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Capítulo 4 — Los amigos que aparecieron en el camino

Aledellarosa
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Capítulo 4 — Los amigos que aparecieron en el camino

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Pensamiento

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quintopiso

Eso del silencio que no es incómodo, estar con alguien sin necesidad de hablar. Eso es lo que significa encontrar casa, creo.

Eso del silencio que no es incómodo, estar con alguien sin necesidad de hablar. Eso es lo que significa encontrar casa, creo.

Contenido de la publicación

Capítulo 4 — Los amigos que aparecieron en el camino

Cuando fui a vivir a la casa de mi amiga, algo dentro de mí comenzó a cambiar.

Había muchas personas en aquella casa. Éramos numerosos, pero, a pesar de eso, yo era feliz. Después de todo lo que había vivido, encontrar un lugar donde pudiera sentirme querido era algo que no sabía cuánto necesitaba hasta que lo tuve.

Su familia me recibió con amor.

Y entre todas esas personas había alguien que ocupó un lugar muy especial en mi vida: mi amiga.

A veces sentía que en ella estaba un pedacito del espíritu de mi mamá.

Su manera de hablarme, de escucharme y de aconsejarme me hacía sentir algo que había extrañado durante mucho tiempo. En algunos momentos tomaba el papel de madre conmigo. Me retaba, me aconsejaba y me marcaba los límites como si fuera uno de sus propios hijos.

Y yo le hacía caso.

No porque tuviera miedo de sus retos, sino porque en el fondo sentía que ella quería verme bien.

Sentía que gracias a ella podía continuar.

Podía seguir yendo a la escuela.

Podía seguir estudiando.

Podía seguir teniendo una oportunidad.

Quizás ella nunca supo completamente lo importante que fue para mí. Quizás nunca llegó a entender que, para alguien que había tenido que crecer demasiado rápido, encontrar a una persona que se preocupara por él podía significar muchísimo.

En aquella casa también conocí a sus hijas y a su hijo.

Con sus hijas pude compartir momentos y poco a poco fui formando parte de aquella familia. Pero con su hijo la historia fue diferente.

Él y yo éramos como dos imanes opuestos.

No hablábamos demasiado. Tampoco nos juntábamos como lo harían normalmente dos jóvenes que viven bajo el mismo techo. Muchas veces simplemente nos ignorábamos.

Durante un tiempo sentí que quizás mi presencia le molestaba.

Él era el único hijo varón de la familia y yo había llegado de repente a ocupar un espacio dentro de su casa. Tal vez para él no era fácil. Tal vez tenía sentimientos que nunca expresó.

Pero hay algo que siempre recuerdo de él:

Nunca me dijo que mi presencia le molestaba.

Nunca me hizo sentir menos.

Nunca me echó en cara que estuviera allí.

Simplemente nos ignorábamos.

Y ninguno de los dos parecía tener demasiadas intenciones de acercarse al otro.

Éramos adolescentes.

Rebeldes, quizás.

Pero no éramos malos.

Solo estábamos intentando entendernos a nosotros mismos y el mundo que nos rodeaba.

Con el tiempo comenzaron a aparecer pequeños encuentros.

A veces estudiábamos juntos.

Otras veces tomábamos mates.

Y muchas veces permanecíamos en silencio.

Era un silencio extraño, pero no necesariamente incómodo.

Podíamos estar sentados uno al lado del otro sin decir demasiado. No llegamos a conocernos completamente. No fuimos esos amigos inseparables que cuentan todo lo que sienten.

Pero de alguna manera compartimos una etapa de nuestras vidas.

Y eso también forma parte de mi historia.

Pasó aproximadamente un año desde que llegué a vivir allí.

Para entonces, aquella casa había comenzado a sentirse como un hogar.

Me sentía bien.

Sentía que pertenecía a esa familia.

Por primera vez en mucho tiempo podía vivir sin estar pensando todo el tiempo en qué iba a pasar después.

Pero había algo que empezaba a crecer dentro de mí.

Una sensación difícil de explicar.

A veces sentía que estaba siendo una carga.

No porque ellos necesariamente me lo hicieran sentir, sino porque yo llevaba esa sensación conmigo.

Había vivido tantas situaciones en las que sentí que tenía que arreglármelas solo, que incluso cuando alguien me daba amor aparecía una parte de mí que preguntaba:

“¿Hasta cuándo podrán soportarme?”

Era difícil aceptar que alguien pudiera quererme sin pedirme algo a cambio.

Mientras todo eso sucedía, yo seguía estudiando.

Comenzaba el segundo año de la escuela.

Y fue entonces cuando mi adolescencia empezó a cambiar.

Ya no era solamente el chico que tenía que preocuparse por sobrevivir.

Empecé a conocerme.

Empecé a descubrir mi personalidad, mis pensamientos, mis emociones y también mi sexualidad.

Era como si dentro de mí se estuviera abriendo una puerta hacia una parte de mi vida que todavía no conocía.

Todo parecía estar a punto de cambiar.

No sabía cómo.

No sabía cuándo.

Pero podía sentirlo.

Mi adolescencia estaba comenzando a tomar otro rumbo.

Y entonces aparecería algo que cambiaría todavía más mi manera de mirar la vida:

el amor.

Un amor que venía desde la primaria.

Un sentimiento que, aunque parecía haber quedado atrás, volvería a aparecer cuando menos lo esperaba.

Y con él comenzaría un camino diferente.

Un camino que no estaría marcado solamente por las dificultades de mi infancia, sino también por los sentimientos, los descubrimientos, las ilusiones, las dudas y las decisiones que nacen cuando uno empieza a descubrir lo que significa amar.

Porque después de haber aprendido a sobrevivir...

ahora tenía que aprender a sentir.

Thoughts

  • Nicanor

    ¿Esto pasó de verdad o lo imaginaste? Cuando alguien escribe así, tan claro, preciso saberlo.

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  • Amaranta

    ¿Y la amiga que fue como tu mamá? ¿Ella llegó a saber cuánto significaba para ti, o se quedó sin decir?

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  • versoAjeno

    Hay algo hermoso en todo esto. En estar con alguien sin necesidad de explicar nada, sin palabras. Eso es estar en casa.

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  • subrayoTodo

    Ese descubrirse a uno mismo a los dieciséis. Te entiendo. De repente existe otra parte de vos que no conocías.

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  • relatoBreve

    ¿Qué pasó después con el hijo? Me quedé en ese momento donde casi se acercan pero siguen callados.

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  • quintopiso

    Eso del silencio que no es incómodo, estar con alguien sin necesidad de hablar. Eso es lo que significa encontrar casa, creo.

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