente a la escena de la noche anterior.
Anna de pie frente a Garoum.
La lanza.
La sangre.
Y esa decisión tomada sin dudar.
Finalmente habló.
—No.
El oficial frunció ligeramente el ceño.
—¿Mi señor?
Demian tomó nuevamente la pluma.
—Déjalos hablar.
El hombre dudó un segundo.
—Pero eso significa que…
—Significa —interrumpió Demian con calma— que la ciudad empezará a mirar a Anna de una forma diferente.
El oficial guardó silencio.
Demian volvió a sus documentos.
—Y por ahora —añadió— eso no necesariamente es algo malo.
Mientras tanto, en otra parte del castillo, el día comenzaba de forma mucho más silenciosa.
En los aposentos de Anna, la luz del amanecer se filtraba lentamente entre las cortinas.
El fuego de la chimenea se había consumido durante la noche, dejando solo brasas apagadas.
Y en la habitación, el mundo parecía suspendido en una calma extraña.
Una calma que no duraría demasiado.
Porque afuera…
toda la ciudad ya estaba hablando de ella.